Reseña biografica
Poeta francés nacido en Marsella en 1896.
Desde muy pequeño presentó cambios de comportamiento que motivaron su
reclusión en sanatorios mentales en diversas ocasiones.
En 1920 se radicó en París y publicó los primeros versos bajo el título
"Trictac del ciel" en 1924. A raíz de su amistad con André Breton,
asumió el cargo de director de la oficina de investigaciones surrealistas,
alternando su trabajo con la escritura de ensayos, guiones de películas y su
sobresaliente obra poética "El ombligo de los limbos".
En el año de 1936, su interés por la cultura solar lo llevó a convivir con
los indios Tarahumaras en México.
Después de varios años de reclusión psiquiátrica, publicó en 1947 el ensayo
"Van Gogh le suicidé de la Société" , galardonado al año siguiente con
el Prix Saint-Beuve.
Murió en marzo de 1948 en el asilo de Ivry-sur-Seine. ©
Poemas y textos de Antonin Artaud:
Correspondencia de la momia
Descripción de un estado
físico
El ombligo de los limbos
El yunque de las fuerzas
La tara
tóxica
Los enfermos y los médicos
Noche
Poeta
negro
Primera carta conyugal
Segunda carta conyugal
Tercera carta conyugal
Texto
surrealista
Una de sus últimas
declaraciones
Correspondencia de la momia
Esa carne que ya no se tocará en la
vida,
esa lengua que ya no logrará
abandonar su corteza,
esa voz que ya
no pasará por las rutas del sonido,
esa mano que ha olvidado hasta el ademán de tomar, que ya no logra
determinar el espacio
en el que ha de realizar su
aprehensión,
ese cerebro en fin cuya
capacidad de concebir ya no se determina por sus surcos,
todo eso que constituye mi momia de carne fresca da a dios una idea del
vacío en que la compulsión
de haber nacido me ha colocado.
Ni mi vida es completa ni mi muerte ha fracasad0 completamente.
Físicamente no existo, por mi carne destrozada, incompleta, que ya no
alcanza a nutrir mi pensamiento.
Espiritualmente me destruyo a mí mismo, ya no me acepto como vivo. Mi
sensibilidad está a ras del suelo, y poco falta para que salgan gusanos,
la gusanera de las construcciones abandonadas.
Pero esa muerte es
mucho más refinada, esa muerte multiplicada de mí mismo reside en una
especie de rarefacción de mi carne.
La inteligencia ya no tiene sangre. El calamar de las pesadillas da toda
su tinta, la que obstruye las salidas del espíritu; es una sangre que ha
perdido hasta sus venas, una carne que ignora el filo del cuchillo.
Pero de arriba a abajo de esta carne agrietada, de esta carne no
compacta, circula siempre el fuego virtual. Una lucidez enciende de hora
en hora sus ascuas que retornan a la vida y sus flores.
Todo
lo que tiene un nombre bajo la bóveda compacta del cielo, todo lo que
tiene un frente, lo que es el nudo de un soplo y la cuerda de un
estremecimiento, todo eso pasa en las rotaciones de ese fuego en el que
se asemejan las olas de la carne misma, de esa carne dura y blanda que
un día crece como un diluvio de sangre.
La habéis visto a la momia
fijada en la intersección de los fenómenos, esa ignorante, esa momia
viviente que lo ignora todo de las fronteras de su vacío, que se espanta
de las pulsaciones de su muerte.
La momia voluntaria se halla
levantada, y a su alrededor se agita toda realidad. La conciencia como
una tea de discordia, recorre el campo entero de su virtualidad
obligada.
Hay en esa momia una pérdida de carne, hay en el sombrío
lenguaje de su carne intelectual toda una impotencia para conjurar esa
carne. Ese sentido que recorre las venas de esa carne mística, en la que
cada sobresalto es un modo de mundo y otra especie de engendrar, se
pierde y se devora a sí misma en la quemadura de una nada errónea.
¡Ah! ser el padre nutricio de esa sospecha, el multiplicador de ese
engendrar y de ese mundo en su devenir, en sus consecuencias de flor.
Pero toda esa carne es sólo comienzos y ausencias y ausencias y
ausencia...
Ausencias.
De "Oeuvres complètes (Tome I)
Versión de Aldo Pellegrini
Descripción de un estado físico
Una sensación de quemadura ácida en los miembros,
músculos
retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil,
un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido.
Un
inconsciente desarreglo al andar, en los gestos,
en los movimientos.
Una voluntad tendida en perpetuidad para los
más simples gestos,
la renuncia al gesto simple, una fatiga
sorprendente y central,
una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer,
una
suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual
en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse
inconscientemente
a cualquier cosa, sostenida por una voluntad
aplicada.
Una fatiga de
principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un
sentimiento de increíble fragilidad,
que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento
doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel,
que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno
de un miembro, y a la simple posición vertical
le otorga el premio de un esfuerzo victorioso.
Localizado
probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un
miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y
algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca
en su sitio.
La
suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios.
Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando
cualquier esfuerzo, una coagulación de calor
que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas
de calor nunca quietas.
Una exacerbación dolorosa del cráneo, una
cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes
que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos.
Ahora
tendría que hablar de la descoporización de la realidad, de esa especie
de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas
y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se
toman. Esta clasificación instantánea
de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden
lógico, sino como un orden sentimental, afectivo.
Que ya no se hace:
las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo.
Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento
afectivo.
Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas
las palabras por no importa qué operación mental,
y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más
activos del espíritu.
Un vientre aplanado.
Un vientre de polvo fino y como en foco. Debajo del vientre una
granada reventada.
La granada expande un flujo de copos que se eleva como lenguas de
fuego, un fuego helado. El flujo se
agarra del vientre y lo hace girar.
Pero el vientre no da más vueltas. Son venas de sangre como vino, de
sangre combinada con azufre y azafrán pero con un azufre endulzado con
agua.
Sobre el vientre sobresalen los senos. Y más hacia arriba y en
profundidad, pero en otro plano del espíritu un sol enardecido de manera
que se podría pensar que es el seno el que arde. Y un pájaro
al pie de la
granada.
El sol parece que tuviera una mirada.
Pero una mirada
que estaría mirando el sol.
Y el aire todo es una como una melodía gélida pero una extensa,
honda melodía bien compuesta
y secreta y colmada de ramificaciones congeladas.
Y todo construido con columnas, y con una especie de aguada
arquitectónica que une el vientre
con la realidad.
La tela está ahuecada y estratificada.
La pintura está muy prensada a la tela.
Es como un círculo que se cierra sobre sí mismo, una suerte de abismo
en movimiento que se parte por el medio.
Es como un espíritu que
se ve y se ahueca, está modelado y trabajado
sin cesar por las manos crispadas del espíritu.
Mientras tanto el espíritu siembra su fósforo. El espíritu está seguro.
Tiene un pie bien apoyado
en este mundo.
El vientre, los senos, la granada, son como evidencias testimoniales
de la realidad. Hay un pájaro muerto y hay un abundante surgimiento de
columnas.
El aire está plagado de golpes de lápices como de golpes
de cuchillos, como de esquirlas de uña mágica.
El aire está
suficientemente alterado.
Así donde germina una semilla de
irrealidad se dispone en células.
Las células se colocan cada una en su lugar, en abanico, rodeando el
vientre,
delante del sol más lejos del pájaro y sobre ese flujo de agua
sulfurosa.
Pero la arquitectura que sostiene y no dice nada es indiferente a
las células.
Cada célula contiene un huevo donde se destaca el germen.
Repentinamente nace un huevo en cada célula.
En cada uno hay un hormigueo inhumano pero límpido,
las
diversificaciones de un universo detenido.
Cada célula contiene bien su huevo y nos lo ofrece; pero al huevo no
le importa demasiado
ser elegido o rechazado.
Algunas células no llevan huevo. En algunas crece una espiral.
Y en el aire cuelga una espiral más grande pero como azufrada, de
fósforo todavía y cubierta
de irrealidad.
Y esta espiral tiene toda la relevancia del pensamiento más potente.
El vientre lleva a recordar la cirugía y la Morgue, la bodega, la
plaza pública y la mesa de
operaciones.
El cuerpo del vientre parece tallado en granito o en mármol o en
yeso, pero un yeso
endurecido.
Hay un casillero para una montaña.
Las burbujas del
cielo dibuja sobre la montaña
una aureola fresca y translúcida. Alrededor de la montaña el aire es
sonoro, compasivo,
antiguo, prohibido.
La entrada a la montaña está prohibida. La
montaña tiene su lugar en el alma.
Ella es el horizonte de algo que no deja de retroceder.
Produce
la impresión del horizonte infinito.
Y yo describo con lágrimas esta pintura porque esta pintura me toca
el corazón.
En ella siento desplegarse mi pensamiento como en un espacio ideal,
absoluto, pero un espacio
que tendría una forma posible de ser insertada en la realidad.
Caigo en ella del cielo.
Y alguna de mis fibras se desata y encuentra un lugar en determinados
casilleros.
A ella regreso como a mi fuente,
allí siento el lugar y la
disposición de mi espíritu.
El que ha pintado esa tela es el más grande pintor del mundo.
A
André Mason lo que es justo.
De "L'Ombilic des limbes"
Versión de L.S.
El ombligo de los limbos
Allí donde otros
exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.
Vivir no es
otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la
vida.
No amo en sí misma a la creación. Tampoco entiendo el espíritu
en sí mismo. Cada una de mis obras, cada uno de los proyectos
de mí mismo, cada uno de los brotes gélidos de mi vida interior expulsa
sobre mí su baba.
Estoy en una carta escrita para dar a entender el
estrujamiento íntimo de mi ser, tanto como estoy en un ensayo exterior
a mí mismo y que se me presenta como una indiferente incubación de mi
espíritu.
Sufro que el Espíritu no halle lugar en la vida y que la
vida no se encuentre en el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del
Espíritu-traducción o del Espírítu-atemorizante-de-las-cosas para
hacerlas ingresar en el Espíritu. Yo dejo este libro colgado de la vida,
deseo que sea masticado por las cosas exteriores y en primer término por
todos los estremecimientos acuciantes, todas las vacilaciones de mi yo
por venir.
Todas estas páginas se arrastran en el espíritu como témpanos.
Perdón por mi total libertad. Me niego a hacer diferencias entre cada
minuto de mí mismo. No acepto el espíritu planeado.
Es preciso
acabar con el Espíritu como con la literatura. Quiero decir que el
Espíritu y la vida se encuentran en todos los grados.
Yo quisiera hacer un libro que altere a los hombres, que sea como una
puerta abierta que los lleve a un lugar al que nadie hubiera consentido
en ir, una puerta simplemente ligada con la realidad.
Y esto no es
el prefacio de un libro, como tampoco lo son los poemas que lo indican
en la lista de todas las furias del malestar.
Esto no es más que un témpano atragantado. Una gran pasión
razonadora y superpoblada arrastraba a mi yo como un puro abismo.
Resoplaba un viento carnal y sonoro, y el azufre también era denso. Y
pequeñas raíces diminutas llenaban ese viento como un enjambre de venas
y su entrelazamiento fulguraba. El espacio sin forma penetrable era
calculable y crujiente. Y el centro era un mosaico de trozos como una
especie de rígido martillo cósmico, de una pesadez deformada y que sin
parar cae como un muro en el espacio con un estruendo destilado. Y la
cubierta algodonosa del estruendo tenia la opción obtusa y una viva
mirada que lo penetraba. Sí, el espacio entregaba su puro algodón mental
donde ningún pensamiento era todavía claro ni devolvía su descarga de
objetos. Pero paulatinamente la masa dio vueltas como una náusea potente
y fangosa, una especie de fuerte flujo de sangre vegetal y detonante. Y
las ínfimas raíces trémulas en el filo de mi ojo mental se arrancaban de
la masa erizada del viento a una velocidad vertiginosa. Y todo el
espacio como un sexo saqueado por el vacío ardiente del cielo, se
estremeció. Y algo como un pico de paloma real socavó la masa turbada de
los estados, todo el pensamiento más hondo se diversificaba, se
disipaba, se volvía claro y reducido.
Entonces era preciso que una
mano se transformara en el órgano mismo de la aprehensión. Y aún dos o
tres veces giró la masa artificial y cada vez, mi ojo se enfocaba sobre
un sitio más exacto. La oscuridad misma se hacía más densa y sin objeto.
Todo el hielo ganaba la claridad.
Dios-el-perro contigo y su lengua
que atraviesa la costra
como una saeta
del doble morrión abovedado
de la tierra que le causa ardor.
Y aquí está el triángulo de agua
que se aproxima con paso de
chinche
pero que bajo la chinche ardiente
se transforma en cuchillada.
Bajo los senos de la espantosa tierra
dios-la-perra se ha
marchado,
de los senos de la tierra y de agua congelada
que pudren los
agujeros de su lengua.
Y aquí está la virgen-del-martillo
para masticar las cuevas
de la tierra
donde la calavera del perro del cielo
siente crecer el horroroso
nivel.
Doctor,
Hay un asunto sobre el cual hubiera querido
insistir: es el de la relevancia de la cosa sobre la cual operan sus
inyecciones; esta especie de languidecimiento esencial de mi ser, esta
disminución de mi estiaje mental, que no quiere decir, como podría
creerse, un rebajamiento cualquiera de mi moralidad (de mi alma moral) o
ni siquiera de mi inteligencia, sino más bien de mi intelectualidad
servible, de mis recursos razonantes, y que se relaciona más con el
sentimiento que tengo yo mismo de mí mismo yo, que con lo que pongo de
manifiesto a los demás de él.
Esta vitrificación sorda y polimorfa
del pensamiento que en cierto momento elige su forma. Hay una
vitrificación inmediata y llana del yo en el centro de todas las
posibles formas, de todos los modos posibles del pensamiento.
Y,
señor Doctor, ahora que usted está bien enterado de lo que puede ser
alcanzado en mí (y curado por las drogas), de la zona de conflicto de mi
vida, espero que sabrá suministrarme la cantidad suficiente de líquidos
sutiles, de reactores especiosos, de morfina mental, capaces de
sobreponer mi abatimiento, de enderezar lo que cae, de juntar lo que
está separado, de reparar lo que está destruido.
Le saluda mi
pensamiento
De "L'Ombilic des limbes"
Versión de L.S.
El yunque de las fuerzas
Ese flujo, esa
náusea, esas tiras: aquí comienza el fuego. El fuego de lenguas. El
fuego tejido en flecos de lenguas, en el reflejo de la tierra que se
abre como un vientre que está por parir, con entrañas de miel y azúcar.
Con todo su obsceno tajo ese vientre fláccido bosteza, pero el fuego
bosteza por encima con lenguas retorcidas y ardientes que llevan en la
punta rendijas parecidas a la sed. Ese fuego retorcido como nubes en el
agua límpida, con la luz al lado que traza una recta y algunas pestañas.
Y la tierra entreabierta por todas partes muestra áridos secretos.
Secretos como superficies. La tierra y sus nervios, y sus prehistóricas
soledades, la tierra de geologías primitivas, donde se descubren
secciones del mundo en una sombra
negra como el carbón. La tierra es
madre bajo el hielo del fuego. Ved el fuego en los Tres Rayos, coronado
por su melena en la que pululan ojos. Miríadas de miriápodos de ojos. El
centro ardiente y convulso de ese fuego es como la punta descuartizada
del trueno en la cima del firmamento. Centro blanco de las convulsiones.
Un resplandor absoluto en el tumulto de la fuerza. La espantosa punta de
la fuerza que se quiebra con estruendo azul.
Los Tres Rayos forman un
abanico cuyas ramas caen rectas y convergen hacia el mismo centro. Ese
centro es un disco lechoso recubierto por una espiral de eclipses.
La
sombra del eclipse forma un muro sobre los zig-zags de la alta
albañilería celeste.
Pero por encima del cielo está el Doble-Caballo.
La evocación del Caballo se empapa en la luz de la fuerza sobre un fondo
de muro deteriorado y exprimido hasta la trama. La trama de su doble
pecho. El primero de los dos es mucho más extraño que el otro. Él recoge
el resplandor del cual el segundo es sólo la pesada sombra.
Más bajo
aún que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo proyectan
una sombra como si toda el agua del mundo hiciera subir el orificio de
un pozo.
El abanico desplegado domina una pirámide de cimas, un
inmenso concierto de vértices. Una idea de desierto planea sobre esos
vértices por encima de los cuales flota un astro desmelenado,
horriblemente, inexplicablemente suspendido. Suspendido como el bien en
el hombre o el mal en el comercio de hombre
a hombre, o la muerte en
la vida. Fuerza giratoria de los astros.
Pero detrás de esa visión de
absoluto, ese sistema de plantas, de estrellas, de terrenos partidos
hasta los huesos, detrás de esa ardiente floculación de gérmenes, esa
geometría de búsquedas, ese sistema giratorio de vértices, detrás de ese
arado hundido en el espíritu y ese espíritu que separa sus fibras, y
descubre sus sedimentos, detrás de esa mano de hombre, en fin, que deja
impreso su duro pulgar y dibuja sus tanteos, detrás de esa mescolanza de
manipulaciones y cerebro y esos pozos en todas las direcciones del alma
y esas cavernas en la realidad, se alza la Ciudad amurallada, la Ciudad
inmensamente alta a la que no basta todo el cielo para hacerle un techo
donde las plantas crecen en sentido inverso y con una velocidad
de astros despedidos.
Esa ciudad de cavernas y de muros que proyecta
sobre el abismo absoluto arcos perfectos y subsuelos como puentes.
Cómo se quisiera en la concavidad de esos arcos, en la arcada de esos
puentes insertar la curva de un hombro desmesuradamente grande, de un
hombro en el cual se difunde la sangre. Y colocar su cuerpo en reposo y
su cabeza en la que hormiguean los sueños sobre el reborde de esas
cornisas gigantescas donde se escalona el firmamento.
Pues un cielo
de Biblia está allá arriba por donde se deslizan blancas nubes.
Pero las suaves amenazas de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí
del que dejan asomar las pavesas. Pero la sombra que hace la tierra y la
iluminación apagada y blancuzca. Pero finalmente esa sombra en
forma de cabra y ese macho cabrío. Y el aquelarre de las Constelaciones.
Un grito para recoger todo eso y una lengua para ahorcarme.
Todos esos reflujos comienzan en mí.
Mostradme la inserción de la
tierra, la bisagra de mi espíritu, el atroz nacimiento de mis uñas. Un
bloque, un inmenso bloque artificial me separa de mi mentira. Y ese
bloque tiene el color que cada uno quiere.
El mundo deja allí su baba
como el mar sobre las rocas y como yo con los reflujos del amor.
Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestros guijarros sobre mi
alma. Yo. Yo. Dad vuelta la página de los escombros. También yo espero
el pedregullo celeste y la playa sin márgenes. Es necesario que ese
fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi
gestación. Que los bloques de hielo retornen a encallar bajo mis
dientes. Tengo el cráneo espeso, pero el alma lisa, un corazón de
materia encallada. Carezco de meteoros, carezco de fuelles ardientes.
Busco en mi garganta nombres, y algo como la pestaña vibrátil de las
cosas. El olor de la nada, un tufo de absurdo, el estiércol de la muerte
total. El humor ligero y rarefacto. También yo no espero sino al viento.
Que se llame amor o miseria casi no logrará hacerme encallar sino en una
playa de osamentas.
De "L'Art et la mort"
Versión de
Aldo Pellegrini
La
tara tóxica
Evoco el mordisco de inexistencia y de imperceptibles cohabitaciones.
Venid, psiquiatras, os llamo a la cabecera de este hombre abotagado pero
que todavía respira. Reuníos con vuestros equipos de abominables
mercaderías en torno de ese cuerpo extendido cuan largo es y acostado
sobre vuestros sarcasmos. No tiene salvación, os digo que está
INTOXICADO, y harto de vuestros derrumbamientos de barreras, de
vuestros fantasmas vacíos, de vuestros gorjeos de desollados.
Está harto. Pisotead, pues, ese cuerpo vacío, ese cuerpo
transparente que ha desafiado lo prohibido. Está MUERTO. Ha atravesado
aquel infierno que le prometíais más allá de la licuefacción ósea, y de
una extraña liberación espiritual que significaba para vosotros el mayor
de todos los peligros. ¡Y he aquí que una maraña de nervios lo domina!
Ah medicina, aquí tenéis al hombre que ha TOCADO el peligro. Has
triunfado, psiquiatra, has TRIUNFADO, pero él te sobrepasa. El hormigueo
del sueño irrita sus miembros embotados. Un conjunto de voluntades
adversas lo afloja, elevándose en él como bruscas murallas. El ciclo se
derrumba estrepitosamente. ¿Qué siente? Ha dejado atrás el sentimiento
de sí mismo. Se te escapa por miles y miles de aberturas. Crees haberlo
atrapado y es libre. No te pertenece.
No te pertenece. DENOMINACIÓN.
¿Hacia dónde apunta tu pobre sensibilidad? ¿A devolverlo a las manos de
su madre, a convertirlo en el canal, en el desaguadero de la más ínfima
confraternidad mental posible, del común denominador consciente más
pequeño?
Puedes estar tranquilo: ÉL ES CONSCIENTE.
Pero es el Consciente Máximo.
Pero es el pedestal de un soplo que agobia tu cráneo de torpe demente
pues él ha ganado por lo menos el hecho de haber derribado la Demencia.
Y ahora, legiblemente, conscientemente, claramente, universalmente, ella
sopla sobre tu castillo de mezquino delirio, te señala, temblorcillo
atemorizado que retrocede delante de la Vida-Plena.
Pues flotar
merced a miembros grandilocuentes, merced a gruesas manos de nadador,
tener un corazón cuya claridades la medida del miedo, percibir la
eternidad de un zumbido de insecto sobre el entarimado, entrever las mil
y una comezones de la soledad nocturna, el perdón de hallarse
abandonado, golpear contra murallas sin fin una cabeza que se entreabre
y se rompe en llanto, extender sobre una mesa temblorosa un sexo
inutilizable y completamente falseado, surgir al fin,
surgir con la más temible de las cabezas frente a las mil abruptas
rupturas de una existencia sin arraigo; vaciar por un lado la existencia
y por el otro retomar el vacío de una libertad cristalina.
En el
fondo, pues, de ese verbalismo tóxico, está el espasmo flotante de un
cuerpo libre, de un cuerpo que retorna a sus orígenes, pues está clara
la muralla de muerte cortada al ras y volcada. Porque así procede la
muerte, mediante el hilo de una
angustia que el cuerpo no puede dejar
de atravesar. La muralla bullente de la angustia exige primero un atroz
encogimiento, un abandono primero de los órganos tal como puede soñarlo
la desolación de un niño. A esa reunión de padres sube en un sueño la
memoria, rostros de abuelos olvidados. Toda una reunión de razas humanas
a las que pertenecen estos y los 0tros.
Primera aclaración de una
rabia tóxica.
He aquí el extraño resplandor de los tóxicos que
aplasta el espacio siniestramente familiar.
En la palpitación de la
noche solitaria, aquí está ese rumor de hormigas que producen los
descubrimientos, las revelaciones, las apariciones, aquí están esos
grandes cuerpos varados que recobran viento y vuelo, aquí está el
inmenso zarandeo de la Supervivencia. A esa convocatoria de cadáveres,
el estupefaciente llega con su rostro sanioso. Disposiciones
inmemoriales comienzan. La muerte tiene al principio el rostro de lo que
no pudo ser. Una desolación soberana da la clave a esa multitud de
sueños que sólo piden despertar. ¿Qué decís vosotros?
¡Y todavía
pretendéis negar a importancia de esos Reinos, por los cuales apenas
comienzo a marchar!
Publicado en "La Révolution Surréaliste",
N° 11 (1928)
Versión de Aldo Pellegrini
Los enfermos y los médicos
La enfermedad es un
estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero
decir más cobarde y más mezquino.
No hay
enfermo que no se haya agigantado, no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición, por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté.
He
estado enfermo toda mi vida y no pido más que continuar estándolo,
pues los estados de privación de la vida me han dado siempre mejores
indicios
sobre la plétora de mi poder que las creencias pequeño burguesas de
que:
BASTA LA SALUD
Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque es
espantoso.
Espantoso, espanto, formado de
espantoso.
Curar una enfermedad es criminal
Significa aplastar la cabeza de un pillete mucho menos codicioso que la
vida
Lo feo con-suena . Lo bello se pudre.
Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína
o morfina.
Y es necesario
amar el espanto de las fiebres.
la ictericia y su perfidia
mucho más que toda euforia.
Entonces la fiebre, la fiebre ardiente de mi cabeza,
-pues estoy
en estado de fiebre ardiente desde hace cincuenta años que tengo de
vida-
me dará
mi
opio,
-este ser-
éste
cabeza ardiente que llegaré a ser, opio de la cabeza a los pies.
Pues,
la cocaína es un hueso,
la heroína, un superhombre de hueso.
Ca itrá la sará cafena
Ca itrá la sará cafá
y el opio es
esta cueva
esta momificación de sangre cava ,
este residuo de
esperma de cueva,
esta excrementación de viejo pillete,
esta
desintegración de un viejo agujero,
esta excrementación de un
pillete,
minúsculo pillete de ano sepultado,
cuyo nombre es:
mierda, pipí,
Con-ciencia de las enfermedades.
Y, opio de padre a
higa,
higa, que a su vez, va de padre a hijo,-
es necesario que su
polvillo vuelva a ti
cuando tu sufrir sin lecho sea suficiente.
Por eso considero
que es a mí, enfermo perenne,
a quien
corresponde curar a todos los médicos,
-que han nacido médicos por
insuficiencia de enfermedad-
y no a médicos ignorantes de mis estados
espantosos de enfermo,
imponerme su insulinoterapia,
salvación de
un mundo postrado.
Publicado en "Les Quatre Vents", N°8 (1947)
Versión de
Aldo Pellegrini
Noche
Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve
a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una
mujer desnuda.
En los odres de las sábanas hinchadas
en los que respira la
noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se
multiplican.
El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.
Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la
lluvia es fresca,
el vientre está bien.
Mira como se llenan los vasos
en los
mostradores de la tierra
la vida está vacía,
la cabeza está lejos.
En alguna parte un poeta piensa.
No
tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está
atestado.
En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.
Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.
En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que
tiemblan
se acumulan los humos marinos
de los sueños mal construidos.
Porque aquí se cuestiona la
Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea aérea.
El Verbo brota del sueño
como una flor o
como un vaso
lleno de formas y de humos.
El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos
vitrificados.
El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del
tapete verde,
el vacío gira.
La vida pasa por el pensamiento
del poeta melenudo.
De "Oeuvres
Completes" (Tome I)
Versión de Aldo Pellegrini
Poeta negro
Poeta negro, un seno de doncella
te obsesiona
poeta amargo, la
vida bulle
y la ciudad arde,
y el cielo se resuelve en lluvia,
y tu pluma araña el corazón de la vida.
Selva, selva, hormiguean ojos
en los pináculos multiplicados;
cabellera de tormenta, los poetas
montan sobre caballos, perros.
Los ojos se enfurecen, las lenguas giran
el cielo afluye a las
narices
como azul leche nutricia;
estoy pendiente de vuestras
bocas
mujeres, duros corazones de vinagre.
De "L'Ombilic des
limbes"
Versión de Aldo Pellegrini
Primera carta conyugal
Cada una de tus cartas aumenta la incomprensión y la estrechez de
espíritu de las anteriores; juzgas con tu sexo
y no con tu pensamiento como lo hacen todas las mujeres.
Confundirme
yo, con tus razones. ¡Te burlas! Pero lo que me irritaba era verte
volver sobre las razones que hacían tabla rasa
sobre mis razonamientos, cuando uno de esos mismos te había llevado a la
evidencia.
Todos tus razonamientos y tus infinitas disputas no podrán impedir que
no sepas nada de mi vida y que me condenes
por un mínimo fragmento de ella misma. No debería siquiera serme
necesario justificarme ante ti si sólo fueras, tú misma, una mujer
prudente y equilibrada, pero tu imaginación te enloquece, una
sensibilidad sobre aguda que no te permite enfrentar la verdad. Contigo
cualquier discusión es imposible.
Sólo me queda decirte una cosa: mi espíritu siempre fue confuso, un
achatamiento del cuerpo y del alma, esa suerte de contracción de todos
mis nervios. Si me hubieras visto hace algunos años, por períodos más o
menos cercanos, antes aún
de que en mi se sospechara el uso del que tú me recriminas, dejarías de
extrañarte, ahora, del retorno de esos fenómenos.
Si por otra parte estás convencida, si te parece que su reincidencia
se debe a ello, entonces no hay nada que decir, contra un sentimiento no
se puede luchar.
De cualquier manera ya no puedo contar contigo en mi angustia, ya
que te niegas a ocuparte de la parte de mí más afectada:
mi alma.
No me has juzgado, por otra parte, nunca de otra manera que por mi
aspecto externo como hacen todas las mujeres,
como hacen todos los imbéciles, cuando lo que está más destruido, más
arruinado es mi alma interior; y no puedo perdonarte eso, pues las dos
no siempre coinciden, desafortunadamente para mí. En cuanto a lo demás,
te prohibo hablar otra vez.
Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de
L.S.
Segunda carta conyugal
Necesito a mi lado una mujer sencilla y equilibrada, y cuya alma
agitada y oscura no alimentara continuamente mi desesperación. Los
últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de temor e
incomodidad. Sé muy bien que tus inquietudes por mí son a causa de tu
amor, pero es tu alma enferma y malformada como la mía la que exaspera
esas inquietudes y te corrompe la sangre.
No quiero seguir viviendo contigo bajo el miedo.
Agregaré que
además necesito unas mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda
encontrar en todo momento en mi casa.
Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto
solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades
de la vida. Me hace falta un hogar y lo necesito enseguida, y una mujer
que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy
de ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta de los más insignificante.
Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo
que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así. No es preciso
siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una
excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se
apegue a mí es suficiente.
Pienso que sabrás reconocer la enorme
franqueza con que te hablo y sabrás darme la siguiente prueba de tu
inteligencia: comprender muy bien que todo lo que te digo no rebaja en
nada la profunda ternura, y el indecible sentimiento de amor que te
tengo y seguiré teniendo inalienablemente por ti, pero ese sentimiento
no guarda ninguna relación con el devenir corriente de la vida. La vida
es para vivirse. Son demasiadas las cosas que me unen a ti para que te
pide que lo nuestro se rompa; sólo te pido que cambiemos nuestras
relaciones, que cada uno se construya una vida diferente, pero que no
nos desunirá más.
Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de
L.S.
Tercera carta conyugal
Desde hace cinco días he dejado de vivir a causa de ti, a causa de tus
estúpidas cartas, por tus cartas no de espíritu sino de sexo, por tus
cartas llenas de reacciones de sexo y no de razonamientos conscientes.
Estoy harto de nervios, harto de razones; en lugar de protegerme, tú me
agobias, me agobias por que lo que dices es errado.
Siempre has errado. Siempre me has juzgado con la sensibilidad más baja
que hay en la mujer. Te empeñas en no admitir ninguna de mis razones.
Pero a mí ya no me quedan razones, ya no tengo nada de qué disculparme,
ya no tengo nada que discutir contigo. Conozco mi vida y eso me alcanza.
Y en el instante en que comienzo a meterme en mi vida, más y más me
socavas, causas mi desesperación; cuantos más motivos te doy para
esperar, para que seas paciente, para tolerarme, más encarnizadamente te
empeñas en destrozarme, en hacerme perder los beneficios
logrados, más intolerante eres con mis males.
Del espíritu lo desconoces todo, nada sabes de la enfermedad. Todo lo
juzgas llevada por las apariencias externas. Pero yo conozco mi
interior, ¿verdad?, Y cuando te grito no hay nada en mí, nada en mi
persona, que no sea causado por la existencia de un mal anterior a mí
mismo, previo a mi voluntad, nada en ninguna de mis más inmundas
reacciones que no provenga exclusivamente de mi enfermedad y no le fuera
imputable, sea cual sea el caso, vuelves a esgrimir tus razones
equivocadas que se fijan en los detalles nimios de mi persona, que me
condenan por lo más mezquino.
Pero cualquier cosa que yo haya podido hacer de mi vida, ¿no es verdad?
No me ha impedido retornar paulatinamente a mi ser
e instalarme un poco más cada día. En ese ser que la enfermedad me había
arrebatado y que los reflujos de la vida me reintegran pedazo a pedazo.
Si no supieras a qué me había entregado para limitar o extirpar los
dolores de esa separación intolerable, tolerarías mis desequilibrios,
mis estruendos, ese desmoronamiento de mi persona física, esas
ausencias, esos achatamientos.
Y en virtud de que supones que se deben al uso de una sustancia,
que de sólo nombrarla oscurece tu razón, me acosas, me amenazas, me
arrastras a la locura, me destrozas con tus manos ira la materia misma
de mi cerebro. Sí, me obligas a obstinarme más conmigo mismo, cada una
de tus cartas parte a mi espíritu en dos, me tira a insensatos
callejones sin salida, me destruye con desesperaciones, con furores. No
puedo más, te he gritado suficiente. Deja de razonar con tu sexo,
asimila de una vez la vida, toda la vida, ábrete a la vida, mira las
cosas, mírame, renuncia, y deja al menos que la vida me abandone, se
expanda ante mí, en mí. No me agobies. Basta.
La Cuadrícula es
un momento espantoso para la sensibilidad, la materia.
Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de
L.S.
Texto surrealista
El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y
sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire
seco, de una coagulación de agua que refluye.Pero algo sucedió de golpe.
Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y
algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre
aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre
mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas
líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el
aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en
el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en
añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de
huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones
estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado
aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si
fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y
los espejos
de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y
el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las
columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas
nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está
muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un
mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de
mi frente se ha congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso
atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y
privado de hielo,
y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos
terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas
divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de
mi alma, que surge como un triángulo en llamas.
Publicado en "La
Révolution Surréaliste", N° 2 (1925)
Versión de Aldo Pellegrini
Una de sus últimas declaraciones
"Sé que tengo cáncer.
Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el
hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: "El señor Artaud
no come hoy, pasa al electroshock". Sé que existen torturas más
abominables. Pienso en
Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno
siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de
que está loco o débil hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta
electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo
fui amnésico. Había olvidado incluso a mis amigos: Marthe Robert, Henri
Thomas, Adamov; ya no reconocía ni a Jean Louis Barrault. Aquí en Ivry
sólo el doctor Delmas me hizo bien; lamentablemente murió...
-Estoy
asqueado del psicoanálisis, de ese "freudismo" que se las sabe todas".