"Espera, corazón mío: no es el semblante frío
de la temida nieve ni el del sueño reciente..."

"Martie"
Isaac Maimon
Reseña biografica
Poeta argentina nacida
Toay, La Pampa, en 1920.
Su infancia transcurrió en Bahía Blanca hasta
los dieciséis años, cuando se trasladó con sus padres a Buenos Aires
donde inició su carrera literaria.
Trabajó en el periodismo empleando
varios seudónimos, dirigió algunas publicaciones literarias, hizo parte
de la generación «Tercera Vanguardia» de marcada tendencia surrealista, y
basó su producción poética en la
influencia que en ella ejercieran Rimbaud, Nerval, Baudelaire, Milosz y
Rilke.
Su obra ha sido traducida a varios idiomas y distinguida con los
siguientes premios: «Primer Premio Municipal de poesia»,
«Premio de Honor de la Fundación Argentina» 1971, «Gran Premio del Fondo
Nacional de las Artes», «Premio Esteban
Echeverría», «Gran Premio de Honor» de la SADE, «Premio Nacional de Teatro a
Pieza Inédita»
en 1972, «Premio Nacional de poesia» en 1988, «Láurea de poesia de la
Universidad de Turín», «Premio Gabriela Mistral»
otorgado por la OEA, «Premio de Literatura Latinoamericana Juan Rulfo» 1998.
De su obra merecen destacarse las siguientes publicaciones: «Las
muertes» en 1951, «Los juegos peligrosos» en 1962,
«Cantos a Berenice» en 1977 y «Con esta boca, en este mundo» en 1994.
Falleció en 1999. ©
Andante en tres tiempos
Aquí están tus recuerdos...
Aunque se borren
todos nuestros rastros...
Cabalgata del tiempo
Con esta boca, en este
mundo...
Cuando alguien se nos muere
Densos velos te cubren, poesia
El adiós
El jardín de las delicias
El retoque final
En el final era el verbo
En la brisa, un momento
En tu inmensa pupila
Entre perro y lobo
Esa es tu pena
Espejo en lo alto
Jugabas a esconderte...
La corona final
La mala suerte
Las muertes
Lejos, de corazón a corazón...
Lejos, desde mi colina
Les jeux sont faits
Los reflejos infieles
Mujer en su ventana
No comiste del loto del
olvido...
No estabas en mi umbral
No hay puertas
Olga Orozco
Para
este día
Para hacer un talismán
Pavana
del hoy para una infanta difunta
Que amo y lloro
Se descolgó el silencio
Si la
casualidad es la más empeñosa jugada del destino...
Un rostro en el otoño
Vuelve cuando la lluvia
Andante en tres tiempos
Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre
los ojos de la lejanía, confuso como un fardo,
errante como un médano
indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni
molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del
pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu
muestrario de máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe
exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras
visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se
condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios
todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por
donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo
desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución
o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la
tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión; un soplo la convoca en un
nuevo diseño,
junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos.
¡Qué vivero de formas al
acecho de un molde desde el principio hasta el final!
Palmo a palmo,
virando de un día a otro fulgor,
de una noche a otra sombra,
llegas
con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una
región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a
partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es
esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,
fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento
leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego ya cuchillo en la dura
sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se
desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.
Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres.
Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en el
jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,
a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.
Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces,
pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir.
¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?
¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo
largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro
y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que
llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables
solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en
suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia
con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva
estación o la que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su
motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de
la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los
muros de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en
septiembre y canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y
rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que
chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente
inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.
Hoy, mañana
o ayer, nunca ningún refugio donde permanecer inalterable
entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los
visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y
papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las
aguas de los otros tiempos,
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario justo en el filo de las
marejadas.
Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las
maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la
duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que
cobraste al pasar y que llevas
oculta como un ladrón furtivo desde el
comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o
escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas,
que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.
Aquí están tus recuerdos...
Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo
inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente
nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su
rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el
mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza
reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.
Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el
lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido
adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del
cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la
tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.
-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde
entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre
el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante
y claro.
¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por
algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?
¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de
hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu
cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel,
tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia
inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.
Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida
nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el
roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la
misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos
hasta envejecer.
Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el
amanecer...
Aunque se borren todos
nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer
y no puedas
recordar hacia atrás, como la Reina Blanca, déjame en el aire la sonrisa.
Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos
y cubras con tu
piel noche tras noche la desbordada noche del adiós:
un ojo en Achernar, el otro en Sirio,
las orejas pegadas al muro
ensordecedor de otros planetas,
tu inabarcable cuerpo sumergido en su
hirviente ablución, en su Jordán de estrellas.
Tal vez sea imposible mi
cabeza, ni un vacío mi voz,
algo menos que harapos de un idioma irrisorio
mis palabras.
Pero déjame en el aire la sonrisa:
la leve vibración que
azogue un trozo de este cristal de ausencia,
la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón,
una tierna
señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve.
Déjame tu sonrisa a manera de perpetua guardiana, Berenice.
Cabalgata del tiempoInútil. Habrá
de ser inútil, nuevamente,
suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje,
la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria;
penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia
la misma alucinada realidad que hoy contemplo,
ya casi en la mirada;
repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos:
-Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz,
como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río.
Todo ha de ser en vano.
Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal
y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje,
atravesando siglos y siglos de penumbra,
de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí.
Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua,
profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños,
sumirse bajo el verde sopor de las llanuras
o morir con la lluvia, tristemente,
entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes.Imposible.
Sólo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas.
Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos
ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte.
Es la amarga plegaria que levantan los Angeles rebeldes
llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable.
Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados
que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas,
que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla,
agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad.
La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas.
Y nada queda en ti, corazón asediado:
apenas si un color, si un brillo mortecino,
si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros,
se pierden, a lo lejos,
bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad.
Con esta boca, en este mundo...
No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de
color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque
derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la
corriente secreta de los grandes ríos.
Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que
no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi
vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en
esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el
quejido del viento.
Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos
hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un
vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la
caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.
¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo
amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se
propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o
arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate
a muerte con la muerte, poesia.
Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo
nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en
este mundo con esta sola boca?
Cuando alguien se nos muere
Poema a Eduardo Bosco
Fue necesario el grave, solitario lamento del viento entre los árboles,
para que tú supieras más que nadie ese desesperado resonar,
ese rumor sombrío con que pueden decirse las palabras
cuando de nada vale su fugaz melodía,
cuando en la soledad -la única apariencia verdadera -,
contemplamos, callando, los seres y los tiempos que fueron en nosotros
irrevocables muertes cuyos nombres no sabremos jamás.
Fue necesario el ocio de aquellas largas noches
que minuciosamente ordenaste en recuerdos, memorioso,
para que tú pasaras sosteniendo la sombra con tu sombra,
apenas presentida por los días,
con tu misma pausada palidez demorándose aún después de haberte ido,
porque era tu adiós la despedida última,
la última señal que acercaba los sueños desde el incontenible amanecer.
Fue necesario el lento trabajo de los años,
su rápido fulgor, su mustio decaer entre pesados muros
que sólo levantaron respuestas de ceniza a tu llamado
para que tú miraras largamente tus despojadas manos
como una llanura donde los vientos dejan polvaredas mortales,
mientras disponen, lejos,
la tempestad que arrase desmedida su sediento destino.
Fue necesario todo lo que fuimos contigo,
lo que somos contigo del lado de los llantos,
para saber, viviendo, cuánta sorda tiniebla te asediaba
y encontrarnos, después,
Con el transido resplandor del aire que dejaste muriendo.
Porque todo este tiempo
es el innumerable testigo que nos trae las mismas evidencias,
aquello en lo que fuiste cuanto eras, de una vez para siempre:
acostumbrados gestos,
ciertos ritos que cumpliera tu sangre sumisa a la memoria,
esos nocturnos pasos acercando los campos
donde la luz es sólo un repetido comienzo de penumbras,
las remotas paredes, las efímeras cosas a las que retornabas
con la triste paciencia de quien guarda afanoso, en la mirada,</P>
paisajes habituales que más tarde
aliviarán el peso de las horas en sabido destierro.
Tú pedías tan poco.
Apenas si anhelas un tranquilo vivir que prolongara la duración de tu alma
en idéntico amor,
en radiante amistad, en devoción sagrada
por gentes que existieron con la simple nobleza de la tierra,
sin glorias ni ambiciones.
Tú amabas lo inmortal, lo grandioso terrestre.
Mas no pudo el débil llamado de tu vida contra pesadas puertas
aposentos malditos, épocas miserables
donde la dicha duerme sordamente su legendario olvido-,
nada tu lejanía contra las invencibles mareas de lo inútil,
nada tu juventud contra ese rostro
que entre desalentadas rebeldías, nostalgias y furiosas pesadumbres,
infatigablemente se asomó a tus desvelos;
y unas noche sentimos dentro del corazón un ronco oleaje,
amargamente vivo,
en el preciso sitio donde ardía en nosotros,
como nosotros mismos duradera,
tu callada grandeza.
Ahora estamos más solos por imperio de muerte,
por un cuerpo ganado como un palmo de tierra por la tierra baldía,
recobrando al conjuro del más lejano soplo
realidades perdidas en lo más olvidado de los antiguos días,
imágenes que juntos traspasamos, que juntos nos esperan;
porque no es el recuerdo del pasado dispersos ademanes
-hojarascas y ramas que encendemos
para llorar al humo de una lánguida hoguera-,
sino fieles señales de una región dormida que aguarda nuestro paso
con las huellas de antaño suspendidas como eternos ropajes.
No es por decir, Eduardo, cuando alguien se nos muere,
no hay un lugar vacío, no hay un tiempo vacío,
hay ráfagas inmensas que se buscan a solas, sin consuelo,
pues aquí, y más allá,
tanto de lo que él fue respira con nosotros la fatiga del polvo pasajero,
tanto de lo que somos reposa irrecobrable entre su muerte
que así sobrevivimos
llevando cada uno una sombra del otro por los distantes cielos.
Alguna vez se acercarán,
Entonces, cuando estemos contigo para siempre,
Últimos como tú, como tú verdaderos.
Densos velos te cubren, poesia
No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,
ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,
sino en
esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,
como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo.
Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
atisbando en el cielo una señal,
la sombra de un eclipse fulgurante
sobre el rostro del tiempo,
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
Para poder leer en estas piedras mi costado invisible.
Pero
ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo,
meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!
Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,
escarbando en
la sangre como un topo,
removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,
en busca de
un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.
¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?
¿En que Delfos perdido en la corriente
suben como el vapor las voces
desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?
¿Y cómo asir el signo a
la deriva -ese y no cualquier otro-
en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?
No hay
respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos,
¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,
territorios que comunican con pantanos,
astillas de palabras y
guijarros que se disuelven en la insoluble nada!
Sin embargo
ahora mismo
o alguna vez
no sé
quién
sabe
puede ser
a través de las dobles espesuras que cierran la salida
o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
creí verte surgir como una isla
quizás como una barca entre las
nubes o un castillo en el que alguien canta
o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos
encendidos.
¡Ah las manos cortadas,
los ojos que encandilan y el
oído que atruena!
¡Un puñado de polvo, mis vocablos!
El adiós
La sentencia era como esos calcos en que el relieve del amor
deja un vacío semejante a sus culpas.
Me arrojaron al mundo en mi ataúd
de hielo.
Una tierra sin nombre todavía corrió sobre este rostro
con que habito en la desconocida:
era la tierra del castigo.
Era la
hora en que comienzo a despertar entre los muertos
con la evidencia de un anillo roto,
un vestido de momia desprendido de
las vendas del cielo
y un espejo de sal donde puede leerse mi destino.
El porvenir no es nada más que mirar hacia atrás.
Debajo de esas nubes desgarradas
hay una casa en llamas
en donde
los amantes trasmutaban en oro de eternidad el resplandor de un día,
o
tomaban las apariencias de ladrones de pájaros
aprisionando entre los
hilos del ocio las metamorfosis de sus propias imágenes.
Hay una luz
dorada que hiere hasta las lágrimas;
hay un lecho también
como una
barca invadida por el follaje del deseo
-unas hojas carnosas que exhalan
el perfume de los más largos viajes-.
Y había siempre y nunca
como ahora vueltos de pronto boca abajo.
Corazón repudiado,
animal aterido en uno de los dos costados de tu
sangre,
ignorabas entonces que tendrías la forma de un retablo de la
creación hecho pedazos,
que alguna vez la noche del adiós te nombraría en
voz muy baja
como nombra la soledad a sus testigos,
o como llaman
aquellos que se van a los que nunca vuelven.
Ahora, de espaldas contra el muro que custodia el guardián de todo
nacimiento,
sólo te quedan las apariciones,
el fantasma de un tiempo
que gritará contigo en el estanque muerto de algún sueño,
cuando él
duerme, tan lejos en su adiós.
Un soborno de plumas para una ley de
fuego.
El jardín de las delicias
¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en
plena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de la
especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez un
atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia
y sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma?¿ O tan
sólo quizás una región marcada como un cruce de encuentro
y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?
No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original,
ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperado
propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquiera
un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que
huye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.
A solas, sólo un
número insensato, un pliegue en las membranas
de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.
Pero basta el
deseo, el sobresalto del amor, la sirena del
viaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de
todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el
árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y
sus secretas ciencias de extravío que se expanden de pronto
de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo
que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la
corriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida,
escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son
como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible
hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda
cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica
noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con
jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo
del horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio
de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosa
maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como
labios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la
espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de su
prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando
locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que
ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo
en expansión, con todo el universo en contracción para el parto
del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la
sangre la creación.
El sexo, sí,
más bien una medida:
la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.
El retoque final
Es este aquel que amabas.
A este rostro falaz que burla su modelo en la
leyenda,
a estos ojos innobles que miden la ventaja de haber volcado a
ciegas tu destino,
a estas manos mezquinas que apuestan a pura tierra su
ganancia,
consagraste los años del pesar y de la espera.
Ésta es la
imagen real que provocó los bellos espejismos de la ausencia:
corredores
sedosos encandilados por la repetición del eco,
por las sucesivas efigies
del error;
desvanes hasta el cielo, subsuelos hacia el recuperado
paraíso,
cuartos a la deriva, cuartos como de plumas y diamante
en los
que te probabas cada noche los soles y las lluvias de tu siempre jamás,
mientras él sonreía, extrañamente inmóvil, absorto en el abrazo de la
perduración.
Él estaba en lo alto de cualquier escalera,
él salía por
todas las ventanas para el vuelo nupcial,
él te llamaba por tu verdadero
nombre.
Construcciones en vilo,
sostenidas apenas por el temblor de un
beso en la memoria,
por esas vibraciones con que vuelve un adiós;
cárceles de la dicha, cárceles insensatas que el mismo Piranesi envidiaría.
Basta un soplo de arena, un encuentro de lazos desatados,
una palabra
fría como la lija y la sospecha,
y esa urdimbre de lámpara y vapor se
desmorona con un crujido de alas,
se disuelve como templo de miel, como
pirámide de nieve.
Dulzuras para moscas, ruinas para el enjambre de la
profanación.
Querrías incendiar los fantasiosos depósitos de ayer,
romper las maquinarias con que fraguó el recuerdo las trampas para hoy,
el inútil y pérfido disfraz para mañana.
O querrías más bien no haber
mirado nunca el alevoso rostro,
no haber visto jamás al que no fue.
Porque sabes que al final de los últimos fulgores, de las últimas nieblas,
habrá de desplegarse, voraz como una plaga, otra vez todavía,
la
inevitable cinta de toda tu existencia.
Él pasará otra vez en esa ráfaga
de veloces visiones, de días migratorios;
él, con su rostro de antaño,
con tu historia inconclusa,
con el amor saqueado bajo la insoportable
piel de la mentira, bajo esta quemadura.
En el final era el verbo
Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas
errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me
pierden de vista contra las puertas del silencio.
Son menos que las
últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;
fantasmas que ni
siquiera se asemejan al reflejo que fueron.
Entonces ¿no habrá nada que
se mantenga en su lugar,
nada que se confunda con su nombre desde la piel
hasta los huesos?
Y yo que me cobijaba en las palabras como en los
pliegues de la revelación
o que fundaba mundos de visiones sin fondo
para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo.
¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la
muerte?
¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesia?
Cada palabra
a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo,
cada una con su cortejo
de constelaciones, con su nido de víboras,
pero dispuesta a tejer ya
destejer desde su propio costado el universo
y a prescindir de mí hasta
el último nudo.
Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala,
urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses,
reversos donde el misterio se desnuda,
donde arroja uno a uno los
sucesivos velos, los sucesivos nombres,
sin alcanzar jamás el corazón
cerrado de la rosa.
Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la
hoguera escarchada,
traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de
voces,
bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de
las hormigas.
Miraba las palabras al trasluz.
Veía desfilar sus
oscuras progenies hasta el final del verbo.
Quería descubrir a Dios por
transparencia.
En la brisa, un momento
a Valerio
Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
y hasta que volvamos a encontramos
que Dios te sostenga en la palma de su mano.
(Oración irlandesa)
¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la
torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor,
de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el
plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me
pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a
ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus
ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me
confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas,
miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán
tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera
encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura
por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como
después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con
los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los
pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas
que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del
alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá
sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos
bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú
eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube
dice "No", el viento dice "No", las ramas dicen "No",
y hasta la tierra
entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una
alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde
estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se
confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los
ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no
son las que nos vieron
sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en
medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como
un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me
sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con
mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la
Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de
Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas
amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No
quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que
estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame,
amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de
chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde
todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi
cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo
el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te
persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y
he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que
todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del
deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es
insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las
ciénagas y los tembladerales
delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la
piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que
fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo
y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con
dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida, de
caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder
pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo
la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora,
cuando podrás mirar tan "fijamente el sol como la muerte" ,
no querrás
apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por
pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna
de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: "Tú
hiciste que la luz fuera visible",
y otra vez descubrimos que la muerte
se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una
misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte
una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de
gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles
todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos,
debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de
la eternidad.
Entre perro y lobo
Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un
negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este
mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso
con mis flancos en llamas
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los
huesecitos de tantos sueños
muertos entre celestes pastizales.
Mi reino
está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
invasión del enemigo.
Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y
cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin
embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He
labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también
jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende de mi bastión solitario en
el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios
dientes?
En tu inmensa pupila
Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como
una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y
quién la endechadora.
Me has escogido a tientas para estatua de tus
alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el
mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de
los pies.
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se
adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que
muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de
niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la
nieve,
los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las
horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de
los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del
abismo
y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas
del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no
concedes pruebas.
Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular,
como una
contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un
pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío
contra gradas y ausencias.
Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de
penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del
testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de
una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus
encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la
tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la
extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del
infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que
tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con
piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos
entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
como no le reclamo al
agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
O habría de confiar menos
en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos
misterios insolubles con sus blancos reflejos, aún a pleno sol!
Basta con
que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada,
noche sigilosa, que aprenda yo lo que quieres decir,
lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi
pequeña noche en tu pupila inmensa.
Esa es tu pena...
Esa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría
existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje
de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y
mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como
vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado,
semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los Angeles.
Si observas
al trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho
entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del
cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una
llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra
extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo
conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de
olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto
miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre
columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo
paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la
costumbre, no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que
a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el
final, hasta la empuñadura.
Espejo en lo alto
A Alberto Girri
No sé si habrás logrado componer tu escritura
con aquel
minucioso tapiz de hojas errantes que organizaba huecos y relieves,
prolijos ideogramas en este desmantelado atardecer;
tampoco sé si alguna
vez me hablaste en los últimos meses
con ese congelado tintineo del
vidrio, con el rumor del mimbre,
o el apremiante latido del corazón a
oscuras;
y quizás tu mirada fuera entonces esa mirada circular del ágata,
que se abre, que se expande, que se amplía de agua en aire
más allá de la
piedra y el fulgor y más allá del mundo.
Imposible saber. No consigo
abarcar lo que me sobrepasa y te contiene;
no puedo descifrar de pronto
las señales que no fueron costumbre.
Porque ahora traspasaste del todo la
zona de los delirios y las emanaciones,
donde la selva y las acechanzas
de la selva se confunden,
y los días se tiñen con el color de lo que ya
no es, de lo que no será,
y entre un cuerpo y su sombra vuelca el viento
veinte siglos de historia
y en una y otra mano se multiplican las
semillas de la incertidumbre
y a uno y otro pie se anudan las serpientes
de la contradicción.
Porque tal es la prueba y tales las maquinaciones de
la simuladora, inabordable realidad.
No en vano deshojaste la envoltura
del sueño y la vigilia,
palabra por palabra y ausencia por presencia,
hasta el último pétalo, hasta el temblor inmóvil del silencio.
(No
revisaste acaso, palpando, escarbando, horadando la trama del poema
el
revés y el derecho del destino, los nudos del error, el bordado ilusorio,
sin encontrar la pura transparencia que permita mirar al otro lado?
Tu
fuerza fue habitar en el Reino del No la casa de los innumerables
laberintos,
probando las entradas, rondando las salidas,
acechando
visiones contagiosas, insectos y peligros y ratones.
e una casa
oscilante, en continuo equilibrio,
justo en el borde de la inmensidad;
y allí viviste alerta, ensayando
la ausencia, desasido de ti
-tu primera persona del singular cada vez más
allá,
siempre más cerca de algún otro tú-,
siendo a la vez el cazador que
descubre la presa y abandona el asedio
y el pájaro que intenta desterrar
con las alas su recuerdo en el suelo.
Ya eres parte de todo en otro
reino, el Reino de la Perduración y la Unidad,
estás en el eterno
presente que huye, que se consume y que no cesa,
y podrás ser por fin el
nombre y lo nombrado.
Pero yo sé que casi medio siglo de amistad,
permanencia, emociones y amparo,
no me basta para encontrar que una
pequeña huella,
una chispa en suspenso, un flotante perfume
son, en
medio del anónimo coro universal, de la corriente del acontecer,
tu modo
de dictarme lo más justo, lo más bello y lo más verdadero,
como antes, como siempre, con un gesto, con un talismán, con una
lágrima.
Y si así fuera, ¿cómo responder?
A partir de mi boca, de mi
congoja y mi ignorancia sólo puedo rogar:
"Señor:
Haz que tu hijo sea
como el más incontaminado de todos tus espejos
y muéstrale las cosas así
como él quería, tales es como son.
Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina...XIV
Jugabas
a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto
tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades
del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,
o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías
los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos
con criaturas decapitadas y fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo
ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu
perseguidora con efímeras máscaras.
No era mentira el túnel con orejas de
liebre
ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.
Te
alcanzó tu enemiga poco a poco
y te envolvió en sus telas como con un
disfraz de lluviosos andrajos.
Saliste victoriosa en el irreversible
juego de no estar.
Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un
vidrio frío por mi espalda.
Y entonces ese insecto radiante que tiembla
entre las flores,
la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,
un
hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,
¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?De "Cantos
a Berenice" 1920
La corona final
Si puedes ver detrás de los escombros,
de tantas raspaduras y tantas
telarañas como cubren el hormiguero de otra vida,
si puedes todavía
destrozarte otro poco el corazón,
aunque no haya esperanza ni destino,
aparta las cortinas, la ignorancia o el espesor del mundo, lo que sea,
y
mira con tus ojos de ahora bien adentro, hasta el fondo del caos.
¿Qué
color tienes tú a través de los días y los años de aquel a quien amaste?
¿Qué imagen tuya asciende con el alba y hace la noche del enamorado?
¿Qué
ha quedado de ti en esa memoria donde giran los vientos?
Quizás entre las
hojas oxidadas que fueron una vez el esplendor y el viaje,
un tapiz a lo
largo de toda la aventura,
surjas confusamente, casi irreconocible a
través de otros cuerpos,
como si aparecieras reclamando un lugar en algún
paraíso ajeno ya deshora.
O tal vez ya ni estés, ni polvo ni humareda;
tal vez ese recinto donde siempre creíste reinar inalterable,
sin tiempo
y tan lejana como incrustada en ámbar,
sea menos aún que un albergue de
paso:
una desnuda cámara de espejos donde nunca hubo nadie,
nadie más
que un yo impío cubriendo la distancia entre una sombra y el deseo.
Y
acaso sea peor que haber pasado en vano,
porque tú que pudiste resistir a
la escarcha y a la profanación,
permanecer de pie bajo la cuchillada de
insufribles traiciones,
es posible que al fin hayas sido inmolada,
descuartizada en nombre de una historia perversa,
tus trozos arrojados a
la hoguera, a los perros, al remolino de los basurales,
y tu novela rota
y pisoteada oculta en un cajón.
Es algo que no puedes soportar.
Hace
falta más muerte. No bastarían furias ni sollozos.
Prefieres suponer que
fuiste relegada por amores terrenos, por amores bastardos,
porque él te
reservó para después de todos sus instantáneos cielos,
para después de
nunca, más allá del final.
Estarás esperándolo hasta entonces con corona
de reina
en el enmarañado fondo del jardín.
La mala suerte
Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,
el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la desventura.
Su
tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que
caen y que caen
llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin
acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones,
con
ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe
ni siquiera el perfume de la perduración,
encierros atestados de
mariposas negras, de cuervos y de anguilas,
agujeros por los que se
evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y
siempre sobran emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este
destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la temperatura de mi
piel,
y nada valen trampas ni exorcismos,
ni las maquinaciones del
azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi
lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja.
¿No
huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo
cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en
carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?
Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos,
asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche
fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para
mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro?
¿No era bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;
justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor venenoso
que
anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final de la novela.
Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que me vieron.
¿Y ahora
con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas
encenderé mi vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son
incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una
provocación que la insaciable realidad acepta, más tarde o más temprano.
Más tarde o más temprano, estoy aquí para que mi temor se cumpla.
Las muertes
He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas
donde nunca ha resonado el golpe tormentoso
de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá
encendiendo la luz
de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son
los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo
heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue
fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los
infames lechos
vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida
gota de
salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus
muertes son los exasperados rostros
de nuestra vida.
Lejos, de corazón en corazón...
Lejos,
de corazón en corazón,
más allá de la copa de niebla que me
aspira desde el fondo del vértigo,
siento el redoble con que me convocan
a la tierra de nadie.
(¿Quién se levanta en mí?
¿Quién se alza del
sitial de su agonía, de su estera de zarzas,
y camina con la memoria de mi pie?)
Dejo mi cuerpo a solas igual que una
armadura de intemperie hacia adentro
y depongo mi nombre como un arma que
solamente hiere.
¿(Dónde salgo a mi encuentro con el arrobamiento de la
luna contra
el cristal de todos los albergues?)
Abro con otras manos la entrada del
sendero que no sé adónde da
y avanzo con la noche de los desconocidos.
(¿Dónde llevaba el día mi señal, pálida en su aislamiento,
la huella
de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al tiempo?)
Miro desde otros ojos esta pared de brumas
en donde cada uno ha marcado
con sangre el jeroglífico de su soledad,
y suelta sus amarras y se va en
un adiós de velero fantasma hacia el naufragio.
(¿No había en otra parte,
lejos, en otro tiempo, una tierra extranjera,
una raza de todos menos
uno, que se llamó la raza de los otros,
un lenguaje de ciegos que
ascendía en zumbidos y en burbujas hasta la sorda noche?)
Desde adentro
de todos no hay más que una morada bajo un friso de máscaras;
desde
adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el revés del alma;
desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes:
no hay
muerte que no mate, no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado.
(¿No
éramos el rehén de una caída, una lluvia de piedras desprendida del cielo,
un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del castigo?)
Cualquier hombre es la versión en sombras de un Gran Rey herido en su
costado.
Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña
el mundo.
Es víspera de Dios. Está uniendo en nosotros sus pedazos.
Lejos, desde mi colina
A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas,
una hierba que de
pronto temblaba en la pradera quieta,
un cuerpo transparente que cruzaba
los muros con blandura
dejándome en los ojos un resplandor helado,
o
el ruido de una piedra recorriendo la indecible tiniebla de la medianoche;
a veces, sólo el viento.
Reconocía en ellos distantes mensajeros
de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente.
Yo los había amado, quizás, bajo otro cielo,
pero la soledad, las
ruinas y el silencio eran siempre los mismos.
Más tarde, en la creciente noche,
miraba desde arriba la cabeza
inclinada de una mujer vestida de congoja
que marchaba a través de todas
sus edades como por un jardín
antiguamente amado.
Al final del
sendero, antes de comenzar la durmiente planicie,
un brillo memorable,
apenas un color pálido y cruel, la despedía;
y más allá no conocía nada.
¿Quién eras tú, perdida entre el follaje como las anteriores primaveras,
como alguien que retorna desde el tiempo a repetir los llantos,
los
deseos, los ademanes lentos con que antaño entreabría sus días?
Sólo tú, alma mía.
Asomada a mi vida lo mismo que a una música
remota,
para siempre envolvente,
escuchabas, suspendida quién sabe de
qué muro de tierno desamparo,
el rumor apagado de las hojas sobre la
juventud adormecida,
y elegías lo triste, lo callado, lo que nace debajo
del olvido.
¿En qué rincón de ti,
en qué desierto corredor resuenan los pasos
clamorosos de una alegre estación,
el murmullo del agua sobre alguna
pradera que prolongaba el cielo,
el canto esperanzado con que el amanecer
corría a nuestro encuentro
y también las palabras, sin duda tan ajenas al
sitio señalado,
en las que agonizaba lo imposible?
Tú no respondes nada, porque toda respuesta de ti ha sido dada.
Acaso hayas vivido solamente
aquello que al arder no deja más que polvo
de tristeza inmortal,
lo que saluda en ti, a través del recuerdo,
una
eterna morada que al recibirnos se despide.
Tú no preguntas nada, nunca, porque no hay nadie ya que te responda.
Pero allá, sobre las colinas,
tu hermana, la memoria, con una rama
joven aún entre las manos,
relata una vez más la leyenda inconclusa de un
brumoso país.
Les jeux sont faits
¡Tanto esplendor en este día!
¡Tanto esplendor inútil, vacío,
traicionado!
¿Y quién te dijo acaso que vendrían por ti días dorados
en años venideros?
Días que dicen sí, como luces que zumban,
como lluvias sagradas.
¿Acaso bajó el Angel a prometerte un venturoso
exilio?
Tal vez hasta pensaste que las aguas lavaban los guijarros
para que murmuraran tu nombre por las playas,
que a tu paso florecerían
porque sí las retamas
y las frases ardientes velarían insomnes en tu
honor.
Nada me trae el día.
No hay nada que me aguarde más allá del
final de la alameda.
El tiempo se hizo muro y no puedo volver.
Aunque
ahora supiera dónde perdí las llaves
y confundí las puertas
o si fue solamente que me distrajo el vuelo de
algún pájaro,
por un instante, apenas, y tal vez ni siquiera,
puedo
reclamar entre los muertos.
Todo lo que recuerda mi boca fue borrado de
la memoria de otra boca
se alojó en nuestro abrazo la ceniza, se
nos precipitó la lejanía,
y soy como la sobreviviente pompeyana
separada por siglos del amante sepultado en la piedra.
Y de pronto este
día que fulgura
como un negro telón partido por un tajo, desde ayer,
desde nunca.
¡Tanto esplendor y tanto desamparo!
Sé que la luz delata
los territorios de la sombra y vigila en suspenso,
y que la oscuridad
exalta el fuego y se arrodilla en los rincones.
Pero, ¿cuál de las dos
labra el legítimo derecho de la trama?
Ah, no se trata de triunfo, de
aceptación ni de sometimiento.
Yo me pregunto, entonces:
más tarde o
más temprano, mirado desde arriba,
¿cuál es en el recuento final, el
verdadero, intocable destino?
¿El que quise y no fue?, ¿el que no quise y
fue?
Madre, madre,
vuelve a erigir la casa y bordemos la historia.
Vuelve a contar mi vida.
Los reflejos infieles
Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la
palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que de pronto revela
figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.
Caras como
resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;
mapas
insuficientes y confusos donde se hunden los cielos y emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes de una sola
noche.
Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de
fuego.
Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la memoria del
espejo;
algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras
nieves.
Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una
historia sin paz y sin costumbres:
un muestrario de nieblas, de terror,
de intemperies.
Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un
ágata
sin fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte, apenas el reverso
de una sombra estampada en el hueco de la separación.
Ningún signo
especial en estas caras que tapizan la ausencia.
Pero a través de todas,
como la mancha de ácido que traspasa
en el álbum los ambiguos retratos,
se inscribió la señal de una misma
condena:
mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me
excede.
El obstinado error frente al modelo.
Mujer en su ventana
Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas del anochecer,
posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente
inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo
continúa pasando
con sus angelicales procesamientos.
Ningún pato salvaje interrumpió su
vuelo hacia el oeste; allá lejos
seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien
en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del
corazón sale un pájaro negro y es la noche
–¿o acaso será un dios que cae
agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el
que se va creyendo
que los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del
azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello
todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y
ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple
arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una
frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero
límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.
No comiste del loto del olvido...
VI
No comiste del loto del olvido
-el homérico privilegio de los
dioses-,
porque sabías ya que quien olvida se convierte en objeto
inanimado
-nada más que en resaca o en resto a la deriva-
al antojo
del caprichoso mar de otras memorias.
Y así escarbaste un día en tu
depósito de sombras
y volviste a anudar con tiernos ligamentos huesecitos
dispersos,
tejidos enamorados del sabor de la lluvia,
vísceras dulces
como colmenas sobrenaturales para la abeja reina,
dientes que fueron
lobos en las estepas de la luna,
garras que fueron tigres en la profunda
selva embalsamada.
Y lo envolviste todo en ese saco de carbón constelado
que arrojaste hacia aquí, como hacia un tren en marcha,
y que en algún
lugar dejó un agujero por el que te aspiran
y al que debes volver.De "Cantos
a Berenice" 1920
No estabas en mi umbral...
No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que
fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la
sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensándote
desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como
fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura -el
erizo de niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos, la piedra imán
que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene
alrededor de un ascua en torno de un temblor-.
Y ya habías aparecido en
este mundo, intacta en tu negrura inmaculada desde la cara
hasta la cola, más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción
de vida como una perla roja brillando entre los dientes.
No hay puertas
Con arenas ardientes que labran una cifra de fuego sobre el tiempo,
con una ley salvaje de animales que acechan el peligro desde su
madriguera,
con el vértigo de mirar hacia arriba,
con tu amor que se enciende de
pronto como una lámpara en medio de la noche,
con pequeños fragmentos de un mundo consagrado para la idolatría,
con la dulzura de dormir con toda tu piel cubriéndome el costado del miedo,
a la sombra del ocio que abría tiernamente un abanico de praderas
celestes,
hiciste día a día la soledad que tengo.
Mi soledad está hecha de ti.
Lleva tu nombre en su versión de piedra,
en un silencio tenso donde
pueden sonar todas las melodías del infierno;
camina junto a mí con tu paso vacío,
y tiene, como tú, esa mirada de
mirar que me voy más lejos cada vez,
hasta un fulgor de ayer que se disuelve en lágrimas, en nunca.
La
dejaste a mis puertas como quien abandona la heredera
de un reino del que nadie sale y al que jamás se vuelve.
Y creció
por sí sola,
alimentándose con esas hierbas que crecen en los bordes del recuerdo
y que en las noches de tormenta producen espejismos misteriosos,
escenas con que las fiebres alimentan sus mejores hogueras.
La he
visto así poblar las alamedas con los enmascarados que inmolan al amor
-personajes de un mármol invencible, ciego y absorto como la distancia-,
o desplegar en medio de una sala esa lluvia que cae junto al mar,
lejos, en otra parte,
donde estarás llenando el cuenco de unos años con un agua de olvido.
Algunas veces sopla sobre mí con el viento del sur
un canto huracanado que se quiebra de pronto en un gemido
en la
garganta rota de la dicha,
o trata de borrar con un trozo de esperanza raída
ese adiós que
escribiste con sangre de mis sueños en todos los cristales
para que hiera todo cuanto miro.
Mi soledad es todo cuanto tengo de
ti.
Aúlla con tu voz en todos los rincones.
Cuando la nombro con tu
nombre
crece como una llaga en las tinieblas.
Y un atardecer levantó frente a mí
esa copa del cielo que tenía un
color de álamos mojados
y en la que hemos bebido el vino de la eternidad de cada día,
y la
rompió sin saber, para abrirse las venas,
para que tú nacieras como un dios de su espléndido duelo.
Y no pudo
morir
y su mirada era la de una loca.
Entonces se abrió un muro
y
entraste en este cuarto con una habitación que no tiene salidas
y en la que estás sentado, contemplándome, en otra soledad
semejante
a mi vida.
Olga Orozco
Yo,
Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde
crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre
alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi
historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De
mi estadía quedan las magias y los ritos,
Unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
La humareda
distante de la casa donde nunca estuvimos,
Y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
Aún labra la desdicha en el
rostro de aquella que se buscaba en mí
igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás
extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella
hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como un rayo,
no en el tumulto
incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso
ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero
debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los
cambiantes sueños, allá, donde escribimos la sentencia:
"Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por
cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento".
Para este día
Reconozco esta hora.
Es esa que solía llegar enmascarada entre los
pliegues de otras horas;
la que de pronto comenzaba a surgir como un
oscuro arcAngel detrás de la neblina
haciendo retroceder mis bosques
encantados,
mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,
con
sólo trazar un signo en el silencio,
con sólo cortar el aire con su mano.
Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,
que venía
de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,
y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos
que yo buscaba
en vano la huella del carruaje en el pasado.
Hora desencarnada,
color
de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,
igual que una traslúcida
figura enviada desde un retablo del olvido.
¿Y era su propio heraldo,
el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,
la anunciación de
dar a luz las sombras?
No supe descifrar su profecía,
ese susurro de
aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,
ni logré
comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba
desde un
claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas,
allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;
aquí, donde
ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,
en su sitial
de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes,
y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,
que
mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,
que
mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.
Y se queda
esta vez, sin bajar la cabeza.
Para hacer un talismán
Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu
dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza
loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo
en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo
en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no
logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de
la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y
escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de
esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda
el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los
jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con
la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en
momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su
delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él
con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato
vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu
demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más
fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu
pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu
muerte!
Pavana del hoy para una infanta difunta que amo y lloro
A Alejandra Pizarnik
Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin
más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores
insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión
encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías
hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la
nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que
pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la
inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola
bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al
despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese
Angel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para
contrarrestar la herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos
para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo
de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa
del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la
sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no
hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la criatura
hambrienta que te deshabitaba.
Erigías pequeños castillos devoradores en
su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible
paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la
salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos
del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesia cortándote las venas con
el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la
inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los
frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se degarró el papel
con la desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
Todas las
puertas son para salir.
Ya todo es el revés de los espejos.
Pequeña
pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable
desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus
voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te
sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con
sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado
en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te
envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo
jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.
Se descolgó el silencio...
Se descolgó el silencio,
sus atroces membranas desplegadas como las de un
murciélago anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de la negación.
Tu boca ya no acierta su alimento.
Se te desencajaron las mandíbulas
igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar la almendra del
destino.
Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra.
Tus ojos no
interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de rostros.
Dejaron de copiar
con lentejuelas amarillas los fugaces modelos de este mundo.
Son apenas
dos pozos de opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es
una rígida armadura sin nadie,
sin más peso que la luz que lo borra y lo
amortaja en lágrimas.
Tus uñas desasidas de la inasible salvación
recorren desgarradoramente el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo
infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de carbón sofocado que
atraviesa la estera de los días.
Tu muerte fue tan sólo un pequeño rumor
de mata que se arranca
y después ya no estabas.
Te desertó la tarde;
te arrojó como escoria a la otra orilla,
debajo de una mesa innominada,
muda, extrañamente impenetrable,
allí, junto a los desamparados
desperdicios,
los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el
poniente,
que oscila, que se cae,
que se convierte en nube.
Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino...
Si la casualidad es la más
empeñosa jugada del destino,
alguna vez podremos interrogar con causa a
esas escoltas de genealogías
que tendieron un puente desde tu desamparo
hasta mi exilio
y cerraron de golpe las bocas del azar.
Cambiaremos
panteras de diamante por abuelas de trébol,
dioses egipcios por profetas
ciegos, garra tenaz por mano sin descuido,
hasta encontrar las puntas
secretas del ovillo que devanamos juntas
y fue nuestro pequeño sol de
cada día.
Con errores o trampas, por esta vez hemos ganado la partida.
Un rostro en el otoño
La mujer del otoño llegaba a mi ventana
sumergiendo su rostro entre las
vides,
reclinando sus hombros, sus vegetales hombros, en las nieblas,
buscando inútilmente su pecho resignado a nacer y morir entre dos sueños.
Desde un lejano cielo la aguardaban las lluvias,
aquellas que golpeaban
duramente su dulce piel labrada por el duelo de una vieja estación,
sus
ojos que nacían desde el llanto
o su pálida boca perdida para siempre,
como en una plegaria que inconmovibles dioses acallaran.
Luego
estaban los vientos adormeciendo el mundo entre sus manos,
repitiendo en
sus mustios cabellos enlazados
la inacabable endecha de las hojas que
caen;
y allá, bajo las frías coronas del invierno,
el cálido refugio
de la tierra para su soledad, semejante a un presagio,
retornada a su
estela como un ala.
Oh, vosotros, los inclementes Angeles del tiempo,
los que habitáis
aún la lejanía
-ese olvido demasiado rebelde-;
vosotros, que lleváis a
la sombra,
a sus marchitos ídolos, eternos todavía,
mi corazón hostil,
abandonado:
no me podréis quitar esta pequeña vida entre dos sueños,
este cuerpo de lianas y de hojas que cae blandamente,
que se muere hacia
adentro, como mueren las hierbas.
Vuelve cuando la lluvia
Hermanas de aire y frío, hermanas mías:
¿cuál es esa canción que se prolonga por las ramas y rueda contra el
vidrio?
¿Cuál es esa canción que yo he perdido y que gira en el
viento y vuelve todavía?
Era lejos, muy lejos, en las primeras albas
de un jardín custodiado por Angeles y ortigas.
Cantábamos para
siempre la canción.
Cantábamos nuestra alianza hasta después del
mundo.
Era hace mucho tiempo, hermana de silencios y de luna.
Era en tu
adolescencia y en mi niñez más tierna,
cuando apenas te habías asomado a las sinuosas aguas del amor, que te
apresaron pronto,
y aún te vestías contra nuestro candor con el
muestrario de las apariciones:
la novia fantasmal, el alma en pena o
la mendiga loca;
pero al día siguiente eras la paz y el roce de la hierba.
Cuando te
fuiste, faltó el cristal azul en la canción.
Era hace mucho tiempo, hermana de aventuras y de sol.
Yo era la más
pequeña y seguía tus pasos por sitios encantados
donde había tesoros escondidos en tres granos de sal,
un ojo de
cerradura enmohecida para mirar el porvenir más
bello y un espejo enterrado en el que estaba escrita la palabra del
supremo poder.
Tú inventabas los juegos, las tentaciones, las
desobediencias.
Fueron tantos los años compartidos en fiestas y en adioses
que se
trizó en pedazos la canción cuando tu mano abandonó la mía.
Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías,
las escucho cantar
desde las espesuras de mi noche desierta.
Sé que vuelven ahora para contradecir mi soledad,
para cumplir el
pacto que firmó nuestra sangre hasta después del mundo,
hasta que
completemos de nuevo la canción.