Eugen Jebeleanu

Reseña biográfica


Poeta rumano nacido en en Câmpina en 1911.
Al terminar estudios básicos en su ciudad natal, se trasladó a la capital para licenciarse en Leyes por la Universidad de Bucharest.
Perteneció a la generación de escritores surgida entre ambas guerras mundiales, siendo partícipe de la liberación de la República Popular Rumana en 1944.
Escribió teatro, poesía, crítica literaria y traducciones, convirtiéndose en baluarte literario contra el nazifascismo; de esta etapa datan sus libros
"En la aldea de Sahía","Poemas de lucha y de paz" y "Canciones de la joven floresta".
Su poesía de denuncia está compendiada en los volúmenes "Lidice", tragedia del pequeño pueblo checoeslovaco arrasado por la furia nazi, y "La sonrisa de Hiroshima", escrita a raíz de su viaje a dicha ciudad, enviado por la Sociedad de Escritores Rumanos en el décimo aniversario de la trágica fecha.
Cantata contra la muerte", "Poema a Cuba" y "SigloXX" hacen parte también de su importante obra.
Falleció en Bucharest en 1991. ©

Poemas de Eugen Jebeleanu:

Como un niño
El sueño del poeta
El sueño de un viejo pescador
Encuentro con Hiroshima
La voz de la ceniza
La voz de una mujer
Las voces de los pájaros de Hiroshima
Los sueños de la ciudad
Metamorfosis
Una voz


Como un niño
Estoy contento y sin embargo sufro
de que viví mi amor como he vivido
y siento no haber sido siempre tuyo,
pero cerca de ti me transfiguro.
Como un niño que aplasta su rostro contra el vidrio
y está y no está en el mundo de los sueños,
cerca de ti yo estaba y no lo estaba
ansioso de decirte tantas cosas.
Porque viví mi vida como yo la he vivido,
qué desolado estoy y qué alegre me siento
del tiempo que transcurre cerca de ti más rápido,
del tiempo que sin ti se tragó la neblina...
1959
Versión de Klaus Dieter Vervuert


El sueño del poeta
A la memoria del poeta Sankitshi Togue
víctima del bombardeo de Hiroshima.
(Abarcando con la mirada las montañas de Japón,
el poeta habla consigo mismo.)
Estas montañas son de sílex,
sus frentes desafían
por millones de años, terremotos,
áspera tiara indiferente
que despedaza las nubes.
Nadie puede
dar otro rostro
al sílex, a las rocas, al granito,
transformarlos.
La montaña permanece montaña
(el terremoto puede cambiar sólo la base)
encerrada en sus fronteras,
con una fuerza igual, por siempre,
inacabada.
Mira y llama, si no crees en todo esto,
si no crees en la constancia
de la Montaña,
llama de una vez,
con la voz más grande,
del más extenso de los valles,
con la trompeta más profunda de los valles...
si no crees lo que te digo,
grita de una vez, (a ver, intenta),
grita de una vez, con todos los pulmones de los ecos,
llama de una vez cuán fuerte puedas
desde todos los clarines de las sombras
de los precipicios,
grita de una vez, ¡ay!, llama,
a ver si puedes despertar
al menos por un segundo
al Cíclope,
al cíclope de piedra
de la montaña...
procura
¡ruge...!
-Silencio, que grito:
¡Eh, Fujiyama...!
(Ecos... ecos...
las rocas me devuelven,
indiferentes,
los anillos de la voz...)
Sin novio,
en la luz.
la montaña continúa impasible,
idéntica a sí misma,
eternamente igual, anciana
y sin embargo eternamente joven
con crines de cascadas,
con crines de nieves desbordantes
sobre las espaldas...
¡Salud, impavidez de piedra!
Así te quedarás por siempre
con la misma confianza en la vida del hombre.
Puedes tú derrumbarte, Fujiyama.,
pero no cambiar...
La piedra permanece piedra.
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


El sueño de un viejo pescador
Oh, los huesos... las piernas... y las manos
y los ojos...
y el sueño mismo...
dolores, nada más que dolores.
Engañador... te conozco.
dame peces nunca atrapados...
También soy un niño,
una criatura,
acunado tan sólo
por las olas,
por las olas burlonas...
Una barca soy,
de huesos...
resbalan junto a mí los peces
y me tocan
y resueno
con todas mis flautas blancas ­
una canción,
una canción de dolor y de vida.
¿Sin mi tristeza
cómo podrían existir
tantos hombres felices?
Engañador,
dame peces
nunca atrapados...
Una barca soy,
de huesos...
de miles y miles de años
permanecí
en las olas,
segado siempre por sus hoces azules.
Una barca soy, arrasada por la tempestad
y sacudida como un hombre
que está por vomitar
de hambre...
Esponjas son mis piernas
de hielo...
¡Qué pesado es el mar...!
¡Cómo me oprime el pecho...!
¡Qué pesado resulta
para un pescador
con las redes rotas
y las plantas de los pies
como la piel enrojecida en la roca que gime!
¡Cómo me oprime el pecho
la titubeante fiera verde...!
¡Fiera, oh, fiera, fiera, fiera!
Dame un poco de peces
nunca atrapados,
dame mi juventud. amarga
como tu beso.
pero entera. inconmovible.
dame mi juventud
envuelta en una sola
red enorme,
pero entera...
dame la armadura
de soga
de mis fatigas...
¿Mas qué escucho?
Con todas sus trompetas se me anuncia
y lanza el mar peces, sin fin,
a mi cabaña...
Con los peces
tintinea mi cabaña como repleta de monedas...
Y, ved, ahora,
ved...
también la sombra de mi juventud.
¡Acércate, ven,
siempre decías tener hambre...!
Bien venida...
toma cuantos peces quieras, cuantos puedas llevar...
Me dan asco, no puedo verlos...
Son muchos,
muchos, demasiados...
Mirad, la enorme red también
huye para no verlos,
se oculta donde puede. Es un diluvio
de peces...
¡Oh, no deseo tantos,
no, no he deseado tantos...!
Engañador,
dame tan sólo los peces que preciso
para poder vivir,
y un pez de arroz con ellos
y dos altas botas hasta la cintura
y una estrella de mar que me ilumine
las profundidades verdes, donde
me hundo más y más...!
Y para el corazón
la sonrisa de los niños que duermen satisfechos...
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


Encuentro con Hiroshima
a Kaoru Yasui
Tierra, tierra muda.
Muda,
con la piel quemada, con el cuerpo desnudo,
perdón, Hiroshima ...
Perdón por cada paso
que golpea una herida, abre una cicatriz...
Perdón por cada mirada,
que -aún acariciando- duele...
Perdón por cada palabra
que enturbia el aire donde buscas
a los niños,
los pueblos de criaturas perdidos para siempre.
Tumba
inexistente... Viento... viento... viento... viento...
Y sus voces, apenas resonando ahora,
más extinguidas día a día,
únicamente en el recuerdo...
¡Oh, cementerios
inexistentes... inexistentes...!
¡De quererlos llorar no se les puede estrechar en los brazos,
al menos una urna, una tumba tan sólo...!
¿Dónde están tus pequeños, Hiroshima? Quizás
en el océano
de plata impasible ...
Quizás en la infinita bóveda
del cielo...
O, acaso, en esta misma tierra.
que yo piso...
Cada paso que doy lo doy con miedo...
Cada palmo de tierra
esconde un catafalco...
Es como si la tierra que yo piso
hubiera dado un grito: -¡Madre...!
¡Oh, concédeme alas, aire de esmalte,
para ser leve como tú, ganar altura,
y no hollar Con mi paso alguna herida,
rasgar, angelical, el cielo con mi ala...!
...Mas, desde sus mil llagas, centelleando,
se me acerca Hiroshima,
se acerca, se curva dulcemente
y me hace señas:
-Te ruego, ven, amigo,
y mira lo que fue,
y lo que es,
y cuenta...
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


La voz de la ceniza
No sé quién soy; todo se ha transformado
en mí. No sé quién soy y, sin embargo, existo.
Leve soy y pesada como una maldición,
y piedra soy y vida inacabada.
No juguéis conmigo, asesinos.
me escurro entre los dedos, estoy viva,
arrojadme al océano, es en vano:
en vuestra copa anido y soy lejía.
¡Huid! Que soy ceniza, entrar puedo
bajo la puerta cual sombra resbalada
y enlutar vuestro rostro en el sueño
y entregaros mi beso de lejía.
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


La voz de una mujer
Devolvedme mi niño
-nada quiero saber-
aunque tenga
la cara
de un monstruo,
no importa cómo sea,
devolvedme mi niño
no importa cómo,
y si no puede ser para toda la vida
(para esta vida miserable
y tan breve, aún si tuviera un siglo)
al menos por un día.,
un día sólo,
hasta el preciso instante
en que venga hacia mí,
como él venía,
ciegamente, los brazos extendidos,
con los pétalos pálidos de sus dedos.
Devolvedme mi niño
aunque tenga
la cara de monstruo:
iré a su encuentro
y me sonreirá...
él me sonreirá...
aunque tenga la cara de monstruo,
me sonreirá,
y yo le abriré la puerta,
aunque tenga la cara
no importa cómo...
Devolvedme mi niño,
devolvedme mi niño no importa cómo,
pero no ceniza,
devolvedme mi niño no importa cómo,
pero nunca arena...
Sé muy bien que sería posible
que mudaran su rostro,
pero cuando llore
lo reconocería,
y para que no llore más
apagaré la luna
(un rostro entre lo oscuro no se ve),
y si él sonríe,
a la menor sonrisa,
entonces,
mudaré todas mis lágrimas
en cielo estrellado...
Mas no me devolváis el cielo sin él,
el cielo azul de acero sin piedad,
no, no me lo devolváis...
Devolvedme mi niño ...
Privadas de él, las estrellas son arena,
privadas de él, las estrellas son cenizas:
un manojo engañador que se escurre
absurdamente
al correr de los tiempos
de la alforja deshilachada de la noche...
Devolvedme mi niño,
devolvedme mi niño no importa cómo,
devolvedme mi niño,
aunque sea cualquiera su cara...
También en el armario
sus ropitas esperan...
y ya muy pronto le serán pequeñas...
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


Las voces de los pájaros de Hiroshima
-¿Dónde, dónde están?
-¿Quiénes?
-¿Dónde, dónde están?
-¿Quiénes? ¿Quiénes?
-¿Dónde están?
-¿Quiénes? ¿ Quiénes?
-Los hombres...
-No sé. Mira, copos de ceniza...
Han volado todos...
-¿Adónde, adónde?
-No sé. Construyamos el nido.
-¿Dónde,
dónde,
dónde,
dónde,
dónde?...
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


Los sueños de la ciudad
Sueña en este instante la ciudad
sueños
nacidos del Dolor o
de la Alegría,
pues uno y
otra sueñan...
Serena,
la Alegría quisiera engendrar criaturas
que se le parezcan,
en tanto que el Dolor,
desfigurado por tantos suplicios,
quiere que nazcan
criaturas más bellas que su amargo rostro...
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


Metamorfosis
Pude haber sido un árbol, bajo el cual
tú te habrías recostado cuando yo no te conocía,
habría hecho oscilar dulcemente una de mis ramas, casi al azar,
para besar tus ojos.
Habría sido quizás una hoja blanca,
sobre la cual te hubieses inclinado pensando en silencio
y yo habría besado, mientras tú dibujabas,
el mármol
de tu mano desnuda.
Hubiese podido ser un muro,
un muro
a la sombra del cual
estaría con otro, no conmigo...
Y yo con gran dolor
me hubiera derrumbado
ante tus ojos pálidos de espanto.
Versión de Pablo Neruda
Editorial Losada, Buenos Aires 1967

Una voz
¡Dejádme llorar, que ha muerto la Esperanza...
asesinada en pleno día, ahora...!
¡Traédme de las sombras el vestido más triste
y cubrid mi semblante con un inmenso velo de humo!
Quiso arropar a los pequeños. ¡Védla: desnuda, silenciosa,
asesinada ante nosotros bajo yertas ruinas...!
¡Traédme un mar hirviente de cicuta.
que apure y calme el asco de mi boca sombría!
¡Oh, mar! ¡Préstame tu armadura
para avanzar con ella hacia los asesinos, relumbrante,
y con millares de infernales olas escupirlos,
y -¡cobardes!- arrodillados ante la Esperanza muerta.
...
Silencio. Calla el mar El horizonte calla. Desierto.
Los asesinos, en secreto, como gordos gusanos se retuercen,
la levantan de prisa, al ataúd la arrojan.
¡Pero ha volado ya desde sus manos el corazón de la Esperanza!
Versión de Manuel Serrano Pérez
Editorial Stilograf, 1965


Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


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