Reseña biografica Poeta,
ensayista y traductor español nacido en Barcelona en 1860.
Perteneciente a una familia de sólida posición económica, rechazó el interés
de su padre por involucrarlo en los negocios, para licenciarse en Derecho
por la Universidad de Barcelona en 1884. A partir de 1892 desarrolló una
intensa actividad literaria participando como columnista de importantes
diarios, traduciendo grandes autores, ocupando la presidencia del Ateneo
Barcelonés, y obteniendo galardones importantes como los Juegos Florales de
Barcelona, Maestro en Gai Saber y el premio Fastenrath en 1910. Fue además
miembro fundador de la Sección Filológica del Instituto de Estudios
Catalanes.
Entre sus obras destacadas se encuentran, "Oda a Espanya" 1898,
"Visions i Cants" 1900, "L'Elogi de la paraula" 1903, "El
Comte Arnau"
1909, "Enllà" 1906 "Oda nova a Barcelona y Cant espiritual"
1910 y "Seqüèncie" en 1911.
Falleció en Barcelona en diciembre de 1911. ©
Poemas de Joan Maragall:
Canto espiritual
Escolium
Insolada
La vaca ciega
Las joyas
Miércoles de ceniza
«Nutre al amor...»
Oda a España
Canto espiritual
Si el mundo es ya tan bello y se refleja,
oh,
Señor, con tu paz en nuestros ojos,
¿qué más nos puedes dar en otra
vida?
Así estoy tan celoso de estos ojos y rostro,
y del cuerpo que me
diste, Señor,
y del corazón que en él late...
¡y tengo tal miedo a la muerte!
Pues, ¿con qué otros sentidos me harás ver
este cielo azul sobre
las montañas,
y el ancho mar, y el sol que en todo brilla?
Dame en
estos sentidos paz eterna
y no querré más cielo que este cielo azul.
Aquel que grite tan sólo «¡Detente!»
al instante que le traiga la
muerte,
no lo entiendo, Señor, ¡yo, que quisiera
parar tantos
instantes cada día
para que eternos fueran en mi corazón! ...
¿O
es que este «hacer eterno» es ya la muerte?
Pero entonces, la vida
¿qué sería?
Tan sólo sombra del tiempo que pasa,
ilusión de lo
cerca y de lo lejos,
cuenta del mucho, el poco, el demasiado,
engañador, pues ¿ya todo lo es todo?
¡Da igual! Del modo que sea, este mundo
tan extenso, tan diverso
y temporal,
esta tierra con todo cuanto engendra,
es mi patria,
Señor, ¿y no podría
ser también una patria celestial?
Hombre soy,
y es humana mi medida
para todo lo que pueda creer y esperar:
si
mi fe y mi esperanza aquí se quedan
¿me acusarás por ello más allá?
Más allá veo el cielo y las estrellas,
y allí también un hombre ser
quisiera:
si a mis ojos las cosas has hecho tan bellas,
si mis
sentidos y ojos hiciste para ellas,
¿por qué cerrarlos, pues, otro
«como» buscando?
¡Si para mí jamás lo habrá como éste!
Ya sé que
existes, mas dónde, ¿quién lo sabe?
Cuanto miro se te parece en mí...
Déjame, pues, creer que estás aquí.
Y cuando llegue la hora temerosa
en que se cierren estos mis ojos humanos,
ábreme tú, Señor, otros
mayores
para tu inmensa faz poder mirar.
¡Nacimiento mayor sea mi
muerte!
Versión de José Batlló
Escolium
Cual dos que hablando juntos van,
andando por un sendero partido,
uno por el veril soleado;
otro abajo, en la umbría,
Adelaida y el
poeta se han hablado,
cuerpo y espíritu él; tan sólo espíritu, ella.
Adelaida:
Ay! ¡Cuánta angustia en este camino!
¡Cuán
oscuro y cuán malandado!
Veías siquiera el sol, las montañas,
brillar las cosas bajo el cielo azul,
y no este limbo de voces
extrañas
sin forma ni color... Dime, Arnaldo:
¿Quién es ése que
por la triste senda
nos conduce cual sombras sin virtud?
Ya será
algún poeta que sueña
el sueño de eterna inquietud.
El poeta:
La verdadera vida
del espíritu vives, ¿y
aún te quejas?
Hacia lo inmutable caminas.
Adelaida:
¡Nada hay como ver el sol!
Llévanos, pues,
a la senda
de las cosas corporales,
buen amigo, aunque sea
sufriendo todos sus males.
Aunque la luz nos deslumbre,
aunque el
fragor nos atonte,
y el cuerpo entero nos infierne,
con todos sus
sentidos sufriendo,
la vida primera quiero,
ver, oir, gustar y
tocar:
no sé vivir de otro modo,
ni tampoco deseo probar.
El poeta:
La vida que ahora ansías
es la gran
resurrecci6n.
Quizá no fuera la que tenías,
pero tampoco la otra;
aún no.
Adelaida:
Pues bien te contentas tú
con la vida que
ahora tienes.
El poeta:
Mientras pueda ver a través del mundo
lo
que para ti sólo es puro gozo o tormento,
de mi vida estaré contento,
ya que en una dos vidas son.
Pero si este ser fuese dividido
y
sólo corporales quedaran mis sentidos,
antes preferiría abandonarlos
y, como tú, ser sólo un espíritu.
No ahora, que todo canta en mis
entrañas,
y esposa tengo, e hijos,
y que en la cima de las
solariegas montañas
un grito hay de renacimiento entre mil peligros.
De amor y lucha es éste mi momento,
y ansío brazos para amar, luchar.
Cuanto tengo, deseo, y a lo hecho pecho.
Mas, ¿qué sé yo de lo que
querré mañana? (...)
Adelaida:
¿Y qué sabes tú de este mundo o de otros,
ni lo que un cuerpo es, o un espíritu,
ni el poder que el deseo tiene
sobre nosotros,
en el pecho alentando hasta el final?
Si por
muerta me tienes, yo me tengo por viva;
si bien, cual enterrada en
vida,
mis sentidos furiosamente quiero,
mas algo hay que me
oprime.
Si no puedes librarme de ello,
¿de qué os sirve, pues,
poetas, la poesia?
El poeta:
En tal punto una voz escucho
que escuchar
de otro modo no podría.
Adelaida:
¡Oh! ¡La voz sin sonido del difunto!
No es
esta voz la que querría,
sino la que de mi pecho surgida
en torno
mío alegre resonaba:
ésa es, amigo, la que yo te pido,
todo cuánto
ella comportaba.
y si tanto no puede tu poesia,
si no puedes
volverme al mundo, calla y acaba.
El poeta:
Por piedad, Adelaida,
al igual que aún hay
cosas no sabidas,
apenas la poesia está iniciada,
y de virtudes
desconocidas está llena.
Mas tienes razón, ya basta de hablar.
En
silencio aguardemos otra edad.
Versión de José Batlló
Insolada
En una casa campesina
había
una doncella que tenía
los diecisiete años de amor, y era
tan bella
que decían de ella:
«Es una moza como un sol.»
Ella
bien sabía
el parentesco que con él tenía:
porque cada mañana,
de par en par abierta la ventana,
con su fuego ambarino y mañanero
le llenaba su cuarto por entero,
y ella, toda desnuda, con delicia,
se entregaba al fulgor de su caricia.
De tanto darse a estas tan
dulces mañas,
el sol se le quedaba en las entrañas
y bien pronto
sentía
un ardor que en su seno se movía.
«Adiós los míos y mi casa
amada:
me voy al mundo, por la luz preñada.»
Abandonada y sin
hogar
por la comarca comenzó a vagar.
Alegre como un pájaro
volando,
iba sola cantando:
«Yo me soy la alborada,
pues llevo
dentro el sol y soy rosada,
mis cabellos rojean,
mis ojos
centellean,
mis labios bermejean,
llevo en frente y mejillas su
color
y en el pecho su ardor:
toda yo soy claror contra claror.»
La gente que la oía
se paraba admirada y la seguía:
la seguía por
el llano y la montaña
para escucharle su canción extraña,
que poco
a poco la iba embelleciendo.
Que su hermosura era cabal sintiendo,
dijo: «Mi hora ha llegado.»
No canto más y, hallándola a su lado,
entró en una cabaña que allí había.
La gente que en aquel entorno
estaba
sólo veía un resplandor y oía
los gritos de dolor que ella
lanzaba.
Las grietas de la puerta, de repente
lucieron como
estrellas fuertemente.
En seguida se alzó una llamarada,
toda la
gente huyó de allí aterrada,
y en la gran soledad sólo quedaba
un
niño igual que el sol, que caminaba
y decía, subiendo por la sierra:
«Vengo a juntar al cielo con la tierra...»
Miércoles de Ceniza
¡Miércoles de Ceniza, oh tú que extiendes
tus nubes rosadas
sobre la ciudad de mis
pensamientos,
igual que en la otra de calles pobladas!
Es en ésta
que algún sonriente rayo
del sol de febrero
deja la alegría.
También sonríen mis nubes, cruzadas
por un chorro de poesia.
Es como una vuelta eterna al principio,
es la juventud siempre
renovada.
De la neblina del mucho pensar
surge una palabra
toda iluminada
con un
sentido nuevo: la niebla se deshace,
y el pensamiento toma otra vez
fuerza;
un día, esta palabra te tendrá
a ti; también a ti, al
verla impresa;
y también a tus ojos atónitos brillará
en ese
instante, como recién creada.
Seré yo quien entraré traidoramente
en tu casa, cuando menos lo
pienses,
y aguardaré allí, en la penumbra
durante días,
hasta que al verte solo
en tu alcoba, recluido en la
tristeza,
sobre ti caeré cual chorro de sol
con mi perenne grito
juvenil.
Me meteré en tus ojos, hasta tu corazón.
Mi brillante
puñal hasta la entraña
te penetrará, dándote la vida con la muerte.
Versión de José
Batlló
«Nutre al amor de recuerdos y
ausencias...»
Nutre al amor de recuerdos y ausencias;
brotará así maravillosa flor;
desprecia cualquier complacencia
que no llegue por medio del dolor.
No guardes otro don que tus lágrimas
ni otro consuelo quieras que
suspiros:
tu palabra mejor está en el alma,
y el más sabroso beso
te dieron los zafiros.
No sería la amada en su presencia
nunca
como es ahora en tu adoración.
Nutre al amor de recuerdos y
ausencias;
brotará así maravillosa flor.
Versión de José
Batlló
Oda a España
Escucha, España, la voz de un hijo
que te habla en lengua no
castellana;
hablo en la lengua que me ha legado
la tierra áspera;
en esta lengua pocos te hablaron;
en la otra, demasiado.
Demasiado de los saguntinos
y de los que mueren por la patria;
y por tus glorias y tus recuerdos,
recuerdo y gloria de cosas
muertas,
triste has vivido.
De distinta manera quiero hablarte.
¿Por qué derramar la sangre
inútil?
La sangre es vida, si está en las venas,
vida hoy, vida
para los que vengan;
vertida, es muerte.
Demasiado pensaste en tu honor
y escasamente en tu vida:
tus
hijos, trágica, diste a la muerte.
Mortales honras te satisfacían;
tus fiestas eran tus funerales,
¡oh triste España!
Yo vi barcos zarpar repletos
de hijos que a la muerte entregabas:
sonriendo iban hacia el azar,
y tú cantabas junto a la mar
como
una loca.
¿Dónde tus barcos? ¿Dónde tus hijos?
Pregúntalo al Poniente, a la
ola brava:
perdiste todo, a nadie tienes.
¡España, España, vuelve
en ti,
rompe el llanto de madre!
Sálvate, sálvate de tantos males;
que el llanto te haga alegre,
fecunda y viva;
piensa en la vida que te rodea;
alza la frente,
sonríe ante los siete colores del iris.
¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz
atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!
Versión de José Batlló