
Égloga I
Oda ad florem Gnido
Soneto I-
Cuando me paro a contemplar mi estado...
Soneto II- En
fin a vuestras manos he venido...
Soneto
III- La mar en medio y tierras he dejado...
Soneto IV- Un
rato se levanta mi esperanza...
Soneto V-
Escrito está en mi alma vuestro gesto
Soneto VI- Por
ásperos caminos he llegado...
Soneto
VII- No pierda más quien ha tanto perdido...
Soneto
VIII- De aquella vista buena y excelente...
Soneto IX-
Señora mía, si yo de vos ausente...
Soneto X-
Oh dulces prendas por mí mal halladas...
Soneto
XI- Hermosas ninfas, que, en río metidas...
Soneto XII- Si
para refrenar este deseo...
Soneto XIII-
A Dafne ya los brazos le crecían...
Soneto
XIV- Como la tierna madre, que el doliente...
Soneto XV- Si
quejas y lamentos pueden tanto...
Soneto XXIII-
En tanto que de rosa y azucena...
Soneto XXV- Oh
hado secutivo en mis dolores...
Soneto XXVII-
Amor, amor, un hábito vestí...
Soneto XXIX-
Pasando el mar Leandro el animoso
Soneto
XXXI- Dentro de mi alma fui de mí engendrado...
Soneto
XXXII- Estoy contigo en lágrimas bañado...
Soneto XXXIII-
Mario, el ingrato amor...
Soneto
XXXV- Boscán, las armas y el furor de Marte...
Égloga I
El dulce
lamentar de dos pastores,
Salicio juntamente y Nemoroso,
he de
contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,
(de pacer olvidadas) escuchando.
Tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin
segundo,
agora estés atento sólo y dado
el ínclito gobierno del
estado
Albano; agora vuelto a la otra parte,
resplandeciente,
armado,
representando en tierra el fiero Marte;
agora de cuidados enojosos
y de negocios libre, por ventura
andes a caza, el monte fatigando
en ardiente jinete, que apresura
el curso tras los ciervos temerosos,
que en vano su morir van
dilatando;
espera, que en tornando
a ser restituido
al ocio ya perdido,
luego verás ejercitar mi pluma
por la infinita innumerable suma
de
tus virtudes y famosas obras,
antes que me consuma,
faltando a ti,
que a todo el mondo sobras.
En tanto que este tiempo que adivino
viene a sacarme de la deuda
un día,
que se debe a tu fama y a tu gloria
(que es deuda general, no
sólo mía,
mas de cualquier ingenio peregrino
que celebra lo digno
de memoria),
el árbol de victoria,
que ciñe estrechamente
tu gloriosa frente,
dé lugar a la
hiedra que se planta
debajo de tu sombra, y se levanta
poco a
poco, arrimada a tus loores;
y en cuanto esto se canta,
escucha tú el cantar de mis pastores.
Saliendo de las ondas encendido,
rayaba de los montes al altura
el sol, cuando Salicio, recostado
al pie de un alta haya en la verdura,
por donde un agua clara con
sonido
atravesaba el fresco y verde prado,
él, con canto acordado
al rumor que sonaba,
del agua que pasaba,
se quejaba tan dulce y blandamente
como
si no estuviera de allí ausente
la que de su dolor culpa tenía;
y
así, como presente,
razonando con ella, le decía:
Salicio:
¡Oh más dura que
mármol a mis quejas,
y al encendido fuego en que me quemo
más
helada que nieve, Galatea!,
estoy muriendo, y aún la vida temo;
témola con razón, pues tú me dejas,
que no hay, sin ti, el vivir para
qué sea.
Vergüenza he que me vea
ninguno en tal estado,
de ti
desamparado,
y de mí mismo yo me corro agora.
¿De un alma te desdeñas ser
señora,
donde siempre moraste, no pudiendo
de ella salir un hora?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles,
despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro
va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va
de nuevo al oficio,
y al usado ejercicio
do su natura o menester
le inclina,
siempre está en llanto esta ánima mezquina,
cuando la
sombra el mondo va cubriendo,
o la luz se avecina.
Salid sin
duelo, lágrimas, corriendo.
¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada,
sin mostrar un pequeño
sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dejas llevar
(¡desconocida!) al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente sólo a mí debiera?
¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,
(pues ves desde tu altura
esta
falsa perjura
causar la muerte de un estrecho amigo)
no recibe del
cielo algún castigo?
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Por ti el silencio de la selva umbrosa,
por ti la esquividad y
apartamiento
del solitario monte me agradaba;
por ti la verde
hierba, el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce
primavera deseaba.
¡Ay, cuánto me engañaba!
¡Ay, cuán diferente
era
y cuán de otra manera
lo que en tu falso pecho se escondía!
Bien claro con su voz me lo decía
la siniestra corneja, repitiendo
la desventura mía.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
(reputándolo yo por
desvarío)
vi mi mal entre sueños, desdichado!
Soñaba que en el
tiempo del estío
llevaba, por pasar allí la sienta,
a beber en el
Tajo mi ganado;
y después de llegado,
sin saber de cuál arte,
por desusada parte
y por nuevo camino el agua se iba;
ardiendo
yo con la calor estiva,
el curso enajenado iba siguiendo
del agua
fugitiva.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Tu dulce habla ¿en cúya
oreja suena?
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan
sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
¿Cuál
es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada
hiedra,
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo
entretejida,
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la
vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
¿Qué no se esperará de aquí adelante,
por difícil que sea y
por incierto?
O ¿qué discordia no será juntada?,
y juntamente ¿qué
tendrá por cierto,
o qué de hoy más no temerá el amante,
siendo a todo materia por ti dada?
Cuando tú enajenada
de mi
cuidado fuiste,
notable causa diste,
y ejemplo a todos cuantos
cubre el cielo,
que el más seguro tema con recelo
perder lo que estuviere
poseyendo.
Salid fuera sin duelo,
salid sin duelo, lágrimas,
corriendo.
Materia diste al mundo de esperanza
de alcanzar lo imposible y
no pensado,
y de hacer juntar lo diferente,
dando a quien diste el
corazón malvado,
quitándolo de mí con tal mudanza
que siempre
sonará de gente en gente.
La cordera paciente
con el lobo hambriento
hará su
ayuntamiento,
y con las simples aves sin ruido
harán las bravas
sierpes ya su nido;
que mayor diferencia comprendo
de ti al que
has escogido.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en
mi majada
la manteca y el queso está sobrado;
de mi cantar, pues,
yo te vi agradada
tanto que no pudiera el mantuano
Títiro ser de
ti más alabado.
No soy, pues, bien mirado,
tan disforme ni feo;
que aún agora me veo
en esta agua que
corre clara y pura,
y cierto no trocara mi figura
con ese que de
mí se está riendo;
¡trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas,
corriendo.
¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto
aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
Si no tuvieras
condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio,
y no
viera de ti este apartamiento.
¿No sabes que sin cuento
buscan en
el estío
mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?
Mas ¡qué vale el tener, si
derritiendo
me estoy en llanto eterno!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Con mi llorar las
piedras enternecen
su natural dureza y la quebrantan;
los árboles
parece que se inclinan:
las aves que me escuchan, cuando cantan,
con diferente voz se condolecen,
y mi morir cantando me adivinan.
Las fieras, que reclinan
su cuerpo fatigado,
dejan el sosegado
sueño por escuchar mi llanto triste.
Tú sola contra mí te
endureciste,
los ojos aún siquiera no volviendo
a lo que tú
hiciste.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
no dejes el lugar que
tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura;
yo dejaré el
lugar do me dejaste;
ven, si por sólo esto te detienes;
ves aquí un prado lleno de
verdura,
ves aquí una espesura,
ves aquí una agua clara,
en
otro tiempo cara,
a quien de ti con lágrimas me quejo.
Quizá aquí hallarás (pues
yo me alejo)
al que todo mi bien quitarme puede;
que pues el bien
le dejo,
no es mucho que el lugar también le quede.
Aquí dio fin a su cantar Salicio,
y suspirando en el postrero
acento,
soltó de llanto una profunda vena.
Queriendo el monte al
grave sentimiento
de aquel dolor en algo ser propicio,
con la pesada voz retumba y suena.
La blanca Filomena,
casi
como dolida
y a compasión movida,
dulcemente responde al son
lloroso.
Lo que cantó tras esto Nemoroso
decidlo vos Piérides, que tanto
no puedo yo, ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.
Nemoroso:
Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os
estáis mirando en ellas,
verde prado, de fresca sombra lleno,
aves
que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles
caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde
con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde
no hallaba
sino memorias llenas de alegría.
Y en este mismo valle, donde agora
me entristezco y me canso, en
el reposo
estuve ya contento y descansado.
¡Oh bien caduco, vano y
presuroso!
Acuérdome, durmiendo aquí alguna hora,
que despertando,
a Elisa vi a mi lado.
¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada,
antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte!
Más
convenible fuera aquesta suerte
a los cansados años de mi vida,
que es más que el hierro fuerte,
pues no la ha quebrantado tu partida.
¿Dó están agora
aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi ánima
doquier que ellos se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada,
llena de vencimientos y despojos
que de mí mis sentidos le
ofrecían?
Los cabellos que vían
con gran desprecio al oro,
como
a menor tesoro,
¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho?
¿Dó la columna que el
dorado techo
con presunción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora
ya se encierra,
por desventura mía,
en la fría, desierta y dura tierra.
¿Quién me dijera, Elisa,
vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos
cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis
amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a
sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que
siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo,
desamparado,
ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.
Después que nos dejaste, nunca pace
en hartura el ganado ya,
ni acude
el campo al labrador con mano llena.
No hay bien que en
mal no se convierta y mude:
la mala hierba al trigo ahoga, y nace
en lugar suyo la infelice avena;
la tierra, que de buena
gana nos
producía
flores con que solía
quitar en sólo vellas mil enojos,
produce agora en cambio estos abrojos,
ya de rigor de espinas
intratable;
yo hago con mis ojos
crecer, llorando, el fruto
miserable.
Como al partir del sol la sombra crece,
y en cayendo su rayo se
levanta
la negra escuridad que el mundo cubre,
de do viene el
temor que nos espanta,
y la medrosa forma en que se ofrece
aquello
que la noche nos encubre,
hasta que el sol descubre
su luz pura y hermosa:
tal es la
tenebrosa
noche de tu partir, en que he quedado
de sombra y de
temor atormentado,
hasta que muerte el tiempo determine
que a ver el deseado
sol
de tu clara vista me encamine.
Cual suele el ruiseñor con triste canto
quejarse, entre las hojas
escondido,
del duro labrador, que cautamente
le despojó su caro y dulce nido
de los tiernos hijuelos, entre tanto
que del amado ramo estaba
ausente,
y aquel dolor que siente
con diferencia tanta
por la dulce garganta
despide, y a su
canto el aire suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable
oficio y sus querellas,
trayendo de su pena
al cielo por testigo y
las estrellas;
desta manera suelto yo la rienda
a mi dolor, y así me quejo en
vano
de la dureza de la muerte airada.
Ella en mi corazón metió la mano,
y de allí me llevó mi dulce
prenda,
que aquél era su nido y su morada.
¡Ay muerte arrebatada!
Por ti me estoy quejando
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo:
tan
desigual dolor no sufre modo.
No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya del todo
primero no me quitan el sentido.
Una parte guardé de tus
cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
que nunca de mi seno
se me apartan;
descójolos, y de un dolor tamaño
enternecerme siento, que sobre ellos
nunca mis ojos de llorar se
hartan.
Sin que de allí se partan,
con sospiros calientes,
más
que la llama ardientes,
los enjugo del llanto, y de consuno
casi los paso y cuento uno a
uno;
juntándolos, con un cordón los ato.
Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.
Mas luego a la memoria se me ofrece
aquella noche tenebrosa,
escura,
que siempre aflige esta ánima mezquina
con la memoria de
mi desventura
Verte presente agora me parece
en aquel duro trance de Lucina,
y aquella voz divina,
con cuyo
son y acentos
a los airados vientos
pudieras amansar, que agora es
muda.
Me parece que oigo que a la cruda,
inexorable diosa demandabas
en aquel paso ayuda;
y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?
¿Ibate tanto en perseguir las fieras?
¿Ibate tanto en un pastor
dormido?
¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
que, conmovida a
compasión, oído
a los votos y lágrimas no dieras,
por no ver hecha
tierra tal belleza,
o no ver la tristeza
en que tu Nemoroso
queda, que su reposo
era seguir tu oficio, persiguiendo
las fieras por los monte, y
ofreciendo
a tus sagradas aras los despojos?
¿Y tú, ingrata,
riendo
dejas morir mi bien ante los ojos?
Divina Elisa, pues agora el cielo
con inmortales pies pisas y
mides,
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas y no
pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo,
y verme libre pueda,
y en la tercera rueda,
contigo mano a mano,
busquemos otro llano,
busquemos otros
montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos,
do
descansar y siempre pueda verte
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?
*
* *
Nunca pusieran fin al triste lloro
los pastores, ni fueran
acabadas
las canciones que sólo el monte oía,
si mirando las nubes coloradas,
al tramontar del sol bordadas de
oro,
no vieran que era ya pasado el día,
la sombra se veía
venir corriendo apriesa
ya por la falda espesa
del altísimo monte, y recordando
ambos
como de sueño, y acabando
el fugitivo sol, de luz escaso,
su
ganado llevando,
se fueran recogiendo paso a paso.
Oda ad Florem Gnido
Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
aplacase
la ira
del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
las
fieras alimañas,
los árboles moviese
y al son confusamente los
trujiese,
no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el
fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de
sudor teñido;
ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por
quien los alemanes,
el fiero cuello atados,
y los franceses van
domesticados;
mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y
alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás
armada:
y cómo por ti sola,
y por tu gran valor y hermosura
convertido en vïola,
llora su desventura
el miserable amante en tu
figura.
Hablo de aquel cativo,
de quien tener se debe más cuidado,
que
está muriendo vivo,
al remo condenado,
en la concha de Venus
amarrado.
Por ti, como solía,
del áspero caballero no corrige
la furia y
gallardía,
ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya le
aflige.
Por ti, con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
y en
el dudoso llano
huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa.
Por ti, su blanda musa,
en
lugar de la cítara sonante,
tristes querellas usa,
que con llanto
abundante
hacen bañar el rostro del amante.
Por ti, el mayor amigo
le es importuno, grave y enojoso;
yo
puedo ser testigo,
que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y
su reposo.
Y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida,
que
pozoñosa fiera
nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan
temida.
Soneto I- Cuando me paro a contemplar mi
estado...
Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por do
me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal
pudiera haber llegado;
mas cuando del camino estó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he
venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi
cuidado.
Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y
acabarme,
si ella quisiere, y aun sabrá quererlo;
que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de
mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacerlo?
Soneto II- En fin a vuestras manos he
venido...
En fin a vuestras manos he venido,
do sé que he de morir tan
apretado
que aun aliviar con quejas mi cuidado
como remedio me es
ya defendido;
mi vida no sé en qué se ha sostenido
si no es es en haber sido yo
guardado
para que solo en mí fuese probado
cuánto corta una espada
en un rendido.
Mis lágrimas han sido derramadas
donde la sequedad y el aspereza
dieron mal fruto deltas, y mi suerte:
¡basten las que por vos tengo lloradas;
no os venguéis más de mí
con mi flaqueza;
allá os vengad, señora, con mi muerte!
Soneto III- La mar en medio y tierras he
dejado...
La mar en medio y tierras he dejado
de cuanto bien, cuitado,
yo tenía;
y yéndome alejando cada día,
gentes, costumbres, lenguas
he pasado.
Ya de volver estoy desconfiado;
pienso remedios en mi fantasía,
y el que más cierto espero es aquel día
que acabará la vida y el
cuidado.
De cualquier mal pudiera socorrerme
con veros yo, señora, o
esperallo,
si esperallo pudiera sin perdello;
mas de no veros ya para valerme,
si no es morir, ningún remedio
hallo,
y si éste lo es, tampoco podré habello.
Soneto IV- Un rato se levanta mi
esperanza...
Un rato se levanta mi esperanza;
mas, cansada de haberse
levantado,
toma a caer, y deja, mal mi grado,
libre el lugar a la
desconfianza.
¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
del bien al mal? iOh corazón
cansado!
Esfuerza en la miseria de tu estado;
que tras fortuna
suele haber bonanza.
Yo mismo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte, que otro
no rompiera,
de mil inconvenientes muy espeso.
>Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera,
desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.
Soneto V- Escrito está en mi alma vuestro gesto...
Escrito está en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos
deseo;
vos sola lo escribistes, yo lo leo
tan solo, que aun de vos
me guardo en esto.
En
esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto
en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la
fe por presupuesto.
Yo
no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por
hábito del alma misma os quiero;
cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la
vida,
por vos he de morir y por vos muero.
Soneto VI- Por ásperos caminos he
llegado...
Por ásperos caminos he llegado
a parte que de miedo no me
muevo;
y si a mudarme a dar un paso pruebo,
y allí por los cabellos soy
tornado.
Mas tal estoy, que con la muerte al lado
busco de mi vivir
consejo nuevo;
y conozco el mejor y el peor apruebo,
o por costumbre mala o por
mi hado.
Por otra parte, el breve tiempo mío,
y el errado proceso de
mis años,
en su primer principio y en su medio,
mi inclinación, con
quien ya no porfío,
la cierta muerte, fin de tantos daños,
me hacen descuidar de mi
remedio.
Soneto VII- No pierda más quien ha tanto
perdido...
No pierda más quien ha
tanto perdido,
bástate, amor, lo que ha por mí pasado;
válgame agora jamás haber probado
a defenderme de lo que has
querido.
Tu templo y sus paredes he vestido
de mis mojadas ropas y
adornado,
como acontece a quien ha ya escapado
libre de la tormenta en que
se vido.
Yo había jurado nunca más meterme,
a poder mío y mi
consentimiento,
en otro tal peligro, como vano.
Mas del que viene no podré
valerme;
y en esto no voy contra el juramento;
que ni es como los otros
ni en mi mano.
Soneto VIII- De aquella vista buena y
excelente...
De aquella vista buena y excelente
salen espirtus vivos y
encendidos,
y siendo por mis ojos recibidos,
me pasan hasta donde el mal se
siente.
Entránse en el camino fácilmente,
con los míos, de tal calor
movidos,
salen fuera de mí como perdidos,
llamados de aquel bien que está
presente.
Ausente, en la memoria la imagino;
mis espirtus, pensando
que la vían,
se mueven y se encienden sin medida;
mas no hallando fácil
el camino,
que los suyos entrando derretían,
revientan por salir do no hay
salida.
Soneto IX- Señora mía, si yo de vos ausente...
Señora mía, si yo de vos ausente
en esta vida turo y no me
muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero,
y al bien de que gozaba
en ser presente;
tras éste luego siento otro accidente,
que es ver que si de
vida desespero,
yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;
y ansí ando en lo que
siento diferente.
En esta diferencia mis sentidos
están, en vuestra ausencia y
en porfía,
no sé ya que hacerme en tal tamaño.
Nunca entre sí los veo
sino reñidos;
de tal arte pelean noche y día,
que sólo se conciertan en mi
daño.
Soneto X- OOh dulces prendas por mí
mal halladas...
¡Oh dulces prendas por mí mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios
quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte
conjuradas.
¿Quién me dijera, cuando las pasadas
horas en tanto bien por vos me
vía,
que me habíais de ser en algún día
con tan grave dolor
representadas?
Pues en un hora junto me llevastes
todo el bien que por término me
distes,
llevadme junto al mal que me dejastes.
Si
no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes, porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.
Soneto XI- H ermosas
ninfas, que, en el río metidas...
Hermosas
ninfas, que, en el río metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas;
agora estéis
labrando embebecidas,
o tejiendo las telas delicadas;
agora unas
con otras apartadas,
contándoos los amores y las vidas;
dejad un rato
la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho
según ando;
que o no
podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá de espacio consolarme.
Soneto XII- Si para refrenar este
deseo...
Si para
refrenar este deseo
loco, imposible, vano, temeroso,
y guarecer de un mal tan
peligroso,
que es darme a entender yo lo que no creo.
No me aprovecha
verme cual me veo,
o muy aventurado o muy medroso,
en tanta
confusión que nunca oso
fiar el mal de mí que lo poseo,
¿qué me ha de
aprovechar ver la pintura
de aquél que con las alas derretidas
cayendo, fama y nombre al mar ha dado,
y la del que su
fuego y su locura
llora entre aquellas plantas conocidas
apenas en el agua
resfrïado?
Soneto XIII- A Dafne ya los brazos le crecían...
A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se
mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu'el
oro escurecían;
de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun
bullendo 'staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en
torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer
hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado, oh
mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón
por que lloraba!
Soneto XIV- Como la tierna madre, que el
doliente...
Como la tierna madre, que
el doliente
hijo le está con lágrimas pidiendo
alguna cosa, de la
cual comiendo
sabe que ha de doblarse el mal que siente,
y aquel piadoso amor no le consiente
que considere el daño que
haciendo
lo que le pide hace, va corriendo,
aplaca el llanto y
dobla el accidente,
así a mi enfermo y loco pensamiento
que en su daño os me pide, yo
querría
quitalle este mortal mantenimiento.
Mas pídemelo y llora cada
día
tanto, que cuanto quiere le consiento,
olvidando su suerte y
aun la mía.
Soneto XV- Si quejas y lamentos pueden tanto...
Si quejas y lamentos pueden tanto,
que enfrenaron el curso
de los ríos,
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su
canto;
si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres, y
peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos
del espanto,
¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y
lágrimas pasada,
un corazón conmigo endurecido?
Con más piedad debría ser
escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y
llora otra cosa.
Soneto XXIII- En tanto que de rosa
y azucena...
En
tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad
serena;
y
en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo
presto
por el hermoso cuello blanco enhiesto
el viento mueve,
esparce y desordena;
coged de vuestra alegre Primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo
airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado;
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.
Soneto XXV- OOh hado secutivo en mis dolores...
¡Oh hado secutivo en mis dolores,
cómo sentí tus leyes rigurosas!
Cortaste’l árbol con manos dañosas
y esparciste por tierra fruta y flores.
En poco espacio yacen los amores,
y toda la esperanza de mis cosas,
tornados en cenizas desdeñosas
y sordas a mis quejas y clamores.
Las lágrimas que en esta sepultura
se vierten hoy en día y se vertieron
recibe, aunque sin fruto allá te sean,
hasta que aquella eterna noche escura
me cierre aquestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.
Soneto XXVII- Amor, amor, un hábito
vestí...
Amor, amor, un
hábito vestí
el cual de vuestro paño fue cortado;
al vestir ancho fue, más
apretado
y estrecho cuando estuvo sobre mí.
Después acá de
lo que consentí,
tal arrepentimiento me ha tomado,
que pruebo
alguna vez, de congojado,
a romper esto en que yo me metí.
Mas ¿quién
podrá de este hábito librarse,
teniendo tan contraria su natura,
que con él ha venido a conformarse?
Si alguna parte
queda por ventura
de mi razón, por mí no osa mostrarse;
que en tal contradicción
no está segura.
Soneto XXIX- Pasando el mar Leandro el
animoso...
Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso fuego todo
ardiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo
el agua con um
ímpetu furioso.
Vencido del trabajo presuroso,
contrastar a las ondas no
pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo
que de su propia
vida congojoso,
como pudo esforzó su voz cansada
ya las ondas habló desta manera,
mas nunca fue su voz dellas oída:
«Ondas, pues no se excusa que yo muera,
dejad me allá llegar, ya
la tornada
vuestro furor esecutá en mi vida».
Soneto XXXI- D entro
de mi alma fue de mí engendrado...
Dentro de mi
alma fue de mí engendrado
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan
aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;
mas luego de él
nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento:
que en
áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.
¡Oh crudo
nieto, que das vida al padre,
y matas al abuelo! ¿por qué creces
tan disconforme a aquel de que has nacido?
¡Oh, celoso
temor! ¿a quién pareces?
¡que la envidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido!
Soneto XXXII- Estoy contigo en
lágrimas bañado...
Estoy contigo en lágrimas bañado,
rompiendo siempre el aire con
sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos
a tal estado,
que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de
seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo viendo atrás lo
que he dejado:
y
si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántame en la vía
ejemplos tristes de los que han caído.
Sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar
solía
por la oscura región de vuestro olvido.
Soneto XXXIII- M ario,
el ingrato amor, como testigo...
Mario, el
ingrato amor, como testigo
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
usando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;
teniendo miedo
que si escribo o digo
su condición, abato su grandeza;
no
bastando su fuerza a mi crüeza
ha esforzado la mano a mi enemigo.
Y ansí, en la
parte que la diestra mano
gobierna. y en aquella que declara
los
conceptos del alma, fui herido.
Mas yo haré que
aquesta ofensa cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.
Soneto XXXV- Boscán, las armas y el furor
de Marte...
Boscán, las armas y el
furor de Marte,
que con su propia fuerza el africano
suelo
regando, hacen que el romano
imperio reverdezca en esta parte,
han reducido a la memoria el arte
y el antiguo valor italiano,
por cuya fuerza y valerosa mano
África se aterró de parte a parte.
Aquí donde el romano encendimiento,
donde el fuego y la llama
lícenciosa
solo el nombre dejaron a Cartago,
vuelve y revuelve amor mi pensamiento,
hiere y enciende el alma
temerosa,
y en llanto y en ceniza me deshago.