"...Nunca hubo jardín ni patria conocida. Tu nombre
es estela y lo borran constantes el viento y las mareas..."

"Los parrones"
Oscar Domínguez

Reseña biográfica


Poeta, periodista, traductor y ensayista español de origen francés y catalán, nacido en Valencia en 1938.
Periodista profesional desde su temprana juventud y gran viajero, destaca como analista político internacional.
Contribuye activamente, desde sus variados puestos en todo el mundo, a la transición de la dictadura franquista
a la democracia en España sin dejar por ello de escribir poesía.
Publicó su primer libro, "Antítesis primaria", en 1975, al que siguieron numerosas entregas editoriales. Tras diez años
de silencio inicia una nueva indagación poética en la década de los 90 con la publicación de "El corazón del glaciar”,
"Elogio del Incendiario", "Conocimiento de la Llama", "La Voz de los Poetas", "Babel bajo la Luna", "Instrucciones para
Amanecer" y "Razón del Mirlo", en 2010.
Reside y trabaja actualmente en Andalucía con dedicación exclusiva a la escritura de poesía, traducción y ensayo. ©
El poeta I
El poeta II
Elegía en Tholos
Et in arcadia ego
Ítaca
La desintegración de la rosa
La huella del nómada
La libertad del mirlo
La luz ya vuelve al día...
La palabra perdida
La rosa y la máscara de yeso
Le dormeur du val
Libertad
Mapas y pecios
Mnemósina
My verse, the strict map of my misery
Palpo en tu muro grietas y oleajes...
Soy rojo como aurora...
Testamento ológrafo
Tú eres el peatón del camino real
Ultimo límite
El poeta I
Jaime Gil de Biedma
In memoriam
Veyrat está de pie
Frente al paisaje.
Ya sabe que no sabe
Y casi no presiente.
Tuvo sueños y poco tiene
Que no haya profanado.
Palabras ofrecidas
Como putas, cansadas
Frases que un día
Pudiera unir un muchacho
En versos verdaderos.
Sólo le queda resignarse a morir,
Como un hecho ineludible de la especie.
Querría salir de la barbarie
E iniciarse en la noche temblorosa,
Al aire limpio, al frágil tallo.
Quién sabe, tras cruzar la sombra o el amor.
Ha perdido a su hermano.
El poeta II
Unificó el poeta
el mundo
que en cada uno
se dispersa
o aniquila -oculto
hasta la gloria
de la noche
final
celebrada
ruina o simetría. Halló
también
la lengua donde
terminan
todos
los lenguajes -en
la vertiente
oculta
inhabitable del aire.
Elegía en Tholos
A Martine Broda,
In memoriam
Mas si creemos que nuestro único sujeto
es el deseo y al mismo tiempo
nuestra esencia, querríamos ser el objeto
perdido y olvidar todo lenguaje.
Dormir en la colina disfrazados de chopos
y cantuesos. Dormir junto a las cosas
enterradas bajo un horizonte
de leche negra -dormir entre las zarzas
jaras y sarmientos que un día fueron
sujetos abrasados. Y también con los muertos
de dolor o de una borrachera. Dormir
bajo la grava junto a las flores de Víznar
o Bagdad, crucificadas de noche
por el odio que despierta la conciencia
de ser libre. Dormir en la colina
de Spoon River tras un mausoleo cualquiera,
bajo el manzano de un huerto
o sobre una sima del mar. Ser para siempre
un ser aunque muerto deslumbrante
de deseo -y conseguir que dure al menos
el tiempo de regreso hasta el chispazo inicial.
Sólo un gesto. Y dormir para siempre
de la mano de nadie -como duerme Martine
con su enjuto cuerpo entregado
en ofrenda a sus amantes lares, Jouve
Juarroz, Celan o Lacan. Todos duermen
ahora en la colina de Tholos. Y nosotros también
muertos con ella como objetos cosas
húmedas entre la seca arena -este silencio.
Et in arcadia ego
Arrastra tu canto el viento
con su voz de bestia
inmemorial. Deja en las zarzas hojas
de carne arrebatada
al río de sombras -rival
turbio de lo eterno, cuando la vida
se detiene obstruida
en la garganta. Porque
ya conozco de memoria
esta muerte inventada
por nosotros en una noche oscura,
quiero ser expulsado otra vez
del Paraíso para morir
tranquilo -tras colgar como hilo
de araña mi grito
rebelde desde el abismo a la nada.
Ítaca
Nunca hubo jardín. Tu nombre
es laberinto y la patria
perdida el hilo roto de tu hija
Adriana que el viento trae
y aleja, uncido al ritmo
entrecortado de lo vivo: Barre
las hojas de la especie
en tanto que tu pierna
herida de Rimbaud enhebra
de nuevo el camino
de regreso. Nunca hubo jardín
ni patria conocida. Tu nombre
es estela -y lo borran
constantes el viento y las mareas.
La desintegración de la rosa
I
Fue primero tierna y rosa
apretado botón contra mi alma
donde oculto el escorpión
se agazapaba.
Se abrió después
al sol de otoño
y sus órganos al viento
y sus pétalos estaban
abiertos como manos.
Fue luego secando
su vientre breve
fecundado,
y mustia la tersura
pudo separarse
de su tallo y otra rosa
brotó en la carne
y yace rosa seca verde y rosa vieja
enjuta y deshojada.
II
Pergamino de su carne
descarnada
ilumina a veces
el tubo de ensayo
literario.
Sola,
rota y sola
en alacrán
desintegrada.
III
...venas que han gloriosamente ardido...
La huella del nómada
Vive en su mente una lengua
que se apoya sobre el viento:
De luciérnagas se nutre
y ya sabe como el fuego,
que posee cuanto nombra.
Pero la huella del nómada
sólo es un aroma, una palabra,
acaso una canción que acude
hasta el lugar donde se inicia
la espiral del gran regreso.
Así es el viajar del hombre,
temeroso de sombras y evidencias:
Para cruzar los desiertos,
loco de amor trastorna
la razón de las palabras.
Y sólo existe cuanto mira,
vive solamente aquello
que en él se ilumina y crea.
La libertad del mirlo
Amor mío: la música siempre será
la misma mientras dure -rumor
de estrellas acordándose
con los verdes de hoja nueva
o rugidos de glaciares
pariendo nuevas fuentes: angustia
o silencio de huevos y placentas
so la furia brutal del sol. Lo nuevo
es el tono imperceptible
con que cada mirlo entona
de rama en rama su propia canción -acorde
con los golpes de los vientos,
de los tiros, los desgarros y los cebos
del aire envenenado. El ave
no tiene mente -su memoria no es la suya;
libre de toda razón humana
ignora la muerte que le aguarda
entre las sombras impasibles
de la extinción de su especie. Su canto
suena -sobre los limos pensantes,
igual que la inocencia primera
inserta en la ficción del tiempo: lleno
de ruido y de furia, tan bello
como inmenso y carente de sentido.
La luz ya vuelve al día...
Pensaste que el amor
Ya no era aquel combate,
Que pasión cedió al insomnio
Y a la fuente las palabras.
Un grito cruza el agua,
Sólo un grito y desde el pecho
Agitado que se calma, ola
De la luz que vuelve al día.
Amor, contigo voy seguro
Hacia el mar del gran silencio.
La palabra perdida
I
Perdido en la línea del alba
-meta o partida,
volveré a la patria
torturada de mi infancia
y habitaré mi lengua.
Abandonada bruma,
pie de luz en la ceniza.
II
¿Dónde la palabra,
agua interior congelada
en la pupila del tiempo?
Al fragor de la sangre
me abandono:
Río rojo donde fluye
la brasa insomne,
el incendio.
III
Compañera,
en el latido del viento
-desesperado silencio,
quizá el corazón lo sepa.
La rosa y la máscara de yeso
Interpreta tú la estela de mi nombre
para reconstruir el rostro
que los titanes embadurnaron
de yeso: léeme en ese otro
que apareció –sin ser llamado
en el espejo y sácame del laberinto
de consonantes y vocales: dame la clave
para que pueda amarte -al ser
yo mismo y mi contrario,
porque siempre es otro quien te toca
cuando beber procuro tu mirada.
Mi cabeza ya no puede cantar sola
-ni sentirse extranjera
al vagar en estos prados, donde las ménades
aguardan el instante
en que brote la rosa descompuesta
por su oculto sin porqué: Acaso
el dúo sagrado que se alce
en himno verdadero, consiga que renazca
el niño nuevo que jugaba
con el mundo -sobre los hombros
del tiempo, a las orillas del mar.
Le dormeur du val
He roto ya el silencio
porque
se marcharon todos.
Y ahora la amapola
en el cráneo
es una herida
que escucha
la oscura canción.
Así es el corazón:
a los pájaros
libres no les gusta
que les miren.
Libertad
Tan sólo el rayo
podría gobernarte.
El que rápido
ilumina
para después
fulminarte.
En él naces,
Donde
el espíritu
golpea
y huye:
Donde amaste.
Mapas y pecios
Y si trazas el mapa de tu propio
cuerpo, sentirás cómo coincide
con el universo de tu palabra. Y también
que a las ínsulas se llega
solamente por los ríos de la sangre
que anega las selvas, las praderas
y los cielos. Proa siempre
hacia lo incierto que tú configuras
sin precisar de sextante ni instrumentos.
Pero no hay regreso, capitán. Atrás
quedan las estatuas que nunca
o pronto volverán a la arena
por las playas -en la medida
que progrese, extrañamente encendida,
la palabra sobre el cuerpo
en la luz de la razón que no naufraga.
Mas ¿quién podrá saberlo? Casi nadie ahora
junta pecios para después leerlos.
Mnemósina
Cuando Mnemósina bebe
el tibio semen de las flores -o espuma
ardiente de mareas,
trazas tú los ritmos de la canción
sobre el laberinto
de tu templo altivo y solo -poema
irrepetible donde todo
deberá reunir al Todo y aplomar
sus altos muros. En
ese aroma tú decides el sentido
de la fiesta: Aquello
que habrá de quedar
y lo que debiera seguir -pues
suceden al unísono
tiempos futuros y tiempos
pasados, alentando -Oh sí,
al viento que te horada
ahora, libre y luminoso en el momento
preciso en que el sol te pintaba
sobre un muro: Furia
del límite, concentrada luz
que hacia adentro crece. Evohé.
My verse, the strict map of my misery
Como tu verso el mío -John Donne,
dibuja el mapa exacto
de mi miseria. Tan desgarrado
y transparente
estoy ahora
que otro corazón ya no podría
abrir ni ceñir -o arder
un nuevo dardo, cadena
o llama
que de la muerte no llegase.
No es fácil vivir urgido y solo
por devenir nada
finalmente: ¿Y si me diese al aliento
como me entrego al viento -y a las olas,
las preguntas y las llamas
para creer en todo
lo que aún no ha sido dicho?: Escribir
daría más miedo todavía
y yo no fuera acaso tan humano
para entonces.
Mas si el silencio pudiera
dibujarse entre nosotros
como mapa de la nada inexpresable,
podríamos hallar la muerte
a contraluz al asomarnos a la aurora
entre sus trazos movedizos: ¡La última
llamarada de sombra Oh John
podría ser aquel misterio! Palabras que flotan
agujeros negros o pecios de soles yertos.
Palpo en tu muro grietas y oleajes...
Palpo en tu muro grietas y oleajes
hasta notar el seno de barro.
Trazo columnas donde debo escribir -eros de roca,
mi sagrado calor de animal muerto
en matas de liquen espeso y puro. Una mano
nueva me limpiaba de tierra en Atapuerca.
Soy rojo como aurora...
Soy rojo como aurora
y amo a Gilgamesh. En sus ojos
arden todos los colores
y su mente es el punto
en que la luz se convierte
en una forma. Mi sola posesión
mi patria será siempre su rostro
igual al claro día. Piedras
y estrellas laten en sus pechos
y en la espesura del vientre
tiembla su fruto como el mío:
¡Soy el cielo y no puedes tocarme!
¡Soy la tierra y no puedes
hechizarme! Sólo viento llevan
nuestros pies errantes.
Testamento ológrafo
Devuélveme Atienza tus colinas,
el gris de los jirones con que tejes
el chopo dolorido de la tarde.
Atienza verde vaguada
de lágrimas cautivas
que ahora son torrente.
...tuvimos otras tardes muy distintas...
Por ejemplo:
yo te repetía, cerca la boca
de tu corazón de trigo
Atienza
Atienza
Atienza
Atienza mía
casi siempre al partir, cuando el castillo
erguía hacia atrás su sombra
y su reproche.
Hoy, ya dispuesto al gran viaje
confieso que soñé con dormir entre otras tierras
alimentar raíces diferentes
iluminar distintas sementeras.
Hoy, seguro de tu luz proclamo, ruego
y pido:
que dentro de un momento
cuando muera
alguien me recoja -no temáis
que estoy ya tan liviano como
un pájaro-
y me ponga aquí desnudo,
abierto en cruz y con la boca
contra tu mano de tierra. Así, serena mi alma en tu luz
bajo tu seno
aguardaré mi último desguace.De "Antítesis primaria"
Tú eres el peatón del Camino Real
A Claudio Rodríguez
In Memoriam
Tú eres el peatón del camino real entre los bosques enanos
que bordean el río. Tú eres el peatón del camino real que arriesga
su oscuro deseo entre los bosques sin luz: Eres de azul inmenso
y sonríes al centro inaudito junto a Hércules Dionisio y Jesús el Nazareno.
Frente al insomnio del mundo a ti también te alcanzó el abismo.
Ultimo límite
Torrente de luz
se turba en la frontera
-agua viva que no quiere
confundirse en agua oscura,
saltar de amor resplandeciente
a los áridos ríos de inerte corazón.
Cruza el puente un hombre solo
con su callado terror.

Nuestras Poesías

Los hombres nunca saben
cuánta dulzura
y cuánto quebradizo silencio
hay en una poesía...


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