"...¿En qué edad vivo, ahora que
atravieso esta soledad de fuego?..."

"The
disturbing muses"
Giorgio de Chirico
Reseña biografica
Poeta y
ensayista venezolano nacido en Canoabo en 1913.
Hijo de un inmigrante
italiano, se trasladó a Italia y cursó los estudios secundarios en
Florencia. De regreso a Venezuela,
trabajó durante algún tiempo como publicista, pero pronto se entregó con
enorme vocación a la literatura. Entre 1926
y 1941 fue miembro destacado del grupo y revista Viernes, junto a
importantes poetas del momento.
Perteneció al cuerpo diplomático de su país por largos años,
representándolo en diversos países de América y Europa.
Su primer libro
de poemas, «Vigilia del náufrago» fue publicado en 1937. Tres
años después fue editado «Bosque doliente»,
al que siguieron «Liras»,
Premio Municipal de poesia, 1941, «Poemas de la noche y de la
tierra», «Mi padre el inmigrante»
su obra cumbre, en 1945,«Los espacios cálidos» en 1952 y «poesia de viajes»
Premio Nacional de Literatura 1969.
En 1982 recibió el premio
Conac de poesia al mejor libro del año «Edades perdidas» y fue nombrado
además Profesor
Honoris Causa de La Universidad Simón Rodríguez de Caracas.
En
1992, poco antes de su muerte, fue nombrado
Director Emérito de la Revista Nacional de Cultura. ©
Amanecer
Aquí he llegado...
Bosque de música
En el fondo forestal del día
Escritos en la piedra
Hay muchas maneras de estar
muerto
Los enamorados
Mi padre el inmigrante:
I..........Venimos de la noche...
II.........Venimos de la noche...
III....... Relámpago extasiado...
IV........Lo que siento en mi
sangre...
V......... A veces caigo en mí...
VI....... El velero
lustroso de la muerte ...
VII...... Tu aldea en la colina...
VIII..... Cuando tú venías...
IX........ Dejaste en mi
existencia...
X......... ¿Qué fuego de tiniebla...
XI........ Por ti sé...
XII...... Siempre te
encuentro...
XIII..... ¿Quién me llama...
XIV..... Áspero cuero de
tigre...
XV....... Sí, la noche sostenida...
XVI...... Todas las colinas
ondulaban...
XVII.... Ahí te acogían...
XVIII... Llegaba el día...
XIX.......Te señalo...
XX........ Aquí la noche
deja los juncales ...
XXI...... Y siempre fue un nuevo regresar...
XXII......¿Habías visto, acaso...
XXIII.....Yo vengo de esa hora...
XXIV..... De todo tu andar...
XXV...... Están en ti...
XXVI..... Aquí donde el caballo...
XXVII.... Hijo desencadenado
soy...
XXVIII.. Tú, que me lanzaste...
XXIX..... Arden puertas oscuras...
XXX.......Vamos hacia la noche...
Mi tierra
Penumbras
secretas
Realidad de la noche
Amanecer
Siento llegar el día como un rumor de animales,
a la orilla del
pantano, de la fiebre, del junco,
más allá, entre las colinas de viento oscuro,
donde la luz se levanta
con desgarradas banderas,
como resplandor lejano de una montaña de
cuarzo.
He aquí la sombra en torno a mi existencia, el búho,
el
río que arrastra oro, la serpiente de coral,
el esqueleto del
explorador, el fango de mis pies.
La noche ha quemado el maíz, ha
apagado los metales,
ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la
sangre,
ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja.
Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón:
eco en el
abismo, piedra que rueda por el monte,
brillo en la puerta de la
cueva, fosforescencia del hueso.
En la infancia, al pie del arco iris
o del relámpago,
junto al cabrito que saltaba en torno a la madre,
jugaba con un pequeño tigre de cálida voz ronca,
de suave pelambre
estrellada, como un signo del zodíaco,
de rabia lenta y tensa, como
el despertar de la furia.
Ahora siento en el aire límpido del bambú y
el helecho,
surgir las formas de las doncellas, bajo la fronda,
en
la selva de árboles aromáticos, coronadas de orquídeas
descendiendo
al río, a la cascada de transparente curva,
que resuena en sus
diamantes como una leyenda.
Formas de la gracia, sus perfiles
abandonan sus melenas
a la brisa; formas de la vida y de la muerte,
sus senos tiemblan en las penumbras de los juncos;
formas del oscuro
delirio, sus muslos se suavizan
como una fruta partida; formas del
tiempo humano,
sus pies hacen temblar las flores silvestres.
Como
el venado tras de su compañera en la colina,
persigo a una joven
diosa desnuda, bajo el sol.
Viene el olor agrio de los árboles
destrozados
por la ira de la noche; viene el olor de la sangre,
del animal devorado, el olor de los minerales,
el olor del río entre
las raíces y las flexibles lianas.
El día derrama su transparente
maravilla, como un vuelo,
como el color innumerable, como la
crisálida
de herméticos destellos, como el insecto plateado,
como
el hechizo en las formas relucientes,
como el vuelo de mariposas que
salen de una gruta incendiada
y comienzan a temblar en el ardiente
cristal.
Acerco mis labios al claro manantial de íntima música,
junto a la sardina y a la piedra limpia y pulida como una joya;
mientras la nube pasa y el ave sale de su nido,
y la serpiente
muestra su lengua maldita, y se enrosca,
y espera o avanza por la
espalda sudorosa del día.
Me hundo en las palpitaciones
reverberantes, en las ondas,
en el temblor divino, donde se abre la
rosa de montaña,
en los brillos fugaces, en la imagen insondable de
Dios,
que ha creado los cielos y la tierra, con esta geografía de
fuego,
y ha dado a mi corazón la forma del día y de la noche,
mientras oigo correr los animales, persiguiéndose, amándose,
devorándose, ensangrentando las yerbas, las flores y las peñas.
Soy
el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma.
Aquí he llegado...
Aquí he llegado
para imponerme el conocimiento de la eternidad,
para ver rodar mi cabeza
tiempo abajo,
arena abajo,
alucinación abajo,
hacia el metálico redoble de los truenos
que confunden las montañas
en negros ámbitos azules.
Se detuvieron aquí las tribus,
se detuvieron aquí los profetas,
se detuvieron aquí los santos.
Venían las mujeres
y los niños.
Vestían pieles
de animales de los montes,
rudimentarios paños
a franjas de colores,
todos iluminados
en fuegos rituales.
Quisiera dejar un canto
para la eternidad,
enterrado en una vasija de barro,
un canto junto a mis huesos,
un salmo
para oír a Dios
en la música de un arpa,
para verlo en un fuego de nubes
sobre los pueblos siempre nuevos
edificando con la arena del desierto,
y para ver el desierto
que lleva su silencio
del día a la noche
como continuación del firmamento.
Bosque de música
Mi ser fluye en tu música,
bosque dormido en el tiempo,
rendido a la nostalgia de los lagos del cielo.
¿cómo olvidar que soy oculta melodía
y tu adusta penumbra voz de
los misterios?
He interrogado los aires que besan la sombra,
he oído en el
silencio tristes fuentes perdidas,
y todo eleva mis sueños a músicas celestes.
Voy con las
primaveras que te visitan de noche,
que dan vida a las flores en tus sombras azules
y me revelan el
vago sufrir de tus secretos.
Tu sopor de luciérnagas es lenta astronomía
que gira en mi
susurro de follaje en el viento
y alas da a los suspiros de las almas que escondes.
¿Murió aquí
el cazador, al pie de las orquídeas,
el cazador nostálgico por tu magia embriagado?
Oh, bosque: tú
que sabes vivir de soledades
¿adonde va en la noche el hondo suspirar?
En el fondo forestal del día
El acto simple de la araña que teje una estrella
en la penumbra,
el paso elástico del gato hacia la mariposa,
la mano que resbala
por la espalda tibia del caballo,
el olor sideral de la flor del café,
el sabor azul de la
vainilla,
me detienen en el fondo del día.
Hay un resplandor cóncavo
de helechos,
una resonancia de insectos,
una presencia cambiante del agua en
los rincones pétreos.
Reconozco aquí mi edad hecha de sonidos silvestres,
de
lumbre de orquídea,
de cálido espacio forestal,
donde el pájaro carpintero hace
sonar el tiempo.
Aquí el atardecer inventa una roja pedrería,
una constelación de
luciérnagas,
una caída de hojas lúcidas hacia los sentidos,
hacia el fondo
del día,
donde se encantan mis huesos agrestes.
Escritos en la piedra
En el valle que rodean montañas de la infancia
encontramos
escritos en la piedra,
serpientes cinceladas, astros,
en un verano de negras
termiteras.
En el silencio del tiempo vuelan los gavilanes,
cantan cigarras
de tristeza
como en una apartada tarde de domingo.
Con el verano se desnudan
los árboles,
se seca la tierra con sus calabazas.
Pero volverán las lluvias
y de nuevo nacerán las hojas
y los pequeños grillos de las
praderas
bajo el soplo de una misteriosa nostalgia del mundo.
Y así
para siempre
en torno a estos escritos en la piedra,
que recuerdan una raza
antigua
y tal vez hablan de Dios.
Hay muchas maneras de estar muerto
No quiero explicarme por qué mis ojos
pueden ver este castillo
cubierto de hiedras
de verde muy oscuro y solitario
bajo los
astros de los búhos,
ni por qué mis ojos pueden detenerse
a ver
caer la nieve durante tanto tiempo,
hasta que arropa todos los
muertos
y los deja allí con sus vestiduras
de diferentes colores
en el hielo.
Mi padre fue enterrado en el trópico,
en Canoabo, y
sus ojos, por tanto, no se helaron,
pero sí, tal vez, tuvieron que
ver con otras cosas
muy distintas al frío,
sin duda, con culebras que perforan la
tierra
y silban a orilla de los muertos
como a la margen de un
lago
de juncales remotos y relámpagos.
Hay diferentes maneras de
estar muerto,
aun estando vivo en medio de los planetas,
con
nuestra cara semejante a la tierra
fotografiada desde Géminis 13,
viendo nuestros propios ojos
rodeados de huesos,
un poco más
arriba de los dientes;
ensimismados en los ojos de los pescados
que nos miran en las pescaderías iluminadas.
Hay muchas maneras de
estar muerto
y siempre nos es dado tomar nuestro cráneo
y ponerlo
a reposar al borde de la tumba
o llevarlo al gran salón de baile,
como tal vez lo hizo Hamlet,
mientras Ofelia s ponía un velo de luna
nevada,
ay, de luna nevada entre los abedules.
Los enamorados
Los rostros de los enamorados, en el césped,
se vuelven indiferentes, hacia el trueno,
hasta que brillen en la lluvia
que hace temblar las flores.
Entre durazneros y almendros,
que al giro de las estaciones
se cubren de abejas,
los enamorados
son un infinito instante,
el sueño del tiempo
estremecido en su propia tempestad.
El relámpago va huyendo
entre rosas y gallos.
El tiempo se hunde con ramas y nubes
en las charcas que de la lluvia
cerca de los enamorados
que eternamente olvidan
su propia historia,
abandonados al relámpago
y a un sabor de mieles silvestres.
Mi padre el inmigrante
"Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema,
nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno,
y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste
comarca del Estado Carabobo".
Vicente Gerbasi
I
Venimos de la
noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el
almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes
adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las
tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las
glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares.
Atrás quedan las puertas quejándose en el
viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes.
Atrás el tiempo
queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que
levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atrás queda la luz
bañando las montañas,
los parques de los niños y los blancos altares.
Pero también la
noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aún,
sino descanso breve
que tiembla en las luciérnagas
o pasa por las almas con golpes de agonía.
La noche que
desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el
regazo del agua en las montañas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la
eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.
II
Venimos de la noche y
hacia la noche vamos.
Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre,
el sudor de la
frente, la mano sobre el hombro,
el llanto en la memoria,
todo queda cerrado por anillos de
sombra.
Con címbalos antiguos el tiempo nos levanta.
Con címbalos, con
vino, con ramos de laureles.
Mas en el alma caen acordes penumbrosos.
La pesadumbre cava con
pezuñas de lobo.
Escuchad hacia adentro los ecos infinitos,
los cornos del enigma
en vuestras lejanías.
En el hierro oxidado hay brillos en que el alma
desesperada cae,
y piedras que han pasado por la mano del hombre,
y arenas
solitarias,
y lamentos del agua en cauces penumbrosos.
¡Reclamad, gritando
hacia el abismo,
el mirar interior que hacia la muerte avanza!
En nuestras horas
yacen reflejos de heliotropos,
manos apasionadas, relámpagos del sueño.
¡Venid a los desiertos y
escuchad vuestra voz!
¡Venid a los desiertos y gritad a los cielos!
El corazón es una
secreta soledad.
Sólo el amor descansa entre dos manos,
y baja en la simiente con
un rumor oscuro,
como torrente negro, como aerolito azul,
con temblor de
luciérnagas volando en un espejo,
o con gritos de bestias que se rompen las venas
en las calientes
noches de insomnes soledades.
Mas la simiente trae a la visible e invisible muerte.
¡Llamad,
llamad, llamad vuestro rostro perdido
a orillas de la gran sombra!
III
Relámpago extasiado
entre dos noches,
pez que nada entre nubes vespertinas,
palpitación del brillo,
memoria aprisionada,
tembloroso nenúfar sobre la oscura nada,
sueño frente a la
sombra: eso somos.
Por el agua estancada va taciturno el día,
doblegando los juncos
hacia barcas de olvido.
El alma silenciosa en las violetas tiembla.
¿No somos un secreto
guardado por las horas?
Mirad cómo en el césped de la tarde
la mirada es un brillo de
azahares,
cómo se esconde el ser
en el suspiro leve de las frondas.
Algo se cierra siempre en torno a nuestra frente.
El frío de las piedras corre por nuestra sangre.
Un susurrar de
nardo desciende por los valles.
Y siempre el hombre solo, bajo el sol y los truenos,
perseguido
por voces y látigos y dientes.
El hombre siempre solo, con su mirada, suya,
con sus recuerdos,
suyos, y con sus manos, suyas.
El hombre interrogando a sus calladas sombras.
Escucha: yo te
llamo desde mis soledades,
desde mis suspirantes comarcas de palmeras,
abiertas a los
signos luminosos del cielo.
El viento se te enreda con nieblas siderales,
y te detiene al
pie de negros abedules.
Venados de la luna van corriendo
por la antigua memoria,
y
en tu silencio caen llamas del corazón.
IV
Lo
que siento en mi sangre como un reloj de arena,
cerca de algún retrato, del hilo y del salero;
lo que escucho en
mi sangre como un rumor del día,
cuando una mariposa de la noche
viene a besar la sombra de
nuestro corazón;
lo que escucho en mi sangre como acordes de luto,
cuando todo se
apaga y todo es un ayer,
con rostros, con cenizas y manos en la sombra;
lo que escucho en
mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos,
donde el espejo de hundida
confidencia
destruye vanamente las máscaras del hombre:
lo que escucho en mi
sangre como flautas del sol,
cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia
como en una
lejana colina de vendimias;
cuando el pensamiento transforma mis
secretos
en abismos de yedras,
y reclino mi frente sobre el vino
nocturno;
cuando siento mis pasos en la tierra,
y cuando digo: tierra,
y sé que estoy aquí iluminándome,
amándola y oyendo su mandato, que es el existir,
es lo que
desciende en secreto hacia mi muerte:
rumor que me sostiene y me dibuja
en mi retrato antiguo,
con
un halcón sobre el hombro,
en la penumbra de tus olivares:
marco de la conciencia,
enigma de viejos muros,
caída de la luz en la tristeza,
heno en la tarde, nubes de
soledad,
higueras de la noche en forma de esqueletos,
mirada hacia la
sombra del jaguar.
No somos habitantes de la luz.
Hay lenguas de tiniebla y signos
ardorosos
danzando en torno nuestro.
Se nos cae la mirada en anillos de
luto,
en juncales de miedo, en estrellas de plata.
La frente va
perdida, como ráfaga fría
por la humedad nocturna de los espantapájaros.
¿Cuándo sale de
ti mi oscuro andar?
Atrás quedan abismos en que mis ojos caen.
El hombre es de la
noche que lo sigue,
sueño que el sol defiende,
paréntesis de incierta maravilla,
imagen que derriba la tiniebla.
Aún mi madre contempla tu retrato
y en su cabello blanco se hace
un lejano resplandor.
Aquí en la tierra estoy, aquí en la tierra,
y en tu muerte,
disperso en mis sentidos.
Y persisten los ojos, las brasas del peligro
y el hábito de
andar por los sonidos,
por la humedad, la risa, las tinieblas,
donde las lumbres danzan
como reminiscencias de muertos familiares.
Y todo avanza en mí y
todo cae, y todo es un rumor,
un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado,
y un llevarlo
todo al sueño
y hacer de la tierra un sueño.
Y es lo que viene ardiendo,
sonando como un trueno
sobre un niño,
desde tu vida dura, desde tu muerte sola,
tu
muerte semejante a una llanura,
donde curva la noche su lentitud de
estrellas,
con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos,
con guitarras
caídas junto al corazón,
con una copla del diablo,
con el azufre del Tirano Aguirre
danzando en las colinas,
y lejanos relámpagos antiguos
en un denso horizonte con sombras
de diluvio,
y el viento que resuena sobre el sordo tambor
de la tierra
caliente,
del agua del caimán y el venenoso diente.
Padre mío, padre de mi
huracán. Y de mi poesia.
V
A veces caigo
en mí, como viniendo de ti,
y me recojo en una tristeza inmóvil;
como una bandera que ha
olvidado el viento.
Por mis sentidos pasan Angeles del crepúsculo
y lentos me
aprisionan los círculos nocturnos.
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Escucha. Yo te llamo
desde un reloj de piedra,
donde caen las sombras, donde el silencio cae.
VI
El velero
lustroso de la muerte
pasea tu silencio por mis mares sombríos,
entre brillos de un
agua negra en ondas,
donde cantan marinos de otro tiempo,
ahogados en la noche,
rendidos a las algas
que transportan las sombras.
Y siempre vienes a mí desde el
olvido,
aventurero terrestre de barbas seculares.
Tus zapatos aún suenan
sobre los ladrillos
y sobre las arenas de bahías desiertas,
con baúles desenterrados
y monedas,
y con rocas lejanas donde los astros caen,
donde avanzan
temblando las auroras,
en medio de las sombras de los fríos,
y de pinos del mar,
y
signos y colores espectrales,
y las sombras de madres de barqueros,
llamando entre sus paños y
sus cabellos,
y sus voces confundidas,
y sus lágrimas perdiéndose en la arena,
y gaviotas en fila, volando hacia otro mundo,
hacia distancias
cárdenas y negras,
hacia un día del misterio,
donde grita el hombre a su muerte.
Te sigue un perro grande,
el perro fiel y lento de nuestra
lejanía.
En tu penumbra brillan barcas abandonadas.
Con las ráfagas gimen
tus hondas soledades
y entre las algas tiembla el grave amanecer.
Te alejas en tu
viaje como llovizna leve,
como el rumor del finar en los caracoles.
En mi soledad guardo
tus hondas soledades.
De ti vienen los días
sonando en las guitarras del olvido.
Por ti yo soy el hombre, el portador del fuego.
Por ti mi mano levanta el espejo que refleja la montaña.
Hacia
mí venían tus huellas, tu fábula y tu clima,
y aún te veo llegar desde la muerte,
padre del remo, padre del
pesado saco,
padre de la cólera y el canto.
VII
Tu aldea en la colina
redonda bajo el aire del trigo,
frente al mar con pescadores en la aurora,
levantaba torres y
olivos plateados.
Bajaban por el césped los almendros de la primavera,
el labrador
como un profeta joven,
y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo.
Y
subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas.
Era una pobreza alegre bajo el azul eterno,
con los pequeños
vendedores de cerezas en las plazoletas,
con las doncellas en torno a las fuentes
movidas rumorosamente
por la brisa de los castaños,
en la penumbra con chispas del herrero,
entre las canciones del
carpintero,
entre los fuertes zapatos claveteados,
y en las callejuelas de
gastadas piedras,
donde deambulan sombras del purgatorio.
Tu aldea iba sola bajo
la luz del día,
con nogales antiguos de sombra taciturna,
a orillas del cerezo,
del olmo y de la higuera.
En sus muros de piedra las horas detenían
sus secretos reflejos
vespertinos,
y al alma se acercaban las flautas del poniente.
Entre el sol y
sus techos volaban las palomas.
Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza.
Tu aldea estaba sola
como en la luz de un cuento,
con puentes, con gitanos y hogueras en las noches
de silenciosa
nieve.
Desde el azul sereno llamaban las estrellas,
y al fuego
familiar, rodeado de leyendas,
venían las navidades,
con pan y miel y vino,
con fuertes
montañeses, cabreros, leñadores.
Tu aldea se acercaba a los coros del cielo,
y sus campanas iban
hacia las soledades,
donde gimen los pinos en el viento del hielo,
y el tren silbaba
en lontananza, hacia los túneles,
hacia las llanuras con búfalos,
hacia las ciudades olorosas a
frutas, hacia los puertos,
mientras el mar daba sus brillos lunares,
irás allá de las
mandolinas,
donde comienzan a perderse las aves migratorias.
Y el mundo
palpitaba en tu corazón.
Tú venías de una colina de la Biblia,
desde las ovejas, desde
las vendimias,
padre mío, padre del trigo, padre de la pobreza.
Y de mi poesia.
VIII
Cuando tú venías,
venías hacia la muerte,
porque así son nuestros pasos en los días:
hacia las montañas
detenidas en los crepúsculos;
hacia las ciudades que esperan la noche con luto y alegría,
tostando el pan, preparando dramas en los aposentos,
derramando rojo vino en las penumbras;
hacia los puertos donde
las barcas dan descanso a los vagabundos;
hacia los pequeños caminos rojos,
donde nos duele el cuerpo del
asno,
donde nos duelen los pies del mendigo,
donde nos duele el canto
de la triste quinquina;
hacia nuestra futura vivienda,
con el susurro leve del naranjo
a cuya sombra estaremos en la mirada del hijo,
como en una hora
del cielo,
del presentimiento y de la angustia.
Tú venías, y el mundo
estaba debajo de tus pasos,
y debajo de tus noches, y debajo de tus soledades.
Sí, tu
existencia había creado sus cielos huracanados
sus aguas tumultuosas, sus nubladas lejanías,
y las tempestades
agitaban los mares de tu corazón
con truenos y estrellas caídas
en las oscuras soledades del
alma,
con naufragios y voces de mujeres
perdidas en la extensión de
las olas y los países.
Soñabas con fantasmales buques en la sombra,
esos que llevan
banderas de luto
y viajan hacia los puertos de podridos aceites
y antiguos
desperdicios.
Y la furia levantaba ondas en la oscuridad de tu muerte,
perseguida por brillos lunares,
como una oleaginosa superficie negra
con vuelos de lentas aves
relucientes,
ahí donde los astros gotean sus azules licores,
en ese espacio
del misterio devorador,
con islas iluminadas en nuestra soledad.
Tu juventud llamaba a
las ciudades del mundo,
a los vientos que soplan contra viejas murallas,
a la gente que
vive en las oscuras minas,
a marinos que yacen bajo cruces del mar.
Tú, el viajero, el
insomne, el descontento,
el que levantaba las manos hacia los relámpagos,
el que veía
pasar las bahías
como la orilla serena y brumosa de la tristeza.
Sabías soportar
las lejanías, siempre tan del corazón.
Sabías llegar.
Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado,
tendido en las noches calientes,
como los sacos, como los
barriles,
a la orilla de los grandes navíos.
Un campesino te daba una copa
de aguardiente.
Y aún era la noche oscura como un tambor,
salvaje como las
patas, las mías y los dientes del tigre.
La noche, la noche llena de rumores de tamarindos,
de cocoteros
movidos por una brisa
que te devolvía a otro tiempo,
al tiempo de tu aldea con
campanas,
de tus mares del verano
con barcarolas cerca del amanecer.
Tú estabas dormido bajo las estrellas de otro mundo.
Padre mío, padre de mi universal angustia.
Y de mi poesia.
IX
Dejaste en mi
existencia la nostalgia del mundo.
Adoro las ventanas que tiñen los crepúsculos,
contemplo las
estampas de algún campo del norte,
elevo las aldeas a nevadas del cielo
y un reno silencioso se
yergue en mi silencio.
Muero contra los pinos por ráfagas heladas,
a mis manos se
acercan pájaros del invierno,
y un aire de mendigos difunde coros tristes.
No sé si alguna
hora de copos solitarios,
esos que a veces caen en grises cementerios,
sobre harapientas
sombras, en plazas vespertinas,
me espera en algún sitio lejano de la tierra.
Por ti, que
caminabas con tus ropas pesadas,
entre los esqueletos vegetales del frío,
yo vago por la orilla
de un lago taciturno,
oyendo una campana de antiguos molineros.
X
¿Qué fuego
de tiniebla, qué círculo de trueno,
cayó sobre tu frente cuando viste esta tierra?
Pasaron costas
negras, arbustos inflamados,
barcas con piñas, cocos, bananas, chirimoyas,
sobre un mar
tenebroso con medusas y anémonas.
Y pasaron caminos, zamuros, caseríos,
y viste un asno ciego
atado a tina ventana,
y un niño sin parientes pasar por la llanura,
y un vaquero
llamando la sombra del ganado.
Una puerta caliente se abrió para tu vida.
Te llamaron las aguas
con sus lenguas oscuras,
los pájaros con gritos, y animales dolientes
que lloran
largamente en el alto follaje.
Y llegaste a la puerta de la casa del brujo,
de cuyo tecleo
cuelgan gruesas hojas moradas,
semillas venenosas, corazones de
pájaros.
Y viste la melaza correr en los trapiches.
Y el toro que en la
tarde avanza hacia la muerte,
atado a dos caballos.
Y viste la serpiente de agua, retorcida,
que en la penumbra ahoga a la vaca sedienta.
Y anduviste de
noche entre las mariposas
de luto, que visitan los ranchos tenebrosos,
donde habita la
fiebre de labios amarillos.
Y viste danzar llamas, las llamas del Tirano,
seguido por el
canto del aguaitacamino,
que avanza, misterioso, junto al paso del hombre.
Y dormiste
entre hormigas, arañas y escorpiones.
Y grandes flores lilas, con brillos siderales,
se abrieron en tu
sueño de encendidos diamantes.
XI
Por ti sé que el remo que
regresa del horizonte,
y el hacha que al contacto del árbol
llena de resonancia el día,
y el martillo que aplasta el hierro
y lo moldea como una llama
densa, 5
y la mano que amasa el barro para la vivienda,
y amasa la harina
para los hijos,
y para los hijos de nuestros hijos,
y el escalpelo que transmite
sangre a la piedra,
elevando su suave gesto en la penumbra,
y la frente inclinada
sobre la maravilla,
hacen la conclusión de la jornada.
Por ti sé que el paso de cada
uno es solitario,
como un recuerdo, como un instante,
como la muerte de cada uno.
Por ti sé que el amigo es sagrado,
y que más vale un árbol con
frutos
que brillantes monedas de oro.
Pero aquí estoy debatiéndome con
sangre, imagen y lamento,
recogido en mi gesto como habitante que sale de la noche.
Por ti
me alejo de las ruedas del lujo,
de la serpiente de oro, de la araña de cristal pulido,
de la
cortina de azules mariposas.
La tierra nos reclama más cerca de sí misma,
más cerca del sueño
en que la vemos.
Ráfagas solitarias se acercan a mi frente,
donde la noche mora
temblando en los jazmines.
Fugaces resplandores pasan entre mis huesos,
mientras voy
escuchando mis pasos en el polvo.
Avanzo, clamo, caigo, y yo mismo levanto
mi cuerpo abandonado.
Agítanse las sombras al golpe de la sangre,
con el trueno que
enluta barrancos y montañas,
y en la humedad enciende cuchillos, ojos, cuerpos
y manos que
socavan la soledad oscura.
Camino por escombros, recojo un niño
herido
que interminablemente llama hacia las paredes.
Busco un pan, me
persiguen
y mis rodillas sangran por largas madrugadas.
Padre de mis
huellas,
padre de mi tristeza nocturna.
Y de mi poesia.
XII
Siempre te
encuentro, oigo tu voz,
en mi hora más secreta, cuando refulgen las gemas del alma,
como
heridas por la luz de los sentidos,
cuando el tiempo me convoca a los acordes del día,
y enciende en
torno a mi ser flores silvestres;
cuando la noche viene impulsando colores densos por el cielo,
como batallas del paraíso o anunciaciones sagradas;
cuando el campo se lamenta en sus animales;
cuando la madre
llora y sobre su cabeza
la noche derrama su pesadumbre y el querer estar a solas;
cuando
siento entrar por la ventana,
a la quieta soledad de la tristeza,
el aire de los árboles
cercanos.
Tu vida y tu muerte, tuyas para siempre,
como es para sí el niño
que se ahoga en un pozo perdido,
en mí se juntan y me difunden en la tierra,
en ese instante que
se detiene iluminando la memoria,
igual al relámpago que enciende un horizonte sagrado,
en el
momento en que el día y la noche se juntan,
plenos de profundidades de lo eterno,
en una densa agitación de
oscuros caballos celestes
que se agigantan para el engendro de un poderoso enigma,
sobre
las montañas, sobre las ciudades
y las frentes pensativas.
Padre de mi soledad.
Y de mi
poesia.
XIII
¿Quién me llama,
quién me enciende ojos de leopardos
en la noche de los tamarindos?
Callan las guitarras al soplo
misterioso de la muerte,
y las voces callan, y sólo los niños aún no pueden descansar.
Ellos son los habitantes de la noche,
cuando el silencio se difunde en las estrellas,
y el animal
doméstico se mueve por los corredores,
y los pájaros nocturnos visitan la iglesia de la aldea,
por
donde pasan todos los muertos,
donde moran santos ensangrentados.
Por las sombras corren caballos sin cabeza,
y las arenas de la
calle van hasta el confín,
donde el espanto reúne sus animales de fuego.
Y es la noche que
ampara la existencia a solas,
en el niño insomne, en el buey cansado,
en el insecto que se
defiende en la hojarasca,
en la curva de las colinas, en los resplandores
de las rocas y
los helechos frente a los astros,
en el misterio en que te escucho
como una vasta soledad de mi
corazón.
Padre mío, padre de mis sombras.
Y de mi poesia.
XIV
Áspero cuero
de tigre,
estrellada lentitud de arqueado lomo,
fuerte cabeza insomne,
dientes detenidos en la sombra.
Un viento vegetal lame las peñas,
húmedas lumbres vagan por el
río,
y tensos pasos hunden
las flores de la noche en la memoria.
XV
Sí, la noche
sostenida en las grandes hojas espesas,
en las lianas que bajan hasta las aguas negras,
como lentas
serpientes encantadas por los brujos,
en los brillos que huyen como soplos azules,
dando un temblor
fugaz a las ocultas flores,
te dio el secreto antiguo de mi ardorosa tierra.
Tocaste las
raíces, las piedras y las frutas,
abrazaste los árboles, corriste por pantanos,
penetraste en las
cuevas, heriste el armadillo,
que semeja un cruzado de bruñidas corazas,
perdido en la
penumbra de la selva y el río.
Viste las madrugadas de las lluvias calientes
y oíste el
murmurar de árboles y animales,
ese reclamo eterno de la tierra en la noche
que a veces llora y
grita y ronca en la pantera.
Y viste el estallido de las grandes semillas,
y el nacer de la
hoja y el abrir de la flor.
Y hablaste, circundado por venados atónitos:
"¡Ampárame, oh
tierra maravillosa!
Yo me estaré contigo adorando tus peñas
que en la penumbra tienen
rostros de nuevos dioses.
Yo vengo de los puertos, de las casas oscuras,
donde el viento
de enero destruye niños pobres,
donde el pan ha dejado de ser para los hombres.
Yo vengo de la
guerra, del llanto y de la cruz.
¡Ampárame, oh tierra maravillosa!"
XVI
Todas las
colinas ondulaban hacia el sitio que buscabas.
Los árboles ondulaban, ondulaban en la soledad de tu alma,
como
un recuerdo de los siglos en el viento,
como un recuerdo de las soledades del mundo,
cuando el fuego
bajaba por el pecho de las montañas
y los reptiles miraban las flores sudorosas.
Ondulaban,
ondulaban en el silencio de tu alma.
Ondulaban, ondulaban en el silencio de la tierra roja,
donde el
hombre se esconde
para dar muerte al tímido animal.
Ondulaban, ondulaban en la
atmósfera ardiente del colibrí,
que gira, y gira, y huye y gira en su vuelo tornasol.
Ondulaban,
ondulaban, murmurantes,
en las anchas soledades,
donde canta la guacharaca anunciando la
lluvia.
Ondulaban, ondulaban, y corrían los toros y los caballos,
espantados por el resonante viento del fuego,
hacia un desolado atardecer.
Ondulaban, ondulaban, y caían
reflejos rojos
en las oscuras aguas de la selva,
donde beben la ardilla, la
lapa y el tapir.
Ondulaban, ondulaban, los árboles en tu vida,
aquí, en la
tierra, aquí, en tu afán,
aquí, donde algún hombre solitario,
entre carbones de árboles
incendiados,
siembra la yuca y el banano,
busca el veneno en la hojarasca,
y conoce el misterio de los vegetales.
Y era un lento ondular el
día,
un ondular hacia las márgenes de los ríos
con lentas barcas y
caimanes en las aguas amarillas.
Un lento ondular hacia el horizonte,
donde la noche congrega a
los hombres con sus guitarras,
entre sus viviendas de ennegrecida palma,
bajo el silencio
solitario de las estrellas.
XVII
Ahí te acogían, y
ahí estaba tu noche.
Tú venías, venías con tu vida y tus recuerdos,
con tu voz y tus
pequeños papeles amarillos,
con tu alegría y tus angustias,
pero nadie sabía de dónde
venías.
Sonaban las guitarras en la sombra de tu corazón,
y había
aguardiente en conchas de fuertes frutas,
el aguardiente que incendia las venas
con forma de relámpago
sobre un turbio galopar de caballos.
Y el joropo en el arpa te agitaba una nueva melodía,
y había una
nueva tristeza para ti, y una nueva alegría.
Aquella gente era tu gente.
Un día te ibas con ella en el fragor
de una guerra civil.
XVIII
Llegaba el día
del agua verde,
espesa como un lienzo oscuro con flores.
El agua estancada con
gérmenes de fiebre,
el agua solitaria, perdida, abandonada,
donde la garza inmóvil
se mira en su tristeza.
Y era el día sin pan, el día sin respuesta.
El día de los campesinos muertos sobre la yerba reseca.
Y tu
vida era de nuevo un regresar,
un regresar hacia días y noches,
hacia el sitio que buscabas en
tu desesperación.
XIX
Te señalo en el mediodía
de la angustia,
entre árboles y espinas y cigarras,
entre lenguas de fuego bajo
el sol,
ahí donde un caballo anda por nuestra tristeza,
y cae, y muere,
con los ojos abiertos hacia el cielo.
Te señalo en la soledad de danzas ilusorias,
de corrientes
perdidas, de sutiles serpientes,
cuando la hora tritura sus cristales y espejos,
y las aves huyen
del gran pozo de fuego,
donde estalla la fruta, la espiga, la corteza,
donde la calavera
brilla sonoramente
en su amarilla frente
que lamen aguas tibias,
que llaman
voces roncas,
ecos de las cavernas.
Y todo cae en el silencio de la tierra,
de la tierra roja con grandes hormigas rojas,
que lentamente
avanzan por sus claras ciudades,
con su pesada carga de circulares hojas.
Y todo es un temblor de
láminas livianas,
de mercurio caliente,
y la curva de las colinas se hace adusta,
grave, resplandeciente,
bajo el vuelo circular de los gavilanes,
lentos, casi inmóviles en la atmósfera caliente,
como sostenidos
por el viento de los siglos.
Te señalo en la hora del canto de la paloma torcaz,
escondida en
la extensión reverberante,
cuando el toro muge en medio de nuestra lejana melancolía,
cuando nos interrogamos: "¿quién me responde ahora?",
cuando en la vivienda de barro y palmas
la gente calla cabizbaja
en el humo del tabaco,
en el sopor de su oscura pobreza
entre tinajas, cenizas y
cucharas de palo.
Cuando junto a nosotros el río arrastra vegetales sombríos,
como
residuos de nuestros sueños luctuosos,
en que negras barcas atraviesan luces, ondas, gritos.
Te señalo
sobre la tierra, en medio de tu propia voluntad.
La hoja aceitosa y morada del tártago,
la flor amarilla y espesa
del guanábano,
la fruta velluda del guamo,
la araña cobriza y lenta,
el
insecto de plata y de veneno,
están aquí en tu silencio,
en tu silencio profundo como el día,
donde posan los valles
como en la reminiscencia de una leyenda.
Está aquí lo que tú querías allá entre los pastores,
cuando los deshielos daban música y espuma a los riachuelos,
y
florecían las violetas y maduraban las fresas en torno tuyo,
alrededor de tu aldea con muros medioevales
y vuelo de palomas
en las tardes.
Está aquí el fuego lamiendo la tierra,
el agua lamiendo las raíces,
los animales lamiendo a los
animales.
Y tú estabas aquí con el sudor de tu frente,
el solitario, el
vestido de paño de hilo,
el erguido en medio de la comarca de las tempestades,
el que iba
gritando hacia adentro,
buscándose las manos y la frente en su existencia,
buscando el
sitio donde poder decir:
"Aquí yo vivo, aquí yo soy el hombre".
Sí, tú ibas, paso a paso,
con tus pies pesados,
tus pies que hacían correr los animales,
volar las aves hacia
celestes puentes crepusculares.
Tú eras el que contestaba sin que nadie te llamara.
¿Quién te
llamaba? ¿Acaso ibas entre fantasmas?
¿O estaba tu memoria poblada de fantasmas?
¿O huías de algo
tuyo, de algo que dentro de ti aborrecías?
Insectos peludos se acercaban a tus piernas,
víboras,
escorpiones, gusanos como pájaros
recién salidos del huevo,
animales con llanto, dientes con
fuego.
Pero eras el que marchaba, el resistente,
mudo en la nostalgia
de susurrantes olivares,
de serenas colinas con manzanos que iban hasta el atardecer,
hasta los últimos céspedes, donde una luz angélica se fuga,
moviendo brillos del paraíso en las frondas lejanas del alma.
Estabas aquí en medio del vaho caliente
que asciende de las hirvientes aguas estancadas,
del espeso limo
verde con ranas
y redondas flores lilas entreabiertas,
de la fruta y de la hoja
que se pudren
con huevos de insectos y reptiles.
En medio del vaho que
asciende entre los juncos,
entre las lianas y las amarillas frutas de la fiebre.
En medio
del vaho que humedece nuestras espaldas
nuestros hombros y nuestra frente.
En medio del vaho que aguarda
la noche
para mover sus visitantes azules,
entre los ojos del leopardo y
del búho.
Tú estabas aquí, solo, devorado, mudo,
con tu garrafa de
aguardiente para la noche,
con tu perro y tus estrellas de otro mundo.
Padre mío, padre de
mi sangre.
Y de mi poesia.
XX
Aquí la
noche deja los juncales
con sangrientos reflejos,
con ondas purpurinas en penumbra
y
escamas aceradas.
Un profundo combate
hiere cuerpos perdidos en la sombra.
Es
un agua de olvido, jadeante,
de limpio cielo ardiente,
que descansa en relámpagos hundidos
sobre babosas ramas de tembloroso limo.
Es un agua de lentos
círculos de agonía,
con ojos en el sueño,
de flor amarga abierta entre las piedras.
Es el agua de alma solitaria,
del hombre que soporta los
confines,
dando a la tierra huellas, brasas del corazón,
voces a la
llanura donde un demonio canta,
por donde avanza el día con humedad caliente,
con altas y
sonoras geometrías
de pájaros acuáticos,
que figurando van rojas costas celestes.
En el canto lejano del turpial,
entre las flores de cercano
brillo,
entre las ranas que semejan hojas
y cierran en la luz sus ojos
verdes,
vaga un humo tenaz; y se oye que alguien dice:
"Las sombras incendiaron el maíz".
Y a lo lejos ulula la montaña
de un dios.
Aquí el hombre ve el año
como una lenta furia de colinas,
donde el arbusto esconde su fruto y su veneno.
Aquí la vida pasa cual un turbio verano,
mientras el cielo lanza
arcAngeles de fuego
sobre los yerbazales,
donde el toro olfatea y resopla en la
tierra,
y la escarba y se yergue como potente enigma,
que muge contra el cálido resplandor de la roca.
Aquí la luz
congrega las hormigas
que llevan bajo el sol granos de oro
para dar brillo a los
antiguos túmulos.
Aquí levanta el día convulsas arboledas,
reclamos funerarios,
barrancos como templos, humos lentos de tumbas.
Pasa pesado un
viento de oscuros gavilanes
y en las viviendas arden
ramas de algún boscaje misterioso.
En la selva Canaima huye en un denso soplo
de tiniebla y de azufre, de pájaros negruzcos,
y cuelga de las
ramas como caucho quemado,
y aprisiona a los hombres
en sus brazos quemantes de lianas
malolientes,
y grita con la muerte como una araña-mona.
Ni el asno, ni el
anciano, ni el niño, ni el conejo,
saben aquí el camino más leve hacia la tarde.
Aquí el hombre
soporta su frente, su mirada,
sus manos incendiadas,
y entierra un gallo vivo hasta las alas,
para decapitarlo con los ojos vendados
y manchar con su sangre
los muros del crepúsculo.
Así tú viste el cielo abrazado a la tierra,
en un grave misterio
de rojo resplandor,
donde un jinete enlaza el toro de la muerte.
Y fuiste
interrogando en silencio los días,
y una voz que salía del fuego de la tierra,
te dijo:
"Destruye tus venablos contra el sol,
haz que tu cuerpo sangre sobre la roza oscura,
y entrégate a las
llamas que surgen de las huellas,
de la pira que América enciende noche y día
al pie de la visión
abismal de sus héroes".
XXI
Y siempre
fue un nuevo regresar,
un lento aproximarse de la noche,
un duro avanzar de la
existencia,
un recobrarse a solas, un decirle a las sombras:
"Esperad,
esperad al hombre.
No le rechacéis, guardadle bien, que es vuestro
hijo...".
Suave lumbre de oro iluminaba tus tardes,
y árboles redondos
iban basta el confín,
hacia brumas azules con reflejos ardientes,
hacia el confín del
toro y la nube de fuego.
Era la tierra roja, con peñas, con tardones,
donde crece el
tabaco
de blancas flores como pequeños cálices.
Dos mujeres había, dos
mujeres junto al pilón.
Había brisa caliente y las dos pilaban con los mazos del pilón.
Pilaban el maíz para el pan,
como si tocaran un tambor,
un gran tambor,
en la tarde de tu
inflamado corazón.
Temblaban sus pechos al golpe del pilón,
y la brisa removía sus
negras y ondulantes cabelleras,
y levantaba las flores de su falda
y ellas reían, reían, entre
los golpes del pilón,
reían hasta la noche,
donde los venados corren por un delirio de
oro.
XXII
¿Habías
visto, acaso, cómo ardía la soledad de tu sangre,
en medio del ancho mundo con océanos, llanuras y montañas?
¿Cuál
era tu angustia, y tu afán y tu oscuro descontento?
¿No sabías, acaso, que deambulabas en tu propio drama,
con tus
harapos incendiados, huyendo a través de las sombras,
con tu boca, tus manos y tus sienes en el fuego,
en la sombra,
en la soledad, en la existencia,
como aquel que se debate en su sueño anónimo y sombrío?
Había
una hora en las tabernas para ti,
junto al marinero, y al beodo, y al abandonado, y al triste,
y
junto a la prostituta
que lucha con su corazón y sus recuerdos,
y quiebra copas contra
los muros del mundo,
y ríe y canta, y ríe en la tristeza,
y siempre ama con su
extraño corazón.
Y había una hora a la sombra de un gran ceibo para ti.
Y había
una hora que no era de ningún sitio para ti.
Tú eras un hijo de la tierra,
moviéndote en la tierra, en las
ciudades,
en los campos, hundido en tus solitarios recuerdos,
bajo los
vientos que barren los anchos arenales del crepúsculo.
XXIII
Yo vengo de esa hora
que soporta la tierra,
donde estaba tu vida contra los huracanes,
frente a las puertas
selladas ante las bocas mudas.
¿Acaso, lloraste a veces bajo la medianoche,
cuando las
estrellas te llevaban a tu cielo?
¿Acaso te arrepentías?
¡Ah, pero tus manos podían soportar toda
tu soledad
y te daban el pan!
Y entonces miraste en los ojos de los pobres,
de los mendigos
que guardan en los rincones de las ciudades.
¡Ah, los mendigos!... ¡Ellos, los mendigos!...
Tan parecidos a
los viejos muros y a los santos...
XXIV
De todo tu andar
de antiguo caminante,
de todo tu sufrir en desamparo,
de soportar el peso del hacha o
del saco,
de asistir al herido y repartir el pan,
sólo te quedó una casa,
a cuya puerta escribiste algunas palabras de la Biblia.
Aquella
casa fue mi casa.
Mi casa pintada de cal, allá en mi aldea,
escondida entre el
café y el cacao.
Otras casas había, rojas, azules, verdes, amarillas,
en mi
aldea, que entre árboles
jugaba con niños y caballos.
Había una plaza con cabras y
almendrones de apacible sombra,
y una iglesia de donde salía un Cristo,
en una urna de cristal,
cuando la Semana Santa.
Yo nací en tu casa con palabras de la Biblia,
y allí estabas
callado, con tus libros,
junto a mi madre y a mis pequeños hermanos.
Allí estaban tus
noches,
todavía con las estrellas de otro mundo,
y allí tu amorosa
soledad, tu vida, tus recuerdos.
Y allí estaba yo como una angustia para ti,
y tu trabajo y el
sudor de tu frente;
y el canto de los sapos en las sombras,
y el tinajero en el
corredor de la medianoche,
y las lluvias nocturnas que nos lanzaban a un oscuro amanecer.
¡Estábamos tan cerca de los árboles, del río y la montaña!...
Yo con mi alegría donde cantaba el cristofué,
tú con tu vida
dura, con golpes y nostalgias,
de pie ante los días de mi infancia.
XXV
Están en ti mis orígenes,
mis dioses, mis resinas, mis sueños.
En tu vida de ayer y en tu muerte de hoy,
en el grave silencio
que te guarda
en un bosque de flores de elevados tallos,
en la penumbra de la
música y las luciérnagas.
Vas por comarcas de iluminadas grutas,
de reflejos violetas y de
truenos azules,
sin haber interrumpido la ascensión de tu ser,
porque la muerte
nos acoge en sus leyendas
y en sus graves dominios de cerezos en flor.
Ella... Ella... La
que nos devuelve la memoria
doliente de la esposa, del hijo, del amigo,
y acerca los perros
a las tumbas,
y agita mariposas en torno a nuestra frente,
y da suaves
movimientos a los retratos en los aposentos.
Ella... Ella... La que tan ardorosamente ignoramos.
¿Cómo he de
aguardarla yo en mi angustia?
¿Qué anuncian los coros que a veces oímos
más allá de las
arboledas vespertinas?
¿En cuál de nuestros oscuros sobresaltos
ha estado junto a
nosotros, mirándonos,
desde su ventana de frío e inolvidables pinos,
como en un espejo
de sufrimientos
y de hundido son de campanas,
en ese momento en que nos miramos
el rostro con indiferencia,
con recuerdos, y pensamos en el pan de todos los días?
Venimos
de la noche y hacia la noche vamos.
Tú eres ya el habitante de los reflejos y los ecos,
pero aún
oigo tu voz y tu corazón y veo tu sonrisa
y tu barba blanca y tu mano fuerte.
Tu mano, que un día, tuyo, y
con palabras tuyas,
de alguien se despedía desde un golfo perdido,
en ese momento en
que aprendías a estar solo,
viendo los distantes navíos, los amantes en las playas,
los
pescadores moviendo sus barcas hacia las olas.
Eras el que sabía avanzar con su vida,
entre las cosas que están
aquí,
para el hombre, para el que vive, para el que se debate.
Las
cosas que están aquí sobre la tierra,
y pasan junto a nosotros para habitar en la memoria
y edificar
nuestra existencia resonante.
Vienen de ti mi afán y mis palabras,
y es tu sangre la que dice
con mis labios:
hierro, pan, campana, frente, piedra, flor, caballo,
casa,
sartén, naranjo, césped vespertino,
romero, yerba, clavo, cayena y astromelia.
Y está aquí mi
existencia con hijos en las horas,
con hijos que me llaman en las horas,
buscándose a sí mismos en
las horas.
Y estoy aquí para llevarles pan,
y andar por la ciudad con mi
destino,
correr entre relojes con mi angustia,
y contemplar los astros, y
mirarme las uñas,
y gritar hacia adentro y hacia el mar,
y hacia la noche, y hacia
mi madre,
y hacia los grandes estremecimientos del mundo.
Y estoy aquí
buscando las respuestas de mi sangre,
los signos solitarios que me hieren,
mis huellas que me siguen
en la tierra,
mis huellas que vienen de tu vida,
padre mío, padre de mi
pesadumbre.
Y de mi poesia.
XXVI
Aquí donde el
caballo le da un trono al mendigo
entre los tapices cárdenos de la tarde,
aquí donde la hora sella
labios malditos,
levantando humaredas, viviendas fantasmales,
aquí los gritos
caen, las blasfemias, los llantos.
¿Queréis ser los arrepentidos?
Aquí ni la palabra ni el gesto
nos sostienen,
y los huesos encuentran su tenebroso espejo.
Aquí sólo el
misterio puede encender su lumbre
y acoger nuestro fin con brillos de azucenas.
Mirad aquí los
cráneos,
las blancas calaveras que se enturbian,
las frentes bajo los
días de lluvia,
las frentes rodando,
esperando las guitarras y la danza.
Se
apoyan a las piedras con su reír eterno.
Miradlas. Tan parecidas a vosotros.
¿Recordáis vuestro aposento,
vuestras oscuridades, vuestras monedas,
vuestras manos
ensangrentadas?
Miradlas con sus frentes de frío y de tiniebla.
Bajo la noche.
Ellas nos esperan en el temblor de la sagrada sombra,
ante el
que pasa indiferente al lado del mendigo.
XXVII
Hijo
desencadenado soy,
furia reconquistada,
ensoñación ante las puertas sagradas.
El resplandor ha coronado mi frente,
y la cumbre derrama sus hielos bajo el sol.
Oye mi soledad
cuando te llamo
desde los precipicios.
Escucha las campanas siderales
doblando sobre las aldeas crepusculares.
XXVIII
Tú, que
me lanzaste sobre la tierra y hacia la nada,
desde el círculo incendiado de tus experiencias,
desde todas las
puertas cerradas,
desde la calles perdidas,
desde los perros que aúllan frente a
los cadáveres,
desde los puertos que inflaman
sus alcoholes en la noche,
desde la pobreza que va huyendo por las callejuelas,
desde las mañanas, desde aquel cielo de samaritanas,
desde
aquellos cerezos temblorosos,
a cuya sombra mi madre
esperó que yo viniese de ti
como el sencillo regalo de un pobre;
tú, junto a ella, levantas mi sombra
en los valles de mi propio
corazón.
XXIX
Arden puertas oscuras hacia el fondo
de muros solitarios,
hacia la escala antigua de Jacob.
Resbalan las maderas, los metales,
cayendo en las tinieblas como
lenguas,
en la sangre que hierve,
hacia rostros oscuros,
y aquí,
junto a mi alma,
se abren flores azules
en medio al resplandor.
Detrás están
las llamas saliendo de la madera,
detrás están los vientos de las constelaciones.
Una espada, una
espada, una espada que brilla
derriba un árbol negro.
Ahí va como un río el mármol por la
noche,
y resuenan las voces
de las almas que llegan al panteón
nocturno.
XXX
Vamos hacia la noche y
hacia la noche vamos.
Mi
tierra
En la
yerba tostada por el día, el sueño del caballo
nos rodea de flores,
como el dibujo de un niño,
mientras la fruta cae del espeso follaje
plateado,
que tiembla y brilla en las cigarras de una luz solitaria.
¿En qué edad vivo, ahora que atravieso esta soledad de fuego,
esta
tristeza donde muge el toro en lontananza, esta nostalgia
donde el
cacto crece entre las colinas y va hasta el horizonte,
esta monótona
melancolía de la paloma torcaz, escondida,
aquí junto al río, más
allá, no se sabe dónde, junto a la muerte,
bajo el cielo límpido que
transporta alguna nube ardiente?
Ando entre derretidos espejos donde
la flor se desfigura,
donde la miel resbala con el cuerpo deforme de
los árboles,
por donde el ave pasa con un efímero temblor de iris.
La tierra muestra sus rojas heridas, sus pedruscos, sus cuevas,
sus
grandes hormigas, sus gruesas hojas aceitosas, sus palmas,
sus
viviendas de barro, donde el hombre cuelga su guitarra.
La gente seca
en el viento del sol pieles de toro,
muele el maíz, hace el almidón,
teje la fibra dorada,
mas anda como invisible, en silencio, en la
pesadumbre,
en el humo del tabaco, buscando yerbas medicinales,
Interrogo y no recibo respuesta, y sólo alguna voz,
desde una puerta
oscura que guarda la pobreza,
me dice: "Cuídate de la muerte en estos
campos de la soledad",
y vuelve a esconderse, mientras el viento
mueve sus llamas,
y levanta el polvo entre las resecas espigas,
entre los ancianos que permanecen sentados junto a la ceniza.
Nada de
hecho, sólo siento el sol, silbar la serpiente;
nada he dicho aún,
sólo sé que amo esta gente sonámbula,
que del mundo sólo conoce esta
tierra roja, estas colinas rojas,
donde crece la vegetación más
amarga y sedienta.
Nada sé, sólo oigo pasos, voces y cantos
quejumbrosos,
y por la tarde veo que llevan un ataúd hacia la noche.
Penumbras secretas
Encontré la desdicha al amanecer,
en un caballo que sangraba
con la cabeza un poco caída en la yerba
y el llanto de mi hermana de dos años
que había sido operada en el vientre.
Yo sentí un poco de sangre en las manos,
un dolor triste como un cabrito degollado,
una piel puesta a secar sobre las piedras.
Anduve por el aire frío de las últimas estrellas
donde moraban gallos dispersos,
y sentí mi propia presencia
en un árbol iluminado en el fondo de la casa.
El día acogió el caballo herido
con el llanto de mi hermana en los ojos.
El día me recluyó en los rincones oscuros.
Seguí siendo un triste que espanta las moscas de la tarde
o dibuja una iglesia rodeada de aves marinas.
Realidad de la noche
Una sombra de una almendra amarga
saboreo en medio del mundo.
Debajo de mis parpados se encierra el furor de la noche
y detrás de los días esta el rumor del mar contra las escolleras.
Mis sentidos resuenan en la bóveda del cráneo,
en la tiniebla cóncava de las luciérnagas.
Hay un derrumbe de la noche como carbón
en mi costado izquierdo
un espanto de agua.
Sombra de la arboledas venenosas, redondos follajes relucientes
refugio de los mendigos bajo los fuegos artificiales.
Sombras detrás de las ventanas,
sombra de la sábana, de la silla, de la lámpara.
sombra de los epilépticos, de los paralíticos, de los ciegos.
Sombra de las medicinas, de los relojes, de los sombreros.
He aquí mis manos moviendo lo cotidiano,
sostén mudo, simple convicción de la muerte.
Soy un testigo, desterrado en las avenidas crepusculares,
en los martes de carnaval,
con hijos que llegan a la rodilla.
Me persigue el presentimiento como una máscara nocturna.
caen estrellas en la llanura, al borde las ciudades.
Las manos que hacen el plan socavan la noche.
Las lámparas iluminan el pan.