"...Hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspensos en la luz de tus pupilas..."

"Awakening of
Adonis" (detalle)
John William
Waterhouse
Reseña biografica
Poeta
mexicano nacido en la ciudad de Guadalajara en 1871, donde estudió y
ejerció como médico.
En 1911 se trasladó a la ciudad de México, y ese mismo año ingresó a la
Academia Mexicana de la Lengua.
Encabezó la depuración simbolista
del Modernismo, rechazando las temáticas excéntricas. Fundó la revista
Argos y ocupó destacados puestos políticos y diplomáticos.
Su obra
poética se resume en las siguientes publicaciones:
«Preludios»,
«Lirismos», «La hora inútil», «Silenter», «Los senderos ocultos» y «La
muerte del cisne».
Falleció en 1952. ©
A la que va conmigo...
A veces una hoja desprendida...
Busca en todas las cosas...
Canción
Catástrofe
Cautiva
Como hermana y hermano...
Cuando sepas hallar una
sonrisa...
Dat Signum
El alma en fuga
El baño
El gozo alucinado
El retorno imposible
El sembrador de estrellas
Intus
Irás sobre la vida de las
cosas...
La ciudad absorta
La muchacha que no ha
visto el mar
Llama eterna
Mi tristeza es como un
rosal florido...
Parábola del camino
Parábola del huésped sin
nombre
Porque ya mis tristezas...
Rústica
Salle et sille
Soledad tardía
¿Te acuerdas de la tarde?
Te engañas, no has vivido...
Tuércele el cuello al cisne
Vienes a mí
Y pienso que la vida...
Yo voy alegremente por donde va la
vida...
A la que va conmigo...
Iremos por la vida como
dos pajarillos
que van en pos de rubias espigas, y hablaremos
de
sutiles encantos y de goces supremos
con ingenuas palabras y diálogos
sencillos.
Cambiaremos sonrisas con la hermana violeta
que atisba tras la
verde y oscura celosía,
y aplaudiremos ambos la célica armonía
del
amigo sinsonte que es músico y poeta.
Daremos a las nubes que circundan los flancos
de las altas
montañas nuestro saludo atento,
y veremos cuál corren al impulso del
viento
como un tropel medroso de corderillos blancos.
Oiremos cómo el bosque se puebla de rumores,
de misteriosos
cantos y de voces extrañas;
y veremos cuál tejen las pacientes arañas
sus telas impalpables con los siete colores.
Iremos por la vida confundidos en ella,
sin nada que conturbe la
silenciosa calma,
y el alma de las cosas será nuestra propia alma,
y nuestro propio salmo el salmo de la estrella.
Y un día, cuando el ojo penetrante e inquieto
sepa mirar muy
hondo, y el anhelante oído
sepa escuchar las voces de los
desconocido,
se abrirá a nuestras almas el profundo secreto.
A veces una hoja
desprendida...
A veces una hoja
desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las ninfas que
pasan un sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida.
Vuelven a mí medrosos y
lejanos
suaves deliquios, éxtasis supremos;
aquella estrella y yo nos
conocemos,
ese árbol, esa flor son mis hermanos.
En el abismo del dolor
penetra
mi espíritu, bucea, va hasta el fondo,
y es como un libro
misterioso y hondo
en que puedo leer letra por letra.
Un ambiente sutil un
aura triste
hacen correr mi silencioso llanto,
y soy como una nota de ese
canto
doloroso de todo lo que existe.
Me cercan en bandada
los delirios...
¿Es alucinación..., locura acaso?
Me saludan las nubes a su paso
y me besan las almas de los lirios.
¡Divina comunión!...
Por un instante
son mis sentidos de agudeza rara...
Ya sé lo que murmuras,
fuente clara;
ya sé lo que me dices, brisa errante.
De todo me liberto y me
desligo
a vivir nueva vida, de tal modo,
que yo no sé si me difundo en
todo
o todo me penetra y va conmigo.
Mas todo huye de mí y
el alma vuela
con torpes alas por un aura fría,
en una inconsolable lejanía,
por una soledad que espanta y hiela.
Por eso en mis ahogos
de tristeza,
mientras duermen en calma mis sentidos,
tendiendo a tus palabras
mis oídos
tiemblo a cada rumor, naturaleza;
y a veces una hoja
desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las linfas que pasan, un
sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida.
Busca en todas las cosas un alma y un sentido...
Busca en todas las
cosas un alma y un sentido
oculto; no te ciñas a la apariencia vana;
husmea, sigue el rastro de la verdad arcana,
escudriñante el ojo y
aguzado el oído.
No seas como el necio, que al mirar la virgínea
imperfección del
mármol que la arcilla aprisiona,
queda sordo a la entraña de la
piedra, que entona
en recóndito ritmo la canción de la línea.
Ama todo lo grácil de la vida, la calma
de la flor que se mece,
el color, el paisaje.
Ya sabrás poco a poco descifrar su lenguaje...
¡Oh divino coloquio de las cosas y el alma!
Hay en todos los
seres una blanda sonrisa,
un dolor inefable o un misterio sombrío.
¿Sabes tú si son lágrimas las gotas de rocío?
¿Sabes tú qué secreto
va contando la brisa?
Atan hebras sutiles a las cosas distantes;
al acento lejano
corresponde otro acento.
¿Sabes tú donde lleva los suspiros el
viento?
¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes?
No desdeñes al pájaro de argentina garganta
que se queja en la
tarde, que salmodia a la aurora.
Es un alma que canta y es un alma
que llora...
¡Y sabrá por qué llora, y sabrá por qué canta!
Busca en todas las cosas el oculto sentido;
lo hallarás cuando
logres comprender su lenguaje;
cuando sientas el alma colosal del
paisaje
y los ayes lanzados por el árbol herido...
Canción
Canción para los que
saben
lo que es llorar...
¿Quién pudiera darte al viento
e irse al
viento en el cantar!
Canción como lluvia
fina
sobre el mar,
que se disuelve y es nube
que sube y vuelve a
llorar...
Canción que en el alma
es lluvia,
canción que es llanto en el mar...
¡Quién pudiera darte al
viento
e irse al viento en el cantar!
Catástrofe
Ella se niega mientras él insiste;
fogoso el amador, tenaz la bella,
en jiras el jubón de la doncella
la lucha apenas del amor resiste.
Casta no cede; pero mira triste
de aquel retozo la patente
huella,
y con falsos lamentos se querella
y de astucia y de brío
se reviste.
Por escapar de los robustos brazos,
de un empellón, cual víctima
inmolada,
rueda el cántaro al fin hecho pedazos...
Queda atónito él, ella pasmada;
mas pasa el susto y vuelven los
abrazos
tras una estrepitosa carcajada...
Cautiva
Cautiva que entre cerrojos,
frente a la angosta ventana
dejas espaciar los ojos
por la campiña lejana,
¿de qué te sirve tener
en el
pecho un ansia viva,
si eres libre para ver,
y para volar cautiva?
Siento
mayor la amargura
de tu mal cuando te veo
con las alas en tortura
y en
libertad el deseo.
Preso el pie y el alma alerta...
¡Qué morir frente a la
vida!
¿Para qué ventana abierta
si no hay puerta de salida?
Alma cautiva y hermana
que en la campiña lejana
dejas espaciar los ojos,
¡que te
quiten los cerrojos
o te cierren la ventana!
Como hermana y hermano...
Como hermana y hermano
vamos los dos cogidos de la mano...
En la quietud de la pradera hay una
blanca y radiosa claridad de
luna,
y el paisaje nocturno es tan risueño
que con ser realidad
parece sueño.
De pronto, en un recodo del camino,
oímos un
cantar... parece el trino
de un ave nunca oída
un canto de otro
mundo y de otra vida...
¿Oyes? -me dices- y a mi rostro juntas
tus
pupilas preñadas de preguntas.
la dulce calma de la noche es tanta
que se escuchan latir los corazones.
Yo te digo: no temas, hay
canciones
que no sabremos nunca quién las canta.
Como hermana y hermano
vamos los dos cogidos de la mano...
Besado por el soplo de la brisa,
el estanque cercano se divisa...
Bañándose en las ondas hay un astro;
un cisne alarga el cuello
lentamente
como blanca serpiente
que saliera de un huevo de
alabastro...
Mientras miras el agua silenciosa,
como un vuelo
fugaz de mariposa
sientes sobre la nuca el cosquilleo,
la pasajera
onda de un deseo,
el espasmo sutil, el calor-frío,
de un beso
ardiente, cual si fuera mío...
Alzas a mí tu rostro amedrentado
y
trémula murmuras: ¿me has besado?...
Tu breve mano oprime
mi mano;
y yo a tu oído: ¿sabes?, esos
besos nunca sabrás quién los imprime...
Acaso, ni siquiera si son besos...
Como hermana y hermano
vamos los dos cogidos de la mano...
En un desfalleciente desvarío,
tu rostro apoyas en el pecho mío,
y sientes resbalar sobre tu frente
una lágrima ardiente...
Me
clavas tus pupilas soñadoras
y tiernamente me preguntas: ¿lloras?
Secos están mis ojos... Hasta el fondo
puedes mirar en ellos... Pero
advierte
que hay lágrimas nocturnas - te respondo-
que no sabremos
nunca quién las vierte.
Como hermana y hermano
vamos los dos cogidos de la mano...
Cuando sepas hallar una sonrisa...
Cuando sepas hallar una
sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en
la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;
cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni
lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y
la muerte;
cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu
esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando
invisibles universos,
entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y
sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al
celaje y a la fiera.
Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser
mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la
cumbre.
Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la
azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del
insecto;
y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las
dalias...
y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las
piedras del camino.
Dat signum
¡Feliz instante! Del galán al peso,
la doncella al final rueda
vencida,
sobre el césped que cómplice convida
del libre amor al
inefable exceso.
Un cefirillo plácido y travieso
viene a avivar la lumbre ya
encendida...
¿Qué mucho que ella al fin quede rendida
y que se
escuche el estallar de un beso?
Un cercano rumor de pasos suena,
grana tardía a las mejillas
brota,
huye el galán y acábase la escena;
y confusa al pensar en su derrota,
Casta suspira, y coge de la
arena
un lazo azul... y la vasija rota...
El alma en fuga
Buscaron al romper de la alborada,
mis brazos y mis ojos su
presencia,
y sólo hallé, por signo de la ausencia,
el hueco de su
sien en la almohada.
Oh, qué correr la
angustia desatada,
qué ulular por el llano mi demencia,
qué
husmear en los ámbitos la esencia
de la alígera planta perfumada!
Amigos que alabasteis
su hermosura,
no a solas me dejéis en la amargura
del trance
doloroso e imprevisto...
¡Escrutad el perfil del
horizonte!
¡Batid los campos y talad el monte!
¡Decidme, por
piedad, si la habéis visto!...
El baño
Ya dejas
el plumón. Las presurosas
manos desatan el discreto nudo,
y queda
el cuerpo escultural desnudo
volcán de nieve en explosión de rosas.
El baño
espera. De estrecharte ansiosas
están las aguas, y en el mármol mudo,
un esculpido sátiro membrudo
te contempla con ansias amorosas.
Entras al
fin y el agua se estremece,
en tanto, allá en el orto ya parece
el
claro sol de refulgente rastro.
Y cuando
ufana de las fuentes sales,
de tu alcoba a los diáfanos cristales,
por mirarte salir, se asoma el astro.
El gozo alucinado
El color se me adentra y no lo pinto;
la nota musical llega
hasta el fondo
de la entraña cordial, y yo la escondo
en el sacro rincón de su
recinto.
El árbol es aliento y
no verdura,
germinación de vuelo y no ramaje;
el ojo lo desliga del paisaje
y lo clava en el dombo de la altura.
Apago soles y deseco
ríos,
borro matices y deshago formas,
y en propio barro, quebrantando
normas,
modelo mundos para hacerlos míos.
Sobrepasa las cosas la
mirada,
el sueño crece, lo real esfuma,
y me embarco en las alas de la
bruma
corno en una galera aparejada.
El retorno imposible
Yo sueño con un viaje que nunca emprenderé,
un viaje de retorno,
grave y reminiscente...
Atrás quedó la fuente
cantarina y jocunda, y aquella tarde fue
esquivo el torpe labio a la dulce corriente.
¡Ah, si tornar pudiera! Mas sé que inútilmente
sueño con ese
viaje que nunca emprenderé.
Un pájaro en la fronda cantaba para mí...
Yo crucé por la senda
de prisa, y no lo oí.
Un árbol me brindaba su paz... A la ventura,
pasé cabe la sombra
sin probar su frescura.
Una piedra le dijo a mi dolor: descansa;
y desdeñé las voces de
aquella piedra mansa.
Un sol reverberante brillaba para mí;
pero bajé los ojos al
suelo, y no lo vi.
En el follaje espeso
se insinuaba el convite de un ósculo
divino...
Yo seguí mi camino
y no recibí el beso.
Hay una voz que dice: retorna, todavía
el ocaso está lejos;
vuelve tu rostro, guía
tus pasos al sendero que rememoras ; tente
y refresca tus labios en la sagrada fuente;
ve, descansa al abrigo
de aquel follaje amigo;
oye la serenata
del ave melodiosa,
y en la piedra que alivia de cansancios, reposa;
ve que la noche tarda
y oculto entre las hojas hay un beso que
aguarda...
Mas, ¿para qué, si al fin de la carrera
hay un beso más hondo que
me espera,
y una fuente más pura,
y un ave más hermosa que canta
en la espesura,
y otra piedra clemente
en que posar mañana la
angustia de mi frente,
y un nuevo sol que lanza
desde la altiva
cumbre su rayo de esperanza ?
Y mi afán repentino
se para vacilante en medio del camino,
y
vuelvo atrás los ojos, y sin saber por qué,
entre lo que recuerdo y
entre lo que adivino,
bajo el alucinante misterio vespertino,
sueño con ese viaje que nunca emprenderé.
El sembrador de estrellas
Y pasarás, y al verte
se dirán: «¿Qué camino
va siguiendo el sonámbulo?....»
Desatento al murmullo
irás, al aire suelta la túnica de lino,
la
túnica albeante de desdén y de orgullo.
Irán acompañándote
apenas unas pocas
almas hechas de ensueño. . . .Mas al fin de la
selva,
al ver ante sus ojos el murallón de rocas,
dirán
amedrentadas: «Esperemos que vuelva.»
Y treparás tú solo los
agrietados senderos;
vendrá luego el fantástico desfile de paisajes,
y llegarás tú solo a descorrer celajes
allá donde las cumbres besan a
los luceros.
Bajarás lentamente una
noche de luna
enferma, de dolientes penumbras misteriosas,
sosteniendo tus manos y regando una a una,
con un gesto de dádiva,
las lumínicas rosas.
Y mirarán absortos el
claror de tus huellas,
y clamará la jerga de aquel montón humano:
«Es un ladrón de estrellas...» Y tu pródiga mano
seguirá por la
vida desparramando estrellas...
Intus
Te engañas, no has
vivido... No basta que tus ojos
se abran como dos fuentes de piedad,
que tus manos
se posen sobre todos los dolores humanos
ni que tus
plantas crucen por todos los abrojos.
Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto
surque las
lobregueces de tu interior a tientas;
mientras en un impulso de
sembrador no sientas
fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.
Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,
tener con mano firme
la lámpara encendida
sobre la eterna sombra, sobre el eterno
abismo...
Y callar... mas tan hondo, con tan profunda calma,
que absorto en
la infinita soledad de ti mismo,
no escuches sino el vasto silencio
de tu alma.
Irás sobre la vida de las
cosas...
Irás sobre la vida de
las cosas
con noble lentitud; que todo lleve
a tu sensorio luz:
blancor de nieve,
azul de linfas o rubor de rosas.
Que todo deje en ti
como una huella
misteriosa grabada intensamente:
lo mismo el
soliloquio de la fuente
que el flébil parpadeo de la estrella.
Que asciendas a las
cumbres solitarias,
y allí, como arpa eólica, te azoten
los
borrascosos vientos, y que broten
de tus cuerdas rugidos y plegarias.
Que esquives lo que
ofusca y lo que asombra
al humano redil que abajo queda,
y que
afines tu alma hasta que pueda
escuchar el silencio y ver la sombra.
Que te ames en ti
mismo, de tal modo
compendiando tu ser, cielo y abismo,
que sin
desviar los ojos de ti mismo
puedan tus ojos contemplarlo todo.
Y que llegues, por fin,
a la escondida
playa con tu minúsculo universo,
y que logres oír
tu propio verso
en que palpita el alma de la vida.
La ciudad absorta
Soplaba un manso viento de aquel lado del mar...
La turba era una
sola alma para escuchar.
Se concentraba todo en el vago sonido
que venía de lejos... La
tarde era tan pura
y la emoción tan honda, que el alma hubiera oído
el vuelo de un celaje cruzando por la altura.
Sólo el mar prolongaba su angustioso tormento
mientras la turba
oía la palabra del viento.
Ciudad que vi una tarde y cuyo nombre ignoro;
ciudad de vida
unánime y silencios de oro;
ciudad absorta y muda, ciudad cuyo
sentido
único es la insaciable codicia del oído;
ciudad a quien la
llama de crepúsculos rojos
no despierta una sola inquietud en los
ojos;
ciudad que nada mira, ciudad que nada atiende
porque escucha
y comprende...
Urbe de cuyos hombres, al pasar a su lado,
no podré decir nunca
que me hubiesen mirado;
vieja ciudad fantástica de quien decir no
acierto
si la crucé dormido o la soñé despierto...
¡He perdido tu
rumbo! ¿Quién me dirá si existes,
obsesión de mis horas infecundas y
tristes?
¡Quién sabe si entre
sueños te volveré a escuchar,
oh viento que soplabas de aquel lado
del mar!...
La muchacha que no ha
visto el mar
Rosa, la pobre Rosa, no ha visto nunca el mar.
Echa a volar
su sueño en el campo vecino,
a la alondra demanda el secreto del
trino
cuando lanza a los vientos su canción matinal;
sabe de dónde
nace la fuente rumorosa,
distingue con su nombre a cada mariposa
y
oye correr el agua y se pone a soñar...
Yo le pregunto: Rosa,
¿no has visto nunca el mar?
En
infantil asombro menea dulcemente
la cabecita rubia ; sobre la blanca
frente
cruza por vez primera una sombra fugaz,
y se sacian sus
ojos en el breve horizonte
que a dos pasos limitan la verdura del
monte,
el arroyo de plata y el tupido juncal.
Oye hablar a la
selva, cuya voz escondida
guarda aun su misterio... ¡Es tan corta la
vida
para saberlo todo...! Siente la inmensidad
de lo breve y
humilde en el ritmo diverso
que palpita en el alma de su pobre
universo,
y ante lo ignoto siente un ansia de llorar.
Del instante
que pasa, la virtud milagrosa
le revela el espíritu que vive en cada
cosa
y su blanca inocencia pugna por alcanzar
un recóndito
enigma...
Y yo pienso que Rosa
no ha visto nunca el mar...
Llama eterna
¿Qué brilla en tu mirar
que el alma enciende
en la célica luz de un sol perdido?
¿Por qué
en tu voz de tórtola mi oído
todo lo capta y todo lo comprende?
¿Qué místico mensaje se
desprende
de tu silencio al corazón herido?
¿Qué efluvio de un
instante ya vivido
en tu ritmo de gracia me sorprende?
Ausentes fuimos, pero
nunca extraños.
Yo te debí de amar hace mil años
y agobiarte de
idénticas preguntas.
Ayer perdida y
recobrada ahora,
tras nueva ausencia y en lejana aurora
han de
besarse nuestras almas juntas.
Mi tristeza es como un rosal florido...
Mi tristeza es como un rosal florido.
Si helado cierzo o
ráfaga ardorosa
lo sacuden, el pétalo caído
se trueca en savia y se convierte en
rosa...
Mi tristeza es como un rosal florido.
En mi dulce penumbra
sin ruido,
la propia vida con mi llanto riego,
y las horas dolientes que he
vivido
impregnan de perfumes mi sosiego...
Mi tristeza es como un rosal
florido.
Tú que colgaste en mi
dolor tu nido,
sabes que a cada mal brota una yema
y revienta un botón a cada
olvido.
¡Perenne floración y eterno emblema!...
Mi tristeza es como un
rosal florido.
Parábola del camino
A Esteban Flores
La vida es un camino...
Sobre rápido tren va un
peregrino
salvando montes; otro va despacio
ya pie; siente la
hierba, ve el espacio...
Y ambos siguen idéntico destino.
A
los frívolos ojos del primero
pasa el desfile raudo de las cosas
que se velan y esfuman. El viajero
segundo bebe el alma de las rosas
y escucha las palabras del sendero.
De noche, el uno duerme en
inconsciente
e infecundo sopor; el tren resbala
fácil sobre el
talud de la pendiente,
y el viajero no siente
que en la campiña
próvida se exhala
un concierto de aromas...
El prudente
que marcha a pie, reposa bajo el ala
de un gran
ensueño, y trepa por la escala
excelsa de Jacob. Cuando el Oriente
clarea, se echa a andar, pero señala
el sitio aquel en que posó la
frente.
Ambos llegan al término postrero;
mas no sabe el
primero
qué vio, qué oyó; su espíritu desnudo
de toda adoración se
encuentra mudo.
El otro peregrino recuerda cada voz, cada celaje,
y guarda los encantos del paisaje.
Y los hombres lo cercan, porque
vino
a traer una nueva en su lenguaje
y hay en su acento un hálito
divino...
Es como Ulises: hizo un bello viaje
y lo cuenta al final
de su destino...
Porque la vida humana es un camino.
Parábola del huésped sin nombre
Han llamado a mi puerta,
que siempre está de par en par abierta
y que esta vez la ráfaga nocturna
cerró de un golpe...
Sola y taciturna,
en el umbral detiénese la extraña
silueta del
viador. Lívida baña
su faz la luna; tiene el peregrino
sangre en
los pies cansados del camino;
ojos en que retrátase y fulgura
una
vasta visión que ha tiempo dura
en incesante asombro;
y con la
gruesa alforja, la insegura
mano sustenta un báculo en el hombro.
-¿Quién eres tú? ¿De dónde
vienes, y adónde vas?... Y me
responde:
-Nunca supe quién soy, y no sé nada
del principio y el
fin de mi jornada.
¡Yo sólo sé que en la llanura incierta
de mi peregrinar, llegué a
tu puerta;
que mi cansancio pide tu hospedaje,
y que a la aurora
seguiré mi viaje.
Destino, patria, nombre...
¿No te basta saber
que soy un hombre?
A sus palabras pienso que mi vida
es como una pregunta suspendida
en el arcano mudo, y digo: -Pasa,
sea la paz contigo en esta casa.
Y entra el viador, y nos quedamos luego
al amparo del fuego.
Nuestro mutismo sobrecoge y pasma,
y cual doble fantasma
que
evocara un conjuro,
se alargan nuestras sombras en el muro...
Porque ya mis tristezas son
como los matices...
Porque ya mis tristezas
son como los matices
sombríos de los cuadros en que la luz fulgura;
porque ya paladeo la gota de la amargura
en el dorado néctar de las
horas felices;
porque sé abandonarme, con la santa inconsciencia
de una tabla
que flota, sobre el mar de la vida,
y aparté de mis labios la manzana
prohibida
con que tentarme quiso el árbol de la ciencia;
porque supe vestirme con el albo ropaje
de mi niñez ingenua,
aspirar el salvaje
aroma de los campos, embriagarme de sol,
y
mirar como en antes el pájaro y la estrella
-el pájaro que un día me
contó su querella;
la estrella que una noche conmigo sonrió-,
y porque ya me diste la calma indeficiente,
vida, y el don
supremo de la sonrisa franca,
sobre la piedra blanca voy a posar mi
frente
y marcaré este día con otra piedra blanca...
Rústica
El retozo
No en retóricas vanas el osado
el tiempo pierde
y la ocasión propicia;
es tentación muy fuerte la delicia
de aquel
rostro gentil y sonrosado.
La fresca brisa y el mullido prado
avivan el afán de la
caricia...
¡Fuera en verdad torpeza o estulticia
a Eros tutelar
dejar burlado!
Ni fácil ni segura la victoria,
por alcanzar del triunfador la
gloria
ninguna avanza ni tampoco ceja;
ágil el mozo, la doncella ducha,
uno del otro dignos, nueva lucha
de Jacob con el Angel asemeja.
Salle et sille
Quema a solas- ¡a
solas!- el incienso
de tu santa inquietud, y sueña, y sube
por la
escala del sueño...Cada nube
fue desde el mar hasta el azul inmenso.
Y guarda la mirada
que divisaste en tu sendero- una
a manera de ráfaga de luna
que filtraba el tamiz de la enramada-;
el perfume sutil de un misterioso
atardecer; la voz cuyo sonido
te
murmuró mil cosas al oído;
el rojo luminoso
de una cumbre lejana;
la campana
que daba al viento su gemido vago...
La vida debe ser como
un gran lago
cuajado al soplo de invernales brisas,
que lleva en
su blancura sin rumores
las estelas de todas las sonrisas
y los
surcos de todos los dolores.
Toda emoción sentida,
en lo más hondo de tu ser impresa
debe quedar, porque la ley es esa:
no turbar el silencio de la vida,
y sosegadamente
llorar , si hay
que llorar, como la fuente
escondida.
Soledad tardía
Soledad, bien te busqué
mientras tuve
compañía...
Soledad, soledad mía,
viniste cuando se fue...
De tus
brazos me escapé
cuando en tus brazos dormía;
estar a solas quería
sin adivinar por qué.
Toda la
noche vagué,
por verte, soledad mía;
regresé rayando el día,
y
dormida la encontré.
De
puntillas me alejé
burlando su compañía
por hallarte, y no te
hallé;
pero un día que volví,
no la encontré...
¡Ay, mi
soledad tardía,
viniste cuando se fue!
Lloré porque no podía
hallarte, soledad mía...
y lloré porque te hallé...
¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
¿Te
acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
de la vida profunda el
alma de cristal?...
Yo amaba solamente los crepúsculos rojos,
las
nubes y los campos, la ribera y el mar...
Mis ojos eran hechos para formas sensibles;
me embriagaba la
línea, adoraba el color;
apartaba mi espíritu de sueños imposibles,
desdeñaba las sombras enemigas del sol.
Del jardín me atraían el jazmín y la rosa
-la sangre de la rosa,
la nieve del jazmín -
sin saber que a mi lado pasaba temblorosa,
hablándome en secreto, el alma del jardín.
Halagaban mi oído las voces de las aves,
la balada del viento, el
canto del pastor,
y yo formaba coro con las notas suaves,
y
enmudecían ellas y enmudecía yo...
Jamás seguir lograba el fugitivo rastro
de lo que ya no existe,
de lo que ya se fue...
Al fenecer la nota, al apagarse el astro,
¡oh sombras, oh silencio, dormitabais también!
¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
de la vida
profunda el alma de cristal?
Yo amaba solamente los crepúsculos
rojos,
las nubes y los campos, la ribera y el mar...
Te engañas, no has vivido...
Te engañas, no has vivido... No basta que tus ojos
se abran como dos fuentes de piedad, que tus manos
se posen sobre todos los dolores humanos
ni que tus plantas crucen por todos los abrojos.
Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto
surque las lobregueces de tu interior a tientas;
mientras en un impulso de sembrador no sientas
fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.
Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,
tener con mano firme la lámpara encendida
sobre la eterna sombra, sobre el eterno abismo...
Y callar... mas tan hondo, con tan profunda calma,
que absorto en la infinita soledad de ti mismo,
no escuches sino el vasto silencio de tu alma.
Tuércele el cuello al cisne de
engañoso plumaje...
Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca
al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el
alma de las cosas ni la voz del paisaje.
Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el
ritmo latente
de la vida profunda. . .y adora intensamente
la
vida, y que la vida comprenda tu homenaje.
Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja
el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno...
Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que
se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio
nocturno.
Vienes a mí
Vienes a mí, te acercas
y te anuncias
con tan leve rumor, que mi reposo
no turbas, y es un
canto milagroso
cada una de las frases que pronuncias.
Vienes a mí, no
tiemblas, no vacilas,
y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que
lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspensos en la luz de tus pupilas.
Y mi vida penetras y te
siento
tan cerca de mi propio pensamiento
y hay en la posesión tan
honda calma,
que interrogo al misterio en que me abismo
si somos dos reflejos
de un ser mismo,
la doble encarnación de una sola alma.
Y pienso que la vida se me va con huida...
Y pienso que la vida se
me va con huida
inevitable y rápida, y me conturbo, y pienso
en
mis horas lejanas, y me asalta un inmenso
afán de ser el de antes y
desandar la vida.
¡Oh los pasos sin rumbo por la senda perdida,
los anhelos
inútiles, el batallar intenso!
¿Cómo flotáis ahora, blancas nubes de
incienso
quemado en los altares de una deidad mentida?
Páginas tersas, páginas de los libros, lecturas
de espejismos
enfermos, de cuestiones oscuras...
¡Ay, lo que yo he leído! ¡Ay, lo
que yo he soñado!...
Tristes noches de estéril meditación, quimera
que ofuscaste mi
espíritu sin dejarme siquiera
mirar que iba la vida sonriendo a mi
lado...
Yo voy alegremente por donde va la vida...
Yo voy alegremente por
donde va la vida,
entre vernales hálitos o ventiscas de otoño,
mirando cómo cuaja en la yema el retoño
o cómo voltejea una rosa
caída.
Yo voy con el pie ligero y labio sonriente
a veces solo, a veces
con el turbión humano,
y llevo mis ensueños cogido de la mano
y mi
enjambre de rimas en torno de la frente.
Tengo una flama oculta que siempre va conmigo,
flama de amor que
nunca se extingue ni consume;
si hay una flor al paso, aspiro su
perfume;
si hay una fresca boca, corro a besarla... y sigo...
Yo soy como un viajero que cruza la floresta
sin que jamás le
importe ni rumbo ni distancia,
a quien el bosque entona un himno de
fragancia,
una canción de risas y un madrigal de fiesta.
Yo sé que viento y lluvias con ímpetu salvaje
suelen barrer las
frondas; mas tengo yo un asilo
callado y misterioso en que esperar
tranquilo
a que el sosiego torne y a que el torrente baje.
¡Oh mi divina gruta de goces interiores
en que la vida adquiere
intensidad extraña,
que sólo yo conozco, que eternamente baña
un
sol que prende luces y que revienta flores!
Allí callada y sola va a meditar el alma
como la linfa corre,
como la alondra vuela;
allí el ensueño pasa cual fugitiva estela
que va regando espumas sobre la mar en calma.
Tristezas. . . sí las tengo; mas cuando el alma llora,
un
inefable goce con mi dolor se aduna;
romántico trovero de las noches
de luna,
soy lujurioso amante del sol y de la aurora.
Yo voy alegremente... De eróticas empresas
no la ocasión propicia
esquivo, a fuer de sabio,
y en más de alguna boca bebió el sediento
labio
la sangre de las moras y el jugo de las fresas. . .
Yo vivo alegremente; y al dar mi despedida
a mi postrer
crepúsculo o a mi última alborada,
estrecharé en mis manos la mano de
la amada
y cerraré mis ojos al beso de la vida.