Reseña biográfica


Escritor y aviador francés nacido en Lyon en 1900.
Perteneciente a una familia acomodada, estudió con los jesuitas en Villefranche y en Friburgo hasta 1917. Al
fracasar en el examen de ingreso en la Universidad, decidió matricularse en Arquitectura en la Escuela de Bellas Artes.
Es una de las figuras literarias más conocidas y populares de este siglo. Obras como "Vuelo nocturno", "Tierra de hombres", "Piloto de guerra" y, sobre todo, "El principito", han tenido una gran difusión en todo el mundo.
La imagen de Saint- Exupéry como intelectual aventurero, piloto arriesgado y hombre de acción -figura no rara en la Francia de su tiempo- está rodeada de una aureola mítica que, por lo que pueda tener de cliché, corre el peligro de deformar su verdadera y compleja personalidad.
Al inicio de la guerras viajó a Estados Unidos y posteriormente se unió a la Resistencia Francesa. El 31 de julio de 1944, mientras realizaba una misión por la costa francesa, su avión desapareció tras ser abatido por la aviación alemana. ©

Selección de "Cartas a una amiga desconocida" de Antoine de Saint-Exupéry:Estas Cartas a una amiga inventada, ilustradas con dibujos del autor, recogen un aspecto inédito de «Saint­ Exupéry».
Dirigidas a Renée de Saussine, con la que le unía una vieja amistad, contienen multitud de facetas -filosóficas, humorísticas, sentimentales... - que completan y enriquecen la imagen del gran autor, al tiempo que forman un documento literario del
mayor interés, de intenso contenido poético y gran fuerza expresiva.

Editions Gallimard y EditionsL'Atzar, 1982. Publicadas por José J. de Olañeta, Editor 1989
Ilustradas con dibujos del autor.



Rinette,
Soy realmente distraído, sin excusa posible, ya que llevo conmigo tu relato pero debo a mi olvido la fotografía de un
lugar encantador, por esto no echo nada de menos.
Quise llamarte el domingo para presentarte, al fin, excusas, pero no estabas en casa y por Madame Saussine me enteré del
luto que te aflige. Rinette , no puedo hacer otra cosa más que reiterarte mi vieja amistad y decirte cuán cerca de ti estoy en mi
corazón.
Asistí ayer por la noche al triunfo del hermoso Eusebio. Explicaba ante una sala repleta de gente cómo se escalan montañas más puntiagudas que agujas de campanario. Hablaba negligentemente de su heroísmo y las viejas damas se estremecían. El relato era bastante bueno pero las descripciones, Rinette... Daba a las «cimas sublimes», al cielo, a la aurora, a las puestas de sol dulzuras de mermelada, de caramelo. Las agujas eran rosadas, los horizontes lechosos y las rocas doradas por los primeros rayos de sol. El paisaje parecía comestible. Al escucharle pensaba en la sobriedad de tu cuento. Tienes que trabajar, Rinette. Destacas muy bien el elemento particular de cada cosa, aquello que le da vida propia. Los objetos, en la narrativa de Eusebio, permanecen abstractos. Se trata de «la Cima, la Puesta de sol, la Aurora». Salen del almacén de accesorios. Cuanto más abundan en su descripción más impersonal resulta.
Es el método que es malo o, mejor, la visión, que está ausente. N0 se debe aprender a escribir, sino a ver. Escribir es una consecuencia. Él toma un objeto e intenta embellecerlo. Los epítetos son capas de pintura. No destaca lo esencial sino que añade elementos arbitrarios. A propósito de una aguja hablará de Dios, del color malva y de las águilas. Entonces uno se siente sucesivamente enaltecido, enternecido y aterrorizado. Es un truco. Hay que decirse: «¿Cómo voy a transmitir esta impresión?». Y las cosas nacen de la reacción que te provocan, son descritas en profundidad. Solamente así deja de ser un juego. Te hablo de Eusebio porque sus defectos ponen de relieve las cualidades que tienes y que debes cultivar. Parte siempre de una impresión. Es imposible que sea banal. Habrá una cohesión íntima en tu relato. No estará hecho de retazos. Ve cómo los monólogos más incoherentes de Dostoievsky dan la impresión de necesidad, de lógica, mantienen un ritmo. La conexión es interna. Y observa cómo los personajes de tantos otros, cuya psicología bien estructurada podría mostrarse coherente, permanecen arbitrarios en sus expresiones y en sus actos a pesar de una lógica externa. Se trata de construcciones ficticias, como las montañas de Eusebio. No se crea un ente vivo atribuyéndole cualidades y defectos y haciendo que de ello surja la novela, sino expresando las impresiones vividas. Una emoción aun sencilla, como la alegría, es demasiado compleja para ser inventada si uno no quiere contentarse con decir de su héroe que «estaba alegre», con lo cual no expresa nada, no es personal. Una alegría nunca se parece a otra. Y es justamente esta diferencia, esta vida propia de cada alegría lo que hay que expresar. Pero ahí se puede caer en la pedantería, querer explicar esta alegría. Hay que expresarla a través de sus consecuencias, de las reacciones del individuo. Entonces no es necesario decir «estaba alegre», esta alegría brotará de sí misma con su identidad propia, como una determinada alegría que experimentas y a la que no puede aplicarse con exactitud adjetivo alguno. Si opinas que la palabra alegría basta para expresar lo que siente tu héroe, es que es ficticio, es que no tienes nada que decir.
Me siento ridículo, voy a terminar. En la pequeña taberna desde la que te escribo un piano mecánico fabrica una musiquilla sentimental. La cajera bailotea de un lado para otro. El dueño, vacío de deseos, bosteza. El camarero revolotea a mi alrededor carraspeando porque soy su último cliente y tiene sueño, todo esto rezuma melancolía. Tengo la sensación de estorbar, me voy.
No te he agradecido, Rinette, el que tocaras para mí, el otro día, aquellas páginas de Bach. Soy muy torpe para dar las
gracias, pero me proporcionaste un gran placer.
El camarero, Rinette, plantado ante mí, agita su servilleta como una escoba.
Adiós pues, Rinette.
Antoine


(París)
Mi vieja Rinette,
Te traigo la novela de Madame de ... Te adjunto en esta carta todo lo que pienso de ella. Porque tiene cosas buenas hablo también de los defectos, ya que si no fuera así no me habría ocupado de ella. Además, estos reproches son completamente personales y es posible que muchas personas no compartan mi concepción de la literatura. Lo cual me es prodigiosamente indiferente.
Me siento incómodo porque me doy cuenta de que estuve un poco violento referente a Pirandello. Quizá muy desagradable. Y la palabra «metafísica de portera» se me atraganta. No fui muy amable. Pero la he aplicado tantas veces a Pirandello que me viene a los labios por costumbre. Enseguida tuve la sensación de haberla pifiado.
Pero es preciso que te explique mi pensamiento porque se trata de una cuestión importante y no tenemos derecho a eludirla. No puedo considerar las ideas como pelotas de tenis o como monedas de intercambios mundanos. No tengo ninguna cualidad mundana. No se juega a pensar. Si la conversación va a parar por casualidad a un tema que me apasiona me vuelvo intolerante y ridículo, y Eusebio dice, con razón, que no se puede discutir conmigo. Sí, siento infinitamente el haber dicho «metafísica de portera»; no, por el contrario, en absoluto, el haberme encolerizado.
Porque, ves, Rinette -y antes de entrar en la cuestión literaria-, no se puede comparar a un hombre como Ibsen con un tipo como Pirandello. Por una parte tenemos a un individuo cuyas preocupaciones son de lo más elevado. Ha tenido un rol social, un rol moral, una influencia. Ha escrito para hacer comprender a las gentes lo que ellas no querían entender. Se enfrentó a los problemas más íntimos y en particular y de una forma maravillosa, a mi entender, al problema de la mujer. En fin, Ibsen, lo haya conseguido
o no, intentó darnos, no ya un nuevo juego de lotería, sino un alimento. Su obra se desarrolla en un plano humano. Uno se encuentra directamente implicado en su verdad o en sus errores, al menos si estima que su existencia interior es el lado importante de la vida.
Y por otra parte tenemos a Pirandello que es quizá un notable hombre de teatro -hablaremos de ello luego- pero que ha sido creado y puesto sobre la tierra para distraer a las gentes de mundo y permitirles jugar con la metafísica como jugaban ya con la política, las ideas generales y los dramas de adulterio.
No es mucho más idiota que el bridge. Pero no hay derecho a establecer un paralelismo con Ibsen. Ibsen no intentaba ni intrigar ni distraer. Intentaba dar a entender las cosas que él juzgaba verdaderas. Y en este caso el hombre supera su obra, sea ésta de la índole que sea.
Entiende bien que no se trataba de un reproche personal ni de sostener una opinión literaria -habría sido muy pedante por mi parte el mostrarme tan violento- pero es que se trata de una especie de cuestión moral.
En cuanto al valor de Pirandello, es justamente lo que le agradeces aquello que a mí más me hace desconfiar. Clasificaré mis argumentos.
1. La audacia de trasladar al escenario un problema de metafísica.- No es el primero en hacerla. Cierto número de idiotas como Lenormand ya lo hicieron antes.
2. La originalidad del tema.- Se trata de un lugar común de manual. Hasta la chiquilla de diecisiete años, alumna de filosofía, que digiere mal las clases y lo lía todo, va más lejos. Él parece como si experimentara un noble orgullo en negar el mundo exterior. (Solo que se olvidó de aprender en su manual el sentido de la palabra existencia).
3. El interés del tema.- Ninguno en la obra de Pirandello: o se reduce a un lugar común incluso no filosófico o no tiene sentido.
a) Un lugar común: ya sabías, antes de oírselo a Pirandello, que somos diferentes para cada uno de nuestros amigos, porque ellos despiertan en nosotros afinidades diferentes, y que un individuo es para otro el conjunto de reacciones que despierta en él como, en el plano material, una mesa es la suma de reacciones visuales táctiles que despierta en ti. Es evidente que no tenemos conciencia del «ser en sí mismo», de la «mesa en sí
misma». Ya sabías, sin que lo dijera Pirandello, que diez testigos tienen diez versiones de la misma escena. Ya no es un problema metafísico.
b) O bien el problema de Pirandello es realmente un problema metafísico, se refiere a la verdad «en sí» pero que, mal expuesto por él, no tiene ningún sentido:
Tomaré un problema análogo y más simple, el de la existencia del mundo exterior, por ejemplo de nuestra mesa.
¿Existe o no existe en sí misma? El proceso que hay que seguir se divide en dos partes.
a) Comprehensión exacta de lo que entiendes por «existir» o «no existir». Definición exacta del término «existencia».
Es evidente que, aunque llegues a la conclusión de la no- ser existencia del mundo exterior, no tendrás ninguna intención de
afirmar que uno no pueda darse contra la mesa. Existencia tiene aquí un significado particular.
b) Resolución del problema.
La primera parte quizá sea la más delicada, requiere mucha práctica de la abstracción. Si se elude, nada de lo que se diga a
continuación tendrá sentido. Y Pirandello la eludió en lo concerniente a la verdad. No podía hacerlo de otra forma. ¿Cómo
puede llevarse a la escena algo tan abstracto, algo que dé tan poca imagen? El problema, en su obra, ni siquiera se ha planteado.
No puede tener sentido.
Pero más aún: aunque hubiera podido tratarlo, habría eludido voluntariamente su definición de la verdad.
En efecto, no puede pasarse del problema metafísico a la emoción dramática más que por una confusión de palabras, engañándose a uno mismo, trasponiendo al plano afectivo lo que no tiene nada que ver con el sentimiento. El alumno que se «emociona» al enterarse de que el mundo exterior quizá no exista, se engaña sobre el sentido de la palabra existencia. Tiene una vaga idea de que aprenderá a atravesar paredes o al menos algo parecido que no llega a precisarse. Cree que estos estudios tienen relación con situaciones prácticas, con su vida diaria.
Esto provoca una emoción trucada, un vértigo falso.
¿Ves dónde está el fallo?- Es elemental. Se aplica a la definición común de la palabra «verdad», de la palabra «existencia», un razonamiento que no puede ser aplicado más que a la definición abstracta en metafísica. No se trata en ningún caso de la misma cuestión. Y se tergiversan nociones que no deben ser tergiversadas porque son verdad en el plano que les corresponde, que es el de la experiencia sensorial.
Cuando dices: «la mesa existe», quieres decir: «he aprendido desde la infancia a experimentar en ciertas condiciones un
determinado grupo de reacciones y a la causa la llamo mesa». Esto no es cierto ni falso: es un hecho. No puedes negar esta clase
de existencia de la mesa.
En metafísica, por el contrario, definirías diferentemente esta existencia, pero, precisamente porque no se trata ya de la misma cosa, las consecuencias a las que llegarías razonando sobre la mesa (sentido metafísico) no son aplicables a la mesa (sentido común); el trucaje dramático consiste en considerarlas válidas escamoteando las definiciones. De esta forma socavas todas
las nociones comunes que tiene el espectador y le haces experimentar un gran vértigo.
No es más que un truco. Ni siquiera es ingenioso, ya que cualquier alumno de filosofía o matemáticas ha caído cien veces en esta confusión. Pirandello hace una buena ensalada rusa con los diferentes sentidos de la palabra «verdad»; me niego a encontrar esto interesante. Y su especie de héroe que quiso fuera irónico, superior y escéptico es simplemente idiota. La primera cualidad de un hombre inteligente es la de saber comprender el lenguaje de los otros y de hablárselo. Pero como nadie puede saber lo que quiere decir exactamente en esta obra, resulta interminable.
4. Parecía que tú encontrabas acertado el que hubiera tenido la osadía de llevar a escena un problema metafísico en lugar de historias de mujerzuelas. Pues yo no lo creo así. Las mujerzuelas por lo menos tienen algo que ver con las gentes de mundo. Pero si las gentes mundanas quieren hacer metafísica que se compren libros y que trabajen. Pero no desean en absoluto el comprender la metafísica. Esto exige un esfuerzo y no compensa más que con un placer intelectual. Y les importa un bledo. Precisamente lo que quieren es no entender nada de nada, sentir cómo todas sus nociones se tergiversan. Entonces se dicen: «Qué curioso ... » y sienten un ligero escalofrío.
¿Comprendes ahora por qué encuentro importante el tema de Pirandello? ¿Por qué encuentro que se trata de algo más de la simple crítica de una obra teatral? Es una especie de problema moral.
Por estas mismas razones las gentes de mundo se apoderaron hace años del pobre Einstein. Querían llegar a no comprender nada de nada, a experimentar una gran turbación, a sentir «el ala de lo desconocido». Einstein era para ellos una especie de «fakir». Y los datos puramente matemáticos, que, verdaderos o falsos, no tienen sentido en ningún caso más que sobre el plano matemático, fueron traspuestos por otros Pirandellos al plano de los conocimientos comunes a través de una confusión voluntaria. Y los mundanos no veían otra cosa. Como si Einstein fuera a enseñarles un camino más corto que la línea recta para ir de la Concorde a la Bastille, un truco para atravesar paredes o para retroceder en el tiempo.
Esto me trae a la memoria un hermoso viaje: la esposa de un comandante, ayudante de campo de antes de la guerra, era una tendera tímida que zurcía medias en un rincón del compartimento repartiendo «Muchos saludos a su señora ... » mientras la despampanante esposa de un teniente estaba hablando con ella con mucha deferencia: le explicaba a Einstein.
Era admirable.
Rinette, sabes, no puede uno educar la fineza de su pensamiento si no es por medio de la disciplina constante y el pensamiento es
lo más precioso que tenemos, lo que deberíamos tener de más precioso. Pero ya constatarás que las personas, si bien quieren aumentar su memoria, sus conocimientos, sus habilidades verbales, casi nunca buscan el cultivar su inteligencia. Buscan el razonamiento justo pero no el pensamiento justo. Se confunden.
Es por ello por lo que es necesario aceptar a Ibsen, que es en definitiva un esfuerzo hacia la comprehensión humana, y rechazar a Pirandello y rechazar todos los vértigos falsos: es difícil. Lo que está oscuro es más tentador que lo que está claro. Ante dos explicaciones de un fenómeno las gentes se inclinan por instinto hacia lo oculto. Porque lo otro, lo verdadero, es sencillo y gris y no hace ponerse a los pelos de punta. Lo paradójico es más tentador que una explicación verdadera y la gente lo prefiere. Lo que yo digo aquí es muy en general. Muchos errores de juicio vienen determinados por esta necesidad. La necesidad de acaparar las ideas no para comprenderlas, sino para emocionarse con ellas.
Se puede llegar muy lejos. Puede casi afirmarse que lo que sorprende, lo que seduce tiene muchas probabilidades de ser falso. La primera cualidad para comprender es la capacidad de sentir un cierto desinterés, un cierto olvido de uno mismo. Las gentes de mundo utilizan la ciencia, el arte, la filosofía de la misma forma que utilizan las zorras. Pirandello es una especie de zorra...
Mi vieja Rinette, perdóname esta carta. No me lo tomes en cuenta. Perdóname también el haber hablado de «metafísica de portera». Es que no creo que estos temas puedan convertirse en un juego mundano. Encuentro que son muy importantes. No tiene ninguna clase de interés el querer seducir mediante bellas frases contradictorias seguidas de concesiones corteses. Las gentes mundanas dicen: «Hemos removido las ideas», me dan asco.
Me gustan las personas a las que la necesidad de alimentarse, de alimentar a sus hijos y de llegar a fin de mes ha relacionado muy de cerca con la vida. Saben mucho. Ayer me codeé en el autobús con una mujer sin sombrero rodeada de cinco chiquillos. Les estaba enseñando muchas cosas, y a mí también. La gente de mundo nunca me ha enseñado nada.
Ayer por la noche hablé con una prostituta. Me decía: «Trabajo como maniquí en chez Drecoll. Gano seiscientos francos al mes. Me acaba de abandonar mi marido y tengo un niño pequeño. Para poder trabajar he tenido que dejar a mi hijito con una nodriza. No me quedan más que trescientos. ¿Qué otra cosa puedo hacer? No hay una sola mujer en París que gane ni mil francos al mes. Me dedico a la vida. Lo intento. Me acuesto a las cinco de la mañana y duermo tres horas causa de mi trabajo como maniquí. Pero no tengo mucho arte. Soy tímida v las compañeras se ríen de..mí. Ahora. tengo bronquitis y una lesión en el pulmón izquierdo. No podré aguantar mucho tiempo. Por entonces tendré que entrar en una «casa» porque no sé hacerme la buscona y ya no puedo más. Allí se me escogerá cuando les venga en gana. ¿Y qué otra cosa puedo hacer? Viviré, y mi hijo también. Ya es algo».
En efecto, ya es «algo», y ¿qué podía responder yo?
Y es una historia banal para las personas que de estas historias no sacan más de lo que sacan de las comedias de mujerzuelas en el Music-Hall: una emoción, una piedad falsa. Muy al estilo de 1880, muy melodramático. Las desgracias sirven a sus emociones de la misma forma que la metafísica del señor Pirandello. Y aquélla ni siquiera está ya de moda.
Esto me trae a la memoria una conversación transcrita por Léon Werth: «Pero, ¿por qué, querido señor, si decís que amáis a los hombres les quitáis a Dios, consuelo supremo?
-Para que busquen otros consuelos, señora y os partan la cara».
Me parece muy bien.
Mi querida Rinette, no estés muy enfadada conmigo. Es verdad que no soy tolerante, como dice Eusebio, pero no es ni por vanidad ni por orgullo, es porque precisamente esta tolerancia me disgusta. Hay que amar a las cosas y a las ideas por sí mismas y no por juego.
Soy una especie de oso antipático y esto me pone melancólico. Incluso muy melancólico y por muchas razones.
Hasta otro rato, Rinette. Confía en una amistad que es una gran parte de mí mismo.
Antoine
Acabo de llamarte por teléfono. Mañana te traeré la novela. El tema de Pirandello me pesa y te daré también esta carta¹.
¹Carta sin fecha. Probablemente de la primavera de 1925.


Cercle National des Armes de Terre et de Mer
49, Avenue de L'Opera
(Octubre de 1926)
He recibido tu nota, Rinette, y he remitido inmediatamente la novela. No me he atrevido a adjuntar ningún comentario porque he pensado que mi prolongado retraso podría ponerme en evidencia y que no se trataba de anular a Pirandello.
Me hubiera molestado enviar este «librillo», así que con él hice una «hoguerilla»...
Es verdad que no te he escrito pero es que espero demasiado las respuestas y las esperanzas fallidas son inútiles. Perdóname. No creas que sea porque te haya olvidado. Sino al contrario. No eres muy amable al decirme esto.
No fui allí porque pensé que habría montones de gente. Gente más absorbente que un fondo de cajón... Cuando voy a verte tengo cantidad de cosas que contarte. Si no puedo hacerla me entristezco.
Ya ves que no soy un tipo simpático. Sirvo todo lo más para pilotar en solitario sobre algún recorrido cuanto más lejano mejor.
Mañana me ausento de París. Latécoère ha creado tres nuevas líneas. En Argelia, en España y en América del Sur. Me contratará para algunas de ellas y esperaré en Agay su convocatoria. Estoy harto de este París que promete siempre demasiado y no mantiene nunca las promesas. Además es por mi culpa.
Hubiera querido escribirte una carta amable. Perdona por favor el tono de ésta, pero esta noche tengo un humor de perros.
¿Es posible que me contestes todavía?
Ten la seguridad de mi amistad aunque sepa demostrártela tan mal.
Antoine
Castillo de Agay - Agay - Var¹
¹En casa de Madame Agay, la hermana pequeña de Saint Exupéry

Societé Anonyme des grands cafés de Toulouse
15, Place Wilson
Café Restaurante Lafayette,
(octubre de 1926)
Heme aquí en Toulouse, Rinette. De los días pasados en París guardo un pobre recuerdo. Visitas, compras, el examen.
Desmontar mi habitación del hotel. Transportar con dificultad maletas demasiado pesadas, llenas de libros y de los objetos
más inverosímiles de los que no me he sabido desprender. Una prensa de grabados, un aparato de liar cigarrillos que no me
servirán nunca de nada pero que de repente creí muy necesarios. Y luego, imprevistamente, quince minutos vacíos antes de
tomar el tren. Quince minutos muertos.
Este atardecer en el que me sentía lejos de todo. Eusebio se escapaba hacia Fontainebleau, M... iba al cine, tú, al concierto.
Me encontraba solo en el quai Malaquais, cerca de un teléfono muerto. Tenía mi sombrero y mi abrigo y me sentía -por tenerlos encima, sentado en un sillón- terriblemente incómodo.
Ahora puedo sentarme, por fin, tranquilamente, junto a ti. Cosa que no me permitiste en tu casa. Y me reprochabas que no hiciera caso a toda aquella gente de la que me burlo soberanamente y que me robaban tu presencia -no sé expresar muy bien mi rencor. Quizá por encontrarte siempre tan poco generosa de tu presencia. Pereza de escribir: claro. La pereza se siente cuando no se tiene nada que decir. Si a uno le gusta ver la gente en grupo, es igual. Y yo que voy con todo mi bagaje y ni siquiera puedo abrirlo. Sería tonto reprocharte nada, es culpa mía por ir con todo ello.
Además esta noche siento una serenidad filosófica en la paz de mi alejamiento. Y tengo la gripe por añadidura. La fiebre me envuelve en una agradable sensación. Un poco de dolor de cabeza, sólo lo justo para poder compadecerme a mí mismo.
Y vengo a sentarme a tu lado, cosa que sin duda tampoco permites. Te incordia. Pero a mí me da igual. Esta noche te fabrico a mi gusto y no sabes qué amable me está resultando. En el fondo éstas son las únicas conversaciones que tengo contigo. Las que yo mismo invento. Y tienes una inteligencia, y una paciencia: ¡lo entiendo! Y yo me vuelvo hablador: es maravilloso. De qué forma me tomo la revancha con mi amiga inventada.
Quizá sea porque te invento por lo que me importas tanto. A veces, sin embargo, cuadras con la imagen que me he hecho de ti.
En todo caso la fomentas. Tu tarde de música da mucha vida a esta amiga que tengo esta noche. Tienes un poco de mezcla de Offenbach. Tienes las tonalidades de las pantallas. No te quejes, no está mal. Además, no es de tu incumbencia.
En el fondo te estoy escribiendo todo esto -que es verdad- con el placer de incordiarte. En otra ocasión me sentiría triste. Pero la gripe de esta noche ha destruido la importancia de las cosas. No me siento capaz de soportar un alto grado de melancolía. Se me hace más fácil el decirte que no eres muy buena persona. Lo digo con malicia, sin amargura- no te gusta dar motivos de amargura (no te gusta dar nada en absoluto).
Ya sé que existen personas que se sienten mal cuando se dan cuenta de que han dado demasiado de sí mismas. Les parece un abuso de confianza o una traba para su independencia. ¡Qué sé yo! Es curioso. Te imagino un poco así. Es una gran desfachatez por mi parte el sentarme ante ti esta noche y tenerte prisionera - ¡qué suerte! Y pronto prisionera en el Senegal, ¿ te das cuenta?
Es una lástima que a veces seas capaz de causarme pena -y que yo sepa protegerme tan mal. Tu imagen esta noche es muy ligera. Si escribiera versos diría cosas hermosas. Diría: «Tu imagen -punto y aparte- tiene la gravidez de una paloma... » Es maravilloso. Y agradable. No sé si te das cuenta del encanto que tiene. Este pájaro, concebido como algo fugaz. Se sopla «Pfff...» y se desaparece. Por desgracia a veces se convierte en un adoquín. Ante mi buzón bien que soplo «Pfff ... », pero el adoquín es pesado.
Eso es todo. Peor para ti, vaya carta. De todas formas no está dirigida a ti. Tengo pleno derecho a conversar conmigo mismo. He deshecho un poco mis maletas, pero haciendo trampa.
Ahora, si esperas que te diga qué día me marcho, el tiempo que hace o el menú de mis comidas, esperarás en vano. En St.-Maurice tengo un baúl enorme. Desde que tenía siete años sepulto en su interior mis proyectos de tragedia en cinco actos, las cartas que recibo, mis fotos. Todo lo que me gusta, todo lo que pienso y todo lo que quiero recordar. Alguna vez lo esparzo todo sobre la alfombra. Echado boca abajo vuelvo a mirar cantidad de cosas. No hay otra cosa en mi vida que tenga importancia más que este baúl.
Todo lo demás, el tiempo que pueda hacer, el menú de mis comidas, lo que será de mí en el futuro, me da absolutamente igual.
No tengo nada más que decirle a tu imagen...
Antoine
Societé Anonyme des grands cafés de Toulouse
15, Place Wilson
Café Lafayette,
Toulouse, 24 de octubre de 1926
Rinette, perdóname mi carta del otro día. Hoy vuelvo a escribirte.
Estoy al final de un domingo monótono. Llueve incesantemente. Un domingo fastidiado porque he tenido que levantarme a las
seis para sacar a pastar por las nubes a un Bréguet. Al cabo de diez minutos ha manifestado el deseo imperioso de regresar a las cuadras. (¿Te das cuenta de que hablo como el Abbé Delille?... ¡Oh, la vida provinciana!) Y por diez minutos de vuelo todo un domingo soñoliento. He pasado todo el día comprando cerillas, cigarrillos y sellos. La chica del estanco es monísima. En mi habitación ya tengo más de treinta cajas de cerillas y sellos para cuarenta años. Melancólico balance de ocho días de amor.
Una estanquera es algo maravilloso. El mostrador es hermoso como un trono. Uno se siente alejado y muy pequeño. Uno se oye decir con embriaguez: «Cuarenta céntimos... » Uno mendiga las palabras de amor de donde se puede.
Me pregunto en qué puede pensar una estanquera.
Quizá en nada, pero lo disimula.
Cómo echo de menos a mis amigos. Tengo pocos, pero por ello me importan muchísimo. Si no regreso más que dentro de mucho tiempo con una larga barba blanca ya me habréis olvidado todos. Esto me desalienta porque no sé exactamente hacia dónde marcho. Alicante, Marruecos o Dakar, según la voluntad de los dioses.
Lo que acabo de escribirte me ha deprimido tanto que he corrido a llamarte por teléfono. Naturalmente no estabas. Estabas arreglando algo en algún sitio. ¿Cajones? Siempre igual, cuando te necesito.
Rinette, no sabes cuán hermosa es la aviación. Y aquí no se trata de un juego, es así como a mí me gusta. Tampoco se trata de un deporte como en Le Bourget, sino de algo más, algo inexplicable, una especie de guerra. Es muy bello ver salir el correo, de madrugada, bajo la lluvia. El equipo nocturno, soñoliento, la tormenta señalada sobre España que despertará al piloto, la bruma sobre los Pirineos. Después del despegue, mientras él resuelve sus problemas, nos dispersaremos por la pista. Rinette, deseo demasiado haber marchado ya.
Ya ves. Hubiera querido telefonear. Es verdad que no sé hablar y hubiera repetido «diga... diga... » para fingir serenidad. Es muy triste ser mudo. Me encantaría ser un perfecto gigolo con una hermosa corbata y una buena colección de discos de gramófono. Debía haberlo intentado siendo más joven. Ahora es tarde ya. Y es verdad que lo siento. Ahora que ya me empieza la calvicie no vale la pena empezar. Sueño con nostalgia delante de los escaparates de las camiserías y de las zapaterías. La experiencia me servirá en el caso de que nos reencarnemos. Es un triste consuelo.
Me encantaría ser amado, ser considerado encantador y que admiraran mis uñas. A mis manos llenas de grasa únicamente yo las puedo encontrar bellas.
Estoy seguro de que mi monólogo te fastidia. Me encuentro a la vez triste y feliz y esto no permite expresarse con claridad y lógica. Al encontrarme lejos de todos mis amigos e inmerso en la mayor soledad me hago el efecto de ser una especie de bisabuelo.
Deberías escribirme, ¿sabes?
Hasta otro rato, mi vieja Rinette.
Antoine
13, calle Alsace-Lorraine, Toulouse

La Ibense
Fábrica de helados finos
Casa central
Méndez Núñez, 4
Alicante (noviembre de 1926)
Ayer te escribí tres cartas que fui luego rompiendo en pedazos, una detrás de otra. Es inútil decir demasiadas cosas. Después te telefoneé.
Ahora te escribiré una carta mucho más impersonal porque me doy cuenta de que no se puede contar mucho contigo. Necesitas reunir demasiadas condiciones favorables para poder poder ayudar a alguien. No puedes escribir «porque sí», ya habías intentado explicarme esto, pero yo no lo había entendido. En aquel momento sólo me alejaba hasta Asnieres o Bois-Colombes. Ahora es completamente distinto, Rinette.
Yo no sé muy bien por qué escribo. Tengo mucha necesidad de un amigo a quien confiar las casitas que ocurren. Con quien compartir. No sé por qué te he escogido a ti. Me resultas tan extraña. Mi papel rechaza las frases. Ya no puedo imaginarte, inclinado el rostro, leyendo, comunicarte generosamente mi sol, mis pastelitos, mis sueños. Escribo lentamente una carta, como para despertarme, sin creer demasiado en lo que hago. Posiblemente me escriba a mí mismo.
No me marcho el miércoles sino el viernes. Me gusta que sea pasada la medianoche. Me recuerda mis sueños de viaje, cuando era niño. A la luz de una lámpara, en el campo. Cuando los «mayores» juegan al bridge y los niños se vuelven formales. La China era verde, el Japón azul, dos profundas manchas. En la otra página se leía: «Los malasios tienen los ojos negros», «los haitianos tienen los ojos azules». Seguro que me lío ahora con los colores, pero estoy seguro de que entonces comprendí que nunca había visto realmente un verdadero ojo azul, un verdadero ojo negro. Los que tenía a mi alrededor no eran más que plagios. Ahora vaya conquistarlos.
Existe otra forma de viajar y ayer me fui muy lejos. Tan lejos que todavía me encuentro un poco al margen, un poco distante, un poco indulgente. Pensé como nunca que me mataba, más que el día en que me rompí la crisma. Bajaba de una altura de tres millas cuando sentí un choque -pensé que se trataba de una rotura- y mi avión se fue descomponiendo progresivamente. Hacia las dos millas tenía los mandos bloqueados, sin latitud. Vi la barrena tan segura que con un lápiz escribí en un lugar bien visible del cuadro de mandos «Rotura. Buscadla. No puedo evitar la caída». No quería que me acusaran de matarme por imprudencia. Esta idea me molestaba. Miré con una especie de extrañeza los campos en los que iba a estrellarme. Era una sensación nueva para mí. Sentía cómo iba empalideciendo, cómo se me helaba la sangre de puro miedo. Un miedo sin fondo pero sin ser odioso. Una comprensión nueva, indefinible.
No se trataba de una rotura y pude mantenerme hasta llegar al suelo. Pero no lo pensé ni por un segundo. Al saltar del avión no dije nada. Estaba desdeñoso hacia todo y pensé que no me comprenderían nunca. Al menos en lo esencial. En qué mundo acaba de entrar de carambola. Un mundo que no se puede describir. La impotencia de las palabras para explicar aquellos campos, aquel sol encalmado. Cómo decir: «Comprendí los campos, el sol...» Y sin embargo era verdad. Durante unos segundos presentí en su plenitud la calma exuberante del día. Un día sólidamente construido, como una casa, en el que me encontraba bien, como en mi casa, del que sería expulsado. Un día con su sol de la mañana, la altitud de su cielo, y la tierra en la que tejían apaciblemente los finos surcos. ¡Qué profesión tan feliz!
Ahora, por las calles, me encontraba con los barrenderos que limpiaban su parte de esta misma tierra. Les estaba agradecido. Y los guardianes de la ciudad que aseguran la paz en un área de cien metros. Tiene mucho sentido ordenar de esta forma esta casa. Había regresado. Me sentía protegido. Amaba la vida.
Y tú no me comprenderás, ni nadie. Quisiera obligar a alguien a que me comprendiera. ¿Por qué tienes que ser tú, si te da igual, si estarás distraída?
Esto me recuerda un rostro. Acababa de decir algo tan esencial para mí, tan ansioso, que miraba como mi pensamiento se continuaba bajo este rostro. Leía en sus muecas todo lo que mi pensamiento despertaba en él. De golpe vi como se desvanecía
en la arena. No dejaba tras de sí ni rastro de placer, ni rastro de fastidio, ni esfuerzo por comprender. Sentí el momento exacto de la distracción. Una distracción tan veloz que tenía un sentido y soñé con esta expresión maravillosa: «apartar una nube de su frente». Un campo de trigo bajo una luz cambiante.
Me llevo a Nietzsche bajo el brazo. Me gusta inmensaente este tipo. Y esta soledad. Me echaré en la arena, en Cap Juby y leeré a Nietzsche. Tiene cosas que adoro: «Mi corazón en el que se consume mi verano, este verano corto, cálido, melancólico y feliz... » Quisiera que compartieras esta pasión, pero no compartes gran cosa.
Antoine
No pienso que vayas a contestarme esta carta porque, si me escribiste ayer, ya has cumplido con tu deber.
Toulouse, 24 (de noviembre de 1926)
Acabo de regresar. No he encontrado nada tuyo. No me escribas, no vale la pena. Mira, para no esperar nada no te doy ni la dirección de allá. Soy excesivamente ridículo. No tiene sentido ir mendigando así una amistad. Yo tenía necesidad de escribirte y tú no tenías ninguna necesidad de que lo hiciera. Puede ocurrir. Quizá te juzgue injustamente pero así sufriré menos y es mejor. Ya no te escribo más, aunque me hayas contestado, da lo mismo: no has sido capaz de hacerla la noche en que lo habías prometido. No sé por qué razón vaya mandar esta carta. Hace unos días rompí tres, bien puedo romper la que hace cuatro. ¡Bah! será mi despedida. Y no te veas obligada a un recuerdo: ahora ya pienso que todo me da igual. Mi fallo está, Rinette, en haberte pedido demasiado. En haber esperado demasiado de ti ... Ahora me doy cuenta y me sabe mal. Pierdo una buena amistad y no te tengo rencor. Es culpa mía si no sé retroceder y contentarme con poco.
A.

Alicante, 1 de enero de 1927
Son las dos de la madrugada, Rinette. He desembarcado esta tarde, procedente de Toulouse después de un viaje sin historia. Hace un tiempo espléndido. Alicante es el punto más cálido de Europa, el único lugar en el que maduran los dátiles. Y yo también -casi- bajo este cielo claro. Me paseo sin abrigo, maravillado de esta noche de las Mil y una Noches, palmeras, estrellas cálidas y un mar tan discreto que ni se le oye, ni se le ve, apenas si se le adivina.
Bajando del avión me he redescubierto en plena juventud. Tenía unas ganas locas de extenderme sobre la hierba y bostezar con todas mis fuerzas, lo cual es bien agradable, y estirarme completamente, que también lo es. Este sol favorecía mis deseos imprecisos, los hacía surgir. Tenía mil razones para ser feliz. Los cocheros de simón también. Los limpiabotas, puliendo, acariciando los zapatos y riendo cuando habían terminado, también. Qué día de año nuevo más lleno de promesas. Qué riqueza de vida hoy.
Me había jurado a mí mismo no volver a escribir. Pero acabo de regalar tres cigarrillos a un mendigo porque se ha mostrado tan feliz que he querido hacer durar aquella expresión en su rostro. Me siento lleno de bondad y de indulgencia. Te perdono.
Y además... la otra noche telefoneé a Bertrand con tal hipocresía que no me lo quería confesar ni a mí mismo. Me has domesticado y me he vuelto humilde. En el fondo es dulce dejarse domesticar. Pero tú me costarás otros días de tristeza y estoy bien equivocado.
No hay maldad en mis palabras, Rinette, pero estas cosas tienen más importancia para mí que para ti. No es justo que
pague yo con dolor por una simple pereza. Tiene un cierto encanto. Pero tú no lo comprendes.
¡Bah! De momento estoy escuchando una pianola... Es magnífico. Todas las españolas son heroínas de ópera. A mí me lo parecen.
A causa de la pianola. Una de ellas llora en un rincón, me gustaría mucho saber por qué, porque es la única de Alicante. Cinco o seis fulanas gordas chillando a su alrededor todas a la vez la consuelan. ¡Qué jaleo! Pero no quiere comprender que es feliz. Le gusta su hermosa penilla.
Adiós, Rinette. Quizá encuentre tus cartas al regresar. Me pasearé un poco más por entre la intimidad de las españolas. En este clima suave todos tienen un secreto, pero es el mismo. Porque se miran y sonríen. Y para sonreír no es necesario saber
ni tres palabras de español, entonces hablo ...
Llevo conmigo mi papel de escribir, si tengo ganas te escribiré más esta noche.
Y si no lo hago...
Antoine
Portugal. Vista de Lisboa (Vista D'Aviao)
Bilhete Postal
Lisboa, 12-9-29
Mi vieja Rinette,
Me voy -por desgracia- a América del Sur. He pasado en París dos días melancólicos: no he vuelto a ver a nadie. ¡La
salida ha sido tan brusca!
Cree en mi mucha amistad
Antoine
(18 julio 1930)
Cómo es posible, Rinette, que tenga que enterarme por casualidad de que estás en Río: ni siquiera me lo has dicho. Habría podido ir muy fácilmente la semana pasada.
Quizá pudiera ir todavía, pero sin duda tendrás muchos compromisos de almuerzos, cenas, veladas y serás invisible. Además, parece que no tienes mucho interés.
Si el avión que viene del norte no ha pasado todavía quizá tengas tiempo de mandarme una nota.
Estás mezclada a tantos recuerdos, formas una parte tan importante de la vida pasada que hubiera creído imposible para mí ir a Francia y no verte.
Tú vienes a Río y ves esto como muy posible. Es raro, me encuentro un poco envejecido al ver cómo envejecen todos mis
recuerdos.
Antoine
Reconquista 240, Buenos Aires.
Agay (Var)
Eso es... -sabias resoluciones, cartas rotas en pedazos, durante dos años cuántas cartas rotas- y luego, junto al fuego,
a medianoche, todas las resoluciones ceden. Y me permito el lujo de una imprudencia Y de un pequeño fracaso. Y sorbo un
té bien azucarado. Y me perfumo junto a este fuego que huele a eucaliptos Y a resina. Creo incluso que sonrío, sonrío dulcemente, para mis barbas, porque no siento vergüenza...
¿Qué contarte? Me siento bien a medias. Junto a ti esta noche hubiera estado sin hablar durante una hora. Ocupado en dejar escapar un pensamiento dormido, saboreándolo sin decírmelo. Pensamiento dulce mientras está dormido. ¡Me has enseñado a engañarme a mí mismo! Así que me veo obligado a escribirte una carta que no significa absolutamente nada. Algunos pasos en el jardín. O una carta despertador, cuando uno se estira, cuando todavía no se sabe bien por qué es encantador vivir.
Lo que mas deseo es no esperar nada. En Toulouse me veía impelido hacia mi buzón, desde el otro lado de la ciudad, a cada hora.
A veces regresaba de Marruecos después de tres días de ausencia. Tres días inmensos durante los cuales todas las mujeres del mundo habrían tenido tiempo de escribirme . ¡Esto me aumentaba las oportunidades para una sola! Me gustaba dar esta oportunidad de tres días.
Se me preparaba una sorpresa y yo me iba de paseo para no estorbar. Ingenuo de mí. Verdaderamente era un muchacho muy desgraciado. Y escribiría por la noche, desde el café Lafayette, cartas en las que escondía secretos bajo la entonación de las palabras. Y cuando decía «Alicante», Alicante con su sol y sus naranjas... ¡Era tan sonriente, era tan transparente como un
rostro! Y durante aquel invierno, todas las primaveras que denuncié en el mundo - en Málaga, en Cartagena-, todas las primaveras que reconocía... Estaba loco.
Ya que lo que más deseaba era no comprender nada. Mis secretos tan mal defendidos no corrían ningún peligro. Más tarde se me escribía al Senegal: «Mándame pronto otras cartas, me gustan tanto tus cartas... » Y estaba celoso de mis cartas, me parecía a aquel hombre que, por tacto, había ofrecido como falsa una piedra preciosa. Se aprovechaban. Le agradecían la piedra falsa. «Envíame otra pronto... » y «qué sinvergüenza que no me manda más». Pobre hombre.
Claro. Habría preferido que me trocearan a cachos antes que volver a escribir.
Pero la calma que traen consigo los años, tantas cosas ocurridas, a lo mejor las casablanquesas, o una cierta vejez del corazón, todo ello, en fin... No tiene quizá importancia ya.
Sin duda miento un poco.
Sin duda hubo aquel truco poco leal de la canción de la «Vida Parisién» y el ensayo traidor de otra canción a la guitarra. La que sin duda Dalila cantaba para cortar la melena de Sansón. Sansón se daba cuenta del truco ¡imagínate! Pero la canción le gustaba más que la melena.
La noche sigue dulcemente su curso y dulcemente también me duermo yo. Desconfío de mis confidencias. Me inquieta haber olvidado mis grandes rencores: esto es grave. Quizá me guste también mi debilidad. No quiero saber si he caído o no en la trampa. Sansón que no osa moverse, romper el hilo. Sansón maravillado de ser el guarda que ha caído en la trampa del cazador de pájaros.
Antoine
1 Sin fecha. Verosímilmente de la primavera de 1931.


Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


Escucha tu poesia online