"...Y en tu infinita noche, álcese
un viento dulce, despertando ramas..."
Eugenio de Nora

"Naranjas y limones"
Julio Romero de Torres

Reseña biográfica


Poeta español nacido en Zacos, León en 1923.
Es Licenciado y Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid, lector de Literatura española en la
Universidad de Berna, Suiza, donde residió por muchos años.
Formó parte del grupo editor de la revista Espadaña, Crítico e historiador de «La novela española contemporánea»,
libro con el que obtuvo el Premio de la Crítica. Además obtuvo un accésit del Premio Adonais en 1947
y el Premio Boscán de Poesía en 1953.
De su obra poética se destacan: «Cantos al destino» 1945, «Amor prometido» 1946 y «Siempre» 1953. ©
Adiós
Canción sin destino
Canción triste
Canto al demonio de la sangre
Carmen de la tarde bella
Carmen del éxtasis
Carmen de la eterna vida
Carmen de las manos maravillosas
Carmen de la voz más pura
Carmen de la riqueza
Carmen de unos recuerdos
Carmen del amor implacable
El amor que lucha
Elegía a la belleza exterior
Futuro envejecido
Honda es la herida
Lamento
Poesía
Último sueño
Un deber de alegría


Adiós
¿Recuerdas? Era así. Césped de alfombra
florecía en colores dulcemente,
y en la vibrante y tibia y clara sombra
era verdad tu cuerpo adolescente.
Dorados, rosas, blancos, tus vestidos:
gaviotas de aquel cielo, extenuadas
por adioses inmensos, sólo oídos
en mis remotas playas deslumbradas.
¡Adiós, amor! Tu fuego ya en mi pecho.
¿Dónde el mundo y su forma, luz gozosa?
¡Huye, cintura breve, astro deshecho,
opaca ya en tu piel la luz hermosa!
Nada quedaba, boca. Así fui hecho
a la furia: besar un ascua rosa.


Canto al demonio de la sangre
Una vez más tu látigo de fuego,
¡déspota de la sangre! , y adelante.
Tu música brutal de mar furioso
que el mundo toca, ¡y adelante!
¡Oh Capitán! Tú sabes que en la sombra
velé y velé mi guardia, cada noche,
y que nunca cedí. Que el medio día
no sonó a calma para mí. Que siempre
que tu voz me llamó, presente estuve,
pronto a mí guerra. Que la primavera,
rosa o mujer, no adormeció mi anhelo:
tú sabes, Capitán, que el mundo es breve
para tu voz Y para mi destino.
Y, por eso quizá...
Es madrugada,
Y un divino claror inunda el aire:
era violeta, es rosa. .., dime, dime,
¿dónde está lo que fue, quién lo sostiene?
Yo miro los colores que suceden
en el aire sereno, ahora que salgo
vencedor de la noche. ¡Alerta, alerta!
Miro el matiz aquél: oro entre rosa,
y siento así temblar mi vida leve.
Mi Capitán, mi espléndido Tirano,
¿cuál es tu voz; serás cuando yo huya?
¿O eres quizá inmortal?...
Pero tu sangre
es mi sangre, tu voz mi voz, tu impulso
es sólo mi apetencia.
Y yo he de irme.
Lo sé, bien sé: como el dolor violado
abandona esa tenue, tenue nube,
como el agua que fluye entre los juncos,
o el racismo cumplido en el otoño...
Un día me iré. ¿Cuál es nuestro destino?
¡Oh Déspota, tú apremias el mandato,
tu alto azote de mar, tu ardiente tralla!
¡Hay cumbres a escalar en donde el viento
ciñe de gloria la irradiante frente!
¡Guerras en que esgrimir, como una espada,
la voluntad de amar a hachazos ciegos!
¡Apetencia de ser! ¡Amor! ¡Los labios
aún vírgenes al beso donde el rojo
no es color, sino vida! ¡Criaturas
de belleza mortal! ¡Perenne gloria!
¡Ser! ¡Y ser más!
Tu látigo, Tirano,
restalle bien. Eso es la vida. ¡Sigue!
Pero luchar, amar, poseer la gloria,
¿es madurar el hombre hacia lo eterno?
¡No es vida, mi Demonio, lo que pido;
quiero inmortalidad y permanencia!
¡No! Sólo a Dios, a Ti, mi Dios oculto,
mi silencioso Dios, es a quien quiero,
¡Tú, mi Libertador!
Nunca el tirano
restallaría su látigo en mi sangre
si ella creyera en Ti como yo creo.
Pero la sangre es monte y viento y mar,
es loba, o savia de la tierra ardiente,
y ama su carne, mi Señor, la forma
que el tiempo nutre, la belleza vana.
Más Tú lo sabes, Dios. Que no te olvido,
que a tu gloria combato. Que si amo
a mi sangre, a las dulces criaturas
que, de sangre también, hacen tu mundo,
es por tuyas, mi Dios. Dame el destino
de confiar en Ti, y cuanto haga
según mi sangre mientras dure el tiempo,
en tu gracia florezca.
¡Entonces llega,
oh Capitán de fuego, y nunca cese
tu mandato imperioso, y mi batalla!
Quiero creer, ¡También la vida es santa!
Y aunque vano es el mundo y sus criaturas,
y es Dios quien quiero que jamás me olvide,
¡Déspota, ordena! Y que mi amor disperso
me dé inmortalidad y permanencia.


Carmen de la eterna vida
Miraba yo las rosas penando de alegría,
solas entre mis manos, atónitas, perdidas.
Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas.
Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.
Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente
vi florecer los ramos de luz dorada y verde.
Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo.
Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.
( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa,
aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.
Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo
con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )
Felicidad contigo. Nos viven y sustentan
en lo hondo de la noche las eternas estrellas.
¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día,
nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.


Carmen de la riqueza
Yo, muchacho aldeano, regresando
por mis años de fresca y verde senda,
traigo, para tu tiempo, la alegría
de aquella inagotable primavera.
Para tu boca traigo la caricia
de tantas flores de color que sueña;
para tus ojos en los que oscurece,
la estrella de la tarde triste y bella.
Traigo la voz del agua que ha pasado
en el silencio tibio de la hierba;
te traigo el cielo, corazón sonoro
con álamos de música y ribera.
Abre tu alma. Mira el valle inmenso.
Nos ha correspondido esta riqueza.
es todo tuyo. el borde de la dicha
va más allá del tiempo y de la tierra.


Carmen de la tarde bella
Querría solamente una rosa;
esta luz clara y tibia en los ojos,
y una rosa entre las verdes hojas.
Una rosa,
para mirarla, para descansar,
para sentir el alma y ver su forma;
para estar solamente en silencio,
en armonía con la tarde hermosa.
Dejar que el tiempo, como una muchacha
deshoje su blanca corola,
eligiendo, dejando caer
entre las cosas, nuevas cosas;
el tiempo de luz y de sombra...
Quisiera solamente ser
una ternura frente a otra;
quisiera únicamente soñarte;
quisiera una rosa, una rosa.


Carmen de la voz más pura
¡Maravillosos pájaros del alba!
Los musicales ramos
del aire, quietos. ¿Para quién
cantamos?
...Decís el cielo, lejana rosa
y violeta; en lo alto,
es azul, tiempo. ¿Para quién
cantamos?
La primavera secará sus flores.
cuando el amor vuele en el viento, el tallo
estará roto. ¿Para quién
cantamos?
¡Música dulce, oh voz de madrugada!
No he conocido lo que amo;
pero yo canto con vosotros,
¡maravillosos pájaros!


Carmen de las manos maravillosas
¡Versos de amor! Qué pronto queda
dicho todo, sin empezar.
Es igual que mirar al cielo
iluminado alguna vez.
Tan honda en lejanía, tan puro
lo que quisiéramos cantar.
Pero qué decir de una rosa
en la mano, en el corazón.
( Sentarse al borde de una fuente,
sedientos, y verla temblar
en el junco verde, en el pájaro
que alegra la onda de la luz.
Tan indecible y sin palabras
como adorar, quedar, sentir
al aire en flor de una sonrisa
toda nuestra felicidad. )
Yo no sé bien por qué, tentado
de imposible, quiero decir
cómo la dicha excede al hombre,
cómo es tan inefable ser;
¡ser, solamente, ser, completos,
esto que somos al amar!
Una lira sonora, ebria,
en manos...
ah, ¿de quién, de quién?


Carmen de unos recuerdos
Hermosa,
sólo hermosa.
Estrellas tibias en tu pelo suelto
que el aire combatía;
prados floridos, cielos
en el agua, curvados
animales ligeros cuerpo abajo, ladera
abajo; pechos
gacelas; áureas
caderas con caballos. Todo, fuego
en un río de espacio musical, cauce de astros
infinito.
Sí: bella,
hermosa. Sonreías
como cálida nieve; mirabas pasar ríos;
concedías labiales
claveles oprimidos, auroras
vacilantes, luz negra,
hiedras ardientes cuerpo adentro.
¡Oh rosa
hija del tiempo, agua
del tiempo, floreciente
lago de tiempo!
Junto a tus orillas
he soñado la vida, y he mirado
anchos los cielos. Aunque todo pase,
yo amaré siempre.
Poso mi cabeza
sobre la roca, muevo el horizonte,
y oh sollozado ramo de palabras, golpeo
el agua clara. ¡Fuente,
luz del ser, con tu imagen!
¿Te soñaba? Tenía
una estrella en el pecho.
Y tú eras
hermosa, eras
hermosa; sonreías...


Carmen del amor implacable
Está lejos el mar, pero recuerdo
el musical chasquido de las olas
-oh cima, oh prados de agua florecida-,
corona de la fuerza melodiosa.
Está lejos el mar, pero recuerdo
la luz del sol en mil alfanjes rota,
la intensidad feroz, la luz de fuego
reverberando, primavera honda.
Oh, la visión alegra y embellece
la tristeza infinita de las horas
en espera; el azul innumerable
acoge al alma innumerable y sola.
Está lejos el mar, pero ¿quién ama
sin recordar las implacables olas?
La Fuerza insoportable hiere, rapta,
y de palabras bellas nos corona.


Carmen del éxtasis
Distraída del mundo; más, lejana
como un vuelo de pájaros, tú existes
donde el silencio empieza, donde el alma.
Donde las avenidas, misteriosas
de árboles altos y de sombra extraña
nos llevan a la pena más hermosa;
donde la noche llora, constelada
frente a sí misma, porque todo es poco,
porque los mundos brillan en la nada,
como nosotros, donde la belleza
suspende el tiempo; donde canta
mi voz más sola; en mi reducto último,
allí estás tú, silencio, alma.
Alza los ojos, tienes la cabeza
de una imposible luz aureolada;
quieres, querrías, pero no te sientes,
porqué eres sólo noche, noche clara.
¡Ah, dame ese silencio, rompe
esta belleza que nos mata!
Y en tu infinita noche, álcese
un viento dulce, despertando ramas.


Canción sin destino
Tú, nunca encontrado,
sólo a quien busqué.
¿Siempre he de seguirte
sin llegarte a ver?
Amor prometido
en rosa y en luna,
en toda belleza
que quede o que huya...
Tú que me naciste.
y el amor nació;
unidad completa,
soledad, amor.
¡Amor sin amada!
¡Fantasma de fe,
nostalgia, recuerdo
que nunca miré!
¿No eres tú quien mueve
la buena pelea,
tú, a quien se va siempre,
y nunca se llega?
Si eres en mi alma
flor de eternidad,
¡florécete y huye,
no me des la paz!
Pero, no: en el mundo
me naciste un día;
pues en ti soy hombre,
déjame que viva.
Estoy: una vida
es la eternidad.
Jamás tendré otra,
te quiero alcanzar.
¡Sí, quiero alcanzarte,
y tenerte, sí;
vivir un destino,
vivir y vivir!
¡Yo quiero tus ojos,
tu voz y tu boca,
y tu alma y tu carne
toda, toda, toda!
¡Oh, amor prometido
que nunca he de ver;
si eres como un sueño,
bella debes ser!


Canción triste
Mi tristeza decía:
¿Qué flor nueva iluminas
en tu tierra de voz?
Sangran viejas heridas,
y llora el ruiseñor
de ayer, al aire nuevo,
su canción.
Y yo:
¡Ay, amor,
que te fuiste y te vuelves;
ay, amor!
Mi alegría decía:
No sé si el tiempo gira,
o si retorno yo,
pero rosales de oro
miro otra vez en flor,
y en una fuente seca
juega el agua y el sol.
¡La primavera vuelve,
corazón!
Mi corazón decía:
¡Primavera otra vez!
Cántale, ruiseñor,
tu antigua y siempre nueva,
siempre bella canción:
«Cuánto te quiero, mi vida y
mi sol.
¡Ya el nomeolvides tuyo
floreció!»
Y yo decía, sólo,
tu estribillo, canción:
¡Ay, amor,
que te fuiste y te vuelves;
¡ay, amor!


El amor que lucha
Hacia días hermosos voy contigo, llevado
por tus ojos desnudos, por tu voz sin palabras.
( Ojos hondos que guardan las auroras del mundo,
tibia voz de caricia, penetrada y callada...)
Se abren lentas las puertas del ensueño lejano...
Ya estamos en el tiempo que quizá no tuvimos;
somos ya de la infancia que la tierra florece...
La esperanza indefensa da fe del paraíso.
No huir, ¡ir hacia adentro! Hemos vuelto a la vida..
Sólo ser; sólo, siempre, penetrar en el alma.
Y sentir que palpita, desolada y remota,
en el mundo en tinieblas, una estrella que ama.
...Mas quien vive en ti, odia, catedral de mendigos;
¡el amor rompe a tajos las murallas del miedo,
y endurecido en ira desprecia, sobrepasa
al ser feliz, desea, quiere acercar su reino!
(Si el amor más precioso terminara en sí mismo,
¡oh qué joya de escarnio frente a aquellos que sufren!
Pero cuando volvemos de la dicha sin tiempo,
hay un luchador grave en cada amante dulce.)


Elegía a la belleza exterior
Quiero cantarte hoy, amor mío,
con voz de cielo bajo el agua.
Tú me estás arrancando con la vida
esta canción, ay, ésta, la más tierna y amarga.
Tú me estás enseñando con la y ida
un paraíso de rosas y manzanas;
por tu mirada niña y tu voz sola
la primavera más antigua canta.
Aquí me tienes queriéndote tanto,
llorándote como una flor sin alas,
porque te vi, y ya no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba.
¡Yo te busqué! Pedí al mundo y al sueño
una forma que me expresara,
y anhelé, sobre todas las cosas,
conocer la verdad de mi alma.
¿No existe nada, amor, que nos exprese?
¿Tu eres también también desesperanza?
Aquí estoy otra vez sin respuesta
mientras todo es tránsito y sueño y distancia.
Pero ya no podré quejarme
aunque me cieguen la mirada.
He visto en ti lo deseado
bajo la luz de la esperanza.
Ya te miré. No sólo el cielo
de lejanía inviolada,
el misterioso país de las formas
que enseñan ensueño y distancia.
No sólo ángeles y diosas
en la niebla azul de la fábula.
¡Sino también lo bello aquí,
la tierra hermosa y su abundancia!
Cada vez que la vida agita
como una brisa la pradera mágica,
miro pasar la belleza sangrando
música y besos y palabras;
entonces, amor mío, llega
la primavera casi extenuada,
y hace nidos en tus cabellos
para mis palomas y palmas;
entonces, amor mío, entonces,
todo en el mundo se prepara
para cobijarse en tus ojos
como un anillo en el fondo del agua
y surgen vivas en tu boca
todas las flores que esperaban.
¡Oh, noche de mi corazón
llena de pájaros que cantan!
¿Quién no querrá llorar de fuego
amordazado por mil guitarras?
¡Amor! ¿Quién no te verá entonces
durmiendo en brazos de la nada?
Cuando dos horas de flor joven
van a juntarse o se separan,
cuando la última pared se rompe,
nos asomamos otra vez al alma.
Hemos llegado ya a la cima,
desdoloridos y sin ansia.
Pero esperamos descanso y respuesta
y vemos sólo otra vez distancia.
Aquí me tienes aún mirándote,
soñándote con la nostalgia
de no haberte visto en la vida.
Aquí tienes mi herida esperanza.
¡Ese soy, sobre nuestra muerte!
¡Roto en la luz de tu mirada!
¡Llorando, soñando por ver
a través de tu forma mi alma!
Voy a sentarme junto al río,
y miraré pasar el agua.
Te vi. Ay, de mí. No diré
que no encontré lo que buscaba.


Futuro envejecido
Los niños, muchos niños, piden techo,
lloran alma, tiritan sin rencor.
Acaso está lloviendo, acaso hubo
la naranja que no alcanzó su mano,
o el frío, o las muchísimas estampas
que no vieron jamás. O los zapatos
que están rotos...
La letra jota de jugar, jardín,
las letras de alegría que arden solas,
¿dónde yacen? Quisiéramos saber...
Los niños quieren recobrar su edad.
Una concha y un pan, un monigote,
bastan, mas ¿dónde están? No veo el rostro
de esos niños debajo de su cara:
veo un disfraz registrador que suma
tiempo, y tiempo de adultos, tiempo y duelo,
dolor y hasta un final. ..que escaparíamos, oh Dios,
qué hacer, qué haríamos, esto
es demasiado, esto no puede ser!
Nosotros, antes, indudable, muchos
ya no tuvimos casi juventud; había
sin Instituto tanto que aprender,
tanto que ver en serio, ojos redondos;
y además qué más da, si era estupendo
vivir ya de verdad. ..Cumplidos hombres
de doce años entonces... Nos mataron
al muchacho. Fue triste, pero un niño
está siempre en nosotros.
Esto ahora...
Qué extraña la vejez si no hubo vida.
Qué edad terrible, adulta sin edad.
¡Qué hacer, digo; qué hacer! Rebotan, vuelven,
aun con rumor de guerra, tierno César
Vallejo, las palabras de aquel llanto:
¡Ah! iDesgraciadamente, hombres humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer!
Mucho, mucho, ¡así es!
"España, pasión de vida" 1945-1950


Honda es la herida del amor al verte...
Honda es la herida del amor al verte
en mis ojos mortales reflejada;
pero la daga más apasionada
la hunde el recuerdo, España: poseerte
es mirarte en el alma, hecha ya suerte
entrañada y total frente a la nada;
pues en ti está mi vida sustentada,
y en ti mi sangre ha de vencer la muerte.
En el recuerdo y en el pensamiento
cumpliendo voy mi vida y tu memoria.
¡Roca inmortal, límite al mar y al viento:
hecha mi sangre verbo de tu gloria,
arrástreme tu cauce violento
hasta fundir mi sino con tu Historia!


Lamento
¡Seguid, seguid ese camino,
hermanos;
y a mí dejadme aquí
gritando!
¡Dejadme aquí! Sobre esta tierra seca,
mordido por el viento áspero
-campanario de Dios
frente al derrumbe rojo del ocaso-.
¡Dejadme aquí! Quiero gritar,
tan hondo en el dolor, tan alto,
que mi voz no se oiga sino lejos, muy lejos,
libertada del tiempo y del espacio.
¡Dejadme aquí! Dejadme aquí,
gritando...

Otra voz
Durante tiempo y tiempo,
mirando a las estrellas, entre dulces muchachas,
flores azules, pájaros de colores,
y otras circunstancias así de tiernas y conmovedoras,
el poeta fue un erguido girasol celeste,
deslumbrado en el vivo resplandor
de la lejana e impasible belleza.


Poesía
Bajo el alba,
entre rosas extasiadas,
salí camino del cielo,
para ver si te encontraba.
Para ver si te encontraba,
y tú, mi vida, no estabas.
Tú no estabas. Entre rosas,
llamándote, bajo el alba.
Hallé rosas de la aurora
venciendo mares de sombra.
Miré rosas de la tierra,
erguidas porque las quieran,
las besen.
Cántico del sol que muere,
vi las rosas del poniente.
Los ángeles las regalan.
Y tú, mi vida, no estabas.
Rosa de nadie, ignorada.
Tú, que te harás porque si,
y sin servir para nada.
De tu perfección avara,
purísima, alma del alma,
rosa bella, sin motivo,
oh, poesía mía, increada.


Último sueño
Aquí hubo un hombre. Aquí, sobre este borde mismo,
yo vi su chorro erguido cesar, caer de pronto.
En esta misma esquina del tiempo estaba, estuvo.
Pero aquí ya no hay nadie. El silencio y mi llanto.
Yo miré con fijeza los ojos que aún brillaban
en el borde. Y me dieron su secreto de pronto.
Despertaba, aquel hombre. Había dormido mucho,
en un profundo ensueño semejante a la vida.
Lo recordaba todo como un largo viaje:
había tibios valles, grandes y frías lunas,
o estrellas perfumadas de azahares y almendros;
y agua entre guijas, dulce, donde posar los labios.
Otras veces el viento se ceñía con ansia
sorbiendo tristes hojas amarillas; la lluvia
que desnuda y empapa lo viviente, caía.
Mas la belleza hiere, deja el dolor, y huye.
Y los hombres... Pasaban, más veloces que el mundo.
Cruzaban sin mirarse. Corrían de prisa, ciegos,
brutalmente asediados por fábricas, o barcos,
o un olor repentino a dura hembra mojada.
¡Cómo tus tristes muros, soledad, levantaste!
Sólo antes, cuando el niño fue pétalo en la aurora,
oh fuente del ser, clara, la madre remotísima
dio amor, beso que aún dura, separación aún viva.
Sólo alguna vez, luego, fugaces, unos ojos
que dulcemente hicieran recordar los primeros.
...¡Oh triste, triste sueño! La soledad por siempre,
y ahora que ya despierto, que como niebla olvido...
Porque todo fue sueño, porque despierto y miro
la luz, la luz. He sido. jPorque ya nada quiero!
Porque hace tres mil años que tú me acariciabas,
jmimosa, honda, vacía!, para que me despierte...
Como dormidos viven los hombres. No lo saben.
¡Yo acuso, yo golpeo, yo clamo! Aquí fue un hombre.
Antes de tres mil años otro vendrá: ¡miradlo!
Mirad. Este es el borde. Nadie responde aquí.
"Cantos al destino" 1945


Un deber de alegría
¿Yo fui triste?
En la noche
siento que avanza el mundo como el amor de un
cuerpo,
como la pobre vida, combatida y cansada,
aún encuentra en la noche la ceguedad del cuerpo,
la ternura del cuerpo
queriéndose, buscando
en quién querer, con manos
deslumbradas y humanas.
Todavía, mientras dura la noche,
mientras la soledad, tan tuya,
y la inmensa tristeza, sedienta y sin sosiego
de los que multiplican tu soledad en mundo
funden -Eugenio, España- una tiniebla sola,
todavía
algo queda en el alma, y si aprietas los ojos
por despertar, por no creer la sombra,
aún fragmentos de aurora la sangre te daría.
Cuando la pobre gente de nuestro pueblo llega
del sudor y del polvo, del trabajo vendido
con el alma cerrada, cuando
llega y encuentra el día que se acaba temblando
en la lumbre cocida y alimenticia, llega
y cae, la pobre gente oscura,
derribada en las sillas; y encuentra la sonrisa
todavía, la hermosa, prodigiosa sonrisa
-si hay algo prodigioso- del viviente que tiene
aún no lo necesario;
entonces, duramente,
algo en mí se incorpora, y siento, sin remedio,
un deber de alegría.
No hay fatiga. Nosotros
excedemos el tiempo. La estatua congelada
detenida en las calles, nosotros estrechamos
su mano y la fundimos.
Ellos, ellos,
quienes casi no viven, y esperan, me lo dicen,
y yo puedo escucharlo.
Nunca sueña quien ama, nunca
está solo. La pujanza es idéntica.
De la rosa ofrecida
al amor, a la piedra
fijada con amor, a las balas
hundidas y enseñadas
por amor, todo avanza
y edifica. ¡Despierta!
Y enemigo, expulsado de la tristeza, siento
cómo la aurora iza su bandera rociada.

Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


Escucha tu poesia online