Reseña biográfica


Poeta y crítico italiano nacido en Val di Castello en 1835.
Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Pisa y desde 1860 fue profesor de Literatura en Bologna hasta tres años antes de su muerte.
El rechazo a las formas dominantes de la literatura de la época y la adaptación de metros clásicos latinos a la poesía, lo convirtieron en el baluarte del modernismo poético italiano. En sus escritos siempre demostró el inconformismo por las instituciones políticas y religiosas vigentes.
De su obra merecen destacarse: "Juvenilia" 1860, "Levia Gravia" 1871, "Giambi ed epodi" 1879, "Rime nuove" 1871, "Odi barbare" 1889, "Rime e ritmi" 1897, "Intermezzo" 1886, "La canzone di Legnano" 1879, "Ça ira" 1883 y "Primizie e reliquie", publicada póstumamente en 1928.
Obtuvo el "Premio Nobel de Literatura" en 1906.
Falleció en Bologna en 1907. ©

Poemas de Giosuè Carducci:
El buey
El soneto
La niebla de cuellos rizados...
La princesa de Lamballe
Mediodía alpino
Mors
Odio la poesía al uso...
Panteismo
Preludio
El buey
¡Piadoso buey! Al verte mi corazón se llena
de un grato sentimiento de paz y de ternura,
y te amo cuando miras inmóvil la llanura
que debe a tus vigores ser más fecunda y buena.
Bajo el pesado yugo tú no sientes la pena
y así ayudas al hombre que tu paso apresura,
y a su voz y a su hierro contesta la dulzura
doliente con que gira tu mirada serena.
De tu ancha nariz brota como un vaho tu aliento
y tu afable mugido lentamente en el viento
vibrando como un salmo de alegría, se pierde...
Y en su austera dulzura, tus dos verdes pupilas
reflejan cual si fuesen dos lagunas tranquilas,
el divino silencio de la llanura verde.
Versión de Carlos López Narváez
El soneto
Dante le dio del serafín el vuelo
circundado de azules y de oros;
en manantial de rimas y de lloros
diole Petrarca el corazón en duelo.
Del venosino y del mantuano suelo,
la musa tiburtina los decoros
diole al Tasso; yen déspotas desdoros
Alfieri lo clavó como escalpelo.
Fóscolo, el trino de los ruiseñores
y del nativo acanto los primores
le dio bajo los jónicos cipreses.
Último yo -no sexto- vuelo y llanto,
arte, hálitos, iras, en él canto,
y lo elevo a los Manes como preces.
Versión de Carlos López Narváez
La niebla de cuellos rizados...
La niebla de cuellos rizados
se levanta como la lluvia.
El mar aúlla y palidece
bajo el efecto del mistral.
Pero en los caminos de la aldea,
unas cubas en fermentación
el áspero olor de los vinos
regocija el corazón.
Sobre los leños candentes,
el asador gira crepitando,
el cazador silba
y desde el umbral de su puerta, observa
entre las nubes plomizas
el vuelo de unos pájaros oscuros
que migran en el crepúsculo,
como pensamientos desterrados.
La princesa de Lamballe
Por la natal Saboya, enhiesta y fría,
ríos que lloran, gemebundo viento;
de hierros y furores sordo acento:
Madame de Lamballe en la Abadía.
Los cabellos, nó más -oro y argento-
cubren su desnudez sobre la vía;
y el cuerpo, tibio aún, palpa y espía
feroz sicario de mirar sangriento.
Fina la piel, del lirio la blancura
tiene el cuello, y una risa que perdura
agoniza en la dulce boca inerte.
Ojos marinos, bucles que despeina
el viento: Id al Temple y a la Reina
dadle los buenos-días de la muerte.
Versión de Carlos López Narváez
Mediodía alpino
En el círculo de los Alpes
sobre el granítico retorcido y desangrado
entre las nieves candescentes
reina parado
intenso e infinito en su amplio silencio el mediodía.
Pinos y abetos blancos
sin el aliento de los vientos
se elevan al sol que sereno los mira
y un pájaro canta
con frágiles sonidos de lira
el agua que lentamente entre las rocas camina.
Versión de María Dolores Sartorio

Mors
Cuando a nuestros hogares la diosa severa desciende,
se oye de lejos el rumor de sus alas.
La sombra que proyecta cuando gélida, avanza,
difunde en torno lúgubres silencios.
Su cabeza los hombres inclinan cuando ella ha llegado;
los femeninos pechos tiemblan de anhelo.
Así en los altos bosques, cuando julio condensa huracanes,
ni un soplo corre por las verdosas cumbres;
como inmóviles, yertos, deja el escalofrío a los bosques;
sólo se escucha al río que gime ronco.
Entra ella, y pasa, y toca; sin volverse siquiera, derriba
los arbolitos, de su frescor gozosos;
siega la rubia espiga, y arranca también los agraces;
llévase esposas, llévase las doncellas
galanas y los niños; éstos tienden sus brazos de rosa
hacia el sol, bajo el ala negra, y sonríen.
¡Triste el hogar en donde, frente a rostros de padres dolientes,
pálida diosa, vidas nuevas apagas!
Dentro de sus paredes, risas y voces festivas no se oyen,
ni bisbiseos, como en nidos de mayo.
No se oyen los rumores de los años que crecen alegres,
ni de amor cuitas, ni las danzas de boda.
Allí los que perviven, en la sombra envejecen, atentos
siempre a tus pasos; siempre, ¡oh diosa!, esperándote.
Versión de Amando Lázaro

Odio la poesía al uso...
"Odio la poesía al uso; brinda,
fácil, al vulgo sus costados lacios;
alárgase entre abrazos rutinarios,
lánguida, y duerme.
Viva la estrofa quiero yo, que al ritmo
de pies y palmas en los coros salte;
su ala yo atrapo al vuelo, y ella, indómita,
niégase y lucha".
Versión de Carlos López Narváez
Panteismo
No os lo diré jamás, claras estrellas;
ni a ti lo diré nunca, sol fulgente.
Su nombre, hermosa flor de cosas bellas,
en mi pecho ha sonado solamente.
Las estrellas no obstante, en sus reflejos,
mi secreto se cuentan, una a una;
por eso, puesto el sol, sonríen lejos
en todos sus coloquios con la luna.
Y una flor a otra flor con voz secreta
lo murmura en los cármenes risueños;
las aves cantan al pasar: «Poeta,
el amor te ha enseñado dulces sueños».
Nunca dije el secreto de mi vida,
mas divino fragor el hombre clama;
y entre efluvios de acacia florecida
el gran todo murmura: «Ella te ama».
Versión de Ismael Enrique Arciniegas
Preludio
Odio la usada poesía: al vulgo
los flancos cede, y sin temblor de anhelo,
y sin vibrar bajo habitual abrazo
tiéndese y duerme.
Dame la estrofa que el aplauso excite,
rítmico el pie con el compás del coro;
le cojo el ala cuando rauda vuela,
vuélvese y lucha.
Tal entre brazos de amador silvano
ninfa se tuerce en el Edón nevoso:
bellos encantos de su pecho entonces
saltan opresos.
Besos y gritos en la ardiente boca
mézclanse; ríe la marmórea frente
al sol, y en ondas los cabellos libres
tiemblan al aire.
Versión de Ismael Enrique Arciniegas


Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


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