"...Rompe la piedra
salvaje para mi tacto,
la risa del salado amanecer para mi vida..."

"Karen with
T.Shirt"
Francine Van Hove
Reseña biografica
Poeta,
ensayista, narrador y crítico cubano nacido en Cayo Hueso, Florida, en
1921.
Doctorado en Leyes, ha ocupado importantes cátedras en la
Escuela Normal para Maestros de La Habana
y en la Universidad Central de Las Villas. Es Doctor Honoris Causa
de la Universidad de La Habana,
de la Universidad Central de Las Villas y de la Universidad Soka de
Japón.
Su poesia descrita por él mismo como "el testimonio de un
silencio que ha querido expresarse", constituye
un valioso aporte a las letras hispanas. «La voz arrasadora», «Examen
del maniqueo» «Compromiso»
y «Torre de marfil, son algunas de sus mejores piezas poeticas.
Obtuvo numerosas distinciones entre las que sobresalen: el
Premio Nacional de Literatura en 1988,
el Premio Juan Rulfo en el año 2002, el título de
Oficial de Artes y Letras de Francia y la medalla
de la
Academia de Ciencias de Cuba.
Falleció el 1° de octubre de 2009.
©
Ahora que
empieza a caer, del cielo...
Algo le falta a la tarde...
Calendario
Canción
Donde la brisa...
El aire
El
desposeído
Estamos
Examen del maniqueo
Faltabas tú, poeta. La injusticia...
La hoja
La luz
del cayo
La obra...
La voz arrasadora
Lejos
Los
límites futuros
Más rápido que el tiburón
lejano
Nada serán mis palabras...
Noche de Rosario
Palabras a la aridez
Palabras de Nicodemo
Pienso en la santidad de
los lugares...
Preludios
Respuesta al examen del
maniqueo
Sedienta cita
Trabajo
Último epitalamio
Un extraño honor
Un golpe de recuerdos te modela...
Ahora que empieza a caer, del cielo...
A mi esposaAhora que
empieza a caer, del cielo
de nuestra vida, que sólo nosotros podemos
ver,
profundo, estrellado, carne y alma nuestra,
ese polvillo
sagaz en tu nocturno pelo,
ahora que el lápiz finísimo, grabando
una medida sagrada, una cantidad misteriosa
del vino que sube en la
jarra de la ofrenda,
empieza a trazar, junto a tus ojos, vivos
como ciervos bebiendo en el agua extasiada,
junto a tus labios que
han dicho todas las palabras que adoro,
las huellas del tránsito de
nuestra juventud,
ahora, lleno de un fuego y de un peso de amor que
desconocía
porque estábamos engendrándolo secretamente en nuestro
corazón
y es algo mucho más terrible y precioso que el amor
que
diariamente conocíamos,
ahora, mujer, ahora, destinada mía,
es
cuando quiero hacerte un canto de amor, un homenaje,
que dice
únicamente así:
Te amo, lo mismo
en el día de hoy que en la eternidad,
en el
cuerpo que en el alma,
y en el alma del cuerpo
y en el cuerpo del
alma,
lo mismo en el dolor
que en la bienaventuranza,
para
siempre.
Algo le falta a la tarde...
Algo le falta a la tarde,
no están completos los pinos,
y yo
mirando a las nubes
siento lo que no he sentido.
A cada instante pregunto
por el tesoro perdido
cuya sombra se
desplaza
con melancólico frío.
Mirándome está el deseo,
nocturno, solo, infinito;
callada va
la nostalgia
llameando eternos vestigios.
No llega nunca mi gesto
a la tierra del destino;
la vida acaba
inconclusa,
quedan los sueños en vilo.
Calendario
entra dice la ene de la nieve
que sólo existe para el calendario
si entre eros y héroe no se atreve
a prescindir del año imaginario
sigue la fe que nos sopló el primero
al segundo del canto
gregoriano
miniatura del sol feble y ligero
que todavía el frío
hace lejano
las lomas de su M dan a un mar
rizándose con oes jubilosas
anunciando entretiempos de soñar
zigzagueos de amor entre las cosas
abre la i lo que la ele lanza
con lucidez que a la mirada inunda
“oh luna cuánto abril” es su semblanza
la primavera en sí su reino
funda
llega la lluvia sacudiendo el rayo
como una forma natural del
arte
la tarde azul deja de ser ensayo
la flor toma el poder y lo
reparte
ah junio amigo de la poesia
con tus letras no he de jugar
("perdona
llamas al viento, nieve a la memoria")
y si pudiera
"clámide" diría
el ser solar avanza a los umbrales
de la maduración de los
colores
en las umbrías úes coloniales
como en la plaza de los
resplandores
agosto al gusto ya lo agosta intacto
en la encendida miel del
fruto abierto
fosco el mirar de tan radiante tacto
dormido el
corazón de tan despierto
empieza a dispersarse la dulzura
en las sierpes nubosas del ocaso
secreto tinte vagamente dura
la noche extiende de rocío el brazo
"escalando sereno las
ventanas"
octubre encubre del ciclón el rosa
que lo circunda con
extrañas ganas
de ser halo fatal o faz furiosa
no vi su nombre no sentí su sombra
sino de vuelo en tránsito en
andenes
como aquél de mi infancia que se asombra
porque siguen
silbando aquellos trenes
sensación de llegar -honda familia
callada eternidad cada momento
sabores del hogar en la vigilia-–
ya 2todo el tiempo" un solo nacimiento.
27 de marzo 1999
Canción
¡Oh
dulcísimo callar
del Angel de mi sigilo!
¡Oh dulcísimo callar
del mundo en mi corazón!
¡Oh
dulcísima miseria
de mis ojos en la flor,
de mi soñar en el ro,
de mi tacto por el cielo!
Donde la brisa...
Porque tal es el rostro del fracaso
que el espejo devuelve ciegamente
aun antes de llegar, dulce y demente,
el último rescoldo del ocaso:
frente de la obsesión y del rechazo,
ojos que sólo vieron lo
renuente,
nariz que impide el aire, boca ausente
en su amargo
sabor: extraño vaso
a punto de volverse puro hueso:
porque tal es el fin, tal la
ceniza
cuyo suave huracán todo lo arrasa,
dejar de letras quise un ramo grueso
que ardiera un poco más
donde la brisa
orea la aridez, sonríe y pasa.
El aire
Estoy despierto, sí, estoy mirando
fríamente algunas cosas
que van dejando ya de ser secretas.
Están ahí, como los árboles
en el desnudo aire. Sí, estoy despierto.
Hasta la casa de mi
infancia es de los otros:
la han pintado de un color chillón,
entran y salen por los
cuartos de mi alma,
hablando de otro asunto. La luz invade el patio
de mis ocultas
nadas. También miro
con deseo ese rostro que es ninguno
y que viene como un ave
malherida
de los que sufren y sonríen.
¡Oh pueblo innumerable! Estoy
despierto.
Estoy mirando el polvo bañado por la luz,
las tinieblas
disueltas en el aire
cuando empieza a dibujarse la verdad:
el árbol, la alegría, el
sacrificio.
Y sé que aún tengo más recuerdos en la sangre
de los que puedo
recordar, y más olvido
del que puede olvidarse en este mundo.
Pero qué importa, al fin,
si la mitad
de aquella vida se me desprende y cae,
si tanto sueño, al fin,
ha despertado,
si no hay sitio que no me esté mirando
ni instante en que el
azar no me visite.
Quiero ser como tú, ¡oh rostro de los pobres!,
misterio del
dolor y la sonrisa, porque el aire,
el simple aire límpido y vacío,
llenará nuestras voces y
esperanzas.
El desposeído
No son mías las palabras ni las cosas.
Ellas tienen sus fiestas, sus
asuntos
que a mí no me conciernen,
espero sus señales como el
fuego
que está en mis ojos con oscura indiferencia.
No son míos el tiempo ni el espacio
(ni mucho menos la materia).
Ellos entran y salen como pájaros
por las ventanas sin puertas de
mi casa.
Alguien habla detrás de esta pared.
Si cruzara, sería en la
otra estancia:
el que habla soy yo, pero no entiendo.
Tal vez mi vida es una hipótesis
que alguno se cansó de imaginar,
un cuento interrumpido para siempre.
Estoy solo escuchando esos fantasmas
que en el crepúsculo vienen
a mirarme
con ansia de que yo los incorpore:
¿querría usted negar,
sufrir, envanecerse?
No es mía, les respondo, la mirada,
negar
sería espléndido, sufrir, interminable,
esas hazañas no me
pertenecen.
Pero de pronto no puedo disuadirlos,
porque no oigo ya mi soledad
y estoy lleno, saciado, como el aire,
de mi propio vacío resonante.
Y continúo diciéndome lo mismo, que no tengo
ninguna idea de
quién soy,
dónde vivo, ni cuándo, ni por qué.
Alguien habla sin fin en la otra estancia.
Nada me sirve
entonces. No estoy solo.
Estas palabras quedan afuera,
incomprensibles,
como los guijarros de la playa.
Estamos
Estás
haciendo
cosas:
música,
chirimbolos de repuesto,
libros,
hospitales
pan,
días llenos de propósitos,
flotas,
vida,
con tan pocos materiales.
A veces
se diría
que no puedes
llegar hasta mañana,
y de pronto
uno pregunta y sí,
hay cine,
apagones,
lámparas que resucitan,
calle mojada por la maravilla,
ojo del alba,
Juan
y cielo de regreso.
Hay cielo hacia delante.
Todo va saliendo más o menos
bien o mal o peor,
pero se llena el
hueco,
se salta,
sigues,
estás haciendo
un esfuerzo
conmovedor en tu pobreza,
pueblo mío,
y hasta horribles carnavales, y hasta
feas vidrieras, y hasta
luna.
Repiten los programas,
no hay perfumes
(adoro esa
repetición, ese perfume):
no hay, no hay, pero resulta que
hay.
Estás, quiero decir,
Estamos.
Examen del maniqueoCuántas
veces ha sido humillada tu soberbia:
la soberbia del maniqueo.
Cuántas veces has tenido que beberte las lágrimas de hiel
de no ser puro como un Angel.
¿De qué vale sutilizar los
argumentos?
-Sí, has colaborado con todo lo que odias,
con la múltiple,
infinita cara del mal.
¿En mínima medida? ¿Sólo por omisión? ¿Sólo para ganar el pan?
Nada puede consolarte.
-Nada: porque mientras menor o más irrechazable haya sido tu
complicidad,
más esencial es tu miseria,
y mientras creías estar
amparando en tu casa a los dioses siempre
derrotados,
no eras más que un oscuro obrero de la monstruosa
construcción.
Y así, cuando llegues a la presencia de tu Señor, no podrás
decirle:
fui puro, no pacté, no mezclé mi alma con las tinieblas,
sino
tendrás que confesarle: soy
esta mezcla deleznable,
me fue impuesto el insulto de la
promiscuidad,
tuve que dar al César lo que es del César
y al cuerpo lo que es
del cuerpo,
soy uno más, perdido y manchado, en el rebaño,
-quise salvar la
luz, pero no pude.
18 de
septiembre de 1961
Faltabas tú, poeta. La injusticia...
Para Antonio Guerrero
Faltabas tú, poeta. La injusticia
no podía omitirte en su
venganza:
ella sabe con lúcida impudicia
lo que el amor a la
belleza alcanza.
Mas no le importa. Su misión inicia
creyendo que encadena la
esperanza,
que prostituye el verbo a la avaricia,
que entrega a
mercaderes la balanza.
Tú en cambio tienes la risa de tu hijo,
la fuerza de tu madre, la
palabra
del que por siempre a los cubanos dijo:
Solo será posible lo imposible.
Salud, Antonio. Tu alegato labra
la estrofa de los cinco, ya invencible.
28 de diciembre del 2001
La
hoja
Quedará
lo que ella afirma no lo dice
su decir es no decir y no decir y no
decir
no infinitamente sino
Tres Veces
tres infinitas veces
En su rostro escribo y es un rostro sin más rasgos
que mi escritura
que ella tornará blancor de mente, jeroglífico
de espuma,
nada
Una hoja tras otra no hacen un árbol
sino un libro un libro tras otro
no hacen un árbol sino una colección
de libros Una colección tras
otra hacen
una biblioteca En la biblioteca dicen
que no hay
pájaros pero yo los he visto
Lo que no he visto es libros en el
bosque
Claro que el bosque mismo puede considerarse un libro etc.
Etcétera es la única palabra que la hoja abomina.
La luz del cayo
Una luz arrasada de ciclón,
aquella misma luz que vi de niño
en
las mañanas nupciales del miedo,
estaba esperándome aquí, pero aún
más pobre,
más secreta y huraña todavía,
como si no hubiera
lámpara capaz
de agrupar nuestras sombras dispersadas,
ni pudiera
la abuela regresar con aquel vaso
de espumoso chocolate hasta mi cama
para decir: la dicha existe, la inminencia
es un tren que estremece
las maderas
cargado de luces y dulzura.
Por las calles oculto yo corría
gritando como un pino
indominable,
destellando la honda piedra de presagios,
discutiendo
silencioso con las nubes,
a comprar un martillo y unos clavos
para
clavar la casa contra el miedo,
y al fin huíamos del mar, en orden,
por los campos,
buscando el ojo del ciclón que nos miraba
como un
animal remoto y triste.
Esa luz está aquí, ya sin peligro,
toda exterior y plana,
establecida
en la absoluta soledad del Cayo,
pura intemperie de mi
ser, diciéndome:
no queda nada, no era nada,
no tengas miedo ni
esperes otras nupcias,
arde tranquilo como yo, árida y sola,
no
esperes nada más, ésta es la gloria
que aguardaba y merece (único
amparo)
tu flor desierta.
( De Testimonios )
La obra...
Mientras más guardo en mis despensas, soy más menesteroso,
siempre
ante el mismo muro, de nada me han servido
las lámparas que encendí.
Es de noche. Estoy solo.
Las estancias aun tibias del festejo
desiertas,
ni un gesto, ni una sílaba, ni un aroma, podrían ayudarme.
Tengo que hacerlo todo otra vez, de la raíz
para encontrar al cabo
que no poseo nada,
que el pabellón oscuro se inclina a la intemperie.
La voz arrasadora
Esta es la voz de un contemplativo, no de un hombre de acción.
Ambas
razas, las únicas que realmente existen, se miran con
recelo.
Es verdad que ha habido gloriosas excepciones, aunque bien
mirarlos los rostros, bien oídas las voces,
la sagrada diferencia se
mantiene se mantiene, y aún se torna
trágica.
Pero el contemplativo entiende y muchas veces ama el rayo de
la
acción. Casi nunca lo contrario ocurre.
Esta es la voz absorta de
un oscuro, de un oculto, que ha tenido
peregrinas ambiciones.
Enumerarlas seria realizar un inventario del delirio.
Baste
decir que ha querido romper los límites del fuego en las
palabras
y ha vuelto al círculo del hogar con un puñado de cenizas.
No, sin dudas no lo comprenderéis, salvo los que sois del
indecible oficio.
Estos hombres se alimentan de lo que hacen; hasta sus sueños y
sus fantasmagorias son quehaceres, hechos.
¿Como entender a uno
que no ha poseído nunca nada; que no ha
tocado una cosa desnuda de alusión;
que sólo vive y muere en el
mundo de lo otro, en el inalcansable
reino de las transposiciones:
a uno que, de pronto, necesita
escribir, cómo se necesita la
comida o la mujer?
Su Suerte es dura, extraña, también irrenunciable. Y sin embargo
o por lo mismo, ya no me preguntéis,cada vez
que oye la voz arrasadora de la vida, arroja su
fantástico tesoroy sale
cantando y llorando y resplandeciendo, y va silencioso a
ocupar el
puesto que le asignan.Marzo de
1960
Lejos
Lejos,
lejos nací,
lejos de mi alma:
separada la vida
de la mirada.
Lejanía que fue
toda la patria,
como una cicatriz
que no
cerrara.
No pude atravesar
la tarde rara:
lejos, lejos de mí,
no me
abarcaba.
He visto, comprendiendo,
la mar morada,
el confín misterioso,
la doble playa.
Los límites futuros
A José María Valverde
He tocado estos límites, los he masticado,
los he digerido
(mal, desde luego),
los he trasmutado en días enormes y pequeños,
los he mandado a la luna de ida y vuelta,
los he dejado en Venus una
tarde,
me he vestido con ellos para festejar mis bodas,
los he
visto arder en la ceniza,
los he llenado de flores e improperios,
los he confundido con el patio de mi casa,
me han atendido como
sirvientes,
médicos, psicólogos y sepultureros,
los he oído
recitar sus poesias,
los he llevado como bastón, como amuleto,
como título de propiedad, como esperanza,
se han puesto a discutir
con los vecinos
y desde luego con las nubes y los gatos,
los he
sacado a puntapiés y me han abierto
las puertas del crepúsculo
llorando,
se han llenado de rabia y de deseo,
se han puesto a
recordar en la azotea,
juntos oímos música y leemos,
juntos
sufrimos, nacemos y cantamos,
sus ojos borrarán estas palabras.
Más rápido que el tiburón lejano
Lejos están las chozas de los pescadores con las mujeres grandes y
pálidas
oyendo el chasquido de las olas como un Angel enmascarado.
Sus conversaciones se mezclan a los alimentos de cocción clara y sumisa,
los niños juegan en las rocas, junto a las aves salvajes y el firmamento
vacío.
Más rápido que el tiburón lejano, más dulce que la luz en las islas
felices,
un desconocido como el cuerpo abre su idioma para ver
el paso de la mañana ondeante sobre las piedras rojas y oscuras.
Nada serán mis palabras...Nada serán
mis palabras
si no encuentran otra boca
que las cante y las olvide
y las
devuelva a la sombra.
Allí quizás amanezcan,
vagas ciudades ruinosas,
y a
otros solos lleve el aire
la nostalgia de su aroma.
Nada será lo que soy
si en los
otros no se apoya:
mi presencia en otro hombro,
mi esperanza en su congoja.
¡No me dejes amarrado,
demente, al ánima sola!
¡Mira que voy
a mi infierno
si no hay pecho que me acoja!
El que pasa me sostenga,
la voz pueril sea mi roca,
en ellos soy, y con ellos
pediré misericordia.
Noche de Rosario
Intentemos
lo inaudito, la derrota,
la arrebatadora, serenísima
catástrofe
de lo que no puede ser.
El ser de aquella
noche
más allá de las imágenes,
en la carne viva de si misma,
añora equivalencias
que no están ni en mis poderes más recónditos.
No están,
pero no estar es algo
semejante a los ojos más vehementes,
como los de aquella
delicada,
con realeza joven,
grave judía en qué espinares.
Atacar
por una
de las figuras de la noche
con la precipitación del mar, alivia
el desértico fuego de que no
hay senda para llegar a ello.
¿Qué es ello, le pregunto al humo
a la candela, al sabio
sabor que se me va amargando
a la par que crece la ceniza,
marea en sí vistosa de algún oro?
Es sólo así, juntando puntas
de una incandescencia que
sonríe
indescifrables bordes, como alcanzo
a divisar lo que no fue,
por las fervientes calles de Rosario.
Decir ¿qué es? Allí nacía
lo que conozco a borbotones
cuando
la sed despierta su bebida,
el hambre su alimento,
la luz su fuego.
Eran jóvenes,
sí, con el murmullo
de una conversación americana
en la noche del Sur, cosa que
brilla
como la plata al fondo de la pena,
y ofrece copas, risas.
Risas, si esta palabra
pudiera deletrearse como estrellas
y
masticarse como el pan
de la menesterosidad de aquellos
sentados a la mesa de las
bodas.
Mesa, banquete, lujo
del ser cuando se reconoce
incapaz
de conocerse, a punto
de lo saciado eterno en el efímero
resplandor de los
comunicantes.
¿Efímeros, aquéllos? Las miradas
llegaron a ordenarse en una
esquina
de una alta madrugada. Pocos
quedamos, fuimos, solos. Éramos
todos. No hubo ausentes.
Y ardía la promesa del pobre ser,
casi innombrable.
Palabras a la aridez
No hay deseos ni dones
que puedan aplacarte.
Acaso tú no pidas (como la sed
o el
amor) ser aplacada. La compañía
no es tu reverso arrebatador, donde tus rayos,
que se alargan
asimétricos y ávidos
por la playa sola, girasen melodiosamente
como las imantadas
puntas de la soledad
cuando su centro es tocado. Tú no giras
ni quieres cantar,
aunque tu boca
de pronto es forzada a decir algo,
a dar una opinión sobre los
árboles, a entonar en la brisa
que levemente estremece su grandioso silencio,
una canción
perdida, imposible, como si fueras
la soledad, o el amor, o la sed. Pero la piedra
tirada en el
fondo del pozo seco, no gira
ni canta; solamente a veces, cuando la luna baña los siglos,
echa un pequeño destello como unos ojos que se abrieran
cargados de lágrimas.
Tampoco eres
una palabra, ni tu
vacío quiere ser llenado
con palabras, por más que a ratos ellas
amen tus guiños lívidos, se enciendan como espinas
en un desértico
fuego,
quieran ser el árbol fulminado,
la desolación del horno, el
fortín hosco y puro.
No, yo conozco
tus huraños deseos, tus
disfraces. No he de confundirte
con los jardines de piedras ni los
festivales
sin fin de la palabra. No la injurio por eso. Pero tú no
eres ella,
sino algo que la palabra no conoce,
y aunque de ti se sirva, como ahora, en mí, para aliviar
el peso
de los días, tú le vuelves la espalda,
le das el pecho amargo, la miras como a extraña, la atraviesas
sin saber su consistencia ni su gloria. La vacías.
No se puede decir lo que tú haces
porque tu esencia no es decir
ni hacer. Antigua,
estás, al fondo, y yo te miro.
Todo lo que existe pide algo.
La mano suplicante es la sustancia de los soles
y las bestias; y
de la criatura que en el medio
es el mayor escándalo. Sólo tú,
aridez,
no avanzas ni
retrocedes,
no subes ni bajas,
no pides ni das, piedra calcinada,
hoguera en la luz del mediodía,
espina partida,
montón de cal que vi de niño
reverberando en
el vacío de la finca,
velándome la vida, fondo de mi alma, ardiendo siempre,
diurna,
pálida, implacable,
al final de todo.
Y no hay reposo para ti,
única
almohada
donde puede mi cabeza reposar. Y yo me vuelvo
de las alucinantes
esperanzas
que son una sola,
de los actos infinitos del amor
que son
uno solo,
de las velocísimas palabras devorándome
que son una sola,
despegado eternamente de mí mismo,
a tu seno indecible, ignorándolo todo,
a tu rostro sin rasgos, a
tu salvaje flor,
amada mía.
Palabras de Nicodemo
San Juan, 3
Él me dijo que era preciso
renacer, y yo le dije:
¿cómo?
¿a mis años puede un hombre
volver a entrar en el vientre de su
madre?
Yo sentía mi rostro como una página escrita
en el viento y en la
sombra
que hacían temblar nuestros cabellos
y nuestras simples
vestiduras.
Las hojas también temblaban levemente,
con un sonido áspero y
dulce, acariciando
los mediodías en el patio de la infancia.
Y él me dijo, y sus
palabras
no parecían estar saliendo de sus labios
-¿tal vez porque la
sombra los cubría, o porque era
tan ardiente su mirada?-: Oye,
tienes que renacer en el agua y
el espíritu,
y hacerte del espíritu, si quieres
entrar en el Reino... Todo
era
como un encuentro casual y lejanísimo
de dos amigos, y él estuvo
hablando
todavía un rato, y yo sentí de pronto
que me hablaba con cierta
dureza,
como reprendiéndome, y después
nos separamos silenciosamente.
Pero ahora estoy oyendo sus palabras de otro modo,
como si
hubieran pasado por el agua de mi sueño
y gotearan en la luz de la mañana,
en la blanca bocanada de la
luz, en las mañanas de mi infancia,
repitiéndome: si crees en mí,
si vuelves a nacer en el agua y el
espíritu,
si te haces del espíritu...
Los niños pasan gritando por la
ciudad vacía.
Pienso en la santidad de los lugares...
Pienso en la santidad de los lugares
que nos han recibido y que
dejamos
quién sabe a qué parejas o a cuáles solitarios
tan distantes de
nosotros como astros
y que sin saberlo continuarán los gestos
que entre las cosas
quedaron inconclusos
, y pienso en las costumbres de las cosas, criaturas
de este
mundo pequeño, interminable,
que no acabamos nunca de palpar, a tientas
bajo el sol
deslumbrante o la callada luna,
desconocidas lámparas de lo desconocido
con nuestras huellas
dactilares: jarras,
libros, esquinas, nubarrones, árboles,
el mar, el sillón, el
espejo, la noche,
todo lo que llamamos la vida sin saber
qué significa siquiera la
palabra
que no es una palabra sino música
oída sólo en sueños, o un
instante
de ese llamado amor que nos sorprende y cae,
roto en risa entre
las piedras.
Preludios
1
Al despertar el primer gesto es para ti,
oh voluptuosidad perdida,
sacando de la luna y de los muros que se unen
como la flauta
silenciosa del bastardo,
en las hojas lejanas una sílaba intacta.
Una hoja soplando su ventura
en el peso de la noche que desprende
los espacios
como la sal de su cuerpo el que mira al horizonte,
y
allí la renuncia de los días más amados
cayendo hacia el espejo donde
el viento no se oye.
Los amantes aún dormidos como astros
que pierden los poderes de
la duda
y se vuelven un lúcido paisaje testifican
el abandono de
los sitios de dulzura, la paciencia
tirada junto al mar como un
escombro.
Yo pregunto por ti,
oh voluptuosidad perdida,
y es la piedra
de esplendores insaciables
lo que toca mi paladar como si yo me
uniera
con el blancor del ave que remonta.
2
¿Cómo empezar, olvido, si el ave no ha empezado?
¡Rompe los
textos silenciosos de la brisa,
la nieve de la noche cuando el cuerpo
desnudo se le escapa
y amanece otra tela resonando en otra playa!
¿Cómo nombrar la vida con el humo,
la sangre con la calma vacía de
los vastos almacenes
o con la humedad rosada que era la noche de la
luz?
¡Rompe la piedra salvaje para mi tacto,
la risa del salado
amanecer para mi vida
de lentitud igual a la celeridad del fuego!
¿Dónde ceñir el frenesí desierto
y los hogares a lo largo de la
costa pálida mordidos
por una bestia más tranquila que la noche?
¿Cómo empezar, olvido, si tú jamás acabas?
3
Lejos están las chozas de los pescadores con las mujeres
grandes y pálidas
oyendo el chasquido de las olas como un Angel
enmascarado.
Sus conversaciones se mezclan a los alimentos de cocción
clara y sumisa,
los niños juegan en las rocas, junto a las aves
salvajes y el
firmamento vacío.
Más rápido que el tiburón lejano, más dulce que la luz en las
islas felices,
un desconocido como el cuerpo abre su idioma para ver
el paso de la mañana ondeante sobre las piedras rojas y oscuras.
4
Allí donde la vida es la palabra ya en desuso,
la palabra
del detritus y el silencio
que olfatean los perros, que desuella la
luz
sentenciosa y delirante como ultrajada madre;
allí donde
maduro el arlequín
disfrazado de tiempo y de mendigo
mira al
caballo que resbala en la calle húmeda, sonríe
vagamente al
nacimiento de un sonido
que es el sol de los ancianos,
yo miraba
el arco de la medialuna y repetía:
voy a morir como la flor.
El mar a lo lejos aún suspira
fatigosamente incorporándose y
cayendo en la penumbra.
Y el rosa desabrido que levanta
una página
delgada y polvorienta en la memoria,
velado y hosco el mediodía,
remolino de su bestia pura,
las tardes de redes y de viento como flor
de espacio,
aún me imponen la dulzura de sentir
la palabra del escándalo saliendo de las últimas bujías
que
batallan con la respiración del tiempo entre las rocas.
«Voy a oír como la flor», y contemplaba
las desérticas mujeres
que barren y resisten
hasta que sus ojos alcanzan el esplendor de la
luna
y un carruaje silencioso rompe ante sus labios la ciudad
remota
5
Más rápido que yo mi sueño avanza
como el río cuya lentitud
era la vida.
Está el abrupto atardecer fijo en mis ojos
con ese arabesco en el
vacío hiriente
de las nubes borrascosas y rosadas que se rompen,
con ese voluptuoso arder de la ignominia en la dulzura
que me
atraviesa disfrazado de mujer y ave.
Pero el sueño se detiene un instante desgarrador en otro
mundo
y canta como la luz, más desierta que el tiempo.
«Abridme las puertas de los días quemados
para que al fin yo
estruje la rosa salvaje en el patio marino,
para que al fin yo
atraviese una calle baldía del mundo
y conozca la playa infernal
donde un niño está cazando,
con un hilo imposible, soledades,
cangrejos.»
6
Estalla la ola en arrecife
que sale de la noche como
deslumbrante sílaba
de la palabra que me apresa. El tiempo
de la
flor está pasando
en el hogar cerrado, en la mansión vacía
de
memoria.
¿Qué palabras,
qué vírgenes de sueño y de sonido
resistirían
el contacto de una gota de este mar
o el soplo del espacio
despertado? ¿Qué argumento
-aun aquél, ilegible, con que el hombre
quema la eternidad de su
deseo en una calle
fabulosa, mordida por la nada- y el escándalo en
sus ojos
le deslumbra la historia?
Mi soledad entretejida
por el iris fugaz del imposible
con la
gloria de las bestias absolutas en el agua y en el viento,
abre el
frío desierto de los nombres.
Afuera está el tesoro, vivas alas de olvido,
fauces totales de la
lejanía.
El tiempo
de la flor está pasando; la ola estalla,
otra vez,
en lo oscuro.
Respuesta al examen del maniqueo
Si tú mismo te examinas, el examen no es válido.
Las reglas
no son ésas, ni siquiera el asunto.
Al medirte con la vara de tu fanatismo
te conviertes en una
víctima, no en un penitente.
Pero el asunto es el amor,
sobre el que no hay definiciones ni
escrutinios,
el amor que está viviendo en ti
(como en toda criatura)
una
vida sufriente y misteriosa.
Por él serás juzgado, y tú no sabes
dónde están los tesoros,
los desiertos, las miserias, los espantos,
ni las silenciosas comuniones, ni las grandes alegrías
del amor
que en ti padece.
Nada sabes, salvo que
tenemos, simultáneamente,
que
velar y confiar.
Espera. Vive.
Sirve.
Sedienta cita
Cito textualmente las estrellas
y el hogar complejo de la naranja
herida.
Diminuta es la luz en que el buey se esconde
lejos del
ave, asoleando eternamente
las estudiosas manos del guajiro,
sus
diez uñas sonoras de cavar el viento.
Dónde estuve, qué es esto, qué era tanto,
por qué laúd de sufrir
o cal o estiércol frío
se me propaga en piedras la voracidad del
corazón.
¡Ay, los dorados mulos de su costa difunta!
Veo mi rostro
en el soez cristal partido,
en la espuela rota, en la leve nieve del
sillón de mimbre.
Cito el insólito fieltro de las nubes idas.
Qué flora vuestra,
qué dolor, qué tacto aherrojado y libre
desciende, estricto juez de
oro, y canta.
Sí, desciende, paño de la luna, sobre un sucio mendigo,
y
descarnándolo hasta sus flores o risas o planetas canta:
grácil noche
de todos, alas de todos, vago perro.
Trabajo
Esto
hicieron otros
mejores que tú
durante siglos.
De ellos dependía
tu sensación de libertad
tu camisa limpia
y el ocio de tus lecturas y escrituras.
De
ellos depende
todo
lo que te parecía natural
como ir al cine
o estar
triste, levemente.
Lo natural, sin embargo, es el fango,
el sudor, el excremento.
A partir de ahí, comienza
la epopeya, que no es sólo
un
asunto de héroes deslumbrantes,
sino también
de oscuros héroes, suelo de tus pisadas,
página
donde se escriben las palabras.
Deja las palabras, prueba
un poco
lo que ellos hicieron,
hacen,
seguirán haciendo
para que seas:
ellos,
los sumidos en
la necesidad
y la gravitación,
los molidos por los soles implacables
para
que tu pan siempre esté fresco,
los atados
al poste férreo de la monotonía
para que puedas
barajar todos los temas,
los mutilados
por un mecánico gesto infinitamente repetido
para que puedas hacer
lo que te plazca con tu alma y con tu cuerpo.
Redúcete como
ellos.
Paladea el horno,
come fatiga.
Entra un poco, siquiera sea
clandestinamente,
en el terrible reino de los sustentadores
de la vida.
Último epitalamio
Pero si al cabo vienes, despojada
de tus flores nupciales, a la hora
en que el mundo hasta el fondo se desdora
y la ceniza cubre a la
mirada;
pero si entonces, con la boca helada
del ocaso postrero que
devora
toda ilusión, fatal coronadora,
al oído me dices: soy la
nada,
te daré gracias por dejarme verte
y abrazarte desnuda, y por ser
mía
siquiera en el instante de perderte;
y dormiré en el tálamo que hacía
mi corazón, soñando que la
muerte
es tu último velo, poesia.
Un extraño honor
El árbol sabe, con sus raíces y sus ramas,
todo aquello que puede ser un árbol:
¿o acaso también falta
a su mitad visible otro esplendor
que es lo que está sufriendo y anhelando?
No lo sabemos. Pero él
no necesita conocerse. Basta
que su misterio sea, sin palabras
que vayan a decirle lo que es, lo que no es.
El árbol,
majestuoso como un árbol,
lleno de identidad hasta las puntas,
puede medirse cara a cara
con el Angel.
Y nosotros ¿con quién nos mediremos,
quién ha de compartir
nuestra congoja?
Ved ese rostro, escrutad esa mirada
donde lo que brilla es un
vacío,
repasad como en sueños
esas líneas dolorosas en tomo de los
labios,
ese surco que ha de ahondarse en la mejilla,
la desolada playa
de la frente,
la nariz como un túmulo funesto. ¡Qué devastado reino,
qué fiero
y melancólico despojo, humeando todavía!
Sólo otro rostro podría comprenderlo.
Así nos miramos cara a
cara, el alma desollada,
con el secreto júbilo insondable que nos funda,
que está hecho
de vergüenza
y de un extraño honor.
Un golpe de recuerdos te modela...
Un golpe de recuerdos te modela
como a la nube el soplo
imprevisible.
¡La música y la enamorada tela
que cruza por tus
ojos! Suprimible
y oscuro lo demás, aquí te espera,
frente a mi vida absorta o
despiadada,
un país al que vuelves, pasajera
del eterno sabor de
tu mirada.
-¿Será tú lo que miro? ¿Y a qué sombra
de tu soñar inmóvil
pertenece
la antigua calidad en que me abismo?
Pero de pronto en mí tu voz me nombra
como un golpe de rara luz
que acrece.
¡Oh música y milagro de lo mismo!