Guillermo Valencia
A la memoria de Josefina
Anarkos
Ella
En un álbum
Esfinge
Hay un instante en el crepúsculo...
Las dos cabezas
Leyendo a Silva
Los camellos
Melancolía
Palemón el estilita
Pigmalión
Que te amé sin rival, tú lo supiste...
San Antonio y el Centauro


A la memoria de Josefina1
De lo que fue un amor, una dulzura
sin par, hecha de ensueño y de alegría,
sólo ha quedado la ceniza fría
que retiene esta pálida envoltura.
La orquídea de fantástica hermosura,
la mariposa en su policromía
rindieron su fragancia y gallardía
al hado que fijó mi desventura.
Sobre el olvido mi recuerdo impera;
de su sepulcro mi dolor la arranca;
mi fe la cita, mi pasión la espera,
y la vuelvo a la luz, con esa franca
sonrisa matinal de primavera:
¡Noble, modesta, cariñosa y blanca!
2
Que te amé sin rival, tú lo supiste
y lo sabe el Señor; nunca se liga
la errátil hiedra a la floresta amiga
como se unió tu ser a mi alma triste.
En mi memoria tu vivir persiste
con el dulce rumor de una cantiga,
y la nostalgia de tu amor mitiga
mi duelo, que al olvido se resiste.
Diáfano manantial que no se agota,
vives en mí, y a mi aridez austera
tu frescura se mezcla gota a gota.
Tú fuiste a mi desierto la palmera,
a mi piélago amargo, la gaviota,
¡y sólo morirás cuando yo muera!


Anarkos
De todo lo escrito amo solamente lo que
el hombre escribió con su propia sangre.
Escribe con sangre y aprenderás que la
sangre es espíritu.
Federico Nietzsche.
En el umbral de la polvosa puerta
sucia la piel y el cuerpo entumecido,
he visto, al rayo de una luz incierta,
un perro melancólico, dormido.
¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre
cual un espino sus entrañas hinca
o le finge los pasos de una liebre
que ante sus ojos descuidada brinca.
Y cuando el alba sobre el Orbe mudo
como un ave de luz se despereza,
ese perro nostálgico y lanudo
sacude soñoliento la cabeza
y se echa a andar por la fragosa vía,
con su ceño de inválido mendigo,
mientras mueren las ráfagas del día
para tornar a su fangoso abrigo.
Hundido en la cloaca
la agita con sus manos temblorosas,
y de esa tumba miserable, saca
tiras de piel, cadáveres de cosas.
Entretanto, felices compañeros
sobre la falda azul de las princesas
y en las manos de nobles caballeros
comparten el deleite de las mesas;
ciñen collares de valioso broche,
y en las gélidas horas de la noche
tienen calor, en tanto que el proscrito
que va sin dueño entre el humano enjambre,
tropieza con el tósigo maldito
creyendo ahogar el hambre,
y en las hondas fatigas del veneno
echado sobre el polvo se estremece,
fatídico temblor le turba el seno,
y con el ojo tímido, saltado,
sobre la tierra sin piedad, fallece.
Todos vuelven la faz, nadie le toca:
al bardo sólo que a su lado pasa,
atedia la frescura de su boca
"donde nítidos dientes
se enfilan como perlas refulgentes"...
Mísero can, hermano
de los parias, tú inicias la cadena
de los que pisan el erial humano
roídos por el cáncer de su pena;
es su cansancio igual a tu fatiga;
como tú se acurrucan en los quicios
o piden paz, sin una mano amiga,
al silencio de oscuros precipicios.
Son los siervos del pan: fecunda horda
que llena el mundo de vencidos. Llama
ávida de lamer. Tormenta sorda
que sobre el Orbe enloquecido brama.
Y son sus hijos pálidas legiones
de espectros que en la noche de sus cuevas,
al ritmo de sus tristes corazones
viven soñando con auroras nuevas
de un sol de amor en mística alborada,
y, sin que llegue la mentida crisis,
en medio de su mísera nidada
¡los degüellan las ráfagas de tisis!
Los mudos socavones de las minas
se tragan en falanges los obreros
que, suspendidos sobre abismo loco,
semejan golondrinas
posadas en fantásticos aleros.
Con luz fosforescente de cocuyos,
trémula y amarilla,
perfora oscuridad su lamparilla;
sobre vertiginosos voladeros
acometen olímpicos trabajos,
y en tintas de carbón ennegrecidos,
se clavan en los fríos agujeros,
como un pueblo infeliz de escarabajos
a taladrar los árboles podridos.
Sus manos desgarradas
vierten sangre; sarcástica retumba
la voz en la recóndita huronera:
allí fue su vivir; allí su tumba
les abrirá la bárbara cantera
que inmóvil, dura, sus alientos gasta,
o frenética y ciega y bruta y sorda
con sus olas de piedra los aplasta.
El minero jadeante
mira saltar la chispa de diamante
que años después envidiará su hija,
cuando triste y hambrienta y haraposa,
la mejilla más blanca que una rosa
blanca, y el ojo con azul ojera,
se pare a remirarla, codiciosa,
al través de una diáfana vidriera,
do mágicos joyeles
en rubias sedas y olorosas pieles
fulgen: piedras de trémulos cambiantes,
ligadas por artistas
en cintillos: rubíes y amatistas,
zafiros y brillantes,
la perla oscura y el topacio gualda,
y en su mórbido estuche de rojizo peluche,
como vivo retoño, la esmeralda.
La joven, pensativa,
sus ojos clava, de un azul intenso,
en las joyas, cautiva
de algo que duerme entre el tesoro inmenso
no es la codicia sórdida que labra
el pecho de los viles:
es que la dicen mística palabra
las gemas que tallaron los buriles:
ellas proclaman la fatiga ignota
de los mineros; acosada estirpe
que sobre recio pedernal se agota,
destrozada la faz, el alma rota,
sin un caudillo que su mal extirpe:
El diamante es el lloro
de la raza minera
en los antros más hondos de la hullera:
¡loor a los valientes campeones
que vertieron sus lágrimas
entre los socavones!
Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas,
tiñeron el filón con el desangre
que hurtó la vida a sus hinchadas venas:
¡loor a los valientes campeones
que perdieron sus vidas
entre los socavones!
El zafiro recuerda
a los trabajadores de las simas
el último jirón de cielo puro
que vieron al mecerse de la cuerda
que los bajaba al laberinto oscuro:
¡loor a los sepultos campeones
que no verán ya el cielo
entre los socavones!
Y el topacio de tinte amarillento
es recóndita ira
y concreciones de dolor; lamento
que entre el callado boquerón expira;
¡ loor a los cautivos campeones
que como fieras rugen
entre los socavones!
La joven pordiosera
huyó. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Que formidable vocerío
pasa volando por el azul esfera,
con el lejano murmurar de un río?
Es una turba de profetas. Vienen
al aire desplegando los pendones
color de cielo; sus cabezas tienen
profusas cabelleras de leones.
En sus labios marchitos se adivina
el himno, la oración y la blasfemia;
llama febril sus ojos ilumina
de sacros resplandores;
pálidos como el rostro de la Anemia,
llegaron ya: son los conquistadores
del Ideal: ¡dad paso a la bohemia!
Ebrios todos de un vino luminoso
que no beben los bárbaros, y envueltos
en andrajos, son almas de coloso,
que treparán a la impasible altura
donde afilan sus hojas los laureles
conque ciñes de olímpica verdura
en tu vasto proscenio
a los ungidos de tu Crisma, ¡oh Genio!
Aquel muestra su aljaba
de combate, repleta de pinceles;
el otro vibra, como ruda clava,
un cuadrado amartillo y dos cinceles;
se interrogan, se dicen sus proyectos
de obras que dejarán eternos rasgos;
aunque sean insectos,
el mármol y el pincel los harán astros.
Un escultor ofrece
pulir la piedra como fino encaje
para velar un seno que florece
bajo la tenue morbidez del traje;
aquése de fosfórica pupila,
que las del gato iguala,
discurre solo en actitud tranquila
con el azul cuaderno bajo el ala,
y el bardo decadente,
el bardo mártir que suscita mofas,
levantará la frente,
alto nido de férvidas estrofas,
y de sus labios, que el reír no alegra,
brotará el pensamiento
como un águila negra,
con las alas enormes
desplegadas al viento,
para cantar la Venus Victoriosa
cuya violenta juventud encarne
el espíritu alegre de la diosa
en las melancolías de la carne.
El músico, doblando la cabeza
sobre la débil caja
de su violín sonoro,
dice la voz que de los cielos baja
como un perfume del jardín de oro,
y, agarrando del cuello enflaquecido
al tísico instrumento,
lo hace gritar con trágico alarido;
y con ahogados trémolos simula
el sollozo de un mártir que se queja
bajo el negro dogal que lo estrangula:
y sobre todos flota,
como un sueño de amor en la noche larga,
la paz del arte que su duelo embota
y su llagado corazón embarga.
Desventurada tribu
de miserables, vuestro ensueño vano
vuela solo entre sombras como vuelan
las grullas en las noches de verano.
Esa lumbre asesina de los focos
que doran las soberbias capitales,
arderá vuestras frentes inmortales
y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos!
Sin pan, ni amor, ni gruta
donde dormir vuestras febriles horas,
sucumbís a la bárbara cadena,
sin más visión que la chafada ruta
que os empuja a los légamos del Sena...
¡Canes, minero, artistas,
el árido recinto que os encierra
consume vuestros míseros despojos;
y en el agrio Sahara de la tierra
sólo hallasteis el agua ... de los ojos!
Huíd como una banda tenebrosa
de pájaros nocturnos que entre ramas
hienden la oscuridad sin voz ni huella;
morid: ¡para vosotros
no se despierta el día
ni se columpia en el Zenit la estrella
que llamaron los hombres Alegría!
Cuan lejos de vosotros se levanta,
sobre columnas de marfil bruñido,
la ciudad de los Amos, donde canta
su canto de ventura
el gozo entre las almas escondido.
Allí todos olvidan
vuestra angustia. Los árboles no dejan
-de silencio cargados y de flores-
llegar, de los vencidos que se quejan,
el treno funeral de sus dolores;
allí, cual un torrente
que dé sus ondas a dormidas charcas,
resbala fríamente
con ruido sonoro
el oro, a los abismos de las arcas.
Allí las sedas crujen
como crujen las carnes sacudidas
por las fieras: son fieras que no rugen
los seres sin piedad. Ved como pasa
sobre el marmóreo suelo,
con su capa de pieles la hembra dura
cual un oso gigante sobre hielo.
¿Por qué se abren sus ojos
desmesuradamente?
¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos
el astro de la sangre por Oriente.
Bajo el odio del viento y de la lluvia
por la frígida estepa se adelantan
los domadores de la Bestia rubia:
ya los perros sarnosos
se tornaron chacales. De ira ciego
el minero de ayer se precipita
sobre los tronos. Un airado fuego
entre sus manos trémulas palpita,
y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,
¡ruge la tempestad de dinamita!
¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,
con reverberaciones de locura,
evoca ruinas y predice males:
parecen tigres de la Selva oscura
con nostalgias de víctima y juncales.
El furioso caer de sus piquetas
en trizas torna la vetusta arcada
que erigieron al Bien nuestros mayores;
y por la red de las enormes grietas
va filtrando, con tintes de alborada,
un sol de juventud sus resplandores.
Aquél un arma ruda
pide, que parta huesos y que exprima
el verbo de la cólera; filuda
por el trabajo, recogió su lima
de fatigado obrero,
y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda
cayó la Emperatriz como un cordero!
Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo,
vuestro valor ante la muerte espanta;
negros emperadores del cuchillo,
que rendís la garganta
como débil mendrugo
a las ávidas fauces del verdugo;
de duques y barones
no circundó plegada muselina
vuestros cuellos. Allí donde culmina
el dorado listón de los toisones
os dio la guillotina
su mordisco glacial: vendimiadora
que la tez y las almas descolora.
Aún parece vibrar en mis oídos
la voz de Emile Henry: ya bajo el hacha
iba la a rodar su juvenil cabeza,
como la flor al soplo de la racha,
y exclamó: "Germinal",
y de su herida
corrió una fuente de licor sagrado
que bautizó la historia dolorida
de los siervos, con óleo ensangrentado.
Y ese fue dulce al comenzar; renuevo
de razas de alto nombre.
¿Quién me dirá si un huevo
son de torcaz o víbora? La mente
no sabe leer lo que en el tiempo asoma:
el hombre, como el huevo,
en nidos de dolor será serpiente,
¡en nidos de piedad será paloma!
Por dondequiera que mi ser camine
Anarkos va, que todo lo deslustra;
¡un rito secular que no decline
ante el puño brutal de Bakunine,
y el heraldo feroz de Zarathustra!
No puede ser que vivan en la arena
los hombres como púgiles; la vida
es una fuente para todos llena;
id a beber, esclavos sin cadena;
potentado, ¡tu siervo te convida!
¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula
de la miseria se resisten fieros,
y con brazo de adustos domadores
y el ojo sin ternura, ¡los enjaula
la codicia sin fin de los señores!
¿Quién los conciliará? Tibios reflejos
de una luz paternal y vespertina
visten de claridad el linde vago:
es que el Patriarca de los Ritos viejos,
de sapiencia cubierto, se avecina,
con la nerviosa palidez de un mago.
Es flaco y débil: su figura finge
lo espiritual; el cuerpo es una rama
donde canta su espíritu de Esfinge;
y su sangre, la llama
que los miembros cansados transparenta;
de su nariz el lóbulo movible
aspira lo invisible,
son sus patricias manos una garra
febril y amarillenta
es de los griegos la gentil cigarra
¡que con mirar el éter se alimenta!
Impalpable se irgue -melancólico espectro-
y de la cuerda blanca
a su místico plectro
la melodía arranca.
Impalpable se irgue;
hay algo de felino
en su trémula marcha,
hay mucho de divino
en la nítida escarcha
que su cabeza orea.
Cruza sin otras galas
que la túnica nívea
que semeja las alas
rotas de un genio de celeste coro,
y sobre el pecho una
cruz de pálido oro.
Alza el brazo. La Europa
lo aguarda como a antiguo caballero,
debajo de una bóveda de acero;
calla sus labios la soberbia tropa
de esclavos y señores:
el Pontífice augusto
trae el bálsamo santo que redime,
y calma la batalla de panteras;
revalúa lo justo;
ya va a decir el símbolo sublime ...
y de sus labios tiernos
salió, como relámpago imprevisto,
a impulso de los hálitos eternos
esta sola palabra: "Jesucristo."


Ella
Sumida entre la lóbrega cantera
de mi cerebro calcinado, pura
como el diamante en el carbón, fulgura
su faz como la vi por vez primera.
Y, cual rendido lapidario, espera
mi amor, ciña la humilde vestidura
en que hoy envuelvo su ideal figura
de artista, de mujer y de hechicera.
Si algo palpita en mi Poema, gota
de agua en el arenal, si deja huella
o consigue ligar un alma rota;
si desgarra las sombras la centella
de un verso -luz que en el olvido flota,
es su lejana irradiación: ¡es Ella!


En un álbum
Hay Damas que nacieron para mostrarse un día
ceñidas en coronas de lírico florón;
para vivir tus sueños, gentil Caballería,
en brazos de un mancebo de golas y toisón:
Nacieron bajo el astro de la Galantería
a perfumar un siglo, como la Maintenon,
o ennoblecer su tribu con la raza bravía
que mancha de cien águilas el oro de un blasón.
Hay manos que pudieran regir con áureas bridas
el cisne que conduce las almas elegidas,
¡por lagos perezosos, a olímpico País!
Hay dedos que transforman cuanto palpan sus yemas:
en gemas los guijarros, las prosas en poemas,
¡y la flor de los trivios en heráldico Lis!


Esfinge
A.M.G.
Todo en ti me conturba y todo en ti me engaña,
desde tu boca, donde la pasión se adivina
que empurpura los pétalos de esa rosa felina,
hasta la rubia movilidad de tu pestaña.
Todo en ti me es adverso, tu sonrisa me daña
como un hechizo, y en tu plática divina
por un campo de flores la falacia camina
fríamente cual una ponzoñosa alimaña. (1)
Con tu rostro de mártir eres una venganza.
Tus manecitas estrangularon mi esperanza,
y es tu flor un eufobio semioculto entre tules.
Tu lámpara alimentan alas de mariposa,
arda en ella este verso que me inspiró tu prosa:
¡eres una mentira con los ojos azules!(1)
Reminiscencias de Góngora. -N.del A.


Hay un instante del crepúsculo...
Hay un instante del crepúsculo
en que las cosas brillan más,
fugaz momento palpitante
de una morosa intensidad.
Se aterciopelan los ramajes,
pulen las torres su perfil,
burila un ave su silueta
sobre el plafondo de zafir.
Muda la tarde, se concentra
para el olvido de la luz,
y la penetra un don süave
de melancólica quietud,
como si el orbe recogiese
todo su bien y su beldad,
toda su fe, toda su gracia
contra la sombra que vendrá...
Mi ser florece en esa hora
de misterioso florecer;
llevo un crepúsculo en el alma,
de ensoñadora placidez;
en él revientan los renuevos
de la ilusión primaveral,
y en él me embriago con aromas
de algún jardín que hay ¡más allá!...


Las dos cabezas Omnis plaga tristitia cordis est et
omnis malitia, nequitia mulieris.
El EclesiásticoI
Judith y Holofernes
Tesis
Blancos senos, redondos y desnudos, que al paso
de la hebrea se mueven bajo el ritmo sonoro
de las ajorcas rubias y los cintillos de oro,
vivaces como estrellas sobre la tez de raso.
Su boca, dos jacintos en indecible vaso,
da la sutil esencia de la voz. Un tesoro
de miel hincha la pulpa de sus carnes. El lloro
no dio nunca a esa faz languideces de ocaso.
Yacente sobre un lecho de sándalo, el Asirio
reposa fatigado, melancólico cirio
los objetos alarga y proyecta en la alfombra...
Y ella, mientras reposa la bélica falange
muda, impasible, sola, y escondido el alfanje,
para el trágico golpe se recata en la sombra.
* * *
Y ágil tigre que salta de tupida maleza,
se lanzó la israelita sobre el héroe dormido,
y de doble mandoble, sin robarle un gemido,
del atlético tronco desgajó la cabeza.
Como de ánforas rotas, con urgida presteza,
desbordó en oleadas el carmín encendido,
y de un lago de púrpura y de sueño y de olvido,
recogió la homicida la pujante cabeza.
En el ojo apagado, las mejillas y el cuello,
de la barba, en sortijas, al ungido cabello
se apiñaban las sombras en siniestro derroche
sobre el lívido tajo de color de granada...
y fingía la negra cabeza destroncada
una lúbrica rosa del jardín de la noche.
* * *
II
Salomé y Joakanann Antítesis
Con un aire maligno de mujer y serpiente,
cruza en rápidos giros Salomé la gitana
al compás de los crótalos. De su carne lozana
vuela equívoco aroma que satura el ambiente.
Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente:
las que prenden hogueras en la sangre liviana
y a las plantas deshojan de la déspota humana
o la flor de la vida, o la flor de la mente.
Inyectados los ojos, con la faz amarilla,
el caduco Tetrarca se lanzó de su silla
tras la hermosa, gimiendo con febril arrebato:
«Por la miel de tus besos te daré Tiberiades» ,
y ella dícele: «En cambio de tus muertas ciudades,
dame a ver la cabeza del Esenio en un plato» .
* * *
Como viento que cierra con raquítico arbusto,
en el viejo magnate la pasión se desata,
y al guiñar de los ojos, el esclavo que mata
apercibe el acero con su brazo robusto.
Y hubo grave silencio cuando el cuello del Justo,
suelto en cálido arroyo de fugaz escarlata,
ofrecieron a Antipas en el plato de plata
que él tendió a la sirena con medroso disgusto.
Una lumbre que viene de lejano infinito
da a las sienes del mártir y a su labio marchito
la blancura llorosa de cansado lucero.
Y -del mar de la muerte melancólica espuma-
la cabeza sin sangre del esenio se esfuma
en las nubes de mirra de sutil pebetero.
III
La palabra de Dios Síntesis
Cuando vio mi poema Jonatás el Rabino
( el espíritu y carne de la bíblica ciencia ),
con la risa en los labios me explicó la sentencia
que soltó la Paloma sobre el Texto divino.
«Nunca pruebes , me dijo, del licor femenino,
que es licor de mandrágoras y destila demencia;
si lo bebes, al punto morirá tu conciencia,
volarán tus canciones, errarás el camino» .
Y agregó: «Lo que ahora vas a oír no te asombre:
la mujer es el viejo enemigo del hombre;
sus cabellos de llama son cometas de espanto.
Ella libra la tierra del amante vicioso,
y Ella calma la angustia de su sed de reposo
con el jugo que vierten las heridas del santo» .


Leyendo a Silva
Vestía traje suelto de recamado viso
en voluptuosos pliegues de un color indeciso,
y en el diván tendida, de rojo terciopelo,
sus manos, como vivas parásitas de hielo,
sostenían un libro de corte fino y largo,
un libro de poemas delicioso y amargo.
De aquellos dedos pálidos la tibia yema blanda
rozaba tenuemente con el papel de Holanda
por cuyas blancas hojas vagaron los pinceles
de los más refinados discípulos de Apeles:
era un lindo manojo que en sus claros lucía
los sueños más audaces de la Crisografía:
sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas
que desde el ancho margen acechan las minúsculas,
o trazan por los bordes caminos plateados
los lentos caracoles, babosos y cansados.
Para el poema heroico se vía allí la espada
con un león por puño y contera labrada,
donde evocó las formas del ciclo legendario
con sus torres y grifos un pincel lapidario.
Allí la dama gótica de rectilínea cara
partida por las rejas de la viñeta rara;
allí las hadas tristes de la pasión excelsa:
la férvida Eloísa, la suspirada Elsa.
Allí los metros raros de musicales timbres:
ya móviles y largos como jugosos mimbres,
ya diáfanos, que visten la idea levemente
como las albas guijas un río transparente.
Allí la vida llora y la Muerte sonríe
y el Tedio, como un ácido, corazones deslíe...
Allí, cual casto grupo de núbiles Citeres,
cruzaban en silencio figuras de mujeres
que vivieron sus vidas, invioladas y solas
como la espuma virgen que circunda las olas:
la rusa de ojos cálidos y de bruno cabello,
pasó con sus pinceles de marta y de camello,
la que robó al piano en las veladas frías
parejas voladoras de blancas armonías
que fueron por los vientos perdiéndose una a una
mientras, envuelta en sombras, se atristaba la luna...
Aquesa, el pie desnudo, gira como una sombra
que sin hacer ruido pisara por la alfombra
de un templo... y como el ave que ciega el astro diurno
con miradas nictálopes ilumina el Nocturno
do al fatigado beso de las vibrantes clines
un aire triste y vago preludian dos violines...
* * *
La luna, como un nimbo de Dios, desde el Oriente
dibuja sobre el llano la forma evanescente
de un lánguido mancebo que el tardo paso guía
como buscando un alma, por la pampa vacía.
Busca a su hermana; un día la negra Segadora
-sobre la mies que el beso primaveral enflora-
abatiendo sus alas, sus alas de murciélago,
hirió a la virgen pálida sobre el dorado piélago,
que cayó como un trigo... Amiguitas llorosas
la vistieron de lirios, la ciñeron de rosas;
céfiro de las tumbas, un bardo israelita
le cantó cantos tristes de la raza maldita
a ella, que en su lecho de gasas y de blondas,
se asemejaba a Ofelia mecida por las ondas:
por ella va buscando su hermano entre las brumas,
de unas alitas rotas las desprendidas plumas,
y por ella... «Pasemos esta doliente hoja
que mi ser atormenta, que mi sueño acongoja»,
dijo entre sí la dama del recamado viso
en voluptuosos pliegues de color indeciso,
y prosiguió del libro las hojas volteando,
que ensalza en áureas rimas de son calino y blando
los perfumes de oriente, los vívidos rubíes
y los joyeros mórbidos de sedas carmesíes.
Leyó versos que guardan como gastados ecos
de voces muertas; cantos a ramilletes secos
que hacen crujir, al tacto, cálices inodoros;
metros que reproducen los gemebundos coros
de las locas campanas que en El día de Difuntos
despiertan con sus voces los muertos cejijuntos
lanzados en racimos entre las sepulturas
a beberse la sombra de sus noches oscuras...
* * *
...Y en el diván tendida, de rojo terciopelo,
sus manos, como vivas parásitas de hielo,
doblaron lentamente la página postrera
que, en gris, mostraba un cuervo sobre una calavera...
y se quedó pensando, pensando en la amargura
que acendran muchas almas; pensando en la figura
del bardo, que en la calma de una noche sombría,
puso fin al poema de su melancolía:
exangüe como un mármol de la dorada Atenas,
herido como un púgil de itálicas arenas,
¡unió la faz de un Numen dulcemente atediado
a la ideal belleza del estigmatizado!...
Ambicionar las túnicas que modelaba Grecia,
y los desnudos senos de la gentil Lutecia;
pedir en copas de ónix el ático nepentes;
querer ceñir en lauros las pensativas frentes;
ansiar para los triunfos el hacha de un Arminio;
buscar para los goces el oro del triclinio;
amando los detalles, odiar el Universo;
sacrificar un mundo para pulir un verso;
querer remos de águila y garras de leones
con qué domar los vientos y herir los corazones;
para gustar lo exótico que el ánimo idolatra
esconder entre flores el áspid de Cleopatra;
seguir los ideales en pos de Don Quijote
que en el azul divaga de su rocín al trote;
esperar en la noche las trémulas escalas
que arrebaten ligeras a las etéreas salas;
oír los mudos ecos que pueblan los santuarios,
amar las hostias blancas; amar los incensarios
( poetas que diluyen en el espacio inmenso
sus ritmos perfumados de vagaroso incienso );
sentir en el espíritu brisas primaverales
ante los viejos monjes y los rojos misales;
tener la frente en llamas y los pies entre lodo;
querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo:
eso fuiste, ¡oh poeta! Los labios de tu herida
blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida,
modulan el gemido de las desesperanzas,
¡oh místico sediento que en el raudal te lanzas!
* * *
¡Oh Señor Jesucristo! por tu herida del pecho
¡perdónalo! ¡perdónalo! desciende hasta su lecho
¡de piedra a despertarlo! Con tus manos divinas
enjuga de su sangre las ondas purpurinas...
Pensó mucho: sus páginas suelen robar la calma;
sintió mucho: sus versos saben partir el alma;
¡amó mucho! circulan ráfagas de misterio
entre los negros pinos del blanco cementerio...
* * *
No manchará su lápida epitafio doliente:
tallad un verso en ella, pagano y decadente,
digno del fresco Adonis en muerte de Afrodita:
un verso como el hálito de una rosa marchita,
que llore su caída, que cante su belleza,
que cifre sus ensueños, ¡que diga su tristeza!...
* * *
¡Amor! dice la dama del recamado viso
en voluptuosos pliegues de color indeciso;
¡Dolor! dijo el poeta: los labios de su herida
blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida,
modulan el gemido de la desesperanza;
fue el místico sediento que en el raudal se lanza;
su muerte fue la muerte de una lánguida anémona,
se evaporó su vida como la de Desdémona;
ebrio del vino amargo con que el dolor embriaga
y a los fulgores trémulos de un cirio que se apaga...
¡Así rindió su aliento, bajo un sitial de seda,
el último nacido del viejo Cisne y Leda!...


Los camellos
Lo triste es así...
Peter Altenberg Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.
Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego-
pararon silenciosos, al pie de las cisternas...
Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.
Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía...
Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!
Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
«amamos la fatiga con inquietud secreta...»
y vieron desde entonces correr sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.
Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura.
Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.
Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles
alegran las miradas al rey de la fatiga:
¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas,
sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!
¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llevando a cuestas el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!
¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
sólo su arteria rota la Humanidad redime.
Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio...-
¡cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!
¡No! buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente;
Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro...


Melancolía
Grabado de Durero
¡Oh vagos matices
de lánguidos grises
que ahuyentan la calma
si invaden el alma!
¡Oh dolor sincero
de la Fantasía!
¡Oh Melancolía
de Alberto Durero!
Cuadro que despiertas
las visiones muertas
que forjó el Anhelo
para mi consuelo,
simbólica mano
con líneas febriles
trenzó en tus perfiles
al Género humano!
La luz amarilla
que en ráfagas brilla
y apenas alumbra
la tibia penumbra,
dorando los muros
en negro recorta
la vieja retorta
de picos oscuros.
La Kábala eximia,
los trazos de Alquimia
fatigan la alfombra
cargados de sombra...
Y en negras marañas
sobre las paredes
se enredan las redes
de las telarañas.
Alada figura
de etérea blancura,
los seres olvida
de flores ceñida:
Yo finjo que vierte
su labio de diosa
la paz de la fosa
y el don de la muerte.
La angosta persiana
de vieja ventana.,
sugiere sin tules
los cielos azules,
y sobre las alas
de lóbrego piélago,
gigante murciélago
sacude las alas.
Cual fijo en papiro
la piel del vampiro
despliega en la sombra
vocablo que asombra.
¿Quién lo escribiría
con burla macabra,
aquella palabra
de «Melancolía»?
¿Es débil gemido
que anuncia el olvido,
o símbolo oscuro
que cifra el futuro?
¿Es la oculta clave
del amor humano,
o el ¡ay! de un gusano
que quiso ser ave?
¡Oh vagos matices
de lánguidos grises
que ahuyentan la calma
si invaden el alma!
¡Oh, dolor sincero
de la Fantasía!
¡Oh Melancolía
de Alberto Durero!
Cuadro que despiertas
las visiones muertas
que forjó el anhelo,
para mi consuelo,
simbólica mano
con líneas febriles
trazó en tus perfiles
¡al Género Humano!


Palemón el estilita
Enfuriado el Maligno Spiritu de la devota
e sancta vida que el dicho ermitanno facia,
entróle fuertemientre deseo de facerlo caer en
grande y carboniento peccado. Ca estos e non
otros son sus pensamientos e obras.
Apeles Mestres. -Garin
Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,
que burló con tanto ingenio las astucias del demonio,
antiquísima columna de granito
se ha buscado el desierto por mansión,
y en pie sobre la stela
ha pasado muchos días
inspirando a sus oyentes
el horror a los judíos
y el horror a las judías
que endiosaron ¡Dios del cielo!
que endiosaron a una hermosa
de la vida borrascosa,
que llamaban Herodías.
Palemón el Estilita «era un santo». Su retiro
circuían mercadantes de Lycoples y de Tiro,
judaizantes de apartadas sinagogas,
que anhelaban de sus labios escuchar
la palabra de consuelo,
la palabra de verdad
que nos salve del castigo,
y de par en par el Cielo
nos entregue; sólo abrigo
contra el pérfido enemigo
que nos busca sin cesar
y nos tienta con el fuego de unos ojos
que destellan bajo el lino de una toca,
con la púrpura de frescos labios rojos
y los pálidos marfiles de una boca.
Alrededor de la columna que habitaba el Estilita,
como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita,
los turbantes, los bastones y los brazos,
y demanda su sermón al solitario
cuya hueca voz de enfermo
fuerzas cobra ante la mies
que el Señor ha deparado
a su hoz, y cruza el yermo
que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.
Y les habla de las obras de piedad y sacrificio,
de las rudas tentaciones del Apóstol y del vicio
que llevamos en nosotros; del ayuno y el cilicio,
del vivir año tras año con las fieras
bajo rotos quitasoles de palmeras;
y les cuenta lo que es sed y lo que es hambre,
lo que son las noches cálidas de Libia,
cuando bulle de planetas un enjambre,
y susurra en los palmares la aura tibia,
que provocan en el ánimo cansado
de una vida muerta y loca
los recuerdos tormentosos
que en los días pesarosos,
que en los días soñolientos
de tristezas y de calma
nos golpean en el alma
con sus mágicos acentos
cual la espuma débil
toca
la cabeza dura y fría
de la roca.
De la turba que le oía
una linda pecadora
destacóse: parecía
la primera luz del día,
y en lo negro de sus ojos
la mirada tentadora
era un áspid: amplia túnica de grana
dibujaba las esferas de su seno;
nunca vieran los jardines de Ecbatana
otro talle más airoso, blanco y lleno;
bajo el arco victorioso de las cejas
era un triunfo la pupila quieta y brava,
y, cual conchas sonrosadas, las orejas
se escondían bajo un pelo que temblaba
como oro derretido;
de sus manos blancas, frescas,
el purísimo diseño
semejaba lotos vivos
de alabastro,
irradiaba toda ella
como un astro;
era sueño
que vagaba
con la turba adormecida
y cruzaba
-la sandalia al pie ceñida-
cual la muda sombra errante
de una sílfide,
de una sílfide seguida
por su amante.
Y el buen monje
la miraba,
la miraba,
la miraba,
y, queriendo hablar, no hablaba,
y sentía su alma esclava
de la bella pecadora de mirada tentadora,
y un ardor nunca sentido
sus arterias encendía,
y un temblor desconocido
su figura
larga
y flaca
y amarilla
sacudía:
¡era amor! El monje adusto
en esa hora sintió el gusto
de los seres y la vida;
su guarida
de repente abandonaron
pensamientos tenebrosos
que en la mente
se asilaron
del proscrito
que, dejando su columna
de granito,
y en coloquio con la bella
cortesana,
se marchó por el desierto
despacito...
a la vista de la muda,
¡a la vista de la absorta caravana!...


Pigmalión
En líbico marfil tallas tu sueño
de amor, la ninfa de tu ser exalta,
y entre labios de olímpico diseño
flores de perla tu buril esmalta.
Sufres; el bloque de mirar risueño
donde la fiebre de la vida falta
yace inmóvil: la sangre de tu dueño
bajo las curvas gélidas no salta.
Atiende el cielo tu clamor. "Resurge",
Apolo clama; la beldad esquiva
tórnase carne y a la vida surge;
la besas bajo el ático plafondo,
y entre la red de su pestaña viva
hallas lo azul sin límite ni fondo...

Que te amé, sin rival, tú lo supiste...
Que te amé, sin rival, tú lo supiste
y lo sabe el Señor; nunca se liga
la errátil hiedra a la floresta amiga
como se unió tu ser a mi alma triste.
En mi memoria tu vivir persiste
con el dulce rumor de una cantiga,
y la nostalgia de tu amor mitiga
mi duelo, que al olvido se resiste.
Diáfano manantial que no se agota,
vives en mí, y a mi aridez austera
tu frescura se mezcla, gota a gota.
Tú fuiste a mi desierto la palmera,
a mi piélago amargo, la gaviota,
¡y sólo morirás cuando yo muera!


San Antonio y el Centauro
Antonio, el Cenobiarca del silencioso Egipto,
para templar los duelos de su vivir -proscripto
en una helada cueva donde retoza e! Diablo­
marchose en altas horas a visitar a Pablo,
el más viejo eremita.
La paz reinaba en torno:
en cálidos efluvios, por sus bocas de horno
respiraba el Desierto. Ya no volaba una
sola pareja de ibis rojos. La luna,
abriéndose ancho paso tras cenicienta franja,
vertía sobre el polvo su amarillo naranja,
seguida por un astro (dorada mariposa
que en derredor girase de una pálida rosa).
Súbitamente el monje, creyendo oír muy lejos
un rumor, se detuvo, y a los blancos reflejos
del astro melancólico vio la extraña figura
de un monstruo que, a galope, cruzaba la llanura;
y removiendo arenas se venía derecho
a él: su cuerpo flaco tembló como un helecho
que el aura mece; "acaso esa bruta carrera
fuese fuego diabólico; tal vez hambrienta fiera... "
¡ya llega! y frente a frente del vital esqueleto
del monje, un ser no visto, desmelenado, inquieto,
se para. El ermitaño y el monstruo se interrogan,
y así, bajo la calma de la noche, dialogan:
El Centauro
Yo soy el viejo Hippofos: el último Centauro
que circundó sus sienes con el augusto lauro
crecido entre las grutas del Sagrado Archipiélago;
soy un hijo de Grecia que atravesando el piélago,
vino a buscar la sombra de bosques escondidos
para llorar la fuga de sus dioses vencidos.
Yo soy la Fuerza alegre; mi brazo poderoso
sabe peinar la ninfa y estrangular el oso;
y en mi pecho, que tiene la aspereza del cardo,
se doblan las espadas y se despunta el dardo,
y, cual rodada piedra que va de tope en tope,
sobre las rocas duras revienta mi galope;
hasta los dioses tiemblan cuando la ceja enarco;
yo rompo dos encinas para forjarme un arco,
y cifro la alegría de vivir. Soy un hombre
que sueña, quiere y puede, y a la par lleva nombre
de monstruo; tengo mente, y endurecido callo:
soy malo como el hombre y ágil como el caballo,
y velo extraño símbolo. Soñador y lascivo,
quien conozca mi esencia conoce un adjetivo,
comprende el adjetivo universal y humano
que entre su seno oculta la palabra ¡PAGANO!
Tu nombre di, Fantasma que dialogas conmigo.
San Antonio
Yo soy Antonio, un siervo del Señor, tu enemigo,
que atempera sus pasos a la celeste norma
de Jesús, y proscribe la diabólica forma
que corrompe los seres, arrebata la mente
y hace perder el alma del hombre eternamente...
No soy púgil: mis brazos no soportan el peso
de un ánfora colmada; se diría de yeso
mi figura unas veces, en otras aparenta
los contornos de una raíz amarillenta.
Mi frente, que no ciñe fresco gajo, sin vello
finge tan sólo el árida rodilla del camello.
Soy un heraldo mudo de la roja victoria
sobre el Olimpo. Digo la beldad y la gloria
de Cristo con los seres que son de polo a polo.
El Centauro
No puede vuestro Cristo competir con Apolo,
con el hijo soberbio del Ceñudo y Latona,
que en los brazos de Dafnis al amor se abandona,
o lleva el ígneo carro que volcó Faetonte
por los campos azules del abierto horizonte.
El olímpico auriga de la eterna carroza
donde Febo, ceñido de laureles, retoza
con las Horas desnudas, los sonoros tropeles
por el éter dirige de sus raudos corceles.
Van cayendo las sombras bajo el dardo certero
del Arquero divino; por el ancho sendero
que siguió la carroza, cruza el sol, pasa el día,
y la luz va regando su dorada armonía.
Ese numen risueño que ignoró la tristeza
y ha rendido al Olvido su robusta cabeza,
es el padre del Verso: con su mano divina,
al pulsar los bordones del arpa elefantina,
vaga, dulce, amorosa y simbólicamente,
ha forjado una patria más hermosa que Oriente,
donde yerra el perfume que al dolor nos arranca
y a do vuela el suspiro de amor -alondra blanca
que sobre el pico lleva la miel de un beso rojo-o
De allí parten los yambos como flechas de hinojo
del artista con celos que, siguiendo la huella
de Marsyas, lo cautiva, lo vence, lo desuella.
Por la senda más agria del adusto Parnaso,
con la crin en desorden a la luz del ocaso
va subiendo Pegaso, portador en sus ancas
del cantor Musageta de las Vírgenes blancas.
Y en la fiesta del mármol, sobre e! bajorrelieve,
entre dioses risueños y Afroditas de nieve
cuyas bocas ensayan las sonrisas eternas,
se irgue Apolo: la carne de sus pálidas piernas;
el torso alabastrino donde la gracia ondula
en cadenciosos planos; la frente que simula
un ara donde ofician la Luz y la Alegría,
y de su cuerpo todo la vívida armonía,
parece que suspiran por el febril contacto
de efebos y de ninfas de delicioso tacto...!
¡Al Crinado cantemos!
San Antonio
Es un ídolo yerto,
es un nombre en el mundo de! espíritu, muerto.
El Centauro
Un dios más bello muestra que Apolo y Citerea.
San Antonio
El triste, el dulce, el pálido Nabí de Galilea.
Es el profeta joven: como dorada lluvia
tiembla su pelo dócil, fluye su barba rubia;
El sabe 10 que dice la voz de las colmenas,
y ama los canes tristes como las azucenas;
y son sus ojos grandes, melancólicos, vagos,
y en su fondo reflejan, como místicos lagos,
el divino silencio de las noches tranquilas;
y, cual besos que miren, sus absortas pupilas
aprisionan la calma del azul horizonte;
son sus manos delgadas como lirios de monte;
por su voz habla el eco de un arrullo divino,
y en vez de lauros lleva la toca del rabino.
Es triste cuando vaga cual un pastor extraño,
en busca de la oveja perdida del rebaño,
y cuando gime a solas por el amigo muerto;
es triste cuando, extinta la luz en el desierto,
con la cabeza baja y los ojos cerrados,
medita entre una fila de camellos cansados.
Si entre las frondas negras del olivar espeso
el de Kerioth le besa con su marchito beso,
sabiendo que su soplo sobre el Ungido vierte
la hez de la perfidia y el vaho de la muerte;
cuando la vieja mano de Dios le des asiste
en el postrer instante de su dolor: ¡es triste!
Y si a la tibia sombra de la copada higuera
sentado por las tardes, al pueblo que lo es pera
le dice la parábola, y en delicioso abrigo
bajo la vid en fruto de Lázaro, su amigo,
a María -la tierna- y a Marta -la sentida­
enseña a amar el Alma y a despreciar la vida;
cuando, caudillo inerme de la legión futura
de mártires, levanta la mística figura,
sobre el paciente lomo de la borrica tarda,
y en medio de las voces del pueblo que le aguarda
entra a Salem, de angustia y amor el alma llena;
cuando en las horas grises de la última Cena
no ya la Pecadora su casto pie le enjuga,
y mientras Juan -el virgen- comparte su lechuga,
el Rabbi desolado por la melancolía
¡es dulce, es dulce, es dulce!
La blanca Eucaristía
palpita entre sus manos; con la mirada alumbra
los tintes nebulosos de tímida penumbra
que va llenando en olas aquel sereno asilo,
y, destrozado mártir al parecer tranquilo,
suscita sobre el terso cristal de su memoria
la pena sin orillas de su futura historia,
y oye vibrar el beso del hombre que le entrega
y la cobarde excusa de Kefas que le niega,
y, como los retumbas de sorda catarata,
los bárbaros aullidos del pueblo que le mata,
mientras el ancho marco de la ventana hebrea
recorta azules franjas del éter de Judea,
que está diciendo al mártir de faz entristecida
¡Cómo puede ser libre, fácil, sensual la vida!
Contéstame: ¿qué trágico calzó mejor coturno
que aquel Crucificado de rostro taciturno
que, erguido sobre el Gólgota, desde la cruz pasea
los ojos por su caro país de Galilea
que no verá en el tiempo, y en lánguido desmayo
se va muriendo exangüe? Cuando vestía el sayo
de punzador ultraje, cuando cargó la carga
de su futura gloria, cuando probó la amarga
bebida el virgen labio dolorido y sangriento,
y oyó que su lamento se perdía en el viento,
¡fue el trágico sublime! La flor de los dolores
regó desde ese instante sus cálidos olores,
y como banda nívea de cisnes familiares,
al arenal sin límites huyeron a millares
las vírgenes de Cristo, que en su mansión de palma
hallaron lo que Grecia no supo ver: iel Alma!
Allí, más victorioso que el orcomenio atleta,
con sus pasiones lucha vetusto anacoreta,
creador, en e! silencio de abruptas soledades,
de goces no sentidos, de voluptuosidades
que acendra el abstenerse y oculta la tristeza;
allá desde las cruces levantan la cabeza
los mártires heridos -sedientos gladiadores
que secan con sus bocas el mar de los dolores-.
El impasible Kosmos de vuestra fantasía
perdió tal vez su euritmia, su Olimpo, su alegría;
en cambio nuestras almas trocaron la Quimera
por un país excelso donde el amor impera
y...
Súbito el Centauro, doliente, silencioso,
se fue sobre la arena con paso perezoso,
alejando, alejando... y entre la gris llanura
borró para los hombres su helénica figura,
mientras el viejo monje -con su báculo incierto­
con el signo de gracia borraba en el desierto
las huellas del Centauro ...

Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


Escucha tu poesia online