Maria Enriqueta Camarillo
A una sombra
Al mar
Así dijo el agua
El vendedor de manzanas
Renunciación
Vana invitación


A una sombra
Sólo te vi un instante...
Ibas como los pájaros:
sin detener el vuelo,
sin mirar hacia abajo...
Cuando quise apresarte
en la red de mis manos,
sólo llevaba el viento
un perfume de nardo,
y ya lejos, dos alas,
borrábanse en ocaso...
¡Oh, visión que brillaste
como fugaz relámpago!
¡Oh, visión peregrina
que, cual ave de paso,
cruzaste por el cielo
de mis soñares vagos!
Tras ti, cual mariposas,
mis anhelos volaron,
y aun no tornan del viaje
que soy fiel y te amo.
Te amo con locura
porque en tu vuelo rápido,
no viste que se alzaban
hacia ti mis dos manos...
Porque ante mí pasaste
como sueño fantástico,
porque ya te extinguiste
como los fuegos fatuos.
¡Oh, aparición divina,
bella porque has volado!
¡No retornes del viaje!
Yo, con pasión te amo,
porque fuiste en el cielo
de mis soñares vagos,
solamente dos alas
y un perfume de nardo...


Al mar
Mientras tu canto resuena,
yo pienso en la patria mía...
Por sólo enterrar mi pena
en tus orillas de arena,
vine de mi serranía.
Vine por dejar mis males
en tus hondos arenales...
Mas, a tu abierto horizonte,
prefiero mi oscuro monte,
y a tus algas, mis rosales...
No cambio mis negras frondas
por tus aguas de colores;
mas vine a oír sus rumores,
porque dicen que tus ondas
curan los males de amores...


Así dijo el agua
En tanto que caía mansamente, .
díjome el chorro en el pilón derruido:
«Del jardín de tu dueño aquí he venido;
hoy canté mis canciones en su fuente.
El rumor celestial de mi corriente
cosas tan dulces murmuró en su oído,
que el dueño de tu amor, agradecido,
ha puesto en mí sus labios reverente...»
Dijo así en el pilón. El sol ardía,
eran de fuego sus fulgores rojos...
Y yo que en fiera sed me consumía,
al tazón me incliné y bebí, de hinojos,
ese beso que él puso en la onda fría,
y que nunca pondrá sobre mis ojos...


El vendedor de manzanas
¡Manzanas llevo, dulces manzanas!
¡Manzanas llevo para vender!
¡Manzanas dulces de aroma grato,
manzanas dulces como la miel!
Tienen mejillas color de rosa,
su pulpa es blanca como el jazmín,
y son tan lindas y son tan buenas,
que el que las pruebe será feliz.
Hijas del campo, fueron mecidas
por vientos suaves de la estación;
tuvieron cuna en la verde rama,
después que el árbol estuvo en flor.
¡Dulces manzanas, ricas manzanas
llevo, señores, para vender!
Sabrosas, lindas, de aroma grato,
¡manzanas dulces como la miel!


Renunciación
Sacó la red el pescador, henchida,
y en tanto que, feliz, del mar se aleja,
en voz más dulce que la miel de abeja
el Señor a seguirle le convida.
-Quien por buscarme, su heredad olvida,
será en mi hatillo preferida oveja-,
dice, y el pescador las redes deja
y vase tras Jesús con alma y vida.
Yo que ni redes ni heredades tengo,
que no sé de riquezas ni de honores,
que ignoro los orgullos de abolengo,
yo dejo, por seguirte, mis amores...
Eran mi bien, Señor... A ti ya vengo
más pobre que los fieles pescadores...


Vana invitación
-Hallarás en el bosque mansa fuente
que al apagar tu sed, copie tu frente.
Dijo, y le respondí: -No tengo antojos
de ver más fuente que tus dulces ojos;
sacian ellos mi sed; son un espejo
donde recojo luz y el alma dejo...
-Escucharás, entonces, los latidos
del gran bosque en los troncos retorcidos;
o el rumor de la brisa vagorosa
que huye y vuela cual tarda mariposa...
-Bástame oír tu voz; tiene su acento
gritos de mar y susurrar de viento.
-Hay allí flores, como el sol, doradas,
y otras níveas cual puras alboradas.
-En tu mejilla rosa está el poniente,
y la blanca alborada está en tu frente.
-Hay allí noches profundas y tranquilas...
-Esas noches están en tus pupilas.
-Hay sombra en la maleza enmarañada...
-Hay sombra en tu cabeza alborotada...
-Lo que se siente ¡allí, no lo has sentido.
-A tu lado el amor he presentido.
-¡Ven! Ese bosque misterioso y quieto
va a decirte al oído su secreto...
-¡Es en vano el afán con que me llamas!
¡Si tú ya me dijiste que me amas!...
-Hay un árbol inmenso, majestuoso,
de altísimo follaje rumoroso;
en él, como serpiente, está enredada
una gigante yedra enamorada...
-Tú eres ese árbol majestuoso y fuerte:
¡deja que en ti me apoye hasta la muerte!


Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


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