Traducciones De Poemas De Poesia Universal
En esta página encontrarás un poema por cada autor mencionado en el índice de cada país.
A medida que seleccionemos más de un título, los poetas tendrán su propio vínculo.
Índice
Alemania:
El consenso público
Friedrich Holderin (1770-1843)
En el camarote durante la noche
Heinrich Heine ( 1797 - 1856 )
Arabia:
Adán y Eva
Ashram El Kebir
Qasida en Nun
Ben Zaydún Siglo XI
Brasil:
Los deseos
Sergio Jockymann (1930)
España:
El gran masturbador (fragmento)
Salvador Dalí ( 1904 - 1989)
Mañana
Marià Manent (1898- 1998)
Estados Unidos:
De la antología "Poemas del desierto":
(Escritos por miembros del Octavo ejército durante
la campaña del África Occidental, Dic. 1942 a Feb. de 1943)
Al partir
W. Jones, soldado
Cenizas
Elinor Wylie (1885 - 1928 )
Chipre
N. Boodson, sargento
Amor Divino
Michael Benedikt (1935)
El amante de las flores
Charles Bukowski (1920 - 1994)
In excelsis
Amy Lowell (1874 - 1925)
Plegaria de un soldado
Anónimo
(Durante un intenso bombardeo, el viento llevó
este poema hasta una agrietada trinchera de
El-Agheila -Campaña de África, diciembre de 1942
a febrero de 1943.)
Retrato de una muchacha
Conrad Aiken (1889 - 1973)
Yace tranquilo, duerme en paz, tú que sufres...
Dylan Thomas ( 1914-1953)
Yerba
Carl Sandburg ( 1878 - 1967 )
Francia:
Arrullo
Francis Carco (1886 - 1958 )
Dilección
Albert Samain (1858 - 1900 )
El desconocido
Jacques Baron ( 1905 - ?)
El legado
Edmond Haraucourt (1856 - 1941 )
Es necesario amarse
Paul Fort (1872-1960)
Estancias galantes
Jean-Baptiste Poquelin «Molière» (1622 - 1673 )
Lámpara
François Mauriac (1885 - 1970 )
Ojos
A. Sully Prudhomme (1839 - 1907 )
Sofía 2
Jean Arp (1887 - 1966)
Ya no esperaré más
Henri Pastoureau (1912 - 1996)
Grecia:
A una doncella
Anacreonte de Teos ( 540 antes de J.C. )
Oda a Afrodita
Safo de Lesbos ( 600 antes de J.C. )
Obrero del verbo
Yannis Ritsos (1909 - 1990)
Haití:
A la luna
Ignace Nau (1808 - 1839 )
Nostalgia
Louis Morpeau (1786 - 1861 )
Ternura
Lys Ambroise (1829 - 1882)
India:Plenitud
Vidyapati (1352-1448)
Si...
Rudyard Kipling (1865 - 1936)
"Nobel de Literatura" en 1907
Inglaterra:
Canción de amor de Alfred Prufrock
Thomas Stearns Eliot (1888 - 1965)
Premio Nobelde Literatura en 1948
Cartas de Sinesio*
Anthony Thwaite (1930)
Cuando están nuestras almas frente a frente
Elizabeth Browning (1806 - 1861)
El verso
Walter Savage Landor (1755-1864)
Identidades
Matthew Mead (1924)
Mi corazón
Robert Louis Stevenson (1850-1894)
Si debes olvidar
Cristina Rossetti ( 1830 - 1894 )
Visión de las Islas Bermudas
Andrew Marvell ( 1621 - 1678)
Irlanda:
El artista
Oscar Wilde (1854 - 1900)
Italia:
A la que más he amado y adorado...
Torcuato Tasso (1544 - 1595)
Abro la mañana de un blanco lunes...
Pier Paolo Passolini (1922 - 1975)
Besos para Cátulo
Catulo (87 a.C. a 54 a.C.)
Habitación de hotel
Ada Negri ( 1870 - 1945)
Lo desconocido
Aldo Palazzeschi ( 1885 - 1974)
Muchachas florentinas
Dino Campana (1885- 1932)
Japón:
Haiku
Yosa Buson (1716 - 1783)
Latvia y Letonia:
Idilio
Janis Plieksans (Rainis) (Latvia, 1865 - 1927 )
Soneto
Anna Brigadere ( Letonia, 1927 )
Pakistán:
Soy otoño, eres primavera
Abdul R. Memom 1979
Palestina:
Mi ciudad está triste
Fadwa Tugan (Nablus, 1917 - 2004)
Rumania:
Eco
Dan Desliu (Bucharest, 1927 - 1996)
He besado la nieve
T.G. Maiorescu (Bucharest, 1928)
La esposa
Elena Vacaresco (Bucharest, 1866 - Francia, 1958)
Metamorfosis
Eugen Jebeleanu (Bucharest, 1911- 1991 )
Silencio
Lucian Blaga (Bucharest, 1895 - 1962)
Rusia:
Ídolo
Eugenio Evtuchenko, Siberia 1933
Turquía:
El despertar
NazimHikmet, Antigua Salónica 1902-1963
Alemania:

El consenso público
¿No es más bella la vida de mi corazón
desde que amo? ¿Por qué me distinguíais más
cuando yo era más arrogante y arisco,
más locuaz y más vacío?
¡Ah! La muchedumbre prefiere lo que se cotiza,
las almas serviles sólo respetan lo violento.
Únicamente creen en lo divino
aquellos que también lo son.
Friedrich Holderlin (Alemania, 1770-1843)
Versión de Federico Gorbea

En el camarote durante la noche
Tiene el mar perlas, el cielo
astros de ardiente fulgor,
mi corazón en su anhelo
guarda, fuente de consuelo,
otro tesoro: su amor.
Grande es el cielo rïente,
grande el mar, pero mayor
es mi pecho; y más ardiente
que perlas y astro luciente,
en él fulgura mi amor.
Para ti tan sólo, hermosa,
es mi corazón entero;
cielo, amor y alma dichosa
en un solo amor sincero
funde la vida gozosa.
Yo quisiera a la bóveda azulada
donde lucen los astros,
un torrente de lágrimas vertiendo,
en un beso de amor unir mis labios;
que son los ojos de mi dulce amada
esos astros serenos
que me saludan dulces y graciosos
desde la inmensa bóveda del cielo.
Hacia los ojos de mi amada hermosa,
hacia el cielo tranquilo,
los flacos brazos suplicante elevo,
y enamorado y anhelante digo:
-«Dulces ojos, graciosos resplandores,
dad calma a mi angustiado pensamiento
que muera yo, mas que posea al cabo
vuestra serena luz y vuestro cielo.»
-Por las ondas inconstantes
y por mis sueños mecido,
en el camarote angosto
reposo triste y tranquilo.
por la lucana entreabierta
los astros miró en la altura;
¡dulces ojos de mi amada,
hermosa como ninguna!
Aquellos ojos amantes
mi loco delirio velan,
y en la bóveda azulada
luminosos parpadean.
Y hora tras hora dichoso
miro la serena altura,
hasta que los dulces ojos
me roba un jirón de bruma.
En la pared donde apoyo
mi cerebro fatigado,
chocan las ondas furiosas,
en mi oído murmurando:
-¡Pobre loco! son muy cortos
tus brazos y está muy alto
el cielo, donde encendidos
y fuertemente clavados
están con clavos de oro
los resplandecientes astros;
mejor harás en dormirte
calma a tu ansiedad buscando;
¡que tus súplicas son vanas,
y son tus deseos vanos! -Soñé;
era un prado desierto,
era un prado solitario,
de blanca nieve cubierto;
bajo su frío sudario
dormía insensible y yerto,
mas lucían en la altura
de la bóveda azulada
las estrellas con luz pura.
¡Dulces ojos de mi amada
miraban mi sepultura!
Y aquellos ojos amados
resplandecían serenos,
victoriosos, extasiados;
mas de amor eterno llenos
y de pasión impregnados.
Heinrich Heine ( Alemania 1797 - 1856 )
Arabia:

Adán y Eva
1. Tesis
La primavera vino. Y estaba ya madura
la primera manzana que en el mundo se abría.
Durmiendo sobre el hombro de Adán, Eva sentía
subir de sus entrañas inédita ternura.
Miróle embelesada... como una rosa pura,
mostraba ya sus pétalos de luz el nuevo día,
y a tono con la música del agua que corría
pasó, nerviosa y ágil una serpiente oscura.
La joven tuvo miedo; desnuda y sin abrigo,
buscó el refugio cálido del cuerpo de su amigo,
y entre sus brazos fuertes echóse enternecida.
Abrió sus ojos castos Adán; sintió cariño
por ella; y con la tierna simplicidad de un niño
sembró en la tierra virgen el germen de la vida.
2. Antítesis
Cuando, pasado el éxtasis, quedó prendido el grano,
Adán, estupefacto, miró a su compañera
tendida sobre el suelo: ¡como la tierra, era
hermosa! -De rodillas le dijo al soberano:
-¡Gracias, Señor, por este prodigio sobrehumano!
-¡Gracias por el amor y por la primavera!
-Porque me diste el germen que en Ella prolifera
y de mi propia carne la hiciste, con tu mano!
Dios as0mó entre nubes, severo, amargo y triste :
-Has pecado! -le dijo a Adán-, ¿por qué lo hiciste?
-¡Oh, Dios! -repuso el Hombre-: Por Ella vivo y creo;
es sangre de mi sangre, hueso de mi costado,
y Tú la hiciste hermosa: si amarla era pecado,
¿por qué me diste entonces la carne y el deseo?
3. Síntesis
Siglos, milenios, éras tal vez, habían pasado
desde que Adán y Eva se unieron. No existía
ya en el mundo el amor... Pero a la grey judía
llegó un poeta rubio, dulce y atormentado.
Era el Hijo de Dios... Habló contra el pecado
de la lujuria, la sed de oro, la falsía
del mercader que roba y reza, y de la orgía
de un mundo corrompido que a Dios había olvidado.
Al pueblo dijo entonces Jesús: -"Seguid mi ejemplo"...
¡y echó a los fariseos a látigo del templo!
Una joven pareja se acercó al Nazareno:
-"Señor, Señor" -dijéronle-: "¿amarnos es pecado?"
y Él, sonriente : -"Yo mismo seré crucificado
por el amor: ¡amaos! ¡Amar es lo que es bueno!"
Ashram El-Kebir, Arabia

Qasida en nun
Este poema es de Ben Zaydún, uno de los clásicos de la literatura árabe
medieval. Sus poemas inmortalizaron a la princesa Wallada, culta,
elegante y de costumbres libres -una verdadera mujer moderna -que
le amó primero apasionadamente para desdeñarle después.
Este desgraciado amor le inspiró las más bellas páginas.
«Qasida en Nun» es ritual entre los árabes.
La aurora del día de la separación que ha de reemplazar
el de nuestra unión, acaba de aparecer; ha llegado el momento
de alejarnos mutuamente de la dulzura de nuestras citas.
Pues, mientras surgía el alba tras de la noche,
hemos hallado la muerte, y el que se encarga
de las lamentaciones fúnebres se ha alzado para llorarnos.
¿Quién hará saber a aquellos cuyo alejamiento nos impregnó de tristeza
-tristeza que no consume el tiempo, pero que nos consume-
que el destino, sonriente cuando estábamos entre ellos
nos hace ahora verter lágrimas?
Nuestros enemigos se irritaron al vernos saciar mutuamente
nuestro amor y desearon vernos agobiados de pena.
Y la suerte ha dicho: «¡Que así sea!»
Entonces, la que estaba atado en nuestras almas, se ha desatado,
y se ha roto la que por nuestras manos fuera unido.
En otro tiempo no temíamos la separación;
henos hoy sin esperanza de reencuentro.
¿Puedo yo saber, yo que jamás he dado satisfacción a nuestros enemigos,
si mis enemigos han obtenido de ti algún favor?
Jamás creímos en nuestra separación, más que por nuestra voluntad,
jamás nuestra firmeza se debilitó con otra creencia.
Pensaba que la desesperación con sus crisis me procuraría el olvido.
Estoy desesperado. ¿Por qué, pues, la desesperación
ha excitado mis recuerdos?
Vos os habéis alejado y yo también; mis caderas se ha resecado
por el violento amor y mis lágrimas no se agostan.
Cuando mis íntimos pensamientos vuelan
para hablaros en secreto al oído, estoy próximo a morir de dolor,
mientras procuro sufrir con paciencia.
Al perderos, los días se han transformado, se han vuelto sombríos,
mientras que antes, gracias a vos,
incluso las noches eran resplandecientes.
Cuando el fin de la vida era desinteresarme de todo
que no fuera nuestro cariño, y la fuente donde abrebaba mi gozo
era pura por la sinceridad de nuestro amor.
Cuando inclinábamos hacia nosotros las ramas de la intimidad,
que nos tendían sus frutos maduros,
frutos que a manos llenas cogíamos.
Ojalá pueda mi fidelidad ser regada por la ola primaveral de la dicha!
Pues tú eres para mi alma el perfume que la embalsama.
No pienses que tu ausencia, lejos de mí, cambiará mi corazón,
aunque se prolongue; el alejamiento no cambia el corazón de los que aman.
¡Lo juro por Alá! Nada ha buscado mi deseo para reemplazarte;
mis votos no se han alejado de ti.
¡Oh relámpago que surcas la noche, vete de madrugada a palacio;
derrama el aura de la felicidad
sobre la que me daba a beber el vino puro del amor y la pasión!
Y allí, si el pensar en mí entristece a la amiga
cuyo recuerdo esta noche causa mis penas.
¡Oh soplo ligero del céfiro!, lleva mi saludo a quien, a pesar de la distancia,
me devolverá la vida, si me saludara.
A quien no ve que el destino me hace morir, el destino a quien ayuda,
cuando por mi parte no ha tenido motivo de queja.
Es de estirpe real y se creería que Dios la ha hecho de almizcle,
mientras a los demás mortales los hizo de limón.
O que la moldeó de plata sin mezcla y la ha coronado
con el más puro oro virgen, al hacerla y adornarla.
Si se inclina, halla pesadas las perlas de su collar,
a causa de su vida de bienestar;
los anillos ensangrientan su carne delicada.
El sol, embelleciéndola, ha sido para ella nodriza llena de ternura;
y sin embargo,
ella no ha ofrecido su bello cuerpo al sol más que algunos instantes.
Se diría que el sol ha fijado en medio de sus mejillas
la brillante marea de los astros, como un talismán benéfico,
como un adorno.
No nos estorbó el no haber sido su igual en nobleza;
pues, en la pasión, el mutuo abandono de amor es suficiente.
¡Oh jardín!, hace mucho tiempo que mis miradas
no han acariciado rosas ni englantinas,
arrebatadas por la brisa en pleno frescor.
¡Oh paraíso cuyos resplandores me han inundado con sus reflejos;
innúmeros deseos, infinitas delicias.
¡Oh mansión de felicidad! Viví en su bienestar,
bajo el manto de los favores cuyos pliegues sostuve
durante algún tiempo.
No te he nombrado por tu nombre; es por respeto a ti; porque te honor.
Tu alta situación me impide nombrarte.
Pues tú eres sin igual; no tienes par en cualquiera de tus cualidades.
Me basta con describirte clara y sencillamente.
¡Oh, Edén de la eterna felicidad!, en el que yo he cambiado
el agua de las fuentes y del río del paraíso, tan agradable,
por el fruto del árbol del infierno y el alimento de los condenados.
Pudiera decirse que no hemos pasado juntos una noche,
sin que nuestra unión haya estado de tercera, mientras nuestra dicha
hacía desviar los ojos de nuestros detractores.
Escondidos entre las benévolas tinieblas nocturnas,
que nos ocultaban hasta que el alba, al apuntar, amenazaba descubrirnos.
No es sorprendente que pregone la tristeza,
ya que se me ha obligado a alejarme de la amiga,
ni que haya olvidado la paciencia.
Ya recité mi dolor, como suras escritas, el día de la separación,
y tomé como norma la paciencia.
Pero tu amor... no, yo no puedo, con justicia, compararlo a un brebaje,
aunque cuando él me abrevaba me llenaba de alteración.
No he tratado con desprecio la morada de bellezas
en la que tú eres la estrella;
para consolarme del olvido no lo he rehuido por despecho.
No me he alejado voluntariamente de tu lado: las vicisitudes
de mi destino me han hecho partir en contra de mi voluntad.
Estoy triste por ti. Cuando el vino joven me excita,
al inundarme con sus reflejos; cuando hacemos cantar a los cantores,
ni las copas de vino calman mi espíritu, ni las cuerdas
de los instrumentos consiguen distraerme.
Sé fiel al pacto, puesto que yo continúo observándolo;
el ser bien nacido es aquel que trata con equidad tal como es tratado.
No he buscado compañía que pueda saciarme en tu lugar,
no me he servido de nadie para reemplazarte.
Aun cuando la misma luna llena, que ilumina las tinieblas,
descendiera por mi amor de los lugares por donde sigue mi curso,
no podría cautivarme como tú.
Cumple el pacto; mas si no me concedes el don de volver a reunirnos
me satisfaré con la ilusión y con el recuerdo.
Tu respuesta me será de gran provecho si aumentas con ella
los beneficios que no has cesado de prodigarme.
Que Dios, por mis súplicas, te conceda salud,
mientras dure en ti un ardiente amor.
Escóndelo a las miradas y no descubras mi retiro.
Ben Zaydún Arabia, siglo XI
Versión de L. S.
Brasil

Los deseos
Te deseo primero que ames y que,
amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que si es,
sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos, y que,
incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles,
y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.
Y porque la vida es así, te deseo también que tengas
enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que,
algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.
Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil, más no insustituible,
y que en los momentos malos, cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante;
no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil,
sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer y su dolor
y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste,
no todo el año, sino apenas un día;
pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena,
que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras, con urgencia máxima,
por encima y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro
y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera, te sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuántas vidas está hecha un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
y que por lo menos una vez por año pongas algo
de ese dinero enfrente a ti y digas:«Esto es mío»,
sólo para que quede claro quién es el dueño de quién.
Te deseo también que ninguno de tus afectos muera,
pero que si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte
y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer,
y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente,
y que cuando estén exhaustos y sonrientes, aún sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte.
Sergio Jockymann (Brasil, 1930)
España

El gran masturbador (fragmento)
A pesar de la oscuridad reinante
la noche estaba en sus comienzos
en los bordes de las grandes escalinatas de ágata
donde
fatigado por la luz del día
que duraba desde la salida del sol
el gran Masturbador
su inmensa nariz apoyada sobre el piso de ónix
sus enormes párpados cerrados
la frente corroída por horribles arrugas
y el cuello hinchado por el célebre forúnculo que bulle de hormigas
se inmoviliza
extático en ese instante del crepúsculo todavía demasiado luminoso
mientras la membrana que recubre enteramente su boca
se endurece a lo largo de la angustiosa de la enorme langosta
aferrada inmóvil y apretada contra ella
desde hace cuatro días y cinco noches.
Todo el amor
y toda la embriaguez
del gran Masturbador
residía
en los crueles ornamentos de oro falso
que recubren sus sienes delicadas y blandas
e imitan
la forma de una corona imperial
cuyas finas hojas de acanto bronceado
se prolongan
hasta las mejillas rosadas e imberbes
y continúan sus fibras duras
hasta fundirlas
en el alabastro claro de su nuca.
Salvador Dalí (1904 - 1989)
De "Femme visible"
Versión de Aldo Pellegrini

Mañana
Has salido del sueño como el mar. Tu boca,
húmeda aún, sonríe dulcemente a los sueños.
Brilla el sol en la hierba, pero tú ves la plata
de la luna, en el agua adormecida.
Una luz esmeralda casi nubla tus ojos;
guarda el perfume de aquel mar tu fina arcilla;
y una gran perla pálida llevas bajo los bucles,
ondulados como alga tranquila.
Marià Manent Barcelona 1898 -1998
Versión de José Corredor Matheos Estados Unidos

De la antología "Poemas del desierto":
(Escritos por miembros del Octavo ejército durante
la campaña del África Occidental, Dic. 1942 a Feb. de 1943)

Al partir
No, amor mío: que el radiante gozo
de esos ojos -remansos de dulzura-
no lo empañen las nieblas del sollozo.
Verdad: la ausencia -lenta sierpe oscura-
va a cruzar por el tiempo detenido;
y la muerte impasible, su figura
cada instante ha de erguir en la pavura
de un desvelado corazón transido.
Pero tus ojos claros y profundos
saben hablar de amor y de ventura
cual un mensaje de ignorados mundos.
Recordarlos será mirarte cerca;
su solitaria cercanía de encanto
será para mi sed piadosa alberca:
no vayas a enturbiarla con el llanto.
W. Jones, soldado del Octavo ejército II guerra mundial
Versión de: Carlos López Narváez

Cenizas
En adelante -pues te he perdido-
todo tu ser esparciré en el viento,
y serás, al dejar mi pensamiento,
por el resto del mundo recogido.
Ahora que un sol pálido de invierno
va deshojando su sonrisa triste,
¿quién no habrá de sentir el goce tierno
de hallar entre la escarcha lo que fuiste?
La lluvia cantará con voz más leve;
más leve aún su cristalino traje;
más blanca y suave caerá la nieve;
grises más puros vestirá el follaje.
¡Adiós! Bajo la sombra estremecida
me embriagaré de tu color de vino,
dulce pavesa que arrebata el sino,
centella de mi sangre desprendida.
Elinor Wylie ( EE.UU, 1885 - 1928 )
Versión de: Carlos López Narváez
Chipre
Todo el azul del Mar Mediterráneo
ondula en mi redor;
y mientras lentamente voy remando
me acaricia el relumbro
de su tórrido sol.
El flácido velamen, sin premura,
camino a la ensenada
por la bahía cruza.
Persiguiendo sus sombras,
las nubes blancas del confín
sobre el distante promontorio flotan
como raída colcha, parda y gris.
La quilla chapotea;
por entre el agua de verdura
viene sorbiendo una marsopa,
y como sombra rauda,
con impulso de aletas y de cola
bajo el bote se clava.
Remo hasta que suspira
la hendida arena
con el pausado embate de la quilla.
La barca entrega
sobre la playa su fatiga;
y mientras vago en los palmares
contemplo cómo en opalinas nieblas
se envuelven los remotos litorales.
Isla de los Lotófagos, te siento...
De tus grises montañas
brotan los manantiales del Letheo.
Aquel vapor tan sólo es el olvido,
velo que nubla la visión lejana.
N. Boodson, sargento del Octavo ejército II guerra mundial
Versión de: Carlos López Narváez
* * * * * * * *
Amor Divino
Un LABIO que había permanecido estólido, ahora se mueve
Gradual en torno al lado de la cabeza
Como ojo
El ojo se torció en la punta del dedo de alguien, y gira
Alrededor del sol, su oreja,
Y el cerebro arriba sobre el lago del rostro-
Cerca de la catarata del cuerpo-
Como cúmulo agrandado antes de una tormenta:
Un sonido
Que crece gradualmente en el Este
Conduciéndolo todo antes de esto: ganado y arco iris y amantes
Barridos
A la mesa del cuerpo a la que cinco hombres y dos mujeres
Se han sentado casualmente a comer
Michael Benedikt EE.UU. 1935
Versión de Pedro Gandía
El amante de las flores
En las montañas de Valkeri
entre los pavos reales que se pavonean
encontré una flor
tan grande como mi cabeza
y cuando me estiré
para olerla
perdí el lóbulo de la oreja
parte de la nariz
un ojo
y la mitad de la cajetilla
de cigarrillos
regresé
al siguiente día
con la intención de cortar
aquella maldita cosa
pero la encontré
tan hermosa
que en cambio
maté un
pavo real.
Charles Bukowski, Estados Unidos 1920-1994
In excelsis
¡OH, tú!
Tu sombra es luz de sol en una bandeja de plata;
tus pisadas, un lugar para plantar lirios;
tus manos, al moverse, son un doblar de campanas
en el aire inmóvil.
El movimiento de tus manos es la larga y dorada luz del
sol naciente,
el revoloteo de los pájaros en el sendero de un jardín.
Avanzas por la mañana como un perfume de junquillos.
Los potros son menos raudos que tu pensamiento,
tus palabras son abejas alrededor de un peral,
tus sueños son avispas veteadas de oro y negro zumbando
entre manzanas rojas.
Bebo en tus labios,
como el albor de tus manos y tus pies.
Abro la boca:
semejante a una jarra nueva estoy abierta y vacía.
como el agua clara eres tú, que llenas la copa de mi boca.
Eres como un riachuelo sembrado de lirios.
Eres helado como las nubes,
lejano y dulce como las altas nubes.
Me atrevo a alcanzarte,
me atrevo a tocar tu orilla brillante.
Salto más allá de los vientos,
grito y chillo,
porque mi garganta es fina como una espada
afilada con una muela de marfil.
Mi garganta canta la alegría de mis ojos,
la turbulenta alegría de mi amor.
¿Cómo cayó el arco iris sobre mi corazón?
¿Cómo se enredó el mar entre mis dedos
y cómo cubrió mi cabeza con el cielo?
¿Cómo viniste a habitar en mí,
asediándome con los cuatro círculos de tu mística luz,
hasta que, inclinándome ante ti, como si fueras un altar,
grité: "¡Gloria! ¡Gloria!"?
Habré de torturante pensando en el hoy y en el mañana?
He de creer que el aire es un favor,
la tierra una cortesía
y el cielo un regalo que hay que agradecer?
Tú eres... aire... tierra... cielo...
Pero no te lo agradezco.
Te tomo,
y vivo.
Y las palabras que diga después
son como rubíes engastados en una puerta de piedra.
Amy Lowell, EE.UU. 1874 - 1925
Versión de Agustí Bartra

Plegaria de un soldado
Asísteme, ¡Señor! Tiniebla y frío
la noche esparce. Lumbre macilenta,
se muere mi valor. La noche es lenta.
Fortaléceme, asísteme, Dios mío.
Amo el gozo, la lucha enardecida;
odio la sombra; amo la primavera,
al hijo y a la buena compañera;
yo no soy un cobarde: amo la vida.
La amo con su niebla y su ventura.
Es preciso vivir. No tengo miedo.
De mí lo mío separar no puedo.
Señor, mi corazón busca Tu altura.
Tú nos diste en Dunkerque mar en calma
para salvarnos. Tu poder divino
nos iba abriendo el hórrido camino.
Tus obras son milagro, Dios del alma.
Solos mientras huía la esperanza,
la Patria amamos, y la misma muerte;
sin oprobio cayéramos, y fuerte
el ánimo cruzó por la matanza.
Ruta de pesadilla. Mar de espanto.
Llegamos... Renacíamos... Después,
tras un velo de sangre hasta los pies,
el alma -alondra- levantó su canto.
Supe así que la muerte es un escape,
y el por qué de estos pávidos siniestros:
porque otra vez el mundo de los nuestros,
por Tu Bondad, de Libertad se empape.
Sólo soy un nacido de mujer:
pero siendo no más que Tu criatura,
Dios de la Fortaleza y la Dulzura,
no permitas que menos pueda ser.
Sosténme, oh Dios, cuando la faz horrenda
de ojos vacíos y de yerta boca
me haga su mueca... Y si caer me toca,
a Ti mi alma desde el polvo ascienda-
Anónimo
Durante un intenso bombardeo, el viento llevó
este poema hasta una agrietada trinchera de
El-Agheila -Campaña de África, diciembre de 1942
a febrero de 1943.
Versión de: Carlos López Narváez

Retrato de una muchacha
Esta es la forma de una hoja, y esta la de una flor,
y éste es el pálido tronco de un árbol
que contempla sus ramas en un charco de agua estancada
en una tierra que nunca veremos.
El tonto en la rama, silencioso, suave cae el rocío,
en el atardecer casi no hay sonidos...
Y las tres hermosas peregrinas que llegan juntas
tocan ligeramente el polvo del suelo.
Lo tocan con pies que apenas turban el polvo, como alas,
tímidas, aparecen juntas, silenciosas,
como bailarinas aguardando en una pausa de la música, la música
que llene el exquisito silencio...
Este es el pensamiento de la primera, y éste el de la segunda,
y éste el grave pensamiento de la tercera:
"Nos demoraremos así por un instante, pálidamente expectante,
y el silencio terminará, y el pájaro
cantará la pura, dulce, clara frase del crepúsculo
hasta llenar la campana azul del mundo;
y nosotras, a quienes la música reunió como a hojas,
como hojas seremos arrastradas.
¿Hacia qué sino la belleza del silencio, perpetuo silencio?,,,"
esta es la forma del árbol,
y la flor y la hoja, y las tres hermosas peregrinas pálidas:
eso eres para mí.
Conrad Aiken, 1889 - 1973

Yace tranquilo, duerme en paz, tu que sufres...
Yace tranquilo, duerme en paz, tu que sufres
la herida que arde y se agita en tu garganta.
A flote sobre el mar silencioso la noche entera hemos oído
el rumor de la herida envuelta en una sábana de sal.
Bajo la luna, tantas millas lejanas, hemos temblado al escuchar
el sonido del mar flotando como la sangre de la sonora herida
y cuando la sábana salobre rompió en una tormenta de canciones
las voces de todos los ahogados nadaron sobre el viento.
Abre un sendero a través de la lenta vela triste,
arroja lejos hacia el viento los portales del errabundo bote
para empezar el viaje al final de mi herida,
oímos que cantaba el sonido del mar, vimos como hablaba la
sábana salobre.
Yace tranquilo, duerme en paz, oculta la boca en la garganta,
o hemos de obedecer y cabalgar contigo por entre los ahogados.
Dylan Thomas, Estados Unidos 1914-1953

Yerba
Haced la pila de cadáveres
en Austerlitz, en Waterloo;
echad encima tierra, tierra;
después... Yo soy la hierba:
dejadlo todo a mi verdor.
Haced también la pila en Gettisburgo
en Ipres, en Verdun;
después... vendrá mi turno
sobre la lúgubre quietud.
Y cuando pasen años, décadas,
los viajeros dirán al conductor:
-¿Qué colinas son esas?
-¿Dónde estamos, señor?
Yo soy la hierba:
dejadlo todo a mi verdor.
Carl Sandburg, Estados Unidos, 1878 - 1967
Versión de: Carlos López Narváez Francia

Arrullo
Suave la lluvia entre las hojas
es un rumor amado y lento,
y tú en mi pecho te abandonas
con silencioso encantamiento.
Se trenza el viento con la lluvia...
vibras... ¡Oh que blando momento
para morir con la dulzura
del agua que evapora el viento!
-¿Oyes la lluvia que solloza?
-¿Oyes el viento plañidero?
Herida mía dulce y honda,
sólo tú ignoras de qué muero.
Francis Carco (Francia, 1886 - 1958 )
Versión de: Carlos López Narváez

Dilección
Adoro lo indeciso: rumor, tintes brumales:
lo que tiembla y ondula, lo que se tornasola;
agua, ojos, cabellos; seda, follaje, ola,
y el ingrávido ritmo de las formas juncales.
El humo que al ensueño presta sus espirales;
del nido los arrullos que el silencio acrisola;
la noche confidente que su perfil inmola,
y la sabia dulzura de sus manos astrales.
Y las horas sin término de una lenta caricia;
y el alma que se agobia con su propia delicia
como rosa que muere vertiendo su nectario.
Alma de casta sombra que mudamente clama,
donde, como el rubí de la votiva llama,
un amor arde insomne, místico y solitario.
Albert Samain ( Francia, 1858 - 1900 )
Versión de: Carlos López Narváez

El desconocido
Él decía Mis labios son racimos monstruosos
panteras que cantan
más dulces que los pájaros tan dulces de la colina
y los toros sangrantes de las grandes nubes oscuras
El decía
Yo llevo en mi pecho
olas inmensas y ásperas
en medio de las flores tan bellas de los días solemnes
Llamaba María
a una pequeña que llevaba legumbres
Él decía, él decía además
Yo soy una amapola
que despierta por la mañana el azul pálido de las bestias
Jacques Baron (1905 - ?)
Versión de Aldo Pellegrini

El legado
Este poema es tuyo, mi Amada Inaccesible;
tu mirada, tu voz y tu sonrisa guarde;
cante aquí tu hermosura su victoria impasible.
El es casi tu obra, y tú lo sabes tarde,
-estos versos nacieron tan lejos de tu oído-
mas, es la flor -¡recógela!- de mi tardío alarde.
Cuando ya no me escuches, anciana y en olvido,
el te devolverá la abolida belleza
y el capitoso efluvio de tu rosal vencido.
No morirás: mi mente ya forjó tu firmeza;
y porque solo el verbo triunfa sobre las horas,
sobre mi pensamiento tu eternidad empieza.
Desfilarán los siglos -rachas devastadoras-
y colmarán de sombra los ámbitos del día,
y aún dará el ensueño sus diáfanas auroras.
Fuera del tiempo el verbo es sagrada armonía
que eterniza la carne si en alma la convierte
-dón que hice a tus ojos, ¡Inalcanzable Mía!
Yo encendí los fulgores de tu blancura inerte,
la noche en tus cabellos y el rumor de tu paso:
ya rescatada fuiste del poder de la muerte.
Edmond Haraucourt ( Francia, 1856 - 1941 )
Versión de: Carlos López Narváez

Es necesario amarse
Amémonos sin misterio,
aquí, en la tierra, triunfantes.
No se ama en el cementerio.
¡Debemos amarnos antes!
Mi ceniza y tu ceniza las esparcirá la brisa.
Paul Fort (Francia 1872-1960)
Estancias galantes
Deja que te desvele Amor ahora.
Con mis suspiros déjate inflamar.
No duermas más, criatura seductora,
Pues es dormir la vida sin amar.
No temas. En la fábula amorosa
se hace más mal del mal que se padece.
Cuando hay amor y el coraz6n solloza,
el propio mal sus penas embellece.
El mal de amor consiste en esconderlo;
para evitarlo, habla en mi favor.
Te da miedo este dios, tiemblas al verlo...
Mas no hagas un misterio del amor.
¿Hay más dulce penar que estar amando?
¿Puede sufrirse una más tierna ley?
Que en todo coraz6n siempre reinando,
reine amor en el tuyo como rey.
Ríndete, pues, oh, celestial criatura;
cede mandato del Amr fugaz.
¡Ama mientras perdure tu hermosura,
que el tiempo Pasa y no regresa más!
Jean-Baptiste Poquelin "Molière" ( 1622 - 1673 )
Versión de: Andrés Holguín

Lámpara
Ilumina la alcoba nocturna, sofocante,
tu cuerpo rosa y lácteo, tibio de interna lumbre;
disperso en la tormenta su efluvio sofocante,
para mi amor se envuelve de tórrido perfume.
el oro taciturno de la lámpara en torno
menos fulgor difunde que tu blancura laxa;
el otro-yo, cautivo de tu quietud en torno,
con manos deslizantes tus lindes puros palpa.
Sin voces que despierten al ángel que nos odia,
sé mía sordamente, con inmóviles brazos;
la gruta del deliquio, sin la luz que nos odia,
tu desnudez tranquila constelará de lampos.
François Mauriac ( 1885 - 1970 )
Versión de: Carlos López Narváez
Ojos
Ojos negros o azules, ojos amados, bellos;
ojos innumerables que iluminó la aurora,
yacen hoy en las tumbas, extintos, sin destellos.
Y aún asciende el sol que los cielos enflora.
Noches de más dulzura que los días más rubios
de aquellos infinitos ojos se constelaron...
Aún dan los luceros sus dorados efluvios;
y ha tiempo aquellos ojos de sombra se colmaron.
¡Oh Dios! ¿Cómo pudieron morir esas pupilas,
de toda dulcedumbre vívidos manantiales?
¿Espejo de qué rostros son sus ondas tranquilas?
¿A qué mundos ignotos se vuelven sus fanales?
Lo mismo que de astros ha tiempo fenecidos
pervive el alma lumbre por el éter cruzando
los ojos adorados, en la muerte sumidos
siguen desde su sombra lanuestra iluminando.
R. F.A. Sully Prudhomme ( 1839 - 1907 )
Versión de: Carlos López Narváez

Sofía 2
¿Cuál era tu sueño
cuando dejaste esta orilla?
¿Soñabas con una balsa de estrellas a la deriva,
soñabas con abismos de candor?
Separaste las esferas intransigentes
para tomar una flor.
Eras el eco de un mundo de luz.
Las mariposas representan una escena de tu vida
que muestra el despertar de la aurora en tus labios.
Una estrella se forma siguiendo tu diseño.
La cortina del día cae para ocultar los sueños.
Eres una estrella que se transforma en flor
La luz se desliza bajo tus pies
y alas radiantes te rodean como un cerco.
La flor se balancea en sus alas.
Ostenta una joya de rocío.
Sueña con una lágrima de sutileza.
Sus besos son perlas.
Ella desaparece, desaparece
en su propia luz.
Ella desaparece, desaparece
en su pureza, en su dulzura.
Soñaste sobre el índice del cielo
entre los últimos copos de la noche.
La tierra se cubrió de lágrimas de gozo.
El día se despertó en una mano de cristal.
Jean Arp (Francia, 1887-1966)

Ya no esperaré más...
ya no esperaré más
el placer se ha alejado como un mito
hacia el estanque atormentado
donde los juncos nacientes se pudren
ya no esperaré más
pues el goce sonoro
se ha vuelto voz sorda
y suspiro
y muere bajo tierra
el placer acompasado
la dicha resplandeciente
la cornamusa voluptuosa
todos los sones argentinos
huyen
todo se adormece y
muere
indecisiones susurradas
últimos secretos del viento
voces de los muertos avergonzadas y profundas
ya nada esperaré del ritmo mágico
he perdido la sangre del sacrificio
Henri Pastoureau (Francia, 1912 - 1996)
De "Le corps trop grand pour un cercueil"
Versión de Aldo PellegriniGrecia

A una doncella
Hace tiempo, la hija de Tántalo
se convirtió en piedra,
junto a las riberas frigias.
Y asimismo, la hija de Pandion
atravesó el espacio, transformada en golondrina.
¡Si pudiera yo convertirme en espejo,
para que siempre tuvieras
en mí fija tu mirada!
¡Que no sea yo túnica
y siempre me llevarías encima!
Quisiera volverme agua límpida
para bañar tu hermoso cuerpo.
O esencia, dueña mía, para perfumarte;
cintilla de tu garganta
y perla para tu cuello;
o sandalia para que así, al menos,
siempre estuviera tu pie sobre mí.
Anacreonte de Teos (Grecia, 540 antes de J. C.)
Versión de: Marcelino Menéndez y Pelayo
Obrero del verbo
Trabajó durante toda su vida,
sin reposo, ardiente y exaltado, casi seguro
de la inmortalidad,
-la suya, por supuesto, en primer término.
Hasta que una noche
el viento sopla de repente.
La puerta se cierra con estrépito.
Él ve las estatuas caer
y golpearse las narices contra el suelo, y comprende.
Las palabras que él había escrito con tanto celo por años
y por años,
se habían endurecido.
Las sentía bajo sus dedos
como la pelambre seca y neutra de una bestia muerta. Sin
embargo, continuó su trabajo como de costumbre,
hasta confundir la muerte y la inmortalidad,
la embriaguez y el olvido.
Pero llegó a poner en claro
lo que es exactamente el trabajo entre la futilidad
y el orgullo.
El sonoro vaivén del péndulo
tenía la resonancia de un tambor en la noche,
como si ritmara una marcha de soldados somnolientos
entre dos batallas.
Yannis Ritsos (Grecia, 1909 - 1990)

Oda a Afrodita
¡Tú que te sientas en trono resplandeciente,
inmortal Afrodita!
¡Hija de Zeus, sabia en las artes de amor, te suplico,
augusta diosa, no consientas que, en el dolor,
perezca mi alma!
Desciende a mis plegarias, como viniste otra vez,
dejando el palacio paterno, en tu carro de áureos atalajes.
Tus lindos gorriones te bajaron desde el cielo,
a través de los aires agitados por el precipitado batir de sus alas.
Una vez junto a mí, ¡oh diosa!, sonrientes tus labios inmortales,
preguntaste por qué te llamaba, qué pena tenía,
qué nuevo deseo agitaba mi pecho,
y a quién pretendía sujetar con los lazos de mi amor.
Safo, me dijiste, ¿quién se atreve a injuriarte?
Si te rehuye, pronto te ha de buscar;
si rehúsa tus obsequios, pronto te los ofrecerá él mismo.
Si ahora no te ama, te amará hasta cuando no lo desees.
¡Ven a mí ahora también, líbrame de mis crueles tormentos!
¡Cumple los deseos de mi corazón, no me rehuses tu
ayuda todopoderosa!
Lamento:
Dulce madre mía, no puedo trabajar,
el huso se me cae de entre los dedos
Afrodita ha llenado mi corazón
de amor a un bello adolescente
y yo sucumbo a ese amor.
SAFO DE LESBOS ( Grecia, 600 a.c )
Versión de: L. S.


Haití

A la luna
¡Oh tímida viajera, cándida peregrina!
¡Oh sílfide nocturna, luna casta y divina!
Tan triste y soñadora, perdida en el celaje,
¿cuál es tu rumbo intérmine, tu sempiterno viaje?
Qué lentos son tus pasos, qué pálida tu frente,
cuando asoma en la noche tu faz opalescente,
y desde los collados, a la lumbre indecisa
de tus rayos se esparcen aromas en la brisa.
Tú que llevas por halo tánta melancolía;
Tú la que de mi pecho recibe idolatría,
dime si eres el mundo o el alma de la muerte
donde en flor o en arbusto la vida se convierte
Allá sobre tus montes, astro de la esperanza,
allá sobre tus valles de clara lontananza,
orilla a tus balsámicos arroyos argentinos,
o bajo sus follajes sedantes y opalinos,
¿otra vez hallaremos madre, hermanos, amadas,
todos los que partieron en horas desoladas,
y los mismos amores, deliquios y embriagueces
que nuestros corazones cambiaron tántas veces?
Ignace Nau (Haití, 1808 - 1839 )
Versión de: Carlos López Narváez

Nostalgia
Cruje la fina arena... Por la avenida,
una blanca figura, negros cabellos...
-¿Quién será la radiante desconocida
que dora la mañana con sus destellos?
Cabellera opulenta donde encendida
caricia pone el cielo. Por los senderos,
grácil, rítmicamente desvanecida
va dejando fragancia de limoneros.
Se esfuma. ..ya mi alma para su daño
regresan las visiones, torna el engaño...
También así mi dulce criolla pasaba,
bajo arcos floridos, como una diosa,
ingrávida, y esbelta, nocturna rosa...
y me sangra la herida que ya cerraba.
Louis Morpeau ( Haití, 1786 - 1861 )
Versión de: Carlos López Narváez

Ternura
Pónte sombra en los labios
y anochéce los ojos,
que ya el sol parte el día
y se agobia callado.
Amo ver la dulzura
d'ese rizo divino
qu'entreabre tus dientes
al asombro del mundo.
Pónte sombra en los labios
y anochéce los ojos...
Una solar ternura
tiende su postrer lampo
besando los palmares
de l'ardiente bahía...
Sobre la mar inmóvil
s'empavesan los barcos
de sopor y de hastío,
de gaviotas y albatros.
Armoniza en tu clave
los arrullos más hondos.
Pónte sombra en los labios
y anochéce los ojos.
Lys Ambroise ( Haití, 1786 - 1861 )
Versión de: Carlos López Narváez
IndiaPlenitud
Canta, cuchillo despiadado,
Luna funesta, sigue en tu desolación,
Flechas de amor, disparen.
Ha vuelto, al fin, mi amor.
Otra vez tengo casa.
Otra vez tengo Dios.
Otra vez tengo cuerpo.
Soy yo.
Vidyapati India 1352-1448
Versión de Gabriel Zaid

Si...
Si puedes estar firme cuando tiemblen de miedo
todos te señalen con vengativo dedo;
si cuando todos duden de ti, tú dices: Puedo
confiar en mí, y dejarlos en su pobre opinión;
si sabes esperar sin cansar la esperanza;
si contra la calumnia no opones la venganza;
si sabes ser odiado sin odiar; si en balanza
calculas tus miradas, de tu palabra el son.
Y puedes soñar sin vivir de tu sueño;
si haces de tu pensar un esclavo y no un dueño;
si al triunfo y al desastre con semblante risueño
-a ese par de impostores- los sabes domeñar;
si, frío, puedes ver la verdad de tu boca
urdida en redes para la muchedumbre loca,
o el barco de tu vida roto contra la roca
con el mellado escoplo volver a comenzar.
Si sabes arriesgar tu fortuna a montones
al azar misterioso de los pares y nones
y comenzar de nuevo a acumular doblones
y de tu desventura no murmurar después;
y si forzar pudieres tu corazón, tu anhelo,
tus nervios moribundos a servirte con celo.
¡Adelante! Aunque todo rodara por el suelo,
salvo el QUERER que grita para ti, ¡Vamos pues!
Si la plebe no mancha tu corazón erguido;
si el honor de los reyes no te roba el sentido;
si amigos y enemigos no te encuentran rendido;
si das la mano al hombre sin besarla jamás;
si puedes llenar cada minuto inaplazable
con sesenta segundos de vigor implacable...
La tierra será tuya y cuanto en ella es dable,
y lo que es más, un HOMBRE, hijo mío, serás.
Rudyard Kipling (India, 1865 - 1936)
Nobel de Literartura en 1907
Versión de Aquilino Villegas
Inglaterra:

Canción de amor de Alfred Prufrock
Vamos, tú y yo,
a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo
cual un paciente adormecido sobre la mesa por el éter:
vamos a través de ciertas calles semisolitarias,
refugios bulliciosos
de noches de desvelo en hoteluchos para pernoctar
y de mesones con el piso cubierto de aserrín y conchas de
ostra,
calles que acechan cual debate tedioso
de intención insidiosa
que desemboca en un interrogante abrumador...
Ay, no preguntes: «¿De qué me hablas?»
Vamos más bien a realizar nuestra visita.
En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Angel están hablando.
La neblina amarilla que se rasca la espalda sobre las
ventanas,
el humo amarillo que frota el hocico sobre las ventanas,
lamió con su lengua las esquinas del ocaso,
se deslizó por la terraza, pegó un salto repentino,
y vien,do que era una tarde lánguida de octubre,
dio una vuelta a la casa y se acostó a dormir.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para el humo amarillo que se arrastra por las calles
rascándose sobre las ventanas.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preparar un rostro que afronte los rostros que
enfrentamos
Ya habrá tiempo para matar, para crear,
y tiempo para todas las obras y los días de nuestras manos
que elevan las preguntas y las dejan caer sobre tu plato;
tiempo para ti y tiempo para mí,
tiempo bastante aun para mil indecisiones,
y para mil visiones y otras tantas revisiones,
antes de la hora de compartir el pan tostado y el té.
En el salón las señoras están deambulando
y de Miguel Angel están hablando.
Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preguntarnos: ¿Me atreveré yo acaso? ¿Me atreveré?
Tiempo para dar la vuelta y bajar por la escalera
con una coronilla calva en medio de mi cabellera.
Ellos dirán: «¡Ay, cómo el pelo se le está cayendo!»
Mi sacoleva, -,el cuello que apoya firmemente mi barbilla,
mi corbata, opulenta aunque modesta y bien asegurada
por un sencillo prendedor.
Ellos dírán: «¡Ay, cuán flacos tiene los brazos y las piernas!»
¿Me aventuro yo acaso a perturbar el universo?
En un mínuto hay tíempo suficiente
para decisiones y revisiones que un minuto rectifica.
Pues ya los he conocido, conocido a todos:
conocido las tardes, las mañanas, los ocasos;
he medido mi vida con cucharitas de café,
conozco aquellas voces que fallecen en un salto mortal
bajo la música que llega desde el rincón lejano del salón
Entonces, ¿cómo he de presumir?
Pues he conocido ya los ojos, conocido a todos,
los ojos que nos sellan en una mirada formulada
estando yo ya formulado, en un alfiler esparrancado;
bien clavado retorciéndome sobre la pared.
¿Cómo comenzar entonces
a escupir las colillas de mis costumbres y mis días?
Entonces, ¿cómo he de presumir?
Pues he conocido ya los brazos, conocido a todos,
brazos de pulseras adornados, níveos y desnudos
(mas al fulgor de la lámpara cubiertos de leve vello de oro).
¿Será el perfume de un vestido
lo que me hace divagar así?
Brazos sobre una mesa reclinados o envueltos en los
pliegues de un mantón.
Entonces ¿habré de presumir?
Y cómo he de comenzar acaso?
Diré tal vez: he paseado por callejuelas al ocaso
y he visto el humo que sube de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa, sobre las
ventanas reclinados
Hubiera preferido ser un par de recias tenazas
que corren en el silencio de oceanicas terrazas.
¡Y la tarde, la incipiente noche, duerme sosegadamente!
Acariciada por unos dedos largos,
dormida... exhausta... o haciéndose la enferma
sobre el suelo extendida, junto a ti, junto a mí.
¿Tendré fuerza bastante después del té y los helados y las
tortas,
para forzar la culminación de nuestro instante?
Aunque he gemido y he ayunado, he gemido y he rezado,
aunque he visto mi cabeza (algo ya calva) portada en una
fuente,
yo no soy un profeta -y ello en realidad no importa
demasiado-
he visto mi grandeza titubear en un instante,
he presenciado al Lacayo Eterno, con mi abrigo en sus
manos, reírse con desprecio.
Y al fin de cuentas, sentí miedo.
Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre las porcelanas, en medio de nuestra charla baladí,
hubiera valido la pena
morder con sonrisas la materia,
enrollar en una bola al universo
para arrojarla hacia algún interrogante abrumador.
Poder decir: «Soy Lázaro que regresa de la muerte
para os revelarlo todo, y así lo voy a hacer»...
Y si al poner en una almohada la cabeza, una dijera:
«No. No fue esto lo que quise decir.
No lo fue. De ninguna manera» .
Hubiera valido la pena, al fin de cuentas,
sí hubiera valido la pena,
después de los ocasos, las zaguanes, las callejuelas salpicadas,
después de las novelas, de las tazas de té y de las faldas
por los pisos arrastradas.
¿Después de todo esto y algo más?
Me es imposible decir justamente lo que siento.
Mas cual linterna mágica que proyecta diseños de nervios
sobre la pantalla,
hubiera valido la pena, si al colocar un almohadón o
arrancar una bufanda,
volviendo la mirada a la ventana, una hubiese confesado:
«No. No fue esto lo que quise decir.
No lo fue. De ninguna manera».
No. No soy el príncipe Hamlet. Ni he debido serlo;
más bien uno de sus cortesanos acudientes, alguien capaz
de integrar un cortejo, dar comienzo a un par de escenas,
asesorar al príncipe; en síntesis, fácil instrumento,
deferente, presto siempre a servir,
político, cauto y asaz meticuloso.
A veces, en realidad, casi ridículo.
A veces tonto de capirote.
Me vence la vejez. Me vence la vejez.
Luciré el pantalón con la manga al revés.
¿Me peinaré hacia atrás? ¿Me arriesgo a comer melocotones?
Me pondré pantalones de franela blanca
y me iré a pasear a lo largo de la playa.
He oído allí cómo entre ellas se cantan las sirenas.
Mas no creo que me vayan a cantar a mí.
Las he visto nadando mar adentro sobre las crestas
de la marejada,
peinando las cabelleras
níveas que va formando el oleaje
cuando de blanco y negro el viento encrespa el océano.
Nos hemos demorado demasiado en las cámaras del mar,
junto a ondinas adornadas con algas rojas y castañas,
hasta que voces humanas nos despiertan, y perecemos ahogados.
Thomas Stearns Eliot ( 1888 - 1965)
Premio Nobelde Literatura en 1948
Versión de Luis Zalamea

Cartas de Sinesio *
Carta VI
Encerrados aquí en nuestras casas, como en una
prisión, estuvimos contra nuestra voluntad, con-
denados a guardar este largo silencio.
Este otoño sentí el frío en mis huesos cuando
en la fuente de Apolo las ranas empezaron a croar.
Perséfona sin rostro. Por encima del Jebel
el trueno rugía.
La fortuna en todas partes administrando sus dádivas,
dispensando suerte a los bárbaros y los ateos.
Y nosotros en la costa reparando los acueductos
pero nos falló el agua.
Luego llegó el invierno y las calzadas se inundaron,
manteniéndonos encadenados a nuestras inútiles bahías,
acorralados por las tempestades, dejando a nuestro ganado
vagar sin que nadie lo cuidara.
En alguna parte, al este, los administradores nos archivaron
bajo una pila de descuidados documentos.
Fuimos olvidados, menos por el hambriento
recolector de impuestos.
El gobernador me envió una invitación de cantos dorados
para celebrar el décimo-cuarto aniversario de la
independencia.
Allí veré al presumido cónsul-general
expresándose en un latin de perros.
Mi cultivadísimo amigo, por favor trate de remitirme
cualquier nuevo libro publicado por los sofistas:
he leído las reseñas en revistas viejas de seis meses
y me siento un provinciano.
"Comerciamos en mortajas: las gentes han cesado de morirse".
La fortuna ha frustrado nuestros deseos de muerte.
Las cifras de la mortalidad infantil se han perdido
por obra de la oficina del censo.
Recuérdeme ahora a mis viejos amigos y colegas.
Discutiendo la Trinidad y la áurea dicción:
Piense en que estoy aquí, esperando los fuegos
de los asturianos.
Observe el sitio donde se acuclillan detrás de los acantilados,
ignorando medida, facción y cisma,
destinados por la ingrata fortuna para ser
los auténticos herederos del Reino.
Anthony Thwaite Inglaterra, 1930
*
Synesius: C. 370 - C.414. Nacido en Cirene, estudió filosofía en Alejandría con Hipatia y después en Atenas. Más tarde fue obispo en Ptolemais en la Penépolis libia. Sus cartas nos ofrecen una vívida pintura del estado del Imperio Romano en África durante el período que le tocó vivir.

Cuando están nuestras almas frente a frente...
Cuando están nuestras almas frente a frente,
mudas, erguidas, fuertes, ya muy próximas,
y sus alas se encienden al tocarse,
¿qué podemos temer en este mundo,
qué anhelos no podrán satisfacerse?
Piensa que si ascendemos a la altura
acudirán los ángeles queriendo
romper con su voz áurea y perfecta
nuestro amado silencio. No, es mejor,
amor mío, quedarnos en la tierra,
donde el afán absurdo de los hombres
a las almas más puras les concede
un lugar donde amarse en esta vida,
cercado por la muerte y las tinieblas.
De "Sonetos del portugués"
Elizabeth Browning Inglaterra, 1806 -1861

El verso
Más que Ilíon en ruinas vive Elena
y Alcestes se levanta entre las sombras.
El verso las evoca: es el verso el que da
inmortal juventud a doncellas mortales.
Pronto el oscuro velo del olvido
ocultará esas lomas pobladas que contemplas,
al alegre, al soberbio; y en tanto, nos saludan
a ti y a mí, por largos estíos, los amantes.
Walter Savage Landor (1755-1864)
Versión de Màrie Montand

Identidades
II
¿Te acordarás de mí Tatania
cuando el mapa de esta región esté doblado
cuando ya no veas más la baja torre y las colinas
el puente jorobado y el arroyo a través de los sauces?
Nos detuvimos en la puerta de los besos,
la lanzadera se entrelaza a la noche;
el viento viaja lejos Tatania
y tú debes seguirlo.
¿Cuando remember y septiembre rimen
debo rimarlos para una traducción de café?
Las colinas esperan como siempre la caricia del ojo,
el ansioso pie de la gloria o el destello cálido;
sobre campos sucesivos, rompedores de límites
se elevan a un legado de horizontes:
¿Me recordarás Tatania mientras me adhiero
a esas marcas y cicatrices
que se desvanecen de tu mente?
Estamos aquí en el final del día,
las colinas esperan,
los campos son un verde mar.
Y más cerca
la luz falla
cambia y se esfuma y nuestros ojos
guardan línea con la rama,
silueta de hoja...
Cuando Lázaro yazga en su larga tumba y las hojas
muertas
tiemblen en su olvidadiza danza,
¿me recordarás Tatania ?
¿Volveré como un fantasma a turbar tu alegría?
Tatania, Tatania, ¿qué recordarás?
Aquí, con tus labios en los míos,
¿quién piensas que soy yo?
Matthew Mead Inglaterra, 1924
Versión de Aurelio Arturo

Mi corazón
Mi corazón, cuando el mirlo canta la primera,
mi corazón bebe su canto:
un fresco placer llena mi pecho
que expandido recorre cada nervio.
Mi pecho remolinea silencioso,
mi corazón está agitado y fresco
como cuando un rosal silvestre
movido por el viento
arrastra una piedra al estanque.
Pero puesto en ti, cuando a ti te encuentro,
mi pulso se espesa y corre,
como cuando el lago alterado se ennegrece,
encrespándose al soplo del viento.
Robert Louis Stevenson (Inglaterra, 1850-1894)
Si debes olvidar
Cuando haya partido al silencioso,
desolado país, país lejano,
ya sin llevar mi mano entre tu mano,
ni andar contigo al vesperal reposo;
cuando de un mañana venturoso
no forjemos el sueño cotidiano...
recuérdame, no más: tarde y en vano
se alzarían el ruego y el sollozo.
Pero si debes olvidar a veces,
no te aflijas si entre reconditeces
de tiempo y sombra para ti me pierdo.
Será más dulcemente dolorido
ver plegarse las rosas de tu olvido
que alzarse entre tinieblas mi recuerdo.
Cristina Rossetti Inglaterra, 1830 - 1894
Versión de: Carlos López Narváez
Visión de las Islas Bermudas
Allá lejos, muy lejos, donde cabalgan las Bermudas.
el invisible seno del mar, esta canción
de algún pequeño barco los vientos escucharon:
Hermanos ¡aleluya! Prodigaremos alabanzas
al que por espesuras líquidas
nuestro paso guiara.
Han visto nuestros ojos islas ignoradas,
en fragante riqueza superiores a la tierra natal.
Los vigorosos monstruos¡,
cuyos lomos sublevan las simas del océano,
desarmados aquí naufragan sin remedio,
y nosotros
a prados apacibles arribamos,
resguardados de sañas y tormentas.
¡Perenne primavera, esmalte de los días!
La lluvia de los pájaros no cesa
desde el aire.
De los naranjos cuelgan brillos
como doradas lámparas en una verde noche;
las granadas recluyen
tesoros más espléndidos que las joyas de Ormuz.
Vecinos higos negros
desprende nuestra boca de los árboles;
con melones redondos juegan nuestras pisadas,
y es la piña tan grave que una sola
en cada planta luce suficiente.
¡Laudanzas a quien puebla
de cedros olorosos la arboleda
y proclama en las playas el ámbar gris hurtado
a las rompientes olas! ¡Él,
Él mismo, en esas rocas
un templo diseñó donde alabar su nombre!
¡Hónrenlo nuestras voces! ¡Levantad los acentos
a la infinita bóveda celeste,
y resonando puedan viajar después ecos
detrás del orgulloso golfo de México!
Así cantaban los marinos de aquel barco: vivaz,
devota música; y del canto
guardaban el compás con el caer del remo.
Andrew Marvell (Inglaterra, 1621 - 1678)
Versión de Jaime García Torrés
Irlanda:

El artista
Ardió su alma, una noche, el deseo vehemente
de perpetuar tu imagen, placer que solamente
por un instante duras, y fuese por el mundo
a conseguir el bronce para sus esculturas.
Y era el bronce la única obsesión de su mente.
Más en el mundo había desaparecido el bronce:
en la extensión del mundo se erguía únicamente
el bronce de una estatua:
la del dolor que dura eternamente.
Esa estatua, obra suya, púsola con sus manos,
en días ya lejanos,
en la tumba del único ser que adoró en la vida...
En la tumba desierta de la muerta criatura
que amara con pasión enloquecida
levantó la figura dolorida
como alma de su alma, como eterna señal
del amor de los hombres que perdura
y como vivo símbolo
del dolor de los hombres que para siempre dura.
Y en la extensión del mundo
no había ya más bronce
que el de aquella escultura.
Arrancóla el artista del sarcófago, y luego,
sobre la enorme boca de un horno incandescente,
viola fundirse al ósculo devorador del fuego.
Y con el bronce mundo
del dolor que perdura eternamente
modeló de otra estatua la figura:
la estatua del placer que solo dura
un instante.
Oscar Wilde Irlanda, 1854 - 1900
Italia:

A la que más he amado y adorado...
A la que más he amado y adorado
cortando flores vi por la ribera;
más de las que su mano recogiera
fueron las que su pie abrió en el prado.
Millar de lazos que el Amor ha armado,
flotaba el oro de su cabellera;
el aire de su voz alivio era
del fuego de sus ojos escapado.
El río se detuvo -tal vez quiso
d'esa hermosura, vivo paraíso,
ser el espejo y de su crencha blonda.
Parecía decirle: Oh Tú, fulgente
faz, digna sólo de imperial corriente,
ven a radiar en mi tranquila onda.
Torcuato Tasso, Italia, 1544 - 1595
Versión de: Carlos López Narváez

Abro a la mañana de un blanco lunes...
Abro a la mañana de un blanco lunes
la ventana, y la calle indiferente
roba entre su luz y sus rumores
mi presencia infrecuente entre las hojas.
Este moverme... en días totalmente
fuera del tiempo que parecía consagrado
a mí, sin regresos ni paradas,
espacio lleno todo de mi estado,
casi prolongación de la existencia
mía, de mi calor, del cuerpo mío...
y se ha truncado... Estoy en otro tiempo,
un tiempo que dispone sus mañanas
en esta calle que yo miro, ignoto,
en esta gente fruto de otra historia
Pier Paolo Passolini Italia, 1922 - 1975

Besos para Catulo
Vivamos, Lesbia mía, y amémonos.
Que los rumores de los viejos severos
nos tengan sin cuidado.
El sol puede salir y ponerse,
pero cuando acabe nuestra breve luz
dormiremos una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
hay que perder la cuenta
para que no pueda el envidioso hechizarnos
si se conoce el total de nuestros besos.
Catulo ( Roma, 87 a.C.-54 a.C.)

Habitación de hotel
No ha llegado la noche todavía
y ya es de noche en esta habitación
donde ayer cabía el mundo entero
y hoy sobramos los dos y sólo cabe
la noche, que ya tarda, sin final.
Ada Negri Italia, 1870-1945
Versión de José Luis García

Lo desconocido
Dí: ¿lo viste pasar en la noche?
-Lo he visto.
-¿Por ventura, lo viste ayer tarde?
-Cada tarde lo miro pasar.
-Y dí: ¿te ha mirado?
-Nunca mira lo que hay a su lado;
siempre mira tan sólo hacia allá...
-¿Hacia allá donde el cielo comienza?
- ...y la tierra se acaba. Hacia allá...
A la franja de lumbre que deja
el tramonto... Hacia allá...
-¿Y después del tramonto?
-Se aleja...
-¿Solo? -Solo. -¿Vestido? -De negro.
-¿Siempre? -Siempre vestido de negro...
-¿Sabes, por ventura, dónde se detiene?
-Nadie sabe su tiempo, su espacio...
Nadie sabe cuál es su cabaña;
nadie sabe cuál es su palacio.
Aldo Palazzeschi Italia, 1885 - 1974
Versión de: Carlos López Narváez

Muchachas florentinas
Sobre el rítmico paso virginal
ondeaba la crencha musical,
de un tibio sol bajo la refulgencia.
Tres eran ellas y una sola gracia
ondulaba en el paso virginal.
Riza y negra la crencha musical,
tres eran ellas y una sola gracia
de los seis pies en la canción marcial.
Dino Campana Italia, 1885- 1932
Versión de: Carlos López Narváez Japón:

Haiku
1
Pasó el ayer,
pasó también el hoy:
se va la primavera.
2
La flor del té,
¿es blanca o amarilla?
Perplejidad.
3
Melancolía,
más que el año pasado:
tarde de otoño.
4
Lluvias de mayo.
Y enfrente del gran río
un par de casas.
5
Un aguacero.
Se agarran a las yerbas,
los gorriones.
Yosa Buson Japón, 1716-1783
Versión de: Antonio Cabezas
Latvia y Letonia:
Idilio
Dime, Bien-amada :
-¿Dónde hallaste palabras tan claras?
-Largo tiempo he mirado la turba.
-¿Dónde hallaste palabras tan bellas?
-Largo tiempo he mirado la luna.
-¿Dónde hallaste palabras tan graves?
-Largo tiempo he mirado la bruma.
Dime, Bien-amado:
-¿Dónde hallaste palabras tan suaves?
-Largo tiempo te he visto en mi fiebre.
-¿Dónde hallaste palabras tan dulces?
-Largo tiempo me he visto en tu frente.
-¿Dónde hallaste palabras tan hondas?
-Largo tiempo yo he visto la Muerte.
Janis Plieksans ( Rainis ) Latvia, 1865 - 1927
Versión de: Carlos López Narváez

Soneto
¿Y tendré que luchar contra el olvido,
y he de pedir que el grito del pasado
no vibre más, y entre mi ser guardado
quede cual otro ser jamás nacido?
No: todo lo que alienta me es amado,
aun el antro de hervor estremecido;
árbol mi vida al huracán erguido
dirá al morir su !canto enamorado.
Si soy grano en la mies innumerable
que vivió solo y fiel en el granero
y germina en la siembra perdurable,
todo en redor de mis sentidos quiero:
de racha y sol, de sima y de lucero
fue formado mi espíritu insaciable.
Anna Brigadere Letonia, 1927
Versión de: Carlos López Narváez Pakistán:
Soy otoño, eres primavera
Soy otoño que escucha los susurros
de primavera en que nacen las flores
de multicolores como el arco iris en
la brizna, donde hay el sol y las caricias
de mariposas. Soy otoño en que caen
las hojas nacidas de primavera, están
llenos de matices como la vida, atrapados
en la blanca nieve, como tu cuerpo que husmeo
en la frescura del aire, como que estás tocándome
con tus yemas blancas para dejar el otoño enamorado
de la primavera, como yo de ti, amada mía. Porque
soy otoño, eres primavera.
Abdul R. Memom (Pakistán, 1979)
Palestina:

Mi ciudad está triste
El día en que conocimos la muerte y traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron,
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.
Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio que transporta
el peso de la muerte y la derrota.
¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!
¿Pueden así quemarse los frutos y las mieses,
en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido!
Fadwa Tugan, Palestina, Neblus, 1917-2004 Rumania: Eco
Llevabas esa tarde un traje verde,
de brillo apagado, como el azogue de las fuentes profundas.
La luna había extendido su claridad de cera
sobre tus hombros dorados aún desde el Verano,
sobre tu frente, que parecía asombrarse de todo,
y sobre tu boca, un momento tan próxima a la mía.
Recuerdo que los árboles hacían escuchar una canción
desconocida para ambos...
Sonreías: tu sonrisa estaba hecha de recuerdos.
Movías suavemente tus dedos cincelados,
y yo tenía un millar de preguntas que hacerte
como, quizás, solamente se puede interrogar al mar inquieto.
Todas las palabras me parecieron tan superfluas
como las hojas muertas de Octubre sobre el suelo.
Escuchábamos arrastrarse lentamente el silencio,
como un zorro, entre las hojas amarillas.
Callábamos.
Callabas. Y la luna entre las largas ramas
aclaraba tus hombros dorados, esa tarde.
1959
Dan Desliu Bucharest, (1927 -1996)
Versión de Pablo Neruda
De "44poetas rumanos" Ed. Losada
He besado la nieve
He besado la nieve-
las huellas de tu paso la blanquearon.
Acaricié los pinos-
tu cuerpo respirando los hacía temblar.
Bebí el agua helada del lago-
en que tú te bañaste una noche de estío.
He recorrido todos los caminos del mundo
sin poder encontrar el sendero
por donde andas ahora.
Es de noche.
Dime, oh luna
blanca, frágil, tímida luna,
desde cuando?
1959
T.G. Maiorescu, Bucharest, 1928
Versión de Pablo Neruda
De "44poetas rumanos" Ed. Losada
La esposa
Mañana no pensarás en el sol de hoy día,
y preguntarás al sol de mañana:
¿Eres el mismo sol?
El camino que lleva a tu casa está cubierto de hojas muertas,
pero en tu casa aún es Primavera.
Meces tus niños al compás de la rueca
y las flores te miran al pasar.
Cuando yo esté muerto, mujer, no abandones la rueca,
y cuando las flores pregunten: ¿Dónde está él?
respóndeles: Está en la tumba,
pero yo acuno su sueño al compás de mi rueca.
Cuando partí a la guerra y te besé en la frente
tu palideciste con mi beso.
Te has quedado sola mirando la llanura,
y no veré amarillear el maíz al mismo tiempo que tú,
y sin tí veré correr la sangre.
Dirás al umbral: Ha partido para regresar.
Dirás a los hijos: Volverá.
Pero dirás a tu corazón: Ha muerto.
Y gemirás sobre mí en el silencio de tu corazón,
como las tórtolas se lamentan en el silencio de los bosques,
pero no llores demasiado por mí
porque las lágrimas son las hermanas mayores del olvido.
Más, mecerás mi sueño
con el rumor de tu rueca
y le hablarás de las cosechas y de las praderas
donde el maíz madura.
La tierra ama la fecundidad
y yo podré hablar a la tierra de sus frutos
y la tierra donde yo duerma se llenará de júbilo.
Mañana ni pensarás en el sol de hoy día,
y preguntarás al sol de mañana:
¿Eres el mismo sol?
Elena Vacaresco (Rumania, 1866 - 1958)
Versión de Pablo Neruda
De "44poetas rumanos" Ed. Losada

Metamorfosis
Pude haber sido un árbol, bajo el cua
tú te habrías recostado cuando yo no te conocía,
habría hecho oscilar dulcemente una de mis ramas, casi al azar,
para besar tus ojos.
Habría sido quizás una hoja blanca,
sobre la cual te hubieses inclinado pensando en silencio
y yo habría besado, mientras tú dibujabas,
el mármol
de tu mano desnuda.
Hubiese podido ser un muro,
un muro
a la sombra del cual
estaría con otro, no conmigo...
Y yo con gran dolor
me hubiera derrumbado
ante tus ojos pálidos de espanto.
Eugen Jebeleanu, (Rumania, 1909 - 1991)
Versión de Pablo Neruda
De "44poetas rumanos" Ed. Losada

Silencio
Hay tanto silencio en torno que me parece oír
estrellarse los rayos de la luna en los vidrios.
En mi pecho
nace una voz extraña:
una cadencia triste que no me pertenece.
Se dice que los antepasados muertos antes de tiempo,
con sangre aún joven en sus venas,
con sangre dueña de grandes pasiones,
con el vivo sol en sus amores,
vienen,
vienen para terminar de vivir
en nosotros
su vida aún no vivida.
Hay tanto silencio en torno que me parece oír
estrellarse los rayos de la luna en los vidrios.
Quién sabe alma mía, en qué pecho cantarás tú también
más allá de los siglos,
qué cuerdas de silencio harás vibrar,
en qué arpa de tinieblas ahogarás tu nostalgia,
quebrarás tu alegría de vivir ? Quién lo sabe ?
Quién lo sabe ?
1919
Lucian Blaga, (Rumania, 1895 - 1962)
Versión de Pablo Neruda
De "44poetas rumanos" Ed. Losada
Rusia:Ídolo
Entre agujas de pino,
en el claro nevado,
hay un ídolo evenko
a la taiga mirando.
Altivo, entre sus párpados rugosos,
un tiempo allí veía
a tímidos evenkos
ofrecerle presentes que traían.
Pieles de reno y miel, prendas de cuero,
y buenas botas altas.
Creían que él rogaba
por todos y de todos se cuidaba.
Pensando oscuramente
que él los comprendía,
untaban en su boca
sangre de reno aún tibia.
Más, ¿qué podía él,
una deidad pequeña,
con alma carcomida
y cruel de madera?
Abandonado y muerto, entre las ramas
hoy mira sin cesar.
En él no cree ya nadie.
Nadie le va a rezar.
Pero yo siento a veces que en la noche,
en su claro desnudo
se le encienden los ojos
cubiertos por el musgo.
Y que aguza el oído a los rumores,
mientras la nieve cae,
lamiéndose los labios,
ansioso de más sangre.
De "Ternura"
Eugenio Evtuchenko Siberia, 1933Turquía:

El despertar
Te has despertado
¿Dónde estás?
En tu casa
Todavía no te has acostumbrado
a encontrarte en tu casa
al despertar
Es ésta una torpeza (una entre tantas)
que trece años de cárcel te han dejado.
¿Quién está acostada a tu lado?
No, no es la soledad
Tu mujer
Duerme como un ángel
Le sienta bien, a la bella, estar encinta.
¿Qué hora es?
Las ocho.
Y eso significa
que tú, hasta esta noche,
estás seguro
porque, según costumbre,
la policía, mientras es de día
no da comienzo a los allanamientos.
Nazim Hikmet Turquía, 1902-1963


Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


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