"...Su
carne inmóvil entre dos azules
inauguraba la primera estrella...
"

"Love"
William
Bouguereau
Reseña biografica
Poeta
venezolano nacido en Cumaná en 1896.
Se graduó en Derecho en 1918 cuando
ya había publicado sus primeros versos. Desde muy joven se dedicó
a la actividad política, oponiéndose al régimen que ostentaba el poder,
razón que lo llevó a permanecer en el
exilio por mucho tiempo.
Fue además ensayista y dramaturgo. Su
consagración definitiva la logró cuando ganó el Concurso Hispanoamericano
de poesia auspiciado por la Real Academia española en 1922.
Su obra está
editada en diversos libros, entre los que se destacan: «Giraluna», «El
Huerto de la Epopeya»,
«Navegación de Altura», «La Aeroplana Clueca»,«Vargas», «Tierras que me
oyeron», y «Albacea de la Angustia».
Falleció en Ciudad de México en 1955. ©
A Florinda en invierno
A un año de tu luz
Ayer vino la paloma...
¿Cuántas estrellas tiene el
cielo?
El dulce mal
La mujer de sal
La órbita del agua
La renuncia
La vaca blanca
Las uvas del tiempo
Luna de abril
Miedo
Murió de nuevo un día... yo la amaba...
No son para la Lira manos que odian la
calma...
Primera estación
Regreso al mar
Silencio
Tránsito de un retrato de novia
A Florinda en invierno
Al hombre mozo que te
habló de amores
dijiste ayer, Florinda, que volviera,
porque en
las manos te sobraban flores
para reírte de la Primavera.
Llegó el Otoño: cama y
cobertores
te dio en su deshojar la enredadera
y vino el hombre
que te habló de amores
y nuevamente le dijiste: -Espera.
Y ahora esperas tú,
visión remota,
campiña gris, empalizada rota,
ya sin calor el
póstumo retoño
que te dejó la
enredadera trunca,
porque cuando el amor viene en Otoño,
si le
dejamos ir no vuelve nunca.
A un año de tu luz
A un año de tu luz, e
iluminado
hasta el final de su latir, por ella,
desanda el viaje el
corazón cansado.
De tu voz, de tu mano y
de tu huella
retorna a la niñez, donde palpita
sangres de luz tu corazón de
estrella.
Vamos los dos a la
esperada cita
y parece saltar de mi costado,
santa y clara, tu voz
de agua bendita.
Y así al solar de la niñez llegado,
mi corazón,
devuelto de tu muerte,
a un año de tu luz, e iluminado.
Luna de Cumaná, para
encenderte
la lámpara de arrullo que me duerma
y el postigo de voz
que me despierte.
Luna en el pan de la
colina yerma,
en el río, en la sabana,
pavón lunar de mariposa
enferma;
y luna en el cocal,
junto a Chiclana,
donde el recuerdo azul de tus amores
se echa a
dormir, como una caravana;
luna para los mapas de
colores
que teje la nocturna confidencia
rumbo a la calle de Flor
de las Flores
y luna que en tus uvas
aquerencia
para miel de aquellas de tu parra
y el limón de las
doce de tu ausencia.
Ancha la casa que el
poema narra:
blancas mujeres, de azabache el pelo,
hechas al par
de hormiga y de cigarra;
buenas para el bautizo
y para el duelo,
parejas en el hambre o en la medra,
del sueño
canto y del dolor pañuelo.
Galaica flor en
castellana piedra:
vaciada al acueducto segoviano
la ría de cantor
de Pontevedra
Así te halló el esposo
y hortelano,
Doctor para saber cómo se tienta
el pulso al corazón
desde la mano.
Así el hogar, señora y
cenicienta,
nodriza y enfermera en el manejo
y en el combate al
sol, lugartenienta.
Así la lucha y la
prisión, espejo
de aquella tierra de recluta y canto,
panal del
niño y retamal del viejo.
Y tu niño en la flor
del camposanto
y el Esposo en el sol de los caminos
el exilio y el
mar: cosas del llanto.
La isla de los lobos
peregrinos,
de níspero el sabor, de perla el flanco,
de sal, de
sol, de piedra los marinos.
Copia de espuma y ola
en el barranco,
de noche y playa, médico y cochero,
el coche negro
y el caballo blanco.
Y la Virgen del Valle y
el vallero,
perla para los buzos hacia arriba,
madre del mar y de
su marinero.
La Isla, como tú, del
mar cautiva,
con eso de la sed y de la vela,
siempre llegando y
siempre fugitiva.
Dormir allí, bajo tu
cantinela
soñar domingos de color de playa
en la semana de color
de escuela.
Dormir allí, pescado en
la atarraya
de tu labor de estambre y mecedora,
mi sueño, entre
las dunas de tu saya.
¡Ay, las hermanas de
durazno y mora!
¡Ay, mi hermano de amor y de centella!
¡Ay, mi
Padre de luz y tú de aurora!
¡Ay, el claro querer
sin la querella!
Tu pan, tu sol, tus ojos, para el día;
para la
noche, kerosén y estrella.
Para la noche de
ponerte fría,
cuando oíste subir de tus hinojos
el llanto de mi
verso que nacía.
Yo en tus rodillas, en
la calle abrojos,
en la acera los dos, y una saeta
mi primer verso
fue para tus ojos.
Me alzaste en brazos;
trémula y coqueta,
fuiste y volviste de la risa al lloro
y
empezaste a gritar: -Tengo un Poeta!
tú quisiste decir: -
Tengo un tesoro,
tengo un ovillo de torzal de plata
y una cocina
de fogón de oro...
Así la Isla: calles de
piñata,
amor de la muñeca y la gaviota,
cartas de sol con lunas de
postdata.
Hasta el día en que el
mar, gota por gota,
cayó desde las nubes de tu llanto
hasta los
pies de tu muñeca rota;
y otro pedazo tuyo al
camposanto:
niña del mar, que te prestó la tierra;
tanto te daba y
te quitaba tanto.
Y al mar de nuevo, la
balandra en guerra.
Y el cabo al tajamar y el salto al valle
del
pequeño calvario y la alta sierra.
La ciudad linda, de
guirnalda al talle,
el bronce amado y verdugo triste
y el silencio
del hombre de la calle.
Y tus manos de bruja
artesanía
en el punto cabal de la chaqueta
y en escarpines de
juguetería.
(Por eso, tejedora en
el poeta,
en la dantesca red de los tercetos
engarzo a ti lazada y
cadeneta).
Y el regreso a los
hijos y los nietos,
feliz de tus estancias favoritas
y enredada la
lengua de alfabetos;
y la puntualidad de tus
visitas
a misa de San Juan, por la mañana,
a la capilla de las
hermanitas.
Morir, morir... La
insustituible hermana
al reino de la nube y de la flecha,
luna
descalza, huyó por la ventana.
No fue más que otra
deuda satisfecha
en el trueque de savias y de flores
que había
entre la tumba y tu cosecha.
Tu casa de San Luis de
los Dolores
alzó al lacrimatorio de los pinos
la conciencia de
Angel de las flores.
Y tú a sus pies; el
odio en los caminos
y tú ofreciendo en el cruzar del fuego
aire de
amor a todos los molinos.
Era molerte el alma; el
mundo ciego
luchando, y tú, en el centro de la guerra,
sin queja,
sin rencor y sin sosiego.
Y al ultimo dolor, tu
vida cierra
balance de los hombres de tu entraña:
bajo la tierra,
dos, y uno sin tierra.
Al mar de nuevo, a
darme en tierra extraña
la valiente mirada que quería
luchar
contra la gota en la pestaña.
Después, aquellos
hombres de alma fría;
el inhóspito lecho hospitalario,
sobre la
tela del cercano cielo,
el encaje final de tu rosario.
Y el regreso al hogar,
el negro vuelo:
con las dos alas el avión cortaba
varas de noche
para nuestro duelo.
Aldebarán, que nos
acompañaba,
las Pléyades y el mar que las refleja
miraron una urna
que volaba.
Al final del estambre
en tu madeja
se cuajó en tu mirada nebulosa
la última uva de la
noche vieja.
Así fue. Y al morir la
dolorosa,
un ave negra le llevó al lucero
en el pico ladrón la
mariposa.
Fue en un día tres
veces agorero;
ese día de un mes, nos ha quedado
como el mejor
para decir «Me muero».
Así fue, madre, el fin
de tu bordado
como el mejor para decir «Me muero».
Así fue, madre, el fin
de tu bordado.
De tus hijas y nietas el gemido
puso a temblar el
pino abandonado.
En hombros te llevaba
el pueblo herido,
la múltiple cabeza descubierta,
y al pasar por
San Luis, tu viejo nido,
el mundo de tu amor
salió a la puerta
y el silencio de un hijo que lloraba
metió el
pinar en tu cajón de muerta.
Aquí conmigo estás; yo,
que soñaba
viajar contigo, tengo en tu retrato
esa sonrisa que te
iluminaba.
Y allá estarás, en el
taller beato,
para vestir de blancos faldellines
a mi angelito
negro y mulato,
para llenar de azules
escarpines,
tejidos con celajes de destellos,
la canastilla de los
serafines.
Estamos con los hijos y
hasta ellos
vemos caer la luz de tu mirada,
peinando con tu nombre
sus cabellos.
Tenemos tu sonrisa
iluminada;
la voz de tu trisagio y de tu misa
le grita a mi dolor:
-¡No ha muerto nada!
Con bosque y mar, con
huracán y brisa,
con esa misma muerte que te encierra,
de la
gracia inmortal de tu sonrisa
llenos están los cielos y las tierras.
Ayer vino la paloma...
Ayer vino la paloma
que viene todos los días,
ayer se paró en la reja
y comió de mi
comida,
ayer vino hasta mis hierros,
ayer me escuchó tranquila
y digo en el romancillo
las cosas que le decía:
-Paloma, vuelve a los cielos
y mira hacia los tejados;
cuando
veas una casa
grande, que tiene tres patios;
el primero con
palmeras,
el segundo con mosaicos,
el tercero, un patio grande
con azotea de un lado
y arboleda y gallinero
y olor de jabón
pintado,
cuando veas esa casa
verás en el primer patio
cuatro
mujeres cosiendo
cuatro mujeres bordando.
Allí llegarás, paloma
y allí bajarás al patio
y caerás en las rodillas
de la del pelo
dorado;
después volarás de nuevo
y volverás a mi lado,
y
entonces sabré, paloma,
si la del pelo dorado
tiene las manos
cosiendo,
tiene los ojos llorando.
Ayer vino la paloma
que viene todos los días,
ayer se paró en
mi reja
y comió de mi comida,
ayer vino hasta mis hierros,
ayer
hablóme tranquila
y digo en el romancillo
las cosas que me decía:
-Prisionero, fui a los cielos
y miré hacia los tejados
hasta
que encontré una casa
grande, que tiene tres patios;
el primero
guarnecido
Con zócalo de mosaicos,
lleno de tiestos con flores
y sillas de junco blanco,
con un vitral en el fondo
de vidrios
esmerilados;
el segundo, con columnas
y reja de alicatados
y
con una enredadera
y unos rosales cargados;
y el tercero con
gallinas
y una higuera y unos plátanos
y un hilo con ropa blanca
y olor de jabón pintado.
Allí llegué, prisionero,
y encontré en el primer patio
tres
niños con las cabezas
como zagal de retablo.
Y en el segundo
encontré
cinco mujeres bordando
cuatro con el pelo negro
y una
con el pelo blanco.
Allí llegué, prisionero,
y allí me metí en el
patio
y le caí en las rodillas
de aquella del pelo blanco.
Tiene las manos cosiendo,
tiene los ojos llorando.
¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
La última noche que
pasamos juntos,
lo preguntó:
-¿Cuántas estrellas tiene el cielo?
-Trescientas cincuenta mil.
-¿A que no?
-¿A que sí?
-Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta
algo así como ¿me quieres?
¿tienes frío? ¿quién dice que tiene
hambre?
Esta noche, pregunta
algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con
toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté
preguntando,
algo así como ¿quién llora?
¿hace falta algo?
Y verás como todo hace
falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que
el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una
que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.
El dulce mal
Vuelvo los ojos a mi
propia historia.
Sueños, más sueños y más sueños... gloria,
más
gloria... odio... un ruiseñor huyendo...
y asómbrame no ver en toda
ella
ni un rasgo, ni un esbozo, ni una huella
del dulce mal con
que me estoy muriendo.
Torno a mirar hacia el
camino andado...
Mi marcha fue una marcha de soldado,
con paso
vencedor, a todo estruendo;
mi alegría una bárbara alegría...
Y en
nada está la sombra todavía
del dulce mal con que me estoy muriendo.
Surgió una cumbre
frente a mí; quisieron
otros mil coronarla y no pudieron;
sólo yo
quedé arriba, sonriendo,
y allí, suelta la voz, tendido el brazo,
nunca sentí ni el leve picotazo,
del dulce mal con que me estoy
muriendo.
Volví la frente hacia
el más bello ocaso...
Mil bravos se rindieron al fracaso
mas, yo
fui vencedor del mal tremendo;
fui gloria empurpurada y vespertina,
sin presentir la marcha clandestina
del dulce mal con que me estoy
muriendo.
Fuerzas y potestades me
sitiaron
y, prueba sobre prueba, acorralaron
mi fe, que ni la
cambio ni la vendo,
y yo les vi marchar con su despecho
feliz, sin
presentir nada en mi pecho
del dulce mal con que me estoy muriendo.
Mujeres... por mi
gloria y por mis luchas
en muchas partes se me dieron muchas
y en
todas partes me dormí queriendo
y en la mañana hacia otro amor
seguía,
pero en ninguno el dardo presentía
del dulce mal con que
me estoy muriendo.
Y un día fue la torpe
circunstancia
de quedarnos a solas en la estancia,
leyendo juntos,
sin estar leyendo,
mirarnos en los ojos, sin malicia,
y quedarnos
después con la delicia
del dulce mal con que me estoy muriendo.
La mujer de sal
¡Oh, blancura imposible
de la Amada imposible!
¡Por todos mis desvelos cruza, como un
fantasma,
como un jirón de invierno, su carne sin penumbras,
inverosímilmente blanca!
¡Oh, blancura imposible,
que integra mis delirios y va sobre mi
alma,
con la apariencia leve de un sudario
y la verdad de mármol
de una lápida!
Si alguna vez la viste, filósofo ambulante,
devanador de calles,
enredador de plazas,
tejedor de monólogos, si alguna vez la viste,
di si es verdad que te espantó mirarla.
El resumen de todas las blancuras
en Ella se anidó como una
garza,
y fue en sus manos un sopor de ovejas
y fue lienzo de altar
en su garganta.
Vibrante, musical y suspendida
sobre la tierra, su blancura se
alza
y va floreando sobre el alto cielo
como un arbusto bajo la
nevada.
¡Blancura universal, ¡cómo te miro
resumida al mirarla!
¡El
blancor de esos días tercamente lluviosos;
las estatuas de mármol recién inauguradas;
el estertor de la
pechuga exangüe;
el ruedo que la mar prende a su falda;
la capa
voladora del beduino
y sus tiendas errantes, palomar del Sahara;
los caminos ahogados en la arena;
al fondo de los árboles, la pared
de una casa;
las tumbas escondidas en la noche;
el cirio
iluminando la mortaja;
¡yacente livor del esqueleto
que el cincel
del gusano cincelara;
esas frases inéditas, alargadas de aes,
con
que los sordomudos desahogan su rabia;
las gotas de azahar sobre las
bodas,
y en la Suprema hora de las ansias,
en el instante de
aflojar los brazos,
aquel blanco en los ojos de la mujer cansada!
Blancura universal, ¡Cómo te miro
resumida, al mirarte!
El
remoto dolor de los pañuelos
que aletean de adioses en la playa;
las velas de cien barcos bajo el sol,
que parece
que un gran lirio se hubiera deshojado
en la rada;
las nubecillas huérfanas que entristecen
los cielos
con la miseria
de su buche de agua;
la alegría lustral del primer diente
que en
la frescura del pezón se clava
y en la inquietud de una cabeza negra
la aguja cruel de la primera cana;
el alba, cuando bajo los rayos del
ordeño
se amanece de leche la penumbra del ánfora;
el pan de trigo
antes de entrar al horno;
el lecho albar que está estrenando sábanas
y la cuerda del patio con la ropa
que ponen a secar por la mañana!...
Mucho de amargo y mucho de imposible
tiene, en verdad, la carne
de la Amada;
en Ella hay la amargura de esas drogas blanquísimas,
y es
imposible como el Himalaya.
Su carne es la Primera Comunión de la Carne,
y tiene lo intocado
de las páginas
donde no escribió nadie, porque esperan la mano
que
escriba con su sangre la Primera Palabra.
¡Mujer de Nieve, inédita de los llanos polares!
¡Mujer de Sal,
como la vieja Estatua!
Cuando duerme, su rostro
se debe confundir
con la almohada,
y cuando muere la creerán dormida,
porque después
de muerta no podrá ser más pálida.
¡Mujer de Nieve, efigie de la Muerte,
Mujer de Sal, Estatua!
Si has de venir a mí, ven por la senda
más nocturna o más blanca;
así te fundirás en el camino
y yo no te veré hasta la llegada.
Vendrás diciendo una palabra hueca,
con muchas aes y la voz muy
baja;
tus dedos azulados palparán las tinieblas,
y un collar de
corales, ciñendo tu garganta,
suspenderá hasta el vértice
de mis presentimientos
la evocación de las descabezadas.
Mujer de sal, mujer de nieve, siento
como un largo vacío tu blancura
en el alma,
y voy a ti como al abismo el ciego,
aunque presienta
que has de ser mañana,
Como la muerte, fría e imposible
y como la
mujer de Lot, amarga...
La órbita del agua
Vamos a embarcar,
amigos,
para el viaje de la gota del agua.
Es una gota, apenas,
como el ojo de un pájaro.
Para nosotros no es
sino un punto,
una semilla de luz,
una semilla de agua,
la
mitad de lágrimas de una sonrisa,
pero le cabe el cielo
y sería el
naufragio de una hormiga.
Vamos a seguir, amigos,
la órbita de la gota de agua:
De la cresta de una ola
salta, con
el vapor de la mañana;
sube a la costa de una nube
insular en el
cielo, blanca, como una playa;
viaja hacia el Occidente,
llueve en
el pico de una montaña,
abrillanta las hojas,
esmalta los retoños,
rueda en una quebrada,
se sazona en el jugo de las frutas caídas,
brinca en las cataratas,
desemboca en el río, va corriendo hacia el
Este,
corta en dos la sabana,
hace piruetas en los remolinos
y
en los anchos remansos se dilata
como la pupila de un gato,
sigue
hacia el Este en la marea baja,
llega al mar, a la cresta de su ola
y hemos llegado, amigos... Volveremos mañana.
La renuncia
He renunciado a ti. No
era posible.
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a
veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.
Yo me quedé mirando cómo el río se iba
poniendo encinta de la
estrella...
Hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la
estrella estaba arriba...
He renunciado a ti, serenamente,
como renuncia a Dios el
delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver
del viejo amigo;
como el que ve partir grandes navíos
con rumbos
hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus
amorosos bríos
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;
como el marino que renuncia al puerto
y el buque errante que renuncia
al faro
y como el ciego junto al libro abierto
y el niño pobre
ante el juguete caro.
He renunciado a ti, como renuncia
el loco a la palabra que su
boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos
extáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia, soplando los
cristales
en los escaparates de las confiterías...
He renunciado a
ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos
y al final, cuántas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo
que antes fuimos!
Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.
Cuando renuncie
a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes regresaré hasta el
hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...
La vaca blanca
De un amor que pasó, como un paisaje
visto del tren, cuando se va de viaje;
de un romance de un mes,
en un cobijo
del llano, una mujer me dejó un hijo.
Ella murió, y abrieron
una fosa,
y allí metieron el residuo humano,
y una cúpula azul sobre una
losa
fue el mausoleo: el cielo sobre el llano.
Y me dejó un
pequeño
así de grande y como flor de harina,
con unos ojos como para un
sueño
y el laberinto de su lengua china.
Yo vine de muy lejos para
verle. Tenía
las pestañas muy largas; me miró fijamente
y me mostró la lengua
bajo la calva encía,
con una picardía
de granuja que dice: "Qué me verá esta gente?"
Tuvo hambre. Yo anduve de covacha en covacha
comprándole su
leche al niño ajeno;
cada vez que encontraba una muchacha,
con cierta gula le miraba
el seno.
Había seis mujeres:
eran cinco doncellas y una vieja arrugada;
eran diez pechos para los placeres
y dos que no servían para
nada.
Pasé por el corral y hallé en la puerta
la vaca blanca y su
ternera muerta.
Y se vino hacia mí la vaca blanca,
una estrella en la frente y
una cruz en el anca...
Mi niño era de nieve; su ternera, de armiño;
por su ternera, yo
le di mi niño.
Y era aquel despertar por la mañana,
cuando rompía el sueño
el mugir de la vaca en la ventana,
y el breve ordeñador iba al ordeño.
Y aquella boca en el
pezón colgante,
y aquel mirar de vaca, mansamente,
y después, él delante
del
testuz, y la vaca le lamía la frente.
Hoy le enterramos. Vino
la fiebre, y en dos días se me fue.
En el camino
he encontrado la vaca; por la tierra albariza
se acercaba a lo
lejos su dolor de nodriza...
Los dos nos arrimamos, y se puso a mirarme;
en la frente dolida
se le avivó el lucero,
y sus remotos ojos parecían hablarme
del dolor que le daba de
perder mi ternero.
Y la nodriza y todo
cuanto del llano tuve, se me quedó en el
llano...
La vaca me miraba..., me miraba de un modo,
que yo sentí la
angustia de tenderle la mano...
Las uvas del tiempo
Madre: esta noche se nos muere un año.
En esta ciudad grande, todos
están de fiesta;
zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;
claro, como
todos tienen su madre cerca...
¡Yo estoy tan solo, madre,
tan solo!; pero miento, que ojalá lo
estuviera;
estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año
pasado que se
queda.
Si vieras, si escucharas esta alboroto: hay hombres
vestidos de
locura, con cacerolas viejas,
tambores de sartenes,
cencerros y cornetas;
el hálito
canalla
de las mujeres ebrias;
el diablo, con diez latas prendidas en el
rabo,
anda por esas calles inventando piruetas,
y por esta balumba en
que da brincos
la gran ciudad histérica,
mi soledad y tu recuerdo, madre,
marchan como dos penas.
Esta es la noche en que todos se ponen
en los ojos la venda,
para olvidar que hay alguien cerrando un libro,
para no ver la periódica liquidación de cuentas,
donde van las
partidas al Haber de la Muerte,
por lo que viene y por lo que se queda,
porque no lo sufrimos se
ha perdido
y lo gozado ayer es una perdida.
Aquí es de la tradición que
en esta noche,
cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega,
todos los
hombres coman, al compás de las horas,
las doce uvas de la Noche Vieja.
Pero aquí no se abrazan ni
gritan: ¡FELIZ AÑO!,
como en los pueblos de mi tierra;
en este gozo hay menos
caridad; la alegría
de cada cual va sola, y la tristeza
del que está al margen del
tumulto acusa
lo inevitable de la casa ajena.
¡Oh nuestras plazas, donde
van las gentes,
sin conocerse, con la buena nueva!
Las manos que se buscan con
la efusión unánime
de ser hormigas de la misma cueva;
y al hombre que está solo,
bajo un árbol,
le dicen cosas de honda fortaleza:
"¡Venid compadre, que las
horas pasan;
pero aprendamos a pasar con ellas!"
Y el cañonazo en la
Planicie,
y el himno nacional desde la iglesia,
y el amigo que viene a
saludarnos:
"feliz año, señores", y los criados que llegan
a recibir en
nuestros brazos
el amor de la casa buena.
Y el beso familiar a medianoche:
«La bendición, mi madre»
«Que el Señor la proteja...»
Y
después, en el claro comedor, la familia
congregada para la cena,
con dos amigos íntimos, y tú, madre, a
mi lado,
y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.
¡Madre, cómo son
ácidas
las uvas de la ausencia!
¡Mi casona oriental! Aquella casa
con claustros coloniales, portón y enredaderas,
el molino de
viento y los granados,
los grandes libros de la biblioteca
-mis libros preferidos: tres
tomos con imágenes
que hablaban de los reinos de la Naturaleza-.
Al lado, el gran
corral, donde parece
que hay dinero enterrado desde la Independencia;
el corral con
guayabos y almendros,
el corral con peonías y cerezas
y el gran parral que daba todo
el año
uvas más dulces que la miel de las abejas.
Bajo el parral
hay un estanque;
un baño en ese estanque sabe a Grecia;
del verde artesonado, las
uvas en racimos,
tan bajas, que del agua se podría cogerlas,
y mientras en los
labios se desangra la uva,
los pies hacen saltar el agua fresca.
Cuando llegaba la
sazón tenía
cada racimo un capuchón de tela,
para salvarlo de la gula
de
las avispas negras,
y tenían entonces
una gracia invernal las uvas nuestras,
arrebujadas en sus talas blancas,
sordas a la canción de las abejas...
Y ahora, madre, que tan
sólo tengo
las doce uvas de la Noche Vieja,
hoy que exprimo las uvas de los
meses
sobre el recuerdo de la viña seca,
siento que toda la acidez del
mundo
se está metiendo en ella,
porque tienen el ácido de lo que fue
dulzura
las uvas de la ausencia.
Y ahora me pregunto:
Por qué
razón estoy yo aquí? Que fuerza pudo
más que tu amor, que me llevaba
a la dulce aninomia de tu
puerta?
¡Oh miserable vara que nos mides!
¡El Renombre, la Gloria...,
pobre cosa pequeña!
¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria,
cómo olvidé la
Gloria que me dejaba en ella!
Y esta es la lucha ante los hombres malos
y ante las almas
buenas;
yo soy un hombre a solas en busca de un camino.
Dónde hallaré
camino mejor que la vereda
que a ti me lleva, madre; la verdad que corta
por los campos
frutales, pintada de hojas secas,
siempre recién llovida,
con pájaros del trópico, con muchachas
de la aldea,
hombres que dicen: "Buenos días, niño",
y el queso que me
guardas siempre para merienda?
Esa es la Gloria, madre, para un hombre
que se llamó Fray Luis y
era poeta.
¡Oh mi casa sin cítricos, mi casa donde puede
mi poesia
andar como una reina!
Qué sabes tú de formas y doctrinas,
de metros y de escuela?
Tú eres mi madre, que me dices siempre
que son hermosos todos mis poemas;
para ti, soy grande; cuando
dices mis versos,
yo no sé si los dices o los rezas...
¡Y mientras exprimimos en
las uvas del Tiempo
toda una vida absurda, la promesa
de vernos otra vez se va
alargando,
y el momento de irnos está cerca,
y no pensamos que se pierde
todo!
¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta
y en la última
uva libo la última gota
del año que se aleja,
pienso en que tienes todavía, madre,
retazos de carbón en la cabeza,
y ojos tan bellos que por mí regaron
su clara pleamar en tus
ojeras,
y manos pulcras, y esbeltez de talle,
donde hay la gracia de la
espiga nueva;
que eres hermosa, madre, todavía,
y yo estoy loco por estar de
vuelta,
porque tú eres la Gloria de mis años
y no quiero volver cuando
estés vieja!...
Uvas del Tiempo que mi ser escancia
en el recuerdo de la
viña seca,
¡Cómo me pierdo, madre, en los caminos
hacia la devoción de tu
vereda!
Y en esta algarabía de la ciudad borracha,
donde va mi emoción
sin compañera,
mientras los hombres comen las uvas de los meses,
yo me acojo al
recuerdo como un niño a una puerta.
Mi labio está bebiendo de tu seno,
que es el racimo de la parra
buena,
el buen racimo que exprimí en el día
sin hora y sin reloj de mi
inconsciencia.
Madre, esta noche se nos muere un año;
todos estos señores
tienen su madre cerca,
y al lado mío mi tristeza muda
tiene el dolor de una muchacha
muerta...
Y vino toda la acidez del mundo
a destilar sus doce gotas
trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la Noche
Vieja.
Luna de abril
Luna de abril,
descotada,
con aguazal circunscrito,
desnuda, con desnudez
pura
de pecho con niño.
Luna llena, ubre de vaca,
con lucero
becerrillo;
¡qué puro se pone el pecho
cuando se le cuelga el
niño!
Esta noche yo no siento
ni sombra de odio por nadie
ni pena de
verme preso,
ni ganas de que me quiten
los grillos que me
pusieron.
Nada hay más impuro, nada,
que el pecho de las mujeres,
pero
no hay nada más puro
ni mejor para mirarlo
que un pecho fuera del
pecho
y un niño al lado.
Miedo
La sombra de una duda
sobre mí se levanta
cuando llega el arrullo de tu voz a mi oído;
miedo de conocerte; pero en el miedo hay tanta
pasión, que me parece
que ya te he conocido.
Yo adiviné el misterio
cantor de tu garganta.
¿Será que lo he soñado? Tal vez lo he
presentido:
mujer cuando promete y nido cuando canta;
mentira en
la promesa y abandono en el nido.
Quizá no conocernos
fuera mejor; yo siento
cerca de ti el asalto de un mal presentimiento
que me pone en los labios una emoción cobarde.
Y si asoma a mis ojos
la sed de conocerte,
van a ti mis audacias, mujer extraña y fuerte,
pero el amor me grita: -¡si has llegado muy tarde!...
Murió de nuevo un día... yo la amaba...
Murió de nuevo un
día... yo la amaba,
mas sin remedio se murió ese día...
-¡Vuelve,
Rabino, vuelve!... - yo clamaba -
pero el Rabino rubio no volvía.
Pasó la niña veinte
siglos muerta,
murió Cafarnaún de Palestina
y el alma mía, inútil
y desierta,
lloraba de inmortal sobre las ruinas.
¡Y la amaba, la
amaba... Su blancura
la buscaba en la blanca nebulosa,
su
cabellera entre la noche oscura
y en el Poniente su color de rosa...
Y al fin la hallé...
Escondida entre los tules
de una puesta de sol, estaba Ella;
su
carne inmóvil entre dos azules
inauguraba la primera estrella...
Y la encontré más
blanca todavía,
flotando en el azul, sin vestidura,
¡qué blanca
estaba así!... la niña mía
tenía veinte siglos de blancura...
Clamé al Amor
entonces... Voces buenas
dijeron a lo lejos: - Te ha escuchado! -
clamé al eterno Amor... y a mi lado
la blanca niña era una nube
apenas...
Llegó el Amor. Los
cielos fueron mudos,
su leve paso silenció la esfera,
llegó el
eterno amor de pies desnudos,
maduro el trigo de la cabellera...
"No es muerta...
duerme!... y le ordenó:
-¡Levanta!
y Ella se alzó, delgada de martirio,
y una voz le subió
por la garganta
como una abeja que abandona un lirio.
Y ha vuelto a mí... su
cabellera oscura,
su misma voz... pero en la mano fría
con veinte
siglos de amasar blancura,
persiste el miedo de morirse un día....
No son para la Lira manos que odian la calma...
No son para la Lira
manos que odian la calma;
¡para cantarte me he pulsado el alma!
Con un temblor de novia que se inicia,
con un azoramiento de novicia,
el candor de las páginas, rebaño de gacelas,
aguarda ante mis ojos la
llegada del Cántico,
virgen como la espuma del Atlántico
antes del
paso de las carabelas...
Primera estación
Ya rindió una jornada
la fiebre de mis brazos
y aún están los leones de mi numen erguidos:
los músculos alertas para nuevos zarpazos
y firmes los pulmones para
nuevos rugidos.
Regreso al mar
Siempre es el mar donde mejor se quiere,
fue siempre el mar donde
mejor te quise;
al amor, como al mar, no hay quien lo alise
ni al
mar , como al amor, quien lo modere.
No hay quien como la mar familiarice
ni quien como la ola
persevere,
ni el que más diga en lo que vive y muere
nos dice más
de lo que el mar nos dice.
Vamos de nuevo al mar; quiero encontrarte
la hora más azul para
besarte
y el lugar más allá para quererte,
donde el agua es al par
agua y abismo,
en la alta mar, en donde el aire mismo
se da un
aire al amor y otro a la muerte.
Silencio
Cuando tú te quedes muda,
cuando yo me quede ciego,
nos quedarán
las manos
y el silencio.
Cuando tú te pongas vieja,
cuando yo me ponga viejo,
nos
quedarán los labios
y el silencio.
Cuando tú te quedes muerta,
cuando yo me quede muerto,
tendrán
que enterrarnos juntos
y en silencio;
y cuando tú resucites,
cuando yo viva de nuevo,
nos volveremos
a amar
en silencio;
y cuando todo se acabe
por siempre en el universo,
será un
silencio de amor
el silencio.
Tránsito de un retrato de novia
Hoy no ha podido el
techo
quítame el sol, como todos los días;
hoy no ha podido el
techo
quítame las estrellas, como todas las noches,
porque hoy
vino el Retrato.
Saltó la tapa de este viejo cofre
y he visto al
cielo con su sol de guardia.
La novia venía sola
y en grupo con la
mañana.
Yo no me daba cuanta
de lo hermosa que era, de lo que eran sus ojos;
amigo, hay que estar
preso
para saber lo hermoso que es lo hermoso.
Yo no me daba cuenta
de aquellos ojos anchos, con una luz paisana,
donde el quieto país de
la pupilas
oprime la provincia de una lágrima.
Yo no me daba
cuenta de cómo todo eso
habla de frío y choza y luz en la ventana.
Yo no me daba cuenta
de esa sombra de luz, de esa luz como en sombras,
que es el zaguán de
la belleza.
La encuentro más
delgada.
Se quedó triste en el retrato mismo
y un dedal de sonrisa
que querría mandarme
se le quebró en el borde de un puchero
imprevisto.
Antes de mi prisión era
menos mujer.
¿Si será por los meses? ¿Si será por los siglos?
Pero, nada como la
alegría
de encontrarme presente en su cabeza,
nada como saber
que no se ha cortado las trenzas.
Muchas gracias,
coqueta;
muchas gracias, aduladora,
ya sabes que me gustas con los
cabellos largos
y cómo te odiaría con la trenza cortada,
fea, como
un muchacho.
En cambio, qué bien vas
cuando vas por la casa,
con el pelo tendido,
con el pelo en la
espalda,
con el pelo en las sienes
recogido en dos bandas
y
aquella boca que llora
si tardan en retratarla.
Así debe estar la
tierra,
así debe estar la Patria,
que mientras están sus novios
metidos entre la Cárcel
se deja crecer las trenzas y pone triste la
cara.
Así vamos a encontrarte,
así vamos a encontrarla,
suelta
la voz nosotros, y ella y tú
de trenzas suelta y llanto en la palabra
y ese calor de fiesta en la provincia
de las novias que esperan como
patrias.