Reseña biografica
Poeta y dramaturgo antillano nacido Castries, Isla de Santa Lucía en
1930.
Estudió en el St. Mary's College de la isla y luego obtuvo el
título en Literatura por la Universidad de Jamaica. Trabajó
hasta 1976 dirigiendo
el Taller de Teatro de Trinidad, y en 1981 se radicó en Estados
Unidos oficiando como profesor en la Universidad de Harvard.
Actualmente alterna su residencia entre Trinidad y Boston donde
dicta la cátedra de Literatura en la Universidad de Boston.
Es autor de una vasta obra poética representada en gran parte por
"Colección de poemas 1948-1984", "Testamento de Arkansas
1987 y "Omeros" en 1990. La gran riqueza verbal que retrata
en gran parte las costumbres y experiencias de su raíz caribeña, lo
confirman como el representante actual del Caribe anglófono.
Obtuvo becas de la Fundación Rockefeller en 1957, Eugene
O'Neill en 1969 y Fundación MacArthur en 1981. Es Premio Nobel de
Literatura 1992, Miembro honorario de la Academia Americana de Artes
y Letras, Medalla de Oro de la Reina de Inglaterra y Premio Obi
1971. ©
Poemas de Derek Walcott:
Desenlace
El amor después del amor
El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...
En los
ochenta, cien veranos que marcharon...
Fama
Has olvidado el calor. Podría venir
ardiendo de una cerca de zinc...
Las
gaviotas discuten con el rocío de las olas...
Me
detengo a oír un estrepitoso triunfo de cigarras...
Nunca
he pretendido que el verano fuese el paraíso...
Puedo sentirla viniendo
de lejos...
Si
estuviese aquí, en este cuarto blanco, en este hotel...
Un pensamiento que tiembla...
Una vez les di a mis hijas por
separado, dos caracolas...
Desenlace
Yo vivo solo
al borde del agua sin esposa ni hijos.
He girado en torno a muchas posibilidades
para llegar a lo siguiente:
una pequeña casa a la orilla de un agua gris,
con las ventanas siempre abiertas
hacia el mar añejo. No elegimos estas cosas.
Mas somos lo que hemos hecho.
Sufrimos, los años pasan,
dejamos caer el peso pero no nuestra necesidad
de cargar con algo. El amor es una piedra
que se asentó en el fondo del mar
bajo el agua gris. Ahora, ya no le pido nada a
la poesia sino buenos sentimientos,
ni misericordia, ni fama, ni Curación. Mujer silenciosa,
podemos sentarnos a mirar las aguas grises,
y en una vida
inmaculada
por la mediocridad y la basura
vivir al modo de las rocas.
Voy a olvidar la
sensibilidad,
olvidaré mi talento. Eso será más grande
y más difícil que lo que pasa por ser la vida.
El amor después del amor
El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...
El mar del verano, la
carretera de asfalto caliente en declive, esta
hierba, estas chozas que me hicieron,
jungla y cuchilla siembran
hierba brillando tenuemente junto a la cuneta,
el filo del arte;
las cochinillas bullen en el bosque sagrado,
nada puede hacerlas
salir con fuego, están en la sangre;
sus bocas rosas, como querubes,
cantan de la lenta ciencia
del morir -todo cabezas, con, en cada
oreja, un ala diáfana.
Arriba, en la Reserva Forestal, antes de que
las ramas irrumpan en el mar,
miré por la ventana móvil y herbosa y
pensé «pinos»
o coníferas de algún tipo. Pensé, deben de sufrir
en
este calor tropical con su idea infantil de Rusia.
Entonces, de
pronto, de sus troncos pudriéndose, signos perturbadores
de la fe que
traicioné, o la fe que me traicionó-
mariposas amarillas alzándose en
la carretera a Valencia
balbuciendo «sí« ante la resurrección: «sí,
sí es nuestra respuesta»,
El Nunc Dimittis de su coro verdadero.
¿Dónde está mi libro de himnos de niño, los poemas ribeteados
con
hoja de oro, el cielo que adoro sin fe en el cielo,
mientras el
Verbo, apenado, se volvió hacia la poesia?
¡Ah, pan de vida que sólo
el amor sabe leudar!
Ah, Joseph, aunque ningún hombre muera jamás en
su propio país,
la hierba agradecida brotará espesa de su corazón.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
En los otros ochenta, cien veranos que marcharon...
En los otros ochenta,
cien veranos que marcharon
como la luz de un paraíso doméstico, la
idea del cielo
de un hedonista era el aparador de una cocina
francesa,
manzanas y garrafas de arcilla de Chardin a los
Impresionistas,
el arte era
une tranche de vie, queso o pan horneado en casa-
la luz, en
su opinión, era lo mejor que el tiempo ofrecía.
El ojo era la única
verdad, y aquello que atraviesa
la retina se desvanece al amanecer;
la profundidad de
nature morte
era que la propia muerte es sólo otra superficie
como el lienzo, pues pintar no puede capturar el pensamiento.
Cien
veranos que se fueron, con el acordeón que hace olas,
faldas
almohadilladas, grupos en botes, golpes blancos como zinc en el agua,
muchachas cuyas mejillas ruborizadas no sobrevivieron a sus rosas.
Entonces, como tubos desecados, los soldados retorcidos
se
amontonaron en el Somme y Verdun. Y los muertos
menos reales que una
explosión fatal de crisantemos,
idéntico carmesí para la naturaleza
muerta y la matanza
de jóvenes. Tenían razón -todo le vale
al
pintor con su caballete puesto como un fusil en los hombros.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Fama
Esto es la fama: domingos,
una sensación de vacío
como en Balthus,
callejuelas empedradas,
iluminadas por el sol, resplandecientes,
una pared, una torre marrón
al final de una calle,
un azul sin campanas,
como un lienzo muerto
en su blanco
marco, y flores:
gladiolos, gladiolos
marchitos, pétalos de piedra
en un jarrón. Las alabanzas elevadas
al cielo por el coro
interrumpidas. Un libro
de grabados que pasa él mismo
las hojas. El repiqueteo
de tacones altos en una acera.
Un reloj que arrastra las horas.
Un ansia de trabajo.
Versión de Antonio
Rasines
Has olvidado el calor. Podría venir ardiendo de una cerca de zinc...
Has olvidado el calor.
Podría venir ardiendo de una cerca de zinc.
Ni siquiera las palmeras
de la orilla del mar se agitan en paz.
El Imperio se mofa de todos
los pensamientos en futuro.
Sólo los bajíos de este océano interior
murmuran
versos de otro mar, al que éste recuerda-
mitos de islas
análogas de olivo y mirto,
el sueño del Golfo adormilado. Aunque sus
templos,
bloques blancos contra el verde, sean hoteles, y sus
pórticos
centros comerciales, con el tiempo harán buenas ruinas;
por lo tanto ¿qué más da si la mano del Imperio es tan lenta como
una
tortuga firmando el oleaje en lo que se refiere a tratados?
El genio
llegará a contradecir la historia,
y está ahí en sus cuerpos
tostados, en las olivas de los ojos,
como cuando los chulos de la
Atenas demótica entretejieron el caos
de Asia, y las chicas de las
aldeas de estacas, putas teñidas de alheña,
eran las hetairas. La
marea vespertina baja, y el hedor
de imperios ulteriores -alzándose
de bayas que orlan
los dobladillos de tiranos y playas- alcanza un
tribunal
donde las nubes descienden sus escalones como senados que
pasan,
no diferentes de cuando, bajo hojas de mirto que canturrean,
compartieron una sombra, el poeta y el asesino.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas...
Las gaviotas discuten
con el rocío de las olas, mientras los rabihorcados
hacen círculos
durante horas, en un batir de alas, alrededor del arrecife
donde un
pontón se oxida. Un año ha finalizado sus tormentas, y los hombres
llenos de miedo han escudado las vidas como faroles de sus ventoleras,
o caído juntos en hogueras. Pero ahora se abren espacios azules como
hendiduras en el humo, los pájaros se pliegan en grietas de rocas
cuya arena ha sido rastrillada de huellas. La mar,
que se precia de
que ningún hombre la marque,
aún ofrece tales lugares para la pluma
egoísta,
y la isla de coral del cerebro tiene lugares donde la
república
del pólipo fue construida para nosotros -cuevas
hipnotizadas
que se agitan con la luz de la ola, jaras que blanquean
con indiferencia creciente madera flotante o barcos que se fueron a
pique.
Tras un año podrías llamar guerra a la conmoción
de los
bancos de arena cañoneados por las olas,
y los robos a pico armado
que las gaviotas practican entre sí
porque todo es en honor del dios
gaviota. Pero hay islotes donde nuestra
sombra es anónima, con
pececillos cuya similitud se nos
escapa mientras la cadena del ancla
matraquea desde la proa.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Me detengo a oír un estrepitoso triunfo de cigarras...
Me detengo a oír un
estrepitoso triunfo de cigarras
ajustando el tono de la vida, pero
vivir a su tono
de alegría es insoportable. Que apaguen
ese
sonido. Después de la inmersión del silencio,
el ojo se acostumbra a
las formas de los muebles, y la mente
a la oscuridad. Las cigarras
son frenéticas como los pies
de mi madre, pisando las agujas de la
lluvia que se aproxima.
Días espesos como hojas entonces, próximos
los unos a los otros como
horas y un olor quemado por el sol se alzó
de la carretera lloviznada.
Punteo sus líneas a las mías ahora con la
misma máquina.
¡Qué trabajo ante nosotros, qué luz solar para
generaciones!-
La luz corteza de limón en Vermeer, saber que esperará
allí
por otros, la hoja de eucalipto
rota, aún oliendo fuertemente
a trementina,
el follaje del árbol del pan, de contorno oxidado como
en van Ruysdael.
La sangre holandesa que hay en mí se dibuja con
detalle.
Una vez quise limpiar una gota de agua de un bodegón
flamenco
en un libro de estampas, creyendo que era real.
Reflejaba
el mundo en su cristal, temblando con el peso.
¡Qué alegría en esa
gota de sudor, sabiendo que otros perseverarán!
Que escriban: «A los
cincuenta invirtió las estaciones,
la carretera de su sangre cantó
con las cigarras parlantes»,
como cuando emprendí el camino para
pintar en mi decimoctavo año.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Nunca he pretendido que el verano fuese el paraíso...
Nunca he pretendido que
el verano fuese el paraíso,
o que esas vírgenes fueran virginales; en
sus bandejas de madera
están los frutos de mi conocimiento, radiante
de morbo,
y te ofrecen esto, en sus ojos de almendras marinas
maduras,
los pechos de arcilla brillando como lingotes en un horno.
No, lo que he chapado en ámbar no es un ideal, tal como
Puvis de
Chavannes lo deseaba, sino algo corrupto-
la mancha en la vulva de la
azucena amarillenta, los falos del llantén,
el volcán que irrita como
un chancro, el humo de la lava
que trepa con su siseo hacia la diosa
sibilante.
He horneado el oro de sus cuerpos en esa aleación;
decidle a los evangelistas que el paraíso huele a sulfuro,
que he
sentido las cuentas del rosario en mi erupción sanguínea
mientras mi
pincel les daba en la espalda, la cerviz
de un jesuita secularizado
llevándole el rosario.
Coloqué una mascarilla mortuoria azul en mi
Libro de Horas
para que aquellos que sueñan con un paraíso terrenal
puedan leerlo
en tanto que hombres. Mis frescos en arpillera a la
diosa Maya.
Los mangos enrojecen como carbones en un hoyo para
asados,
paciente como las palmeras del Atlas, la papaya.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Puedo sentirla viniendo de lejos...
Puedo sentirla viniendo
de lejos, también, Mamá, la marea
desde el día ha pasado su vez, pero
aún noto
que como una gaviota blanca relampaguea sobre el mar, su
lado inferior
atrapa el verde, y yo prometo usarlo después.
La
imaginación ya no se aleja con el horizonte,
mas no hace sino volver.
En el borde del agua
devuelve cosas limpias y fregadas que el mar, a
modo
de basura, ha blanqueado, casto. Escenas dispares.
Las casas
de los esclavos, azul y rosa, en las Vírgenes
bajo los vientos
alisios. Mi nombre atrapado en
la almendra de la garganta de la
abuela.
Un patio, un viejo bronceado con bigote
como el de un
general, un chico dibujando hojas de aceite de castor
con mucho
detalle, esperando ser otro Alberto Durero.
Los he mimado más que a
la coherencia
mientras la misma marea para los dos, Mamá, se aproxima
-
las hojas de parra poniendo medallas a una vieja cerca de alambre
y, en el patio pecoso de sombras, un anciano como un coronel
bajo las
verdes balas de cañón de la calabaza.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Si estuviese aquí, en este cuarto blanco, en este hotel...
Si estuviese aquí, en
este cuarto blanco, en este hotel,
cuyas bisagras permanecen
calientes, incluso bajo el viento marino,
te repanchigarías, dejado
inconsciente por la
hora de siesta;
no podría levantarte la campana de la
resurrección
ni el gong del mar con su retintín plateado, seguirías
echado.
Si te tocaran sólo cambiarías esa posición por la de un
corredor en el
maratón del sonámbulo. Y te dejaría dormir. Las cosas
se
desploman gradualmente
cuando el despertador, con su batuta de
director,
empieza a la una: las reses doblan las rodillas
en los
pastos tranquilos, sólo el rabo de la yegua se menea,
dándole con el
plumero alas moscas, melones borrachos caen rodando
a las cunetas, y
los mosquitos siguen volando en espiral a su paraíso.
Ahora el primer
jardinero, bajo el árbol de la sabiduría,
olvida que es Adán. En el
aire acostillado
cada parche de sombra se dilata como un oasis
por
la fatigada mariposa, una laguna verde para fondear.
Playa blanca
abajo, calmada como una frente
que ha sentido el viento, un estatismo
sacramental
te traería el sueño, que es la corona del verano,
el
sueño que divide sin rencor a sus amantes,
el sudor sin pecado, el
horno sin fuego,
el sosiego sin el auto, el agonizante sin miedo,
mientras la tarde retira esas barras de la ventana
que rayaron tu
sueño como el de un gatito, o el de un prisionero.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Un pensamiento que tiembla...
Un pensamiento que
tiembla, no mayor que un reyezuelo
herido, se hincha al pulso de mi
alma redondeada,
punza mientras su arañazo señala semejante a un
montón de porquería,
alas ovales sonando monótonamente como un
corazón apanelado.
Me das pena, reyezuelo; más de la que tú das al
gusano
He visto ese pico sin piedad golpeando suave al gusano
como
una aguja de calcetar a la lana, el temblor que das
tragando ese
flácido fideo, su meneo de consumación
semejante al de una semilla
tragada por la raja de una tumba,
después tu guiño de rectitud ante
la religión de un reyezuelo;
pero si murieses en mi mano, ese pico
sería la aguja
en la que el mundo negro siguió girando en silencio,
tu música tan medida en surcos como lo era la de mi pluma.
Sigue
picando en esta vena y verás lo que pasa:
las madejas rojas se
partirán en dos como lo hace la calceta.
Se acanala en mi palma, como
el latido, baqueteando para irse,
como si compartiera el conocimiento
de un reyezuelo en otra parte,
más allá del mundo anillado en su ojo,
estación y zona,
en el iris radial, la mirada fija, apuntada,
apuntando.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores
Una vez les di a mis hijas, por separado, dos caracolas...
Una vez les di a mis
hijas, por separado, dos caracolas
extraídas del arrecife, o vendidas
en la playa, no me acuerdo.
Las usan como topes de puerta o
reposalibros, pero sus paladares,
húmedos y rosados, son el canto
insonoro de Angeles.
Una vez escribí un poema llamado «El Cementerio
Amarillo»
cuando tenía diecinueve. La edad de Lizzie. Tengo cincuenta
y tres.
Esos poemas que he alzado no se vinculan a traducción alguna
como si fueran hitos musgosos; cada uno baja como una piedra
al fondo
del mar, asentándose, pero déjalos yacer, con suerte,
donde las
piedras están profundas, en la memoria marina.
Déjalos estar, en
agua, como mi padre, que hacía acuarelas
se adentraba en su trabajo.
Llegó a ser una de sus sombras,
dubitante y difícil de ver bajo la
luz solar del verano.
Se llamaba Warwick Walcott. A veces creo
que
su padre, por amor o bendición amarga
lo llamó así en honor de
Warwickshire. Las ironías
se mueven. Ahora, cuando reescribo un
verso,
o esbozo en el papel que se seca rápido las frondas de cocos
que él hizo tan tenuemente, las manos de mi hija se mueven en las mías.
Las caracolas se mueven por el fondo marino. Acostumbraba a mudar
la
tumba de mi padre de las ennegrecidas lápidas anglicanas
en Castries
adonde pudiera amar a los dos a la vez-
el mar y su ausencia. La
juventud es más fuerte que la ficción.
Versión de Vicente
Araguas
Huerga y Fierro Editores