"...Otros días se llamaba
paloma, y era
tierna, plumosa, llena de arrullos lentos..."

"Los amantes"
Pablo Picasso
Reseña biografica
Poeta
español nacido en Málaga en 1904.
Cursó su bachillerato con los
Jesuitas en Miraflores del Palo y posteriormente en la Universidad de
Granada
obtuvo su Licenciatura en Derecho. Antes de cumplir los veinticinco años
publicó en Málaga sus primeros libros
de poemas «Gárgola» y «Conjunto». Posteriormente se radicó en Paris,
luego en Santiago de Chile hasta el año
de 1953 y finalmente regresó a España donde se dedicó a colaborar de
lleno con varias revistas e Institutos
de Cultura Hispánica.
Además de los libros mencionados, se destacan
de su obra: «Plural belleza» en 1936, «Olvido apasionado» en 1941,
«Señal de vida» en 1948 y «Adorados tormentos» en 1951.
Falleció en 1973. ©
Amor, no sé, ...
Como el rayo de luna en la palmera...
Cuando la aurora...
En el alto castillo, la
serena...
En medio de esta calle
tan oscura...
He soñado que estabas a
mi vera...
Hoy la primera lluvia
silenciosa...
La alta noche y el mar
La lluvia
Madrigal
Mis ojos muy abiertos para
verte...
¿Por qué no has sido tú?
Rápida plenitud...
Si el cerco de mi brazo te
ceñía...
Variaciones
Amor, no sé qué calidos rumores...
Amor, no sé qué calidos rumores
tienen esta mañana las colmenas.
Amor, no sé qué pálidos colores
hay en las cumbres altas y serenas.
No sé, amor, de qué
trémulos dulzores
están las flores y las frutas llenas,
ni por qué
son más dulces los olores
que vienen al abrir las alacenas.
No sé qué tienen, amor, esta mañana
que suenan como un Angelus
lejano
cuando sale el rebaño, las esquilas;
y que al abrir de pronto la ventana,
alondras al alcance de mi
mano
se quedaron mirándome tranquilas.
Como el rayo de luna en la palmera...
Como el rayo de luna en la palmera,
con la voz de la noche clara
y fría,
con el olor del mar en la bahía,
con el rumor del agua en
la pradera.
Con la alborada y con su luz primera,
con el dorado ardor del
mediodía,
y con esta pasión de la voz mía,
te llamo y te reclamo
por doquiera.
Te llamo con la calma y con la brisa,
con la piedra, la flor, la
lluvia, el trigo,
te llamo con el llanto y la sonrisa,
como el enamorado y el amigo,
con orgullo y piedad, que tengo
prisa,
que tengo prisa por estar contigo.
Cuando la aurora ponga en los caminos...
Cuando la aurora ponga en
los caminos
flores de nieve y témpanos de aromas,
cuando el rumor
de un vuelo de palomas
en la invernal caricia de los pinos;
y cuando los redondos remolinos
se lancen por lo alto de las
lomas
buscando calentarse en las redomas
de los profundos pozos
cristalinos.
Cuando el viento esté solo en el sendero
dando saltos de escarcha
y luna fría,
o patinando en vértigo campero;
cuando la noche luche con el día...,
¡entonces te querré como te
quiero,
como quiero quererte, vida mía!
En el alto castillo, la serena...
En el alto castillo, la serena
tarde ponía su misterioso brillo
y la rosada carne del ladrillo
se tornaba de luz sobre la almena.
El silencio contigo; la voz plena
del suave mar, abajo, y el
sencillo
juguetear del claro vientecillo
con mi trémula mano en tu
melena.
Los árboles oscuros al Poniente
rumoreaban plácidas canciones.
El tiempo se dormía, abandonado.
Y bajaba la noche, indiferente,
con un prodigio de constelaciones
sobre mi corazón enamorado.
En medio de esta noche tan
oscura...
En medio de esta noche
tan oscura
se anuncia el dulce brote de la espiga
y arde la flor
que el temporal castiga
con una oculta luz, serena y pura.
Ya sé que la luz vive y
que perdura,
ahora, qué más quieres que te diga?
Abierto está mi
corazón, amiga,
por la herida de olvido y amargura.
Mira la sangre que la
herida vierte:
cómo te dice "adiós hasta la muerte"
desde la sola
y triste lontananza.
Y cómo, en esta
ardiente despedida,
guarda lo que quizás para esta vida
no puede
mantener a la esperanza.
He soñado que estabas a mi
vera...
He soñado que estabas a
mi vera
y que tenías tus manos en las mías;
ya no recuerdo lo que
me decías,
pero era dulce oírte, compañera.
Me mirabas de amor, con
la sincera
clara mirada de los bellos días
y se iban enredando mis
poesias
en el perfume de tu cabellera.
Era tan dulce oírte, y
era tanta
la maravilla de tu voz serena,
que, al sentir mi soñar
desvanecido,
me desperté con llanto
en la garganta,
y las carnes doliéndome de pena,
y el corazón
doliéndome de olvido.
Hoy la primera lluvia
silenciosa...
Hoy la primera lluvia silenciosa
cae sobre el jardín serenamente,
temprano otoño brota de la fuente
y huye la primavera de la rosa.
Huele a la tarde aquella deliciosa
de no sé dónde -¿en dónde
fue?-. Se siente
una quietud pasada en el presente
y un recuerdo
vibrar en cada cosa.
Reclinada en mi hombro tu cabeza,
vemos caer la lluvia en los
rosales
con un blando rumor y movimiento
que da al jardín una ideal pureza
y hace brotar promesas
inmortales
en mi tranquilo y alto pensamiento.
La alta noche y el mar
La alta noche y el mar. Las playas solas.
Un vientecillo fresco y
desvaído.
Y en el confín oscuro, el suave ruido
de una orquesta de
claras caracolas.
Ay, amor: por encima de las olas,
desde mi corazón estremecido
resbalaba, sin rumbo ni sentido,
el son de mis canciones españolas.
La fogata que ardía sobre la arena
era una estrella más, en la
serena
infinitud. Cesaron mis canciones.
Las olas en la playa se morían...
y de pronto sentí cómo latían
al mismo tiempo nuestros corazones.
La
lluvia
Cae
la lluvia suavemente
con un susurro tierno y claro,
y el corazón
se va durmiendo
por el rumor acompañado.
La lluvia trae muchas cosas
que ya teníamos olvidadas:
viejos
jardines a lo lejos
desde balcones de la infancia.
Antiguas voces que se fueron,
músicas lentas y remotas
y unos
instantes de amor pleno
bajo otra lluvia melancólica.
Llueve en ventanas y azoteas,
sobre los árboles y el campo;
llueve también sobre mis penas
y los recuerdos más lejanos.
Es bendición sobre la tierra,
amor de Dios en la campiña.
La
lluvia es una compañera
que da ternuras infinitas.
Brillan las hojas, y en el aire
hay una pálida dulzura.
Llueve
en el mundo. Llueve, llueve.
Cae la caricia de la lluvia.
Se oyen dianas de otros tiempos,
pregones cálidos de antaño,
canciones de mujeres muertas,
lento mugir de toros bravos.
Acordeones en el puerto,
tristes sirenas de navíos
y
cascabeles en el alba
por carreteras con rocío.
Cae la lluvia suavemente
y la memoria se despierta
y
largamente se respira
el lento efluvio de la tierra.
Y hay naranjales en los ojos
y un ancho mar junto a las manos
y una tranquila soledad
en un paisaje ilimitado.
Risas amigas acompañan
sin ruido al alma que está muda.
Como
una bella enamorada
llega a mí, trémula, la lluvia.
Madrigal
Si al sol llamo sol, no es a él,
sino a ti que sol te llamo.
Si llamo luna a la luna,
es que a ti te estoy llamando.
Si
llamo a la rosa rosa,
es que en la rosa te hallo.
Si llamo amor al amor,
es sólo porque te amo.
Mis ojos muy abiertos para verte...
Mis ojos muy abiertos para verte,
mis oídos atentos para oírte,
mis ásperas mejillas para herirte,
mis brazos para alzarte y
sostenerte.
Mis dientes duros, no para morderte,
sino para rozarte y
sonreírte,
mis largas piernas para perseguirte,
y mi gran corazón
para quererte.
Mi corazón que hace sonar las horas,
con un compás que el tuyo ya
conoce,
con un latir de luz de sol y luna.
Silencio y campanadas vibradoras,
desde la una, amor, hasta las
doce,
desde las doce, amor, hasta la una.
¿Por qué no has sido tú?
Todo lo que he buscado se halla en ti,
y sé que estás dispuesta a
quererme, si yo
tiendo un poco mi mano hacia tu mano.
Cuando estaba con otras
cerca de ti, queriéndolas,
entrabas
hasta el fondo de mi alma
calladamente, pero con dominio,
y allí
te establecías, olvidada y presente.
Antes, pasaste a veces por mi lado
y yo pensaba, aunque no lo
quería,
que eras tú la que yo debía haber amado,
la que guardaba
los tesoros
que yo, gozoso y torpe, buscaba en otras minas.
Ahora sigues presente
pero ya no me atrevo. He malgastado tanto
tu impaciente silencio, tu ternura encerrada,
tu carne, que esperaba
no sabemos qué brotes
de primavera retrasada y dulce...
Si te
dijera que te quiero
no te diría bastante,
y quizá este mundo de
cristal y de luz
que has ido edificando sobre mi indiferencia,
se
caería de golpe, dejándonos a oscuras.
No sabrías decírmelo,
ni yo a ti. Solamente
un prodigio
violento
y un nuevo mundo abierto ante tanta esperanza...
¡Oh, qué
rabia tardía!
Por qué no has sido tú?
Rápida plenitud
Tu novedad, tu pura novedad
es lo que me concilia con el mundo.
Aquí está mi pasado, en este instante,
todo hecho presente y
asumido
por esa novedad que tú me traes.
Porque me has hecho nuevo para ti,
y todo lo anterior, todo lo
huido
se vivifica ahora en tu presencia.
¿No es este árbol de esta noche el árbol
hecho con todos los que
vi sin ti?
¿No es la brisa que pasa por tu lado
la brisa de mi
infancia, que ha seguido
corriendo para estar junto a nosotros?
Pasan los años, pero el tiempo queda
y ahora estoy contigo en mi
pasado,
y ya está aquí tu vida hecha presente.
Un presente fugaz
que se renueva
con certidumbre de mantenimiento.
Calla. Escucha la noche. Oye los mundos.
Mira esas luces. Huele a
primavera.
Nada más que este instante prolongado,
toda mi vida
aquí con tu alegría.
O con tu pena, que me da lo mismo.
Y ahora, adiós, es hora de que partas.
Hasta luego, o quizá
hasta. mañana.
Ahora el mundo está bien. Ya puedes irte.
Ya esto
ha sido vivir. Esto es vivir.
Si el cerco de mi brazo te ceñía...
Si el cerco de mi brazo
te ceñía,
era porque el amor me lo mandaba.
Si de lejos y quieto
te miraba,
era porque el amor me lo pedía.
Si con un claro beso te quería,
era porque el amor me lo
ordenaba;
y si yendo a tu lado me apartaba,
era porque el amor me
lo exigía.
Así, cuando te digo que te quiero,
igual que cuando no te diga
nada,
hago, mujer, lo que el amor me ordena.
Y el día en que te digan que me muero,
lo mismo que mi vida
enamorada,
será mi muerte enamorada pena.
Variaciones
Ella tenía unos nombres extraños, a mi antojo.
Unos días se llamaba
cereza; era redonda y suave,
pequeña y reluciente. No venía en
racimo,
sino única y aislada cereza de mi gusto.
Otros días se llamaba paloma,
y era tierna, plumosa, llena de
arrullos lentos.
En libertad volaba sobre los altos pinos
para
volver cansada a dormir en mis manos.
Otros días se llamaba fuente, y era un prodigio
cantar sosegado,
de frescor y de luces.
Cuando yo le agitaba las alas, se reía
con
ondas que tardaban un rato en aquietarse.
Otros días se llamaba albahaca, y olía
maravillosamente -sobre
todo al crepúsculo-
y era tan delicioso el aire de su aroma
que la
ciudad entera parecía perfumada.
Otros días se llamaba lágrima, y daba pena
verla tan pequeñita,
resbalando en tibieza
salada, melancólica, sin ganas de jugar
y
pensando que sólo estaba por los suelos.
Otros días se llamaba cristal, y la veía
transparente y un poco
avergonzada
de que yo la supiera del todo y sin secreto,
sin
hablarle siquiera. Y era frágil y pura.
A veces se llamaba niebla, y era tristísimo
ver como todo, en
ella y en mí, se hacía invisible.
Andábamos a tientas uno en busca
del otro,
pero no nos hallábamos y estábamos distantes.
Otros días se llamaba piedra, y era tan dura
que mis manos
sangraban y el amor me dolía.
Cuando ella se llamaba piedra... (
Mejor será
olvidar esos días minerales y oscuros. )
Otros días se llamaba corazón. Daba gusto
verla tan incansable,
tan tierna. No podía
casi acercarme a ella por miedo de dañarla,
pero estábamos juntos y nos decíamos cosas.
Otros días se llamaba arcAngel. Se perdía
de mi alcance. De
pronto yo me encontraba, trémulo,
a la vera de Dios. Todo brillaba
tanto,
que pienso que esos días comenzó mi locura.